Rubén Vélez y los libros del mueble del comedor 

El antioqueño Rubén Vélez llega a la Filbo con su libro Turbo, un año de juicio, publicado por Sílaba Editores. Él nos recibió en su casa en Medellín para hablar de una obra controversial, diferente, contracorriente, que comenzó a decantar hace cinco decenios. 

La más reciente obra de Rubén Vélez, quien dice que la literatura colombiana actual está plagada de cronistas. Cortesía

Algunos lo llaman “bifé”, unos más le dicen “cómoda” o “armario”, tal vez pueden llamarlo vitrina. No es más que eso: el mueble del comedor. Poca importancia, en la mayoría de los casos, tiene ese objeto en miles de hogares colombianos. Sin embargo, en la casa del escritor antioqueño Rubén Vélez (Medellín, 1956), el mueble del comedor tiene una simbología especial, una suerte de herencia que pocos conocen, porque, además de silencioso, el autor no da entrevistas, no se deja tomar fotos, mucho menos cuenta sus intimidades. Es casi un milagro que abra las puertas a El Espectador, en cuanto su lema es que “Cuando hay obra, el autor sobra”. 

Si está interesado en leer más sobre la feria del Libro de Bogotá, ingrese acá: Gilles Lipovetsky: “La gente no quiere (ni puede) vivir solo para ganar plata”

Una mañana, después de su rutina de ejercicios, abre las puertas de su apartamento, en un piso alto del tradicional barrio de Laureles, en Medellín, donde declara que no peleó por nada de la herencia de sus padres más que por un mueble horizontal antiguo, de madera: “De que fuera escritor yo no tuve oposición en la casa. Ese mueble estaba lleno de libros de mi papá, Alfonso Vélez. Ahí empezó todo, porque para él los libros de arriba, de la parte vidriada, se podían leer. Los de abajo, que tenían candado, no. Pero esos eran los que a mí me interesaban. Por eso cuando él se iba para la finca, los leía. Los de Vargas Vila, los de Balzac, que estaban en el llamado Índice de la Iglesia, no nos los dejaban leer. Tampoco Víctor Hugo, Los miserables. Arriba estaban los de aventura, Julio Verne, los fáciles... por esa actitud creo que salimos lectores”. 

Rubén Vélez es poeta desde antes de estudiar Derecho, en la Universidad de Antioquia, en la década de 1970, cuando se recuerda haciendo versos no convencionales, eligiendo historias de personajes no habituales, para luego decantar esa exploración inicial en una producción en la cual entremezcla los géneros, escribe en tono de niño burlas de adulto, reflexiona sobre los errores de los dirigentes políticos o, simplemente, recuerda momentos de su vida, como lo hace en su reciente publicación: Turbo, un año de juicio, que, precisamente, rememora sus días en la abogacía, en la ruralidad, en el calor de un Urabá que de color verde se tiñe por sus platanales, como se ve en la carátula de la obra. 

Si le interesa leer más notas de Cultura, ingrese acá: Ben Jelloun:"han destruido la identidad del árabe y acabado con su dignidad"

Viaje al Urabá antiqueño

El nuevo libro de Rubén Vélez reúne una serie de relatos cortos, algunos casi poéticos, que hila para preguntarse por la idea de “la antioqueñidad”, un concepto que no ve cercano a su ser, así su acento sea de “paisa” de pura cepa. La obra se pregunta por el ser antioqueño, abriendo debates importantes sobre la raza, el racismo, el poder y la falsedad.

“La antioqueñidad ha cerrado mucho las mentes. Creó una ciudad muy centralista y acaparadora que es Medellín, la cual debió dejar nacer otras ciudades. No me gusta la sobrevaloración: ‘somos la berraquera, somos lo máximo, los de bien, los blancos de Colombia, la raza pujante’. Eso sin saber que somos una raza mestiza, los antioqueños se vuelven arrogantes, insoportables”. 

No sabe qué significa ser antioqueño, por eso no se considera así. “Uno es un invento de sí mismo”, “yo soy el bobo de la casa, no monto empresa”, bromea en modo irónico, ya que sus hermanos dirigen Cueros Vélez, la empresa familiar reconocida como sello de la moda en el país. Yo no hago plata, la gasto, pero no a manos llenas, soy medido. No estoy pesando en crecer económicamente. En toda familia antioqueña debe haber un bobo, ese soy yo”.  Así se sale de la idea de “culebreros”, que caracteriza a quienes nacieron en su mismo departamento. 

Con humor y sensibilidad este autor llega a uno de los temas más polémicos y debatidos en la actualidad de Antioquia: buscar desarrollo en Urabá. Critica la demora en explorar este territorio, recurriendo a la lectura, a su experiencia como lector de autores hoy desconocidos, monseñores e investigadores. 

“Los antioqueños siempre hemos tenido la obsesión de mirar hacia el mar, pero no hemos mirado hacia el mar, porque somos muy montañeros, muy antioqueños y muy aferrados al mito antioqueño: la antioqueñidad. Yo entiendo la antioqueñidad como especie de nacionalismo cerrado y obtuso, que nos domina. Hace siglos se nos sugirió mirar hacia Urabá y no hicimos caso”. 

Entre los personajes que rescata Turbo, un año de juicio, está César Uribe Piedrahita, a quien Vélez dedica un capítulo; un gran novelista, científico y médico que llegó hace cien años a Urabá con una comisión de ingenieros del departamento, quienes tenían la idea de trazar un ferrocarril al mar, el ferrocarril de Urabá, que dejamos dormir. Entonces, el poeta cierra los ojos para imaginarse: “ir en tres o cuatro horas al mar, mirarlo, respirar en el mar, sacar todas estas montañas y darle una panorámica, un balcón hacia el mar”.

Llegó a Turbo para huir de la antioqueñidad, así lo relata: “Había que hacer un año rural, pero él no quería hacerlo en cualquier municipio antioqueño. Lo que buscaba, más bien, era una oportunidad de salir, de desconectarse”. Entonces, mirando las opciones, se dio cuenta de que el único municipio que le permitiría esto sería Turbo. Hasta allá se fue a ser juez municipal, “una labor de mínima cuantía, no implicaba mucho problema y la mayoría de los casos que uno atendía se podían lograr con una conciliación, como lo permite el código procesal”.

Vélez les decía a las partes: “ustedes no pueden estar viniendo de sus tierras, de por allá bien lejos, a firmar papeles, hagamos un acuerdo entre las partes”. Eso lo hacía a espaldas de los abogados, quienes comenzarían a odiarlo. Es que les quitaba clientela. 

Siempre creyó en la palabra como posibilidad de solucionar conflictos, porque “la mayoría eran campesinos, indígenas, quienes se dejaban embolatar por los abogados”. Así logró conocer el ADN de los habitantes de Urabá, quienes eran mirados por los demás antioqueños como colonizados. 

“Los negros mismos son muy racistas, el que sobresale, el que tiene fortuna, comienza a discriminar a su comodidad, la plata como que los blanquea. En Turbo había un Club Rotario, donde iban los blancos, pero no me gustaba. Yo solo callejeaba, tenía amigos negros, tenía amigo-putas, por lo que se hablaba muy bien de mí. El alcalde, que era militar, pensaba que yo era subversivo, sin saber que estaba en contra de la izquierda, ya que había estudiado en la Universidad de Antioquia en una realidad compleja, dictatorial, insoportable. Allá, en el Alma Mater de los Antioqueños, aprendió a conocer la izquierda, con su manía “de desviarse hacia dictadura”. 

El de Urabá era un racismo abierto pero a la vez tácito, “o solapado”, narra. Sin embargo, el trabajo suyo era relajado, parecía un turista. Sin saberlo, estaba escribiendo su libro, estaba creando a los personajes y buscando los rincones bellos de esta tierra en la que enmarcaría este nuevo título. “Me quedaba mucho tiempo libre, porque todo lo lograba con conciliación. Entonces, yo tiraba es pal mar”. 

Son apenas unas líneas las que traza en las páginas del libro. Escribe corto, dice que es un escritor condensado, con las ideas claras. Sus textos van desde anécdotas hasta poemas, pasando por relatos reales, llegando al apellido Bayer, sus relaciones con Cuba, hablando de las realidades del ciudadano de a pie de Turbo, de los casos desconocidos que esconden los archivos judiciales de la gente modesta. 

Ser fantasma

Rubén Vélez dice que vive como un fantasma: “llevo una vida muy monárquica, me invitan a ferias del libro y no voy. Para eso está el libro, la obligación del escritor es escribir el libro y ya. Ahora las editoriales quieren convertir al autor en una estrella, eclipsarlo. Si el libro es bueno que se defienda por sí solo, la persona menos indicada para hablar de un libro es su autor, para eso están los reseñadores, los críticos, los expertos, el público”. 

Sobre su parecido al tono de Fernando Vallejo, al consultarle si es una de sus influencias, acepta que se conectan en tener los dos una voz personal. Aunque enfatiza “él maneja un tono muy tempestuoso, airado, como colérico a veces, haciendo algunos chistes que no son buenos. Ah, y practica el malditismo, yo no. Eso es muy del siglo XIX hablar pestes de la Iglesia, del Papa, esos no son los poderes que hay que impugnar ahora. En ese sentido, Vallejo es un poco anacrónico. Se equivoca”. 

Empezó a escribir desde finales de 1970, lo cual ubica su estilo como anterior al de Vallejo en la sátira y en el uso de las expresiones propias de la cultura antioqueña para narrar. Vallejo no pudo haberlo influido porque estuvo tarde en su vida, marcada por una “indigestión mental”, por leer y leer, tanto que no sabe qué realmente marcó su pluma. 

“La manera formal, solemne de escribir, me choca. Me aterra William Ospina porque es un retroceso de la prosa; todos los novelistas actuales de la literatura colombiana son cronistas, se pueden reemplazar, carecen de voz personal, como un Héctor Abad, un Juan Gabriel Vásquez, un Santiago Gamboa, todos son como cronistas”. 

Salva después de varias críticas a Vallejo. Dice que, siendo más viejo, el autor de La puta de Babilonia está “en la cresta de la ola” y es por su tono. 

Entre los títulos que integran la bibliografía de Rubén Vélez están: Medellín me mata y Nuevo brindis del bohemio, dos compilados de poemas; La abuela huele a lobo y Usted no sabe con quién se está metiendo, fábulas; e historias como Noticias del Holocausto y La máquina no devuelve, se complementan con la obra Turbo, un año de juicio, que presenta Sílaba Editores en esta edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Filbo. 

Y hay más, del poeta Vélez, dice su editora, Lucía Donadío, debe destacarse “su sátira, su manera de hacer chistes que es muy fina”, lo cual contrasta con su dedicación porque cada detalle de su libro lo cuida, buscando imágenes, construyéndolos, además desde las letras, en lo visual. Ella recomienda leer, además de las obras mencionadas, A otra Cleotrapa con ese trapo, obra en la que Vélez se burla de la fantasía infantil. También menciona Niño de buena ortografía mata a su hada madrina, Todo era azar en el hotel Sahara, Dile a la obra que el ogro no puede esperar y Luisa vuelve y baila.

“No espero nada del libro. Estoy convencido de que los libros que produce la provincia no significan nada. Estamos en manos de los pulpos: Planeta, Random House, Alfaguara, los pulpos. No importa donde esté el escritor sino quién es su patrocinador, si su libro no está ahí, no hay nada que hacer”, cierra un autor que se negó a presentar su libro en la Filbo, esperando que sus letras lleguen de manera más natural a quienes de verdad le interesen. 

852797

2019-04-28T18:38:40-05:00

article

2019-04-28T18:59:57-05:00

faraujo22_102

none

Daniel Grajales T 

Cultura

Rubén Vélez y los libros del mueble del comedor 

51

12044

12095

 

contenido-exclusivo

La soledad del gigante

El café después del amor

Sobre "Normal", la película de Adele Tulli