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hace 2 horas

La ropa de gala del flamenco

Más de 30 músicos de entre 18 y 26 años de la Orquesta Filarmónica Joven de Bogotá ensayan durante horas para encontrar el punto medio entre el ‘cante jondo’ y una sinfonía.

La Orquesta Filarmónica Joven de Bogotá ensayan durante horas para encontrar el punto medio./ Wilfredo Amaya

El ensayo con los jóvenes comenzó a puerta cerrada. Los 36 músicos, de entre 18 y 26 años, del interior del país, se notaban con mayor experiencia y muy concentrados durante la interpretación. El maestro Carlos Villa no tuvo que hacer muchas correcciones, todo parecía indicar que sabían lo que tenían que hacer. Conocían la partitura y sabían cuándo debían entrar y cuándo detenerse. Era evidente que habían ensayado desde mucho tiempo atrás. Estaban vestidos en ropa informal, algunos en chancletas, bermudas y camisetas y las mujeres con pantalones cortos y camisetas holgadas, haciéndole eco al clima cartagenero. Todos estaban muy pendientes de sus instrumentos y los estorbosos estuches que tienen que cuidar para guardarlos.

De repente, un joven de cabello negro y crespo comenzó a cantar flamenco y se notaba que no hacía parte de la orquesta, se trataba del vocalista del Cuarteto Vicente Amigo. Su voz era muy fuerte y se escuchaba en todos los rincones del lugar. Él hizo sonar sus palmas, luego sonaron los tambores que estaban en la última fila de la orquesta, y con todo esto empezó a complementarse una sola melodía.

Los integrantes de la Orquesta Filarmónica Joven de Bogotá estuvieron siempre atentos a las notas musicales. De un momento a otro, el ritmo cambió de sonidos más clásicos a sonidos españoles. La segunda canción comenzó con el guitarrista de Vicente Amigo, quien estaba en primera fila, luego seguían los violines y tambores. Las palmas siguieron y el Cuarteto le dio mayor protagonismo a la música flamenca. Los violinistas también tomaron fuerza para enfatizar esa fusión flamenco-clásica que generaba grandes sonidos armoniosos entre sí. En medio de los ensayos, los integrantes de la orquesta disfrutaban y no estaban tensionados por la presión de tener que presentarse ante un escenario tan importante como el auditorio Getsemaní del Centro de Convenciones: al contrario, parecían querer asumir de inmediato el reto.

El siguiente turno fue para la flauta, que hasta el momento había guardado silencio. Altos y bajos, el director había trabajado en compañía con los jóvenes, en una modalidad para fusionar los sonidos. A veces tocaban los instrumentos bajos y luego los altos, dando como resultado una melodía armoniosa en general. Nuevamente sonaron los tambores y el maestro Villa detuvo el ensayo para indicar que debían repetir el séptimo y el octavo compases, con una propuesta más rápida y llamativa.

La cabeza de los violinistas se agitaba fuertemente de un lado a otro, los tambores y palas no dejaron de sonar tampoco en esa última obra que ensayaron. Los integrantes de la orquesta se ayudaban entre ellos, había trabajo en equipo y compañerismo, porque varios preguntaban al aire y de ellos mismos surgían las respuestas. Con los dedos de la mano contaban los tiempos que les tocaba esperar. Mientras unos tocaban, otros seguían las notas atentamente desde sus partituras.

La última pieza con tambores y palmas se repitió tres veces, nuevamente afloró el ‘cante jondo’. La cara del cantaor estaba roja, quizás por el gran esfuerzo que hacía al cantar, pero se notaba que lo daba todo para demostrar el potencial de su voz.

Los sentimientos que transmitía este joven vocalista flamenco a los pocos asistentes al ensayo fueron indescriptibles. Los tambores de atrás, que no se habían escuchado durante el ensayo, por fin lo hicieron. “Hay marinera, y sobre el corazón nada, con la insignia marinera y sobre el ancla una estrella”, cantaba con esmero el artista. Definitivamente él fue el protagonista del ensayo, pues con su voz potente logró inmiscuirse entre las notas instrumentales. 

* Estudiante de periodismo.