Roberto Vélez Vallejo: Uno no es bicultural hasta que no conoce y vive en Asia

En este capítulo de Historia de vida, de Isabel López Giraldo, presentamos a Roberto Vélez Vallejo, un risaraldense que le dio la vuelta al mundo representando a Colombia.

Roberto Vélez Vallejo, para quien la milenaria cultura oriental es casi imposible de comprender en Colombia. Cortesía

Si algo le marca a uno la vida son sus papás, sus abuelos. A mi abuelo todos se refieren como Señor Don Gonzalo. Nosotros le decíamos  “Gonza” y para nosotros fue demasiado especial, primero porque tuvimos una familia muy unida. Siempre giramos en torno a él. Por el lado de mi papá su familia es antioqueña entonces no tenía parentela por el lado Vélez, toda por el Vallejo.

No somos muchos. Mi abuelo tuvo tres hijos. Mi mamá es la mayor; mi tío, Fabio Vallejo que es médico; mi tía Amparo, casada con el doctor Javier Ramírez que también es pereirano. Toda la actividad familiar nuestra giraba en torno a mis abuelos. Mi abuela se llamaba Mariela Ángel y le hizo comprar a mi abuelo una finca en Santa Rosa de Cabal, cerca de las partidas hacia Los Termales. En ese entonces no se temperaba en tierra caliente sino en tierra fría.

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En la finca nos reuníamos con mis trece primos Vallejo, desde el primer día de vacaciones. Encontramos allí las primeras bases de construcción. Pese a ser tan pequeño, tuve la oportunidad de escuchar el desarrollo de temas como el de la idea de empezar la construcción del depertamento del Risaralda, mucho antes de que eso fuera una realidad.

Mi abuelo no fue un político, fue un hombre cívico, un tipo de personajes que se acabaron en el mundo, en las ciudades y en los pueblos. Si uno le tiene que poner algún título a mi abuelo sería: “El gran veedor cívico de Pereira y de Risaralda”. La casa de mi abuelo era un escenario en el que se reunían con él todos los políticos, todo el que quería un consejo o arrancar un negocio, todo el que necesitaba visión de futuro. Y uno chiquito tenía la oportunidad de oírlo.

Mi abuelo era un hombre muy prudente en la manera como se refería y conducía sus cosas. Era muy especial. Desde ahí tengo la memoria de mi abuelo que siempre nos inculcó valores morales y siempre estuvo muy orgulloso de sus nietos. Me escribió una vez: “Yo no tengo la plata que tienen otras personas, pero tengo un tesoro que son mis nietos”.

He de decirte que los trece nietos somos universitarios, con  nivel de pos grado y sin excepción. Esto es muy marcado por la obsesión de mi abuelo de que nosotros nos teníamos que preparar, que teníamos que superarnos cada día profesionalmente. Una cosa muy particular es que “Gonza” nunca quiso que nos metiéramos en política porque decía que la política no era limpia.

Esa fue la sombra de mi abuelo. Siempre un hombre cariñoso pero también muy firme, muy recto y muy dispuesto a dar consejo, una orientación a tiempo.

Mi vida en Pereira

Mis tiempos de Pereira fueron los tiempos de cualquier otro muchacho. Nosotros vivíamos en el centro, en la calle veinte con carrera octava. Mi bisabuela le dejó a mi mamá y a mi tía un lote y ahí cada quien construyó su casa, que parecían más edificios, pues vivíamos en una casa de tres pisos.

En Pereira un poco nos partíamos los que vivían en la Circunvalar y los que vivíamos en el Centro y yo hacía parte de ese conglomerado. Nos reuníamos en unas barras gigantescas de cuarenta o cincuenta muchachos, íbamos al Club Rialto; al teatro Capri a cine; jugábamos basquetbol que era lo más popular en ese entonces.

Buena parte de mis amigos eran mis primos, parientes de toda la “Vallejamenta” y los amigos del Club, que de vez en cuando los domingos hacíamos fiestas que llamábamos repichingas hasta las tres de la tarde, pues no nos dejaban a otra hora.

Mi papá fue un hombre muy estricto con sus hijos. Somos cinco hombres, Carlos, Arturo, Jaime, Roberto, Daniel. Yo lo cuento y la gente no lo cree, pero mi papá no me dejaba salir después de las siete de la noche.

Tenía la teoría, que era cierta pero un poco falaz, de que uno después de esa hora no tenía nada bueno que hacer fuera de la casa. Muchas cosas qué hacer sí, pero nada bueno. Eso tiene mucho de largo y de ancho pues uno tiene que crecer y enfrentarse a las cosas que tiene la vida después de esa hora.

Mi papá era arquitecto de la segunda promoción de la Pontificia Universidad Bolivariana.  Cuando llegó a Pereira se asoció y tuvo una firma por cincuenta años con Jaime Villegas, el papá de Fabio Villegas y se llamaba Villegas Vélez con la que construyeron medio Pereira.

Estudié en el colegio Calasanz, el que había construido mi papá y lo hizo con las uñas, porque los curas no tenían plata. Hubo un movimiento cívico para que los sacerdotes no se fueran.

Al graduarme del colegio y con esa mentalidad pereirana, era claro que nos teníamos que ir de Pereira, no había opción de quedarse a estudiar la universidad. Ya tenía tres hermanos estudiando aquí en Bogotá y lo que hizo mi papá fue comprar un apartamentico chiquito para reunirnos.

Vine a vivir a Bogotá. Comencé estudiando Ingeniería Civil en la Javeriana, porque mi papá quería que siguiéramos sus pasos. Mi hermano estudiaba Arquitectura y  quería que yo estudiara ingeniería.

Yo no he sido un hombre que tuviera una inclinación muy clara sobre alguna disciplina, por lo mismo comencé en esa facultad pero ese primer año de universidad fue un poco tormentoso. Me pasé a estudiar Economía en el Ropsario, que fue lo que culminé.

Siempre he dicho que yo no tenía una vocación definida o porque me gustaba todo o porque no me gustaba nada. Envidio a todos a quienes desde pequeños se identifican con algo, como el médico que en la infancia se revela cuando le pone inyecciones a la muñeca de la hermanita.

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Digo que soy economista pero pude haber sido abogado o veterinario, yo no sé, pero cuando arranqué me concentré.

El Rosario era una universidad muy tradicional y yo como buen pereirano usaba el pelo largo y jeans desteñidos, por lo que a la entrada me paraban y me tocaba mostrar el carnet para identificarme.

Hice una carrera que fue bastante exitosa. Fui monitor de mi facultad. Me metí a la Tuna y terminé siendo su director. Cuando mis compañeros me molestan en la empresa les digo que, “desde ese entonces tenía el don del liderazgo”.

En mi casa todos somos muy músicos porque mi papá era un bambuquero de tiempo completo.

Fui el mejor estudiante de mi clase. Estuve nominado a Secretario de la Facultad, que era el honor que se recibía, que entre otras cosas este cargo lo ocupó Jens Mesa Dishington, también pereirano.

Una vez me titulo, pienso en adelantar un pos grado. Nosotros ya teníamos eso en el ADN, inyectado un poco por mi abuelo. Viajo a Inglaterra y decido que es allá porque me gustaban más los grupos de rock ingleses. Siempre fui un rockero.

Primero estudié inglés y después el pos grado en Administración de Empresas. Termino en el año 1985. Llego en julio a Pereira y en noviembre ya estaba en la Federación, que en ese entonces era lo mejor desde el punto de vista del empleador. Era el sol brillante que obnubila a todos.

La oportunidad se dio en un cargo ejecutivo muy peleado pero por coincidencia, el número dos de la Federación, Hernán Uribe, de Manizales e hijo de don Pedro Uribe, uno de los fundadores de esta institución, era muy amigo de universidad de mi papá. El doctor Uribe le dice a mi papá: “claro, mándeme a Roberto” y aquí vine a dar. Aunque mi abuelo conocía al gerente, era muy malo para pedir favores.

Comenzando en la Federación conozco a María Constanza, mi esposa.

En la Federación, arranqué en el área comercial e hice toda la carrera. En el área internacional, primero estuve en la oficina de Nueva York, un año haciendo entrenamiento. Me casé y me fui para la oficina de Tokio como número dos. Allí estuve casi cuatro años.

A mi regreso el presidente Gaviria me nombró embajador en Malasia. En estos días que lo estuve viendo en compañía de otro amigo, le dijo:

“Oiga, ¿Usted sabe yo por qué nombre a Vélez Embajador?” —“¿Por qué?” pregunta mi amigo — “Le voy a contar. Me puse a pensar, llevo cuatro años de presidente y no he nombrado ningún embajador pereirano. ¡Qué vergüenza! ¿Yo a quién nombro?”.

Pues me nombró a mí que tenía treinta y cinco años. A esa edad  fui a abrir la primera embajada en Malasia, la que todavía está abierta, en el mismo sitio en que yo la abrí, con lo mismo que yo diseñé. Me siento muy orgulloso por eso. Después de diez años regresé con el presidente Pastrana.

Este fue un año y medio fuera de la Federación y además te cuento que fue el único puesto del que me han botado. Cuando Gaviria se peleó con Samper, nos echaron a todos.

Mi hijo nació en Tokio y mi hija en Malasia.

En ese momento me llama Gabriel Silva y me invita a vincularme nuevamente a la Federación. Estuve del noventa y seis al noventa y nueve. En ese año me mandan a la oficina de Tokio, ya de director para todo Asia, donde permanecí hasta el 2002 porque Gabriel me llama a que lo acompañe como Gerente Comercial aquí, donde estuve hasta el 2008.

En ese año consideré que ya había hecho los cambios que quería, el más grande de la historia de esta institución y sentí que debía mirar hacia otro norte.

Hice consultorías privadas en productos básicos, café, carbón, cacao, tipo de cambio. Temas todos que tenía de mi disciplina comercial.

En el 2009, cuando cumplí los cincuenta años, celebramos con fiestas y a una de ellas asiste un amigo mío del primer año en Tokio, Luis Guillermo Plata, que era el ministro de Comercio. Conversando recordamos cuando me hizo visita una vez en Malasia y me dice:

“Oiga, Usted es el preciso” —“¿Para qué?” Le pregunto —“Para que se vaya de embajador a Emiratos Árabes porque vamos a abrir una Embajada. Mándame la Hoja de Vida”.

A dos o tres ofrecimientos yo ya le había dicho que no, como Procolombia, Proexport, pero siempre me negaba por mi compromiso en la gerencia de la Federación. Luego algo me ofreció en el Ministerio, pero en esta ocasión me dio pena decirle que no, le mando la hoja de vida y terminé nominado por el Presidente Uribe pero nombrado por el Presidente Santos como Embajador de Colombia  en Emiratos Árabes.

Allá hicimos la tarea. A los tres años se presentó la oportunidad de la embajada en Japón y la ministra, que sabía que yo hablaba japonés, que tenía toda la experiencia, me invita diciendo que Patricia Cárdenas que estaba allá cambiaba a la de Brasil y me pide que le ayude en Tokio. Estuve hasta que el gremio cafetero me reclamó como Gerente.

Ese es el acontecer de la vida. Viajar nutre mucho como el vivir culturas tan antagónicas. Uno no es bicultural hasta que no conoce y vive en el Asia. La manera de pensar es distinta, el raciocinio, la manera de interactuar, la sociedad. Solamente hasta que se tiene esa oportunidad no se da cuenta de las verdaderas diferencias.

Yo había vivido ya en Europa y en Estados Unidos, pero al fin y al cabo es la misma cultura occidental con buena parte de los mismos valores e historia, pero Asia es totalmente distinta. La equiparo a que te soltaran en Marte. Todo es distinto, primero porque si hay habitantes allí y son verdes, se es el único que no es verde.

La interacción es muy distinta. La primera vez que llegué a Japón experimenté dos cosas que uno oye pero que le cuesta trabajo imaginarse. Uno, el analfabetismo y es igual a quien no sabe escribir ni leer, que toma el periódico y lo único que ve son unos garabatos. Es exactamente lo mismo. Dos, un poco de autismo porque Usted no es capaz de comunicarse con el medio exterior ni el medio exterior con Usted, no hay conexión.

Es muy curioso, hay que tener una pasta especial para acomodarse a situaciones que no son fáciles. Hay quienes no son capaces de vivir en esa parte del mundo pero es muy enriquecedor conocer otras culturas, ver cómo interactúan, sus valores, ver cómo se mueve una sociedad milenaria, cómo ha logrado construir un esquema social que les funciona, que los motiva, que los mueve hacia delante. Trato de pensar cómo sería esto puesto en Colombia pero ese es un ejercicio que no se debe hacer pues este es un mundo muy distinto.

Cuando te ofrecen una cargo la pregunta es “¿yo sí estoy preparado? ¿si seré capaz? Pero hay que asumirlo y sacarlo adelante.

He conservado mi esencia, mi arraigo cultural, mis valores pereiranos no los dejo por nada del mundo, ni mi amor por Risaralda, eso me tiene a mí aquí, pues yo estaba feliz en Tokio.

Todo el mundo me pregunta: “¿y Usted porqué se vino?” —“¡Por tonto!” Respondo. Y sí, ese era uno de mis sueños, ser embajador en Japón pero cómo negarme a una solicitud de Risaralda.

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Isabel López Giraldo

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Roberto Vélez Vallejo: Uno no es bicultural hasta que no conoce y vive en Asia

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