Ruby Rumié: "Desconocemos y muchas veces tememos lo diferente"

Presentamos en el capítulo de esta semana de la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo, a la artista cartagenera Ruby Rumié.

Ruby Rumié, quien dice que si editara una parte de su vida, por dolorosa que haya sido, no sería quien es hoy en día. Cortesía

Ruby Rumié nació en Cartagena de Indias, Colombia. Ciudad de contrastes, reconocida por contar con uno de los centros históricos y turísticos más importantes de Colombia, que a su vez presenta altos niveles de discriminación racial, desigualdad social y extrema pobreza. En medio de este panorama, ella enfoca su obra hacia problemas sociales, recurriendo a varias disciplinas como la etnografía, la psicología y la sociología, para referirse a situaciones como la gentrificación, la violencia de género, las barreras sociales y el esplendor de los pequeños oficios en donde el arte y sus relaciones con las comunidades han sido el hilo conductor.

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Su trabajo incluye pintura, escultura, fotografía, video e instalación; elementos que son materializados al representar el cuerpo a través de estructuras en volumen en forma de objetos, otras de grandes instalaciones en donde trabaja la repetición como plataforma de protesta y fotografías en las que se diluyen las diferencias entre estratos sociales; todas con la idea de crear narrativas que estimulen la reflexión, el placer visual y la emoción.

Resulta maravilloso saber que existen personas como ella, que nunca dejarán de sorprendernos y, de sorprenderse. Vive un proceso de crecimiento continuo, de conocimiento permanente, de descubrir aspectos de los que no tenía idea. Es alguien que cuenta con una gran capacidad de asombro, es curiosa y juguetona, una persona a la que no le gustan los rótulos, es mucho menos seria de lo que su aspecto pudiera revelar y menos convencional de lo que pareciera. No obedece a la interpretación de un personaje específico que la obligue, que la someta o que la amarre, porque de otra forma, tendría que cargar con el gran peso que significa una personalidad definida y limitada.

En su trabajo tiene que haber un cierto grado de adrenalina, quizás muy alto, como la que experimenta quien camina en una cuerda floja o en un campo minado. No le gusta repetirse ni copiarse y vive en construcción constante. Por otra parte, resulta bastante extraña también, porque tiene una mezcla de muchas razas, pero la cultura colombiana, con todo el bagaje de nuestra herencia africana e indígena y la religión católica, la han influido poderosamente, lo que de muchas maneras se refleja en su trabajo.

Antepasados (bisabuelos, abuelos, padres)… hermanos

Mis orígenes más cercanos los encuentro en mis bisabuelos, comienzo con Carlos Rumié y María Cajales, ambos nacidos en Damasco y padres de nueve hijos. El menor de ellos fue mi abuelo, Andrés Rumié Cajales, un hombre muy organizado y al mismo tiempo divertido, pero el menos excéntrico de los hermanos. A sus treinta y tres años llegó a Cartagena – Colombia, a bordo de un barco con el propósito de cerrar en seis meses la firma de sus hermanos mayores, quienes extraían oro y platino en el Chocó. Ellos crearon la empresa Rumié hermanos con sede en Nueva York, los primeros años fueron de ganancias, después vinieron las pérdidas a causa de su irregular administración.

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Mi abuela paterna, Felipa María Bossio Watts, fue una cartagenera de origen italiano y sus padres se llamaron Julia Watts y Pedro Bossio. Tocaba el violín y era una mujer muy particular, artista, creativa y teatral. Le decían Sarah Bernhardt, como la actriz francesa, por su carácter dramático e histriónico. Lamentablemente su talento no llegó a desarrollarse en escenarios profesionales, el rol de la mujer en la época estaba limitado a los espacios domésticos, sin embargo eso no le arrancó aquellas características tan propias de su personalidad. Felipa se enamoró de mi abuelo Andrés, como él de ella y por esta razón nunca se devolvió a Damasco. Se dice que Rumié significa ‘hijo de la griega’ y mi abuelo era griego ortodoxo por lo que tuvo que adoptar el catolicismo para poder casarse con Felipa.

Tuvieron un solo hijo que fue mi padre, Carol Andrés Rumié Bossio. Mi abuela era muy baja de estatura, medía 1.58 cm, mi abuelo 1.87 y mi padre 1.96, fue un hombre extremadamente buen mozo, inteligente, culto, talentoso, de gran sentido del humor, sin embargo, bastante consentido. Estudió medicina y se especializó en psiquiatría en el John Hopkins Memorial Hospital en Baltimore. Tenía una gran imaginación, a la hora de contar historias lo hacía con muchísima habilidad y teatralidad.

Mis abuelos fueron muy importantes en mi vida y conté con la fortuna de su longevidad. Cómo no mencionar a mi abuelo materno, Nicolás del Castillo Stevenson, fue un ser de luz, de una dulzura infinita y al mismo tiempo bastante estricto. Nació en Cartagena pero sus raíces son españolas e inglesas (de piel muy blanca, pecosa, y pelo ondulado) y se casó con una cartagenera de ascendencia francesa, mi abuela Honorina Mathieu Orillac. Fue un gran empresario, con un notable sentido del humor; vivió una pasión desbordada por los animales y la naturaleza, aunque lo recuerdo poco sociable. Yo lo acompañaba con frecuencia a la finca donde él me invitaba a observar pájaros y a caminar, tenía variedad de animales entre ellos monos, gallos, gallinas, patos, gansos, chigüiros, pavos reales, ardillas, vacas -que respondían al llamado para alimentarlas- y otros más.

Mi madre, Lourdes del Castillo, es una mujer muy especial que hace más de cuarenta años tiene una academia de arte, ‘La Terraza’. Estudió Historia del Arte en Estados Unidos, fue retratista y tuvo una repostería en la que hacía pudines de novia (su habilidad manual le permitía lucirse con el pastillaje). De ella heredé mi pasión por la pintura y el retrato. Mis padres se conocieron en Cartagena y de su unión nacimos cuatro hermanos Carol, Jorge y Sergio. Entre todos compartimos un gran sentido del humor, un profundo sentido de la ética, y un interés por las problemáticas sociales, de las cuales solemos conversar con mucha frecuencia junto con sus esposas, Leyla González y Karina Díaz Granados.

Infancia

Cuando tenía dos años, nos fuimos a vivir a Baltimore con mis padres y mis tres hermanos. Allá mi padre, que era médico, hizo su especialización en psiquiatría.

Mis padres venían de familias acomodadas; nosotros estábamos acostumbrados al bienestar que ofrecen las ciudades de provincia en Latinoamérica. Por este motivo, fue un reto y un aprendizaje ajustarnos a la vida de estudiante de mi padre ya que ello trajo consigo limitaciones económicas. Sin embargo, y a pesar de estas restricciones, con nosotros viajó Margot Marrugo, una muchacha joven que provenía de una familia con escasos recursos económicos. Ella ayudaba a mi madre con nuestra crianza y en las labores del hogar.

En Baltimore mis padres arrendaron una casa pequeña con pocas habitaciones, por lo que Margot dormía conmigo en una de estas; nos hicimos grandes amigas. De aquella época mi madre siempre recuerda que al final de cada mes, cuando llegaba la persona encargada de cobrar la renta, teníamos que esconder a Margot en el sótano (“basement”) para que no nos echaran de la casa. Eran los primeros años de la década del sesenta y no se aceptaban personas de origen afro en ciertas viviendas de los Estados Unidos. Mi madre siempre se las ingeniaba para que Margot no se diera cuenta de esta situación, o quizá por discreción ella nunca nos hizo saber lo contrario. Actualmente Margot está jubilada y vive con su familia en Nueva York, familiares que se fue llevando poco a poco. Con ella mantenemos una relación cercana y muy afectuosa. La aprecio y admiro.

Mis estudios de primaria los inicié en los Estados Unidos. Luego de cuatro años regresamos a Cartagena. Mis hermanos y yo llegamos hablando solamente inglés. Me decían “la gringa”, por ser rubia, no hablar el castellano y no saber bailar merengue (carta de presentación de una caribeña). Crecí en esta especie de limbo identitario, no me sentía estadounidense y tampoco colombiana. Tal vez fue esta situación la que me impulsó a construir un universo propio, lleno de imaginación y silenciosa observación. En Cartagena mi vida transcurrió entre el mundo de las nanas que trabajaban en mi casa, el cual era mucho más divertido, colorido, espontáneo y alegre que el otro, el de la vida social que por ascendencia familiar tenía la obligación de vivir.

Como ves, provengo de una familia muy creativa. Pero tengo presente otra gran inspiración que sin duda ha influido en mi trabajo. Esta inspiración la encuentro en el contacto que a diario tenía con las nanas que trabajaban en mi casa y en las casas de mis abuelas.

Era maravilloso observar su rutina laboral, la cual llevaban a cabo con minucioso detalle y destreza. En ese entonces no había aparatos eléctricos, por lo que todas las labores del hogar se hacían manualmente: los preparativos para la cena, el aseo de la casa y el lavado de ropa eran para mí una hermosa experiencia visual. Recuerdo la señora que diariamente iba a la casa a lavar la ropa en la batea (una rampa pequeña hecha de mezcla de cemento con piedra china lavada). Al estrujar o friccionar la ropa con las chinas, diminutas piedrecitas de río, la mugre salía. A este sistema se le sumaba un garrote de madera, plano, con el que se golpeaba la ropa. Mientras la encargada lavaba, fumaba cigarrillos sin filtro que sus labios y su lengua maniobraban a su antojo: hacia afuera de la boca, cuando tocaba botar la ceniza si la lengua anteriormente había palpado suficiente acumulación, o hacia adentro, para evitar que la ceniza cayera sobre la ropa. Las manos, por su parte, nunca se despegaban del oficio de lavar y el cuerpo nunca perdía su coordinación. Era mágico, parecía una danza.

Recuerdo también que me quedaba absorta cuando veía a la cocinera separar el arroz de su cascarilla. En primer lugar el arroz lo vertía en una palangana de metal, luego con un ademán de mucha precisión lo lanzaba al aire. En lo alto, en la nube blanca que se formaba, la cascarilla iba quedando por fuera y el arroz regresaba al recipiente. Varias veces intenté realizar esta labor, pues la veía como algo muy simple, pero nunca me resultó.

Estas sencillas labores del hogar y los gestos corporales necesarios para su realización, eran poesía para mí. Ellas me enseñaron a muy temprana edad la nobleza de la práctica manual y -más allá del discurso racional- me enseñaron que lo profundamente bello está en lo más simple, lograr lo simple puede llegar a ser muy complejo. Cada acto y movimiento generado en la cocina, aquel íntimo espacio del hogar, se desplegaban ante mis ojos como un ritual, una ceremonia llena de magia, era un deleite para mis sentidos.

Mi imaginación también me llevaba a vivir algunas situaciones no siempre favorables, en el colegio. Gracias a esta era fácil desconcentrarme en clase con cualquier cosa, si veía una mariposa en pleno vuelo mi mente se iba siguiendo sus movimientos y contemplando sus colores. Cuando por fin desaparecía de mi vista ya había perdido el hilo de la clase. Las lecturas debía repetirlas hasta cinco veces, lo que a mis amigas les tomaba veinte minutos entender, a mí todo un día. Afortunadamente con el tiempo descubrí que tenía otro tipo de inteligencia, comencé a escuchar mi voz interna. Pero acallar las voces y presiones externas no es sencillo, no nos educan a escuchar nuestra voz interna y la acallamos, por lo que algunas veces terminamos confundidos. Lamentablemente en la sociedad en general persiste la idea de que la educación se basa en la memorización de datos e información sin aterrizar todo ese cúmulo informativo al contexto diario; poco se habla de la importancia de tejer relaciones equilibradas con nuestro entorno, o de la importancia de la intuición en el proceso de conocerse a sí mismo, de desarrollar un carácter reflexivo y un criterio ante la vida, cualidades que considero infinitamente necesarias. Desconocemos que existen diversas formas de aprendizaje, personalidades e inteligencias. Desconocemos y muchas veces tememos a lo diferente, de ahí que la reacción más común sea estigmatizar, rechazar o ignorar aquello que no encaja con las ideas sociales predominantes.

Mis primeros acercamientos a la pintura fueron clave en ese proceso de escuchar mi voz interna; estos los viví de la mano de mi mamá. Un día ella estaba haciendo un retrato apoyada en una modelo y me pidió que le dijera lo que observaba. Miré el cuadro y a la modelo con cierta timidez (pues a mis ocho años me intimidaba un poco), pero me sorprendía y divertía notar que acertaba. Esa habilidad con las manos, las líneas y los colores de alguna forma era reconocida entre mis compañeros, de ahí que en el colegio me proponían para hacer los carteles y tableros. Esto fue moldeando mi identidad.

Juventud

Al graduarme inicié un curso de pintura en Bogotá en la academia de David Manzur, pero lo hice con la idea de estudiar publicidad. Confieso que me daba pavor ser artista.

Siempre he tenido la impresión de que la publicidad se mueve en un terreno más conocido y establecido dentro de los códigos sociales, su especialidad es vender productos en el contexto de consumo masivo; lo podemos ver a diario pues está presente en la televisión, las redes sociales, los medios de transporte, los centros comerciales, en todos lados, siempre advirtiendo cuál es “el mejor” producto para consumir. El arte en cambio es muy diferente, tiene una finalidad estética y propone un pensamiento sensible, sus temáticas ahondan en la complejidad de la existencia del ser humano, nos confronta y nos sorprende, activa nuestros sentidos y emociones ante temas que usualmente evadimos, la muerte, la enfermedad, la vejez, las diferencias (ya sean identitarias, étnicas, sexuales, etc.), las injusticias, el dolor, el quebranto del cuerpo. Así mismo nos devela el esplendor de la belleza en aquello que la mayoría de las veces pasamos desapercibido. El arte persigue lo ilimitado, dota la vida de poesía, hace que nuestra existencia se expanda más allá del ritmo monótono y conocido en el que se mueve nuestro cuerpo y nuestra mente a diario; y lo hace porque logra tocar la médula de la vida, aquella parte de nuestra condición humana tan esencial que no siempre alcanzamos a nombrar. Por lo tanto, para el artista –e incluso para el público atento- el arte implica un acto de honesta y profunda introspección que puede resultar muy doloroso, o bien puede llenarnos de mucho goce y placer ante el descubrimiento de lo desconocido.

Matrimonio e hijos

Me casé muy joven con Fernando Araújo Perdomo y tuvimos cuatro hijos (Luis Ernesto, Fernando, Sergio y Manuel), mi mayor obra, (risas). Con el nacimiento de mi primer hijo, nació también un lado de mí que desconocía, se inauguró un amor que afloró desde lo más profundo de mi ser y me revistió de una vulnerabilidad tan fuerte que me hizo sentir muy humana. El embarazo y la maternidad me llevaron a dejar de pensar exclusivamente en mí misma y comenzar a pensar en ellos. La crianza de un hijo es todo un aprendizaje; el convencionalismo indica que uno como padre y madre es quien enseña a sus hijos, pero resulta que cuando uno está abierto, deja el prejuicio a un lado y tiene cierta capacidad de asombro termina aprendiendo más de sus hijos que ellos de uno. Mis hijos son maravillosos en todo el sentido de la palabra, son personas éticas, de gran fortaleza y profunda nobleza, están comprometidos socialmente y son unos apasionados con sus familias y trabajos. Aunque no lo creas, soy objetiva (risas). Con humildad veo cómo cada uno lucha por superar sus flaquezas, porque las tienen, como todos, pero lo cierto es que sus cualidades las sobrepasan. Estoy infinitamente orgullosa de ellos, hoy tres están casados y tengo unas nueras maravillosas (Andrea Echavarría, Alejandra Isaac y Daniela Ventura).

Después de dieciséis años de matrimonio nos separamos. Esta ruptura representó para mí un dolor profundo, del que logré reponerme. No fue fácil que tomáramos la decisión con cuatro hijos, pero por fortuna siempre mantuvimos una excelente relación.

Primeros trabajos

Me inicié en el arte como retratista y con el pasar de los años he atravesado diversas etapas y sigo transformándome. Mi experiencia en el retrato ha estado marcada por un diálogo íntimo entre la práctica manual, la disciplina en el quehacer y mis inquietudes con el pensamiento pictórico. Como retratista reflexionaba sobre la voluntad de perpetuar el recuerdo de una persona más allá de sus cualidades físicas y de todo encargo. Comencé representando indigentes, personas que por su condición social están al margen y son invisibles para nuestra sociedad. A raíz de mi primera exposición, y por el gran detalle y realismo de mis pinturas, fui recibiendo encargos para hacer retratos familiares de gran formato, lo que resultó ser un gran reto para mí. Aceptaba los encargos con la condición de entrevistar a las personas que iba a retratar, buscaba descubrir su mundo personal, de modo que el retrato lograra revelar su identidad, su esencia. Los precios de mis cuadros se incrementaron, y llegué a tener muchos pedidos en espera.

En el año 1995, después de realizar una variedad de retratos, llamé a las personas que estaban en la lista de espera para decirles que suspendía los pedidos. Había perdido la pasión, la capacidad de asombro y de descubrimiento. De manera drástica y simple, puse fin a esta etapa de mi carrera como retratista. Entendí que el éxito económico no garantizaba ni la justeza de la obra ni la fidelidad conmigo misma.

Luego siguieron otros momentos difíciles en los que no sabía hacia dónde conducir mi trabajo ni qué hacer con toda la energía acumulada en mi interior. Pasaba el tiempo en mi taller sin hacer algo “productivo”; me quedaba horas sentada en un rincón mirando hacia un muro blanco y vacío; me sentía vulnerable y sensible, sin embargo profundamente viva.

Aprendí a resistir la soledad y el silencio para poder escucharme, al principio con gran timidez y luego con más fuerza. Fue entonces cuando llegó, como un bálsamo, mi propuesta Ensamblajes, una serie de objetos ensamblados de madera y muñecas, en la que reflexiono sobre la fragilidad del ser humano, su sexualidad, sus obsesiones, miedos e ilusiones. Las muñecas que utilicé fueron modificadas al punto de borrar la apariencia inocente que se les atribuye, de ese modo podía abordar temas tabú como la menstruación y el dolor que esta produce en algunas mujeres.

Algunas experiencias de mi infancia también han inspirado mi obra. Por ejemplo, mi abuela paterna, Felipa, tenía confianza en mi habilidad manual y por lo tanto me daba tareas para que yo hiciera, como pintar jarrones y otros elementos. Interpretaba el piano y el violín y en su jardín tenía un cultivo de anturios primoroso. De forma permanente estaba cambiando la casa y lo que más me gustaba era la decoración pues usaba colores muy contrastados, el claro-oscuro, su baño era blanco y el de visitas negro, todo muy surrealista.

Tenía en su cuarto dos escaparates y para mí abrirlos era como entrar en una dimensión desconocida, un infinito mundo de cajoncitos y paqueticos que se abrían a mis ojos. Ella era fumadora, por lo mismo, todo lo envolvía en el celofán de los cigarrillos. Yo le pedía que me dejara sacar cuanto tenía con la promesa de que se lo guardaba de la misma forma impecable (siempre supe que ella me daría el cielo si se lo pedía). Y es que yo quería verlo todo, tocarlo, vivirlo. Podía pasarme horas en ese oficio pues lo suyo era inagotable, además, estos escaparates tenían un aroma muy particular, entre el alcanfor, el perfume que usaba, Madame de Rochas, y el olor a ropa limpia recién planchada que me envolvía y transportaba a otros mundos.

De ahí surgió la idea que apliqué en la instalación de las muñecas, pues hice dos muebles escaparates que se abrían para descubrir cosas que se podían tocar, unas inspiradas en la ternura pero otras resultaban muy fuertes. En un cajón se descubría un objeto en cera lleno de pelo, lo que generaba rechazo; en otro había una foto muy linda, bien enmarcada con flores; al abrir uno diferente se podía ver sangre en una jeringa antigua de vidrio con metal que impresionaba; también una foto mía con una mascarilla y dos manos de muñeca pidiendo ayuda por los ataques de asma; en otra, Kent con la Barbie sexuados -siempre me pareció injusto que a uno le dieran muñecas sin genitales o que les cambiaran los nombres-. Las fotografías en las puertas de los cajones tenían una imagen mía con diferentes emociones, alegría, tristeza, rabia, angustia, incertidumbre; cuestionamientos que no correspondían a lo que se hallaba en el interior, lo que generaba un cortocircuito que obligaba a no suponer y a mantener el factor sorpresa.

Esta serie también hace alusión a una de las situaciones de mayor angustia que hemos vivido como familia, la quemadura de tercer grado de mi hijo mayor cuando tenía ocho años. En el instante del accidente, cuando corrimos a socorrerlo, en medio de la angustia, lo abracé y le pregunté si le dolía, a lo que él contestó “Mami, no siento nada”. Esa frase quedó grabada en mí, sembró una gran inquietud. Durante un año completo soñé con heridas físicas profundas y que de lo profunda de esas la zona se adormecía y anestesiaba. En mis pesadillas sentía el impacto pero no había dolor. Esta recurrencia me llevó a crear una serie de muñecas quemadas que titulé Me quemé tan profundamente que no siento nada, en donde la ausencia de dolor físico lo trasladé a la ausencia del dolor emocional. Cuando la herida es tan profunda el cuerpo no siente el dolor.

Reflexionando sobre temas relacionados con la niñez, hice otro trabajo de nombre No se necesita tener 33 años para ser crucificado. Y es que nos venden la historia de que la infancia es muy feliz pero en general puede ser también dolorosa, de traumas, desencuentros, abusos, miedos, soledad, ausencias, incomprensiones y podría nombrar infinitos escenarios. Generalmente el niño o la niña no manifiesta esas emociones o somos los adultos quienes no las sabemos leer. Los niños se ven felices jugando pero adentro está la herida. Quise sacar mis propias marcas y con ello mostrar que en efecto nos habitan (más de lo que creemos), marcas que hoy puedo enfrentar con más facilidad.

Por todo esto que te he contado, este período de quiebre y de revisión descarnada para mí sigue vivo, aún dirige mis pasos. Puedo reconocer con más acuidad la dirección en que debo orientar mi trabajo, y respeto profundamente el ciclo interior necesario a la aparición de una obra.

Corte en el trabajo, el interés por temas de sentido social

Desde 1998 me he cuestionado acerca del sentido del arte y el compromiso del artista en la sociedad, estas reflexiones surgieron cuando, en ese mismo año, trasladé mi estudio a Getsemaní, un barrio histórico y popular de Cartagena de Indias que cuenta con tradiciones culturales, celebraciones ancestrales, historias de vida, entre otras prácticas cotidianas que nos hablan sobre el carácter patrimonial del mismo; barrio que también afronta problemas de gentrificación y criminalidad, los cuales atentan contra el bienestar de sus habitantes.

Instalé mi estudio en el Callejón angosto, donde conocí los hábitos diarios, las luchas y conquistas de mis vecinos; historias que me trastocaron y motivaron a tener una mayor apertura hacia la comunidad. Todo esto propició la construcción de nuevas visiones y formas de expresión que se manifestaron como un giro significativo en mi trabajo artístico.

Durante este período de quiebre, de revisión de lo anteriormente realizado, me hice muchos cuestionamientos sobre el compromiso del artista dentro de la sociedad, e indagué acerca de la fragilidad del ser humano, de los valores que comparten los individuos entre sí con respecto a lo que es la vida, y a lo que es la muerte.

Estas búsquedas me llevaron hacia nuevas miradas sobre problemáticas de carácter social, patrimonial y territorial en donde el arte y sus relaciones con las comunidades fue el hilo conductor. A través de estos trabajos quise fomentar la participación ciudadana de manera que los habitantes pertenecientes a un determinado grupo social abordaran de forma crítica las complejidades del mundo, cuestionaran el entorno en el que viven y con la ayuda del arte propusieran la construcción de nuevos escenarios sociales. Dentro del marco de este concepto están algunos trabajos como son Getsemaní: Sujeto-Objeto (2003), Lugar común (2008)Hálito divino (2014) y Tejiendo calle (2016-2017), por solo nombrar cuatro de estos.

Proyectos más recientes: Getsemaní, viaje a Chile, esposo, Lugar común, Hálito divino, Tejiendo calle y NH Galería.

Los problemas raciales, de clases sociales, género y violencia están enraizados en nuestra sociedad. Getsemaní: Sujeto-Objeto es un proyecto que surgió tras mi llegada al barrio, en el que reflexiono sobre la importancia de nuestro patrimonio intangible y de cómo lo dilapidamos de manera acelerada fomentando la gentrificación en nuestras ciudades. El barrio Getsemaní, ubicado a las afueras del Centro histórico de Cartagena, desde hace algunos años vive un fenómeno de desplazamiento de sus habitantes a causa del encarecimiento de los servicios públicos en la zona, una presión económica que los lleva a ceder ante las frecuentes ofertas de compra y venta de sus casas. Esta forma de desplazamiento genera la pérdida del patrimonio cultural inmaterial de este emblemático barrio que se deteriora con la ausencia de su gente, los hacedores de ese patrimonio que le dan identidad al lugar.

Después de este proyecto viajé a Chile, donde me volví a casar. Mi marido, Roberto Benavente, es un arquitecto y museógrafo chileno, un hombre espectacular. Con él he creado una relación de complicidad y gustos compartidos, podemos conversar apasionadamente durante horas sobre temas tan diversos que nos mueven. También he aprendido muchísimo con su trabajo, desde la importancia de una buena instalación hasta el manejo de programas como Photoshop, Indesing etc. Hemos crecido juntos como seres humanos y profesionales.

Allá también conocí a Justine Graham, artista francoamericana con quien trabajamos un proyecto que titulamos Lugar común. Aquello que nos motivó a su realización fue la persistente conducta que hay en los países latinoamericanos de ubicar a las personas dentro de ciertas categorías sociales. Dependiendo del rango que se les asigna, son incluidas o excluidas de ciertos ámbitos sociales. Vivir como extranjeras en Santiago de Chile, distantes de nuestros países de origen, nos sirvió para observar con mayor claridad esta situación. Fue así como nos planteamos la posibilidad de desordenar estos códigos sociales de manera visual para hacerlos más evidentes. Enfocado este hecho social, le dimos cuerpo en la relación empleadora-empleada del servicio doméstico. Escogimos el espacio doméstico por ser un lugar teñido de afectos, pero también de culpa. Allí las relaciones laborales se tornan difíciles, pues para las empleadas domésticas implica el conocimiento de las intimidades de una familia que no es la propia. En el hogar, entonces, como lugar de trabajo, se mezcla la proximidad física y la distancia social.

Con el proyecto exploramos las experiencias de estas mujeres vinculadas entre sí a través de relaciones laborales. Convidamos, entre 2008 y 2010, a 100 mujeres entre los 19 y 95 años de edad en tres países latinoamericanos: Chile, Colombia y Argentina. A las participantes les invitamos a romper con su cotidianidad laboral, sacándolas del espacio del trabajo y generando encuentros para compartir su experiencia a través de cuestionarios, sesiones fotográficas en parejas y almuerzos colectivos.

Con el propósito de resaltar las características de cada mujer y debilitar las relaciones jerárquicas, establecimos un marco formal para los registros fotográficos: camisetas blancas iguales para todas, distancia, iluminación, postura y telón de fondo. Por medio de estos parámetros, pretendimos mostrar la similitud y la diversidad, sin clasificaciones externas. Al confrontarlas visualmente como parejas retamos la forma convencional del retrato, brindándoles a ambas una misma visibilidad, perturbando de esta manera los estereotipos que existen en nuestras construcciones sociales.

Luego vino Hálito divino, un proyecto que nació por el deseo de profundizar en hechos de violencia doméstica para visibilizar el dolor silenciado y oculto de aquellas mujeres que han sufrido esta experiencia traumática, pero sobre todo para que una vez reconocido, fuera validado y dignificado. Frente a esta situación, factores internos y externos condicionan la respuesta que cada mujer le da al dolor estimulando en muchos casos su negación. Con frecuencia el dolor es acallado por temor a perder su posición social, convirtiendo su aflicción cotidiana en un mudo calvario; otras no conocen una forma diferente de vivir porque siempre han visto el maltrato físico como medio de comunicación sobre el cual tejer sus relaciones familiares. También están las mujeres que sienten que merecen ser maltratadas por una culpa abstracta que se remonta al “Génesis”, esto es al pecado original atribuido a Eva. Cada respuesta desde el dolor está íntimamente ligada a la memoria y la historia personal de cada mujer.

¿Cómo visibilizar y materializar ese dolor oculto?, ¿cómo validarlo?, ¿cómo hacerlo sin victimizarlas? Estos fueron los interrogantes que me asaltaron inicialmente, y me llevaron a reflexionar en torno a la manifestación del dolor inmaterial (propio del ser, de la mente y el ánimo) en el cuerpo de aquellas mujeres. Ante una sensación de dolor profundo e intenso, todo nuestro ser se quebranta, afectando inicialmente la respiración; el cuerpo se contrae, perdemos aire y en medio de las lágrimas y el desconsuelo sentimos que nos ahogamos. El reto entonces estaba planteado. Cómo materializar ese dolor abstracto sin recurrir a la imagen de ellas, sin victimizarlas.

A partir de allí, comencé un proceso arduo de lectura, construcción de ideas, elaboración de bocetos y dibujos, con el que finalmente llegué a las vasijas de cerámicas, objetos que en nuestra tradición precolombina tenían un importante uso ceremonial. Pero, esto no era lo único que me resultaba fascinante, la representación de la figura femenina también era una constante en muchas de estos objetos. Al resolver los cuestionamientos iniciales, elaboré siete prototipos de vasijas blancas de cerámica en barbotina cocida. Estos recipientes además de asemejarse a las formas femeninas, los concebí como contenedores ideales para depositar y custodiar el dolor exhalado de las 100 participantes durante una ceremonia, en donde experimentaran transformación, purificación, renacimiento y reinvención de sí mismas. La exhalación del dolor convertido en hálito divino.

El trabajo plástico lo distribuí en tres etapas, ‘Canto hacia dentro’ en la que el dolor es reconocido, exhalado, sellado y etiquetado en las 100 vasijas blancas con las iniciales de cada participante. Luego, sigue ‘La sombra de lo que queda’ correspondiente a las 100 vasijas negras que simbolizan el duelo y se ubican frente a las blancas. Y la última etapa, ‘Mírame nuevamente, ya no soy la misma’, correspondiente a las 32 vasijas que tienen una corona con figuras de mujeres en metal. Están bañadas en oro o en plata mate y representan los 32 barrios de origen de las participantes en la ciudad de Cartagena. Simbolizan el renacimiento de la mujer. La cúpula también cuenta con 1.320 figuras de metal bañadas en oro que corresponden al número de mujeres que denunciaron a sus parejas por maltrato físico en Medicina Legal durante los años 2012 y 2013. Las figuras de las mujeres las elaboré a partir del escaneado de una mujer real en 3D, que luego imprimí en este mismo sistema y en diferentes tamaños.

Cada corona es diferente, no solo en su apariencia también en sus significados simbólicos. Sin embargo, comparten algo en común, todas representan la coronación, es decir la capacidad de alcanzar un punto alto. Luego de varios bocetos, las armé en cera para posteriormente fundirlas en metal; una antigua técnica conocida como “la cera perdida”. Para las coronas de árboles de las figuras de mujer pequeñas acudí al mismo sistema que se usa para producir en serie piezas individuales en una sola fundición, sin embargo lo que es un simple proceso para muchos joyeros en la realización de producciones en serie, yo lo hice con el propósito de que el resultado fuera un objeto único. La belleza de estos arbolitos parte de su aspecto simbólico: quise recordar que todos tenemos un mismo origen o ascendencia y linaje poniendo a todas las figuras de mujer naciendo de un mismo tronco central o núcleo.

Durante dos años (2012 y el 2013) en Cartagena de Indias y en colaboración de dos trabajadoras sociales, invité a 100 mujeres entre los 18 y 72 años de edad procedentes de grupos étnicos y estratos sociales diferentes y con distinta preparación intelectual, a que compartieran unos momentos de reflexión sobre el dolor en que vivían. La experiencia fue una sorpresa para todas. Cité en pequeños grupos a las mujeres en mi taller, donde tenía ubicadas 100 vasijas blancas de diferentes formas. Al entrar al espacio, las participantes se percataban de su existencia. Después de varias indicaciones introductorias, cada una escogió la que quiso. La selección dependió –quizás- de la relación entre el tamaño del dolor que en ese momento estaban sintiendo y el de las vasijas. Dentro de ellas, en un lugar íntimo, apartado del grupo y de manera individual, exhalaron su experiencia dolorosa. Seguidamente, como función reparadora y limpiadora se dieron a la tarea de respirar con sentido: hálito como soplo de vida. Terminado este ejercicio las vasijas se sellaron y lacraron con las iniciales del nombre de cada participante; comprendí esa acción como un gesto simbólico de encapsular el dolor. Las vasijas dejaron así de ser un objeto externo para convertirse en la extensión de la interioridad de cada una de ellas. Finalmente, le entregué a cada participante, a modo de amuleto, la figura de una mujer en metal como recuerdo de la experiencia. Encontré significativo la aceptación del dolor y posteriormente la realización del duelo como medio para reconstruir una nueva vida.

Este trabajo lo compartí en otros países. En Estados Unidos por ejemplo, expuse en Nohra Haime Gallery, en Nueva York, donde un grupo de mujeres muy conmovidas por la obra, decidieron proponerme replicar el proyecto. Las participantes proceden de diferentes partes del mundo, mas todas residen en Nueva York.

Tejiendo calle, mi último proyecto es un homenaje para 50 mujeres mayores de 70 años dedicadas a la venta ambulante en la ciudad de Cartagena, quienes con sus saberes y prácticas han enriquecido nuestro patrimonio cultural. A partir de un patrón fotográfico definido y al retirarles de la cabeza la palangana con la que venden sus productos, cuestiono las representaciones exóticas de postales turísticas con las que generalmente se les identifica, dignificándolas de manera individual y construyendo un nuevo orden visual que permita modificar el encuentro del espectador con ellas y tal vez el de ellas consigo mismas.

Este proyecto nació precisamente del encuentro revelador con Dominga Torres Teherán. Llevaba cinco años vendiendo pescado en las calles de mi barrio y nunca antes la había visto. Después de conversar mucho tiempo con ella, la invité a mi taller para fotografiarla y ella amablemente aceptó. Entonces me pregunté cómo no había visto a Dominga, por qué había pasado tanto tiempo inadvertida ante mis ojos. Con ella comencé a indagar en ese amplio tema de las representaciones y los estereotipos que nublan nuestra mirada al punto de ocultarnos otras realidades, la belleza en sus diferentes manifestaciones, la capacidad de asombro, entre otros aspectos.

Como se ha podido ver en los anteriores trabajos, las ceremonias han sido de mucho interés en mi obra. A través de ellas se puede propiciar un momento especial, suspendido en el tiempo y alejado de la rutina diaria, para incentivar la reflexión y favorecer el acercamiento individual o en grupo de quienes participan en ellas. En Tejiendo calle también realicé una ceremonia en la que rendimos un homenaje a este grupo de mujeres, una caricia simbólica y reparadora a sus pies y a su ser. Las nietas de las participantes lavaron los pies de sus abuelas utilizando las palanganas que por muchos años llevaron en sus cabezas. Luego, escribieron una letra en cada uña de sus dedos para que al juntarlos se leyera un poema, o por lo menos se intuyera. En el encuentro y la ceremonia con Dominga y las demás participantes también tengo presente a las nanas de mi familia, aquellas mujeres que sin saberlo me revelaron los rituales cotidianos en los actos sencillos, la ternura y un universo simbólico tan rico narrado en sus historias, su corporalidad y sus cuidados.

El proyecto comprende diversos aspectos producto de los dos años de investigación en los que ahondé en el mundo de estas mujeres. De ahí que sentí la necesidad de realizar un libro que diera cuenta del entramado cultural presente en la labor que por años realizaron.

Estos tres últimos trabajos comparten un elemento en común, el de visibilizar las historias de diversas mujeres en condiciones vulnerables para crear nuevos enfoques y perspectivas de sus vidas. A través de estas propuestas busco demoler los escenarios sociales en donde nos desenvolvemos, usando el cuerpo como interlocutor entre el observador y mi trabajo. Este diálogo creado entre imagen y espectador puede generar un amplio rango de interpretaciones y establecer nuevas formas de comunicación entre el individuo y su mundo.

Otro elemento importante en mi experiencia de trabajo, ha sido el vínculo que desde hace cinco años tengo con NH Galería en Colombia y Nohra Haime Gallery en Nueva York. Ha sido una experiencia maravillosa porque con Nohra construimos una relación de confianza, complicidad, admiración y respeto; esto último relacionado a la creación de mis trabajos, lo que sin duda aprecio muchísimo. Admiración porque lleva más de cuarenta años trabajando en el mundo del arte y ha logrado consolidarse en este medio tan complejo.

A lo largo de esta entrevista me he preguntado por qué acepté realizar esta historia de vida y hablar de temas personales. Ante esta inquietud he llegado a la conclusión que la motivación de compartir mi experiencia de vida y laboral se encuentra en una situación muy recurrente en nuestra contemporaneidad. Creo que hoy vivimos en un mundo que nos empuja a construir una apariencia de felicidad y éxito constante, basada en el disfrute y difundida ampliamente en las redes sociales, tal vez sea importante recordar que la vida no es solo ese frenesí de instantes de aparente dicha. La vida si bien comprende momentos de felicidad y grandes satisfacciones, también es una suma de experiencias dolorosas que nos confrontan y nos permiten tomar decisiones, madurar, ser más empáticos, más comprensibles con los otros. Esas situaciones hacen parte de nuestra realidad y evadirlas no es la solución. Autoengañarnos para evadir los problemas que nos tocan a diario, también nos puede llevar a vivir una profunda frustración y sus lamentables consecuencias.

Mi vida no ha sido fácil, he afrontado situaciones familiares dolorosas como el accidente de mi hijo mayor a muy temprana edad, la separación con mi primer esposo, su posterior secuestro, que duró seis años, pérdidas de familiares, las situaciones económicas complejas que vivimos en algún momento o algunas experiencias no tan favorables en mi vida laboral. Con el transcurrir del tiempo he comprendido que ese conjunto de vivencias, que en su momento cumbre me llenaron de tanto dolor, también cumplieron un papel importante en mi crecimiento personal. Afrontar los problemas nos ayuda a crecer y a ser mejores seres humanos. Eso es algo que hemos perdido de vista.

Ahí radica para mí el sentido de esta entrevista, en poder compartir mi experiencia que si bien no es la única ni la más dolorosa, considero que esta es una oportunidad para poder articular esa sensación que siempre he tenido y que también indago en mi trabajo: que la vida no es perfecta como nos gusta hacerla ver, también tiene obstáculos, que para ser superados nos demandan esfuerzo, disciplina y constancia. Estamos viviendo una era donde la virtualidad está tan inmersa en nuestro cotidiano vivir que fácilmente nos engañamos. Las personas comúnmente crean un ser imaginario en las redes sociales viviendo una vida de ensueño, como un frenesí ilimitado de felicidad y autopromoción, cuando la realidad abarca otras encrucijadas más complejas.

Resumen de Lugar común:

Lugar común es un proyecto realizado en coautoría con Justine Graham, que nace como respuesta a nuestro interés en explorar el vínculo de trabajo entre empleada y empleadora dentro del espacio doméstico en Chile, Colombia y Argentina.  Durante dos años, convidamos a 100 mujeres entre los 19 y 95 años a romper su cotidiano laboral para compartir en pareja una nueva experiencia por medio de fotografías, cuestionarios y almuerzos colectivos. Establecimos un marco formal para los registros fotográficos: misma postura, camiseta blanca, iluminación, telón de fondo y distancia. Por medio de estos parámetros y al confrontarlas visualmente como parejas, retamos la forma convencional del retrato, brindándoles a ambas la misma visibilidad, y perturbando los estereotipos que existen en nuestras construcciones sociales.

Resumen de Hálito divino:

 En Hálito divino ahondo en el dolor que comparte un grupo de 100 mujeres a causa de la violencia de género que padecen en sus hogares. Ser conscientes de los daños que este dolor genera, de la necesidad de vivir el duelo para luego renacer al amor propio y al empoderamiento, fueron los temas tratados con el acompañamiento de dos trabajadoras sociales. Por medio de ejercicios de respiración como medio de reparación y en íntimas ceremonias, cada participante encapsuló su dolor silenciado en vasijas de barbotina cocida. De esta manera, estas piezas dejaron de ser un objeto inanimado para convertirse en la extensión de la interioridad de cada una de ellas, validando su dolor. Al finalizar la ceremonia les entregamos una joya de mujer como amuleto, ofreciendo una experiencia corporal simbólica que trascienda la mente y dignifique el dolor convirtiendo lo intangible en una experiencia real que incentive un nuevo camino.

Resumen de Tejiendo calle:

Tejiendo calle es un homenaje a 50 mujeres mayores de 70 años dedicadas a la venta ambulante en la ciudad de Cartagena, quienes con sus saberes y prácticas han enriquecido nuestro patrimonio cultural. A partir de un patrón fotográfico definido y al retirarles de la cabeza la palangana con la que venden sus productos, cuestiono las representaciones exóticas de postales turísticas con las que generalmente se les identifica, dignificándolas de manera individual y construyendo un nuevo orden visual que permita modificar el encuentro del espectador con ellas y tal vez el de ellas consigo mismas. Para este proyecto también realicé una ceremonia en la que rendimos un homenaje a modo de caricia simbólica y reparadora a sus pies y a su ser.

¿Si tuviera la facultad para hacerlo, editaría algo en su vida?

 No lo haría. Aunque el reflejo sería editar alguna experiencia dolorosa, eso significaría negar la persona en la cual me he convertido.

¿A qué otras expresiones artísticas se ha enfrentado?

Al teatro y a la actuación, pero siempre dibujé y pinté así que en definitiva escogí el arte visual porque me sentí mas identificada

¿Se equivoca quien al verte asume que la timidez la invade? Aunque su obra, como el teatro, la expongan.

Aunque en la vida se puede ser tímido, en el arte como en el amor uno debe entregarlo todo, no puede haber timidez.

¿Cuál diría es una característica inherente al artista?

El artista cuenta con una sensibilidad particular para percibir el mundo que lo rodea. sea lo infinitamente bello o lo infinitamente doloroso, y sobre todo tiene la capacidad de articularlo y transmitirlo a través de su trabajo, ya sea pintura, video, fotografía, música, poesía o cualquier otra manifestación artística.

¿Cómo capitaliza el dolor y el miedo?

Muchos miedos son producto de construcciones culturales. Vivimos en una sociedad manipulada por el miedo, (miedo a la vejez, a la muerte, al futuro, a la pobreza). Mi manera de capitalizarlo es desenmascararlos para verlos en su contexto, ya sea a través de la vida o de mi trabajo. Pienso que el arte también puede evidenciarlos para confrontarlos.

¿En qué considera nos fallamos como seres humanos y que le haya sido evidente a través de su trabajo como artista?

En que muchos aprendemos a añorar y no a aceptar. Algunos buscan alisar lo que está arrugado y ordenar lo que está en desorden. Es como si la sociedad no resistiera el descontrol de la realidad. Por otra parte, la falta de compasión y la indiferencia son otra constante de nuestros errores como sociedad.

¿Cuál es el elemento conductor que le permite sacar eso que ni usted sabe que la contiene?

Es el trabajo el que me devela cosas que yo ni siquiera sospecho que están en mí. Lo mejor es que al descubrirlas crezco como ser humano.

¿Cómo vive su proceso creativo?

El primer punto a tener en cuenta es que no existen fórmulas, cada trabajo es como una experiencia amorosa diferente, va pidiendo de ti algo distinto, por lo que hay que estar atentos, de lo contrario se escapa fácilmente, se va entre el ruido de las tareas diarias. Lo siguiente es leer mucho, practicar con disciplina, dedicación, trabajo diario, obsesión, con mucha curiosidad y amor por lo que se hace. Muchos piensan que uno entra al taller y al tomar una pastilla de iluminación divina aparecen las musas, o al frotar una botella aparece el genio que dicta las cosas. Pero no, hay un trabajo previo muy grande, muy fuerte, doloroso, de sinceridad con uno mismo, de honestidad, coraje, miedo, de destapar lo oculto. Cuando se confronta la realidad comienza otra historia, se trasciende.

¿Así como se esculpe una obra de arte, también se afinan los gustos?

De alguna manera tu pregunta me lleva a recordar las historias breves contadas en El libro de los abrazos de Eduardo Galeano. En una de estas describe a un niño sentado junto a su padre observando el mar y como este último se lo muestra. Y es que así se aprende, a través del otro, del que va mostrando, muchas veces sin proponérselo, un atardecer, una hoja, una pintura, un concierto. Es de esta manera como se van afinando los gustos y yo lo viví de la mano de mis seres queridos. La sensibilidad, la capacidad de observar se puede estimular y va enriqueciéndose con los años, así mismo el desuso y las distracciones pueden debilitarla hasta hacerla desaparecer.

¿Qué la emociona hasta las lágrimas?

Me emocionan muchas cosas, la honestidad que percibo en lo que tengo frente a mí, la pureza de espíritu de un ser humano, mi familia, la capacidad de asombro de los niños, la naturaleza. O bien cuando descubro algo nuevo en mi trabajo, cuando encuentro resonancias en los trabajos de otros artistas que me conmueven.

¿Es el arte un estado de perfección?

Sí, creo que es un estado de perfección que no siempre conseguimos, porque lo más complejo es dar con la esencia de lo que queremos decir de forma precisa, sin rodeos o distracciones.

Las obras tienen vida propia y nos la dan a nosotros.

Efectivamente, el gran trabajo de arte es ponerle alma o revestir de vida a las cosas.

¿Cómo concibe la sensibilidad referida a su arte?

Para mí la sensibilidad es como un músculo que si no se estimula se atrofia, se duerme. Para evitar que esto ocurra voy a teatro, recurro a la poesía, a la lectura, y me la paso cuestionando todo.

¿Qué hay en sus silencios?

Adoro los silencios y es parte de mi trabajo.

¿Qué color es?

Negro. Mi mamá me decía que yo parecía una viuda desde chiquita.

¿Es un alma vieja?

Para nada, soy curiosa mas no soy infantil. Generalmente se confunden estos términos. La niña tiene mucha profundidad pero el error está cuando se la infantiliza. Soy inquieta, preguntona, incisiva, juguetona, curiosa; lo que va dando lugar y abriendo espacios para encontrar sabiduría.

¿Con qué animal se identifica?

Con el gato. Tengo dos que adoro: Petrón y Fulanita. Me fascina ver sus elegantes posturas y su ronroneo me relaja. Creo que estamos redescubriendo a los animales en el sentido de reconocer su ánima.

¿Qué elemento de la naturaleza es?

Siento una fascinación por los árboles. Me encanta la brisa cuando pasa a través de las hojas y escucharlas como cascabeles.

Durante la vida se tienen pocos momentos sublimes que se experimentan cuando se está conectado al universo con todos los sentidos. Esta conexión brinda mucha paz.

Conservo un recuerdo de un momento único cuando ayudaba a cuidar a uno de mis cuatro nietos. Eran las cuatro de la mañana y yo cargaba al bebé para arrullarlo en la habitación de su apartamento que quedaba en un quinto piso. A través de la ventana podía ver unos árboles de eucalipto muy altos y medio grises. Empezó a amanecer cuando soplaba la brisa y alcancé a escuchar la vibración de las hojas mientras se asomaba una luz tenue. Me invadió una deliciosa plenitud, todos mis sentidos estaban en su máximo esplendor y en comunión con el universo.

¿Cómo maneja la angustia?

Cuando estoy un poco angustiada llamo a un recuerdo de mis doce años.

Asistíamos en Barranquilla a una comida por el matrimonio de una prima. Yo era la única niña en esa fiesta que, por demás, fue interminable como resultan ser las de todos los árabes. Se sentía muchísima felicidad en el ambiente, la piscina estaba iluminada y en ella presentaron nado sincronizado que me pareció absolutamente hermoso.

Después de disfrutar el postre, me fui a caminar al jardín en medio de una cosecha de mango paeri que tiene un aroma muy intenso y se deja comer como compota porque no tiene fibra. Eran las once de la noche, el clima muy fresco y seco, y me acompañaba la música de grillos y sapos, pero también las risas al fondo de los adultos.

Sentí que todo en mí estaba perfecto, no necesitaba nada y nada me sobraba.

¿Cuál es su mejor recurso para el aprendizaje?

Pienso que uno aprende a través del cuerpo. Soy más intuitiva que lógica.

¿Qué es el tiempo en su vida?

Uno de los lujos más grandes que tenemos, el otro es la salud.

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www.isalopezgiraldo.com

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