Ricardo Darín y la virtud de la empatía constante

Este 16 de agosto cumple 61 años Ricardo Darín, uno de los actores más emblemáticos del cine y el teatro hispanoamericano en los últimos años.

En septiembre del año pasado, Ricardo Darín recibió el premio honorífico en el Festival de Cine de San Sebastián.EFE

Hablar de una posible época dorada del cine argentino, que si bien se ha destacado en sus 100 años de trayectoria por su responsabilidad con la sociedad, es hablar del carácter estelar con que Ricardo Darín ha actuado en varias cintas cinematográficas desde hace 25 años. Su volatilidad y su capacidad camaleónica de adaptarse a distintos papeles, escenarios y discursos, han permitido que su figura no solo sea un referente de calidad en las proyecciones argentinas, sino que también eleva el interés del espectador por las películas en las que participa.

De ascendencia libanesa y producto de una relación que también llevaría a cuestas las tablas del teatro, Ricardo Darín lograría desde muy pequeño, específicamente desde los 10 años, hacer sus primeras apariciones en el escenario. En su adolescencia ya haría parte de varios elencos en la televisión argentina. Estrellita Mía y Mi cuñado fueron algunas de las producciones televisivas donde el actor tuvo un rol relevante antes de saltar a las pantallas del séptimo arte.

Los papeles de Darín se han caracterizado por generar cierta conexión con el público hispanohablante. Su reputación lo ha llevado a enlazar el cine latinoamericano, en específico el argentino, con el cine español. Durante un largo tiempo ha vivido en Madrid, alternando este espacio con su casa en Buenos Aires, donde está su familia, razón por la cual negó rotundamente trabajar con la industria del cine de Hollywood.

En el 2013, en el programa nocturno de Animales sueltos de Argentina, Alejandro Fantino le pregunta a Darín por qué no irse a Hollywood, le insiste por varios minutos sobre las ventajas que podría tener: ganar miles de dólares y pasar una vida con grandes figuras del deporte y el cine. Darín, con un aire de inspiración y un toque de humildad y empatía con aquellos que seguimos sus pasos en el arte, termina por responder que  “La ambición te puede llevar a un lugar muy oscuro, muy desolador”. Argumentaba también que prefería a su familia, que su vida estaba equilibrada gracias al teatro: pasión y vocación que siempre ha llevado a cabo a la par del cine y de la televisión.

Y es que el mismo Darín confirma que no necesita ir a una industria del cine caracterizada por la extravagancia para ser reconocido por su profesionalidad. El público latinoamericano y una serie de premios respaldan lo anterior. Por la actuación comprometida, íntima y desgarradora de Truman (2015), obtuvo el premio al Mejor Actor en el Festival de Cine de San Sebastián en 2015 y el Premio Goya en 2016. También ha ganado cuatro veces el premio Cóndor de Plata a Mejor Actor por las películas El mismo amor, la misma lluvia (2000); Nueve Reinas (2001); El hijo de la novia (2002);  El aura(2006) y El secreto de sus ojos (2009). Con esta última ganó junto a todo el elenco el Premio Óscar a la Mejor Película Extranjera en el 2010.

Su lugar en el mundo no puede ser otro que un set de grabación o un teatro. Y aunque no ha abandonado la vocación de actor, sí ha pensado que puede iniciar una trayectoria como director de cine. En el 2007 lo intentó, pero el esfuerzo de dirigir y actuar lo llevó a suspender el proyecto y posponer su sueño. Su experiencia en las tablas como director le ha permitido nutrir su mente con relatos, imágenes y sensaciones que en cualquier momento generarán un solo tejido y por ende, una historia que pueda trascender en la pantalla gigante, de manera que no resultará inusitado ver en algunos años un nuevo aporte de su ingenio a la eternidad del cine en Latinoamérica.

La intriga nos absorbió en los minutos en los que lo vimos en películas como El secreto de sus ojos (2009)  o Tesis sobre un homicidio (2013). Hemos sentido rabia e indignación, incluso orgullo con la decisión que toma el personaje del Ingeniero Bombita en Relatos salvajes (2014); nos hemos hecho humanos, pasionales, frágiles e iracundos en películas como Truman (2015), Un cuento chino (2011), Kamchatka (2002),  El aura (2005), El mismo amor, la misma lluvia (1999) y El hijo de la novia (2001). Pero al final, todo se centra en un sentimiento de admiración y gratitud por papeles en los que muchos nos hemos sentido identificados y en los cuales hemos logrado entender, a través de él, la función del cine y del arte mismo por desdibujar las dinámicas de lo social, de las costumbres y de nuestras acciones que terminan por conformar, o quizá confirmar, ese comodín en el que nos vemos envueltos cada vez que amamos, sufrimos o luchamos.

Temas relacionados

 

últimas noticias

Jugar: una rebeldía de infancia (I)

Un homenaje a la resistencia afgana