Sábato-Ciorán, condenados fuera de contexto

Ernesto Sábato y Emil Ciorán se conocieron en 1989, y nacieron el mismo año, 1911. Para los críticos literarios, el pesimismo los unió. Para otros, sus errores. De una u otra forma, a los dos se les acusó y sepultó con sus obras por una frase o un apoyo de más.

Cortesía

Treinta años después de que Ernesto Sábato hubiera dicho cosas como “El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”, o hubiese escrito frases como “La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las fuerzas armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos. [...] Desgraciadamente ocurrió que el desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban a superarlos con los medios de un Estado de Derecho. Porque, entretanto, los crímenes de la extrema izquierda eran respondidos con salvajes atentados de represalia de la extrema derecha”, diversos columnistas e historiadores lo recordaron por muerto o por centenario y evocaron sus salidas de tono.

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Setenta años después de que Emile M. Ciorán desfilara con la Guardia de Hierro rumana por las calles de Bucarest, los servicios secretos rumanos revelaron su pasado, su tormentoso y atormentado pasado, y una editorial publicó sus primeros textos, pecaminosos e infernales a la luz del tiempo. De una u otra forma los dos, y como ellos dos muchos más –Celine, Gunther Grass, Heinrich Böll, Milán Kundera-,  pasaron de la gloria al infierno, del elogio a la condena por una respuesta, una reunión, algún vicio o una pasión adolescente. Un instante para morir.

La Historia, los humanos que escriben la historia con sus vanidades, envidias, generosidades, intereses, derrotas y triunfos, se encargó de ponerlos en un renglón que bien podría llamarse cuentas pendientes. Por ese renglón, Sábato, humanista, escéptico, idealista en medio de sus rencores, ensayista, creador de mundos e infiernos, de absolutos y frases a medias, pasó a ser un demonio arcaico, un admirador de dictadores y dictaduras, un defensor de los represores. Su visita a Jorge Rafael Videla en mayo del 79, cuando era amo y señor del Gobierno de los argentinos, y sus palabras “Argentina necesita un De Gaulle”, borraron de un solo tajo su obra. Ni María Iribarne ni Alejandra ni Martín, sus personajes, lo salvaron de las acusaciones.

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Incluso, poco después de su muerte en Santos Lugares, uno que otro escritor, literato, opinador o crítico, recordó en tono de burla su obra pictórica, sus cuadros existencialistas y las mil y una vez que dijo que si 'Sobre Héroes y Tumbas' se había publicado fue por su esposa Matilde, que la había rescatado del fuego. Por el personaje, por el Sábato hombre, le quitaron credibilidad a sus textos y sepultaron su obra. Otros críticos, con distintos nombres y en otros idiomas pretendieron destrozar frases como “Todo pensamiento nos debe llevar a la ruina de una sonrisa”, o, “Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme a mí: se está perfectamente bien entre asesinos”, porque una tarde, a los 16 años, Ciorán participó de un desfile fascista de la Garda de fier (guardia de hierro) rumana, un grupo nacionalista y xenófobo con decenas de miles de seguidores a partir de 1927.

Dos años atrás, la editorial L´Herne publicó algunos de los primeros textos de Ciorán, de los cuales él se arrepintió tiempo más tarde y por el resto de su vida. Aunque allí, según el columnista de El Mundo de España Ruben Amoun, ya se advertían entre líneas la personalidad, la misantropía, el cinismo y el desasosiego de Ciorán, el aspecto más llamativo de sus escritos tenía que ver con sus sobresaltos y tentaciones antisemitas, filonazis y anarquistas. “El Ciorán joven quedó fascinado por su visita en 1933 a la Berlín de Hitler –decía Amoun-. Quedó impresionado por la coreografía megalómana del régimen nazi, hasta el extremo de que le envió una carta a Mircea Eliade en la que le confiaba abiertamente el entusiasmo por el orden político que se estaba levantando en la nueva Alemania”.

Por aquel entonces tenía 25 años. Como Sábato, había nacido en el año de 1911, y como el argentino, a quien conoció en París en los 80, su vida fue un pasar etapas, un evolucionar con errores y aciertos, idas y regresos. Los dos dijeron lo que pensaban en momentos cruciales de la historia, mucho antes de que se desencadenaran los acontecimientos que marcaron al Siglo XX como el más cruel de la humanidad. La Historia quiso confirmar que erraron, tal vez porque esa Historia, fría, distante, no tuvo en cuenta jamás las contradicciones de las que hablaba Fernando Pessoa, y menos, el contexto del mundo que vivieron cuando dijeron lo que dijeron. Los dos vivieron en tiempos y circunstancias precisas, mucho antes de que los protagonistas de aquellos años hubieran cambiado hasta transformarse en lo que fueron. Los fascistas de 1930 no eran los mismos de 1945. No eran iguales. No podían serlo. Quienes alguna vez creyeron en ellos lo hicieron desde la ingenuidad y el idealismo. Luego todo fue distinto, incluidos Sábato y Ciorán, que escribieron sus obras más allá de sus vicios.   

***

De Sábato, sobre su encuentro con Ciorán

"Sobre estos y otros temas conversé largamente con Cioran, una tarde de 1989. Años atrás me habían llegado noticias del deseo que él tenía de conocerme; insistencia que interpreté como mensajes crípticos, reiterados en distintas oportunidades. Combinamos una cita en su casa de la calle Odeón, a pocos pasos de mi hotel en el boulevard Saint-Germain.

Me costó disuadir su insistente ofrecimiento de esperarme en la entrada, por temor a que yo me perdiera; lo que me corroboró una vez más su auténtico deseo de verme. Al cabo de unos minutos llegué a su casa, uno de aquellos viejos edificios franceses; y luego de subir los seis pisos a pie, me detuve frente a la puerta de madera donde había colocado, en el lugar reservado para las chambres de bonnes, un cartel que decía Ici Cioran.

Contrariamente a lo que muchos presuponen y a lo que yo mismo pensaba, me sorprendió aquel hombre amable, menudo y apesadumbrado, predicador de un nihilismo que no coincidía con él. Más bien era un gran pesimista, por momentos subyugado por un otro, escéptico y descreído. Pero siempre con una sonrisa. En ningún momento un huraño indiferente, por el contrario, uno de esos hombres solidarios con la “desventurada muchedumbre”, como dijera Mallarmé, en búsqueda de alguien que exprese su desazón y su tormento. Quizá podamos referir a él la frase de Strimberg: “No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos”.

Conversamos fraternalmente durante más de cuatro horas, hasta que debí retirarme porque en un café no muy lejano me esperaba mi amigo Severo Sarduy. Descubrí en Cioran la coherencia de un hombre auténtico, y compartimos pensamientos de notable similitud. Como la necesidad de desmitificar un racionalismo que nos ha traído la miseria y los totalitarismos. Como también la imbecilidad de los que creen en el progreso y en el avance de la civilización. “Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos, así como también a la desaparición de la religión sobre la tierra.” Palabras de un filósofo cuya lucides era producto de sus perplejidades y de su tormento.

Tengo la convicción de que su dolor metafísico se habría aliviado si hubiese podido escribir ficciones, por su carácter catártico, y porque los graves problemas de la condición humana no son aptos para la coherencia, sino únicamente accesibles a esa expresión mitopoética, contradictoria y paradojal, como nuestra existencia.

“En la tristeza todo se vuelve alma”, dice en uno de sus ensayos que tanto han ayudado a desenmascarar la frivolidad y las sonrisas hipócritas de estos tiempos".

Ernesto Sábato, Antes del fin. Ed. Seix Barral,  España, 1999.

 

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