Revelaciones de la Guerra

En su libro ‘Tierras de Sangre’ el profesor Timothy Snyder se aventura a confesar que no fue en los campos de refugiados sino en las tierras entre Alemania y Rusia donde se cometió la mayor matanza de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando llega a las manos el libro Tierras de sangre, del profesor de historia de la Universidad de Yale, Estados Unidos, Timothy Snyder, el primer pensamiento que atraviesa la cabeza es que el mercado ha sido asaltado una vez más por un libro que aborda la Segunda Guerra Mundial, un libro más que se vale de la narrativa privilegiada que pareció permearlo casi todo en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, basta con empezar a leer el prólogo para darse cuenta de que Snyder no sólo tiene un enfoque desconocido, que se aventura a ver los horrendos efectos de la guerra en las tierras desplegadas entre Alemania y Rusia, es decir en Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Letonia, Lituania, Estonia, sino que, además, con pasar unas cuantas hojas se siente que nos abofetea la arrogancia de sentir que ya fue suficiente con el tema de esa guerra.

En su exhaustiva investigación de más de 600 páginas, de las que casi 50 son referencias bibliográficas, este profesor, doctor además de Oxford , tiene la capacidad de hacernos entender que aún seis décadas después no hemos construido el cuadro completo de lo que sucedió entre 1933 y 1945. Snyder levanta su dedo y señala sin titubear cómo Occidente sigue leyendo desde la estrechez lo que sucedió en esa época y nos hace más bien sentir vergüenza, horrorizarnos tan sólo por contemplar la idea de que todo ha sido resuelto.

“No conocemos la imagen completa porque, por ejemplo, las cosas que sucedieron entre los años treinta y cuarenta pasaron en lugares a los que los soldados estadounidenses nunca llegaron. Y como, tras terminar la guerra empezó la Guerra Fría, Europa del Este se convirtió en un lugar al que fue muy difícil viajar y en el que fue imposible hacer investigación por los 45 años siguientes. Así que tan sólo hasta el final de la Guerra Fría se pudo empezar a trabajar realmente en la historia de lo que había sucedido en estas tierras. Porque fue en esta región, en estos países, en donde el Holocausto tuvo lugar y en donde se cometieron la mayoría de los crímenes alemanes y rusos”, explica Snyder a El Espectador por teléfono, unos minutos antes de entrar a dictar una conferencia.

Los estadounidenses piensan que la segunda guerra fue algo que empezó con los bombardeos a Pearl Harbor en 1941 y que terminó con la bomba atómica. Los británicos recuerdan más bien que todo empezó con los tremendos bombardeos de los nazis, entre el 7 de septiembre de 1940 y el 10 de mayo de 1941, bautizados como ‘El relámpago’ (el Blitz). Y los alemanes posiblemente recuerden con fuerza los relatos de Ana Frank. Pocos en el mundo de hoy son conscientes de que 14 millones de civiles murieron, incluso antes de que la guerra alcanzara sus niveles máximos de bajeza, en un episodio que aún no tiene nombre.

Durante la consolidación del nacional socialismo y el stalinismo entre 1933 y 1938, la ocupación conjunta de Polonia en los años de 1939 y 1941 y luego la guerra germano-soviética librada entre 1941 y 1945, una violencia masiva de proporciones nunca antes vistas en la historia asoló la región. “La mayoría de víctimas fueron judíos, bielorrusos, ucranianos, polacos y pueblos bálticos. Catorce millones de personas fueron asesinadas en el transcurso de 12 años, y toda esta gente fue víctima de políticas asesinas antes que bajas de guerra”, escribe en su libro Snyder.

La Unión Soviética y Alemania eran diferentes imperios, pero tenían un deseo en común: incorporar y desarrollarse a través de los países del este de Europa. Una de las cosas en la que concordaban era que Polonia estaba en esa ruta y que de alguna manera era una barrera para su objetivo. “Una vez Polonia fuera destruida, entonces los soviéticos podrían extenderse en los territorios que los llevarían a Occidente, y, por su parte, Alemania empezaría por primera vez sus políticas de terror con las que buscaría conquistar el Este. Destruir Polonia era tumbar el muro que impedía esos aires expansionistas”, explica el profesor, quien admite que el asesinato de 165 mil judíos alemanes fue un crimen horrendo, pero sólo fue una parte muy pequeña de la tragedia de los judíos europeos. “Sólo cuando la Alemania nazi invadió Polonia la visión de Hitler de eliminar a los judíos de Europa se cruza con las dos más significativas poblaciones de judíos. Su ambición entonces tenía que realizarse en esas partes en donde vivían los de esta raza”.

Pero sobre estas tierras, que Snyder bautiza como ‘tierras de sangre’, no sólo Hitler sino también Stalin llevaron a cabo un plan de exterminio y lo hicieron usando un método eficaz: provocando hambrunas, matando a los ucranianos y vecinos de inanición. “En ese momento los alimentos eran insumos naturales, eran como el petróleo hoy, así que los estados querían controlar los lugares en donde los alimentos crecían y que eran importantes para la agricultura. Una forma de doblegar a los pueblos que se quería destruir era a través del dominio del alimento y haciéndolos morir de hambre”.

Los crímenes de Stalin con frecuencia se asocian a Rusia y los de Hitler a Alemania, sin embargo, las áreas más mortíferas de la Unión Soviética fueron su periferia, y en lo que concierne a los alemanes, por lo general mataron por fuera de su país.

Snyder no quiere negar en su libro que los campos de refugiados fueron lugares en donde se cometieron crímenes atroces, pero la razón por la que piensa que lo acaecido en estas tierras, de las manos conjuntas de Hitler y Stalin, fue peor, es que muy pocos hayan sobrevivido para contarlo. “Los campos de refugiados fueron lugares horribles y la razón por la que los recordamos es porque la gente sobrevivió y escribió memorias y libros, pero en los más horribles lugares nadie sobrevivió. Y es por eso que es muy difícil para nosotros saber qué pasó ahí”.

Sin embargo, este libro se resiste a que dejemos en el olvido a esos 14 millones asesinados de manera sistemática. Este libro nos hace creer que es posible seguir reconstruyendo los acontecimientos que estrujaron a Europa y al mundo durante esa época, y que es necesario seguir haciéndolo. “Creo que aún tenemos mucho que aprender sobre lo que sucedió entre los treinta y los cuarenta y tenemos que ser muy cuidadosos con la idea de que ya lo entendimos todo y podemos superarlo. Creo que aún podemos aprender, y cada cosa que aprendemos es absolutamente relevante para nuestra humanidad hoy en día”, concluye el profesor.

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