Rubén Blades, nuevo cronista de Indias

Compuso un disco, ‘Agua de luna’, basado en los cuentos de Gabriel García Márquez.

El más reciente trabajo musical de Blades salió al mercado este año, y es una recopilación de algunos de los tangos que lo marcaron. / EFE

A mediados de la década de los setenta, la salsa ya tenía todo lo que necesitaba para ser el fenómeno musical más importante de América Latina: una herencia cultural antillana de siglos, un empresario sin escrúpulos que podía convertirla en una industria millonaria y varias docenas de talentosos músicos que le dieron el toque urbano e intenso que hacía falta para atraer a las nuevas generaciones criadas con el rock y la sociedad de consumo. Sin embargo, a todo esto se sumaría un escritor que llevaría el género un escalón más arriba y lo convertiría en un canal masivo con alcances intelectuales y políticos: Rubén Blades.

Formado en una culta familia que insistió en que estudiara derecho (la carrera que por muchos años fue el refugio de los escritores que no encontraban otra opción en las universidades), Rubén Blades tuvo desde muy joven la convicción de que la música era lo suyo. Con este sueño llegó a Nueva York a trabajar como simple mensajero para la poderosa Fania All Stars, hasta que su oportunidad de brillar como cantante y compositor se dio, primero con Ray Barretto y después, ya definitivamente, con Willie Colón. Con los discos grabados con este último, Blades tuvo un éxito sin precedentes en el mercado de la música latina, con canciones salidas de su lápiz que no eran simples variaciones de “vamo a bailá, vamo a gozá”, sino verdaderas construcciones narrativas que mantenían atento el oído del bailador al mismo tiempo que sus pies seguían el ritmo de las congas.

Desde sus primeros éxitos, Blades se destacó como un cronista sin par de la realidad de los latinoamericanos en las grandes ciudades, con sus desventuras cotidianas en la lucha por sobrevivir en un ambiente hostil, pero sin perder la sonrisa y las ganas de bailar, y siempre esperanzados en que las cosas cambiaran algún día de un momento a otro. Así nacieron narraciones apasionantes como Pedro Navaja o retratos desoladores como Juan Pachanga, entre muchas otras canciones que tenían en común un prodigioso ejercicio verbal que delinea con brochazos magistrales personajes completos en unos cuantos versos y que nos hablan de un mundo en el que nada es como parece y en el que las cosas pueden cambiar súbitamente por los inesperados golpes del azar.

Los salseros de América Latina se acostumbraron a hacer de las letras de Blades una parte inseparable del atractivo de su música y, lo que es más importante, las convirtieron en faros morales de su propia vida. Si bien sus canciones más decididamente políticas no alcanzaron para conseguir el anhelado sueño de unidad e igualdad en América Latina, las otras, las que hablan de la alegría y la dignidad siempre presentes a pesar de las dificultades, han servido por décadas para consolar a un continente que sigue enfrentando muchos de sus males de siempre. Los personajes de Blades son desalojados del futuro, por eso su único refugio es el honor de sus raíces y su inquebrantable sistema de valores: estamos jodidos, pero somos orgullosamente latinoamericanos y jamás nos vendimos.

Como narrador de la realidad caribeña, al tiempo que soñador de la utopía latinoamericana, Rubén Blades siempre tuvo mucho en común, política y artísticamente, con Gabriel García Márquez. No es extraño entonces que entre los dos alguna vez se discutiera el proyecto de un disco conjunto con letras del colombiano y música del panameño. Finalmente, el proyecto no se llevó a cabo, pero Blades no dejó escapar la oportunidad y se decidió a sacar por su cuenta un álbum de canciones basadas en las obras del premio nobel. El resultado fue Agua de luna, de 1987, en el que Blades tomó como referente el mundo de García Márquez, pero no el de sus novelas más famosas, sino el de los cuentos un poco olvidados que habían sido recogidos en libros como Ojos de perro azul y Los funerales de la Mamá Grande.

En lugar de hacer una musicalización de las historias allí contadas, Blades usó los paisajes y nombres de los cuentos como inspiración para componer canciones nuevas, con la sensibilidad y los temas propios de su escritura. Tal vez por eso en su momento el disco no fue muy bien recibido por el público, que no se entusiasmó con su sonido experimental, alejado de la salsa dura que los había hecho bailar por años, y esperaba algo así como la narración de las guerras de Aureliano Buendía con el ritmo de Plástico. Sin embargo, hoy el álbum suena más interesante que nunca, precisamente porque Blades consiguió usar la obra garciamarquiana para desatar su propia imaginación y construir mundos que emularon, no imitaron, a los del mago de Aracataca. Además, en las interpretaciones de Blades, los cuentos de García Márquez volvieron a ganar algo que habían perdido en la interpretación general: su carácter de denuncia. En el disco Agua de luna el universo de García Márquez traducido por Blades no es uno de mariposas amarillas y prodigios maravillosos, sino el de la realidad miserable de pueblos que tienen que vivir bajo la ilusión de una vida mejor al tiempo que sufren el rigor de la miseria.

Blades no le construyó con música una estatua al gigante García Márquez, sino que se paró en sus hombros para vislumbrar sus propios mundos y alimentar sus propias fabulaciones. Hizo lo mejor que un artista puede hacer con otro: encontrar en él la inspiración necesaria para estimular la creación propia.

 

 

@HistoricaMente

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