Sábato en Colombia: El Espectador y los lunautas (II)

Fue precisamente en el diario El Espectador donde Gabriel García Márquez inició su actividad literaria. De acuerdo con Eligio García, “el inicio oficial de su carrera literaria data de 1947, con la publicación, en el suplemento literario de El Espectador (entonces circulaba los sábados y se llamaba “Fin de semana”), del cuento “La tercera resignación” (E. García Márquez, Tras las claves de Melquíades 75-8).

Ernesto Sábado, quien estuvo por segunda vez en Colombia en la década de los 80. Cortesía

En este periódico García Márquez ejercería una labor periodística diversa y extensa como cronista estrella, corresponsal y crítico de cine durante buena parte de los años 50, y como columnista de opinión en la década de los años 80 del siglo XX. Muchos adelantos de su producción literaria verían la luz también por primera vez en las páginas de esa publicación. De hecho, el primero de mayo de 1966, un año antes de que Cien años de soledad fuera oficialmente lanzada en Buenos Aires, en el “Magazine Dominical” apareció de manera exclusiva el primer adelanto de la novela, una versión del capítulo 1. No es de extrañar entonces que la intersección de Gabriel García Márquez y parte de su círculo familiar y literario con Ernesto Sábato encontrase un escenario natural en las páginas de este matutino colombiano.

Si desea leer la primera parte de este especal, ingrese acá: Ernesto Sábato en Colombia: Burgos Cantor, García Márquez y la metafísica de la esperanza (I)

El festival iberoamericano de teatro de Manizales, uno de los eventos culturales más tradicionales e importantes del continente, designó en 1969 a Sábato como su presidente honorario para la edición de ese año, a celebrarse en los primeros días del mes de octubre. El festival buscó siempre darle ese cargo a una figura reconocida de la literatura latinoamericana. En el año 1968, cuando se celebró la primera versión, el presidente había sido el poeta chileno Pablo Neruda. En escritores como Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa, entre muchos otros nombres, recaería también esta distinción. Una de las condiciones de Sábato para aceptar fue que sus contactos y guías en Colombia fuesen Burgos y Eligio García. De esta manera,  el viernes 3 de octubre de ese 1969, en el aeropuerto Eldorado de Bogotá, por fin se encontrarían los dos jóvenes con su maestro. Dada la trascendencia del festival, no solo El Espectador, sino El Tiempo, el otro histórico diario colombiano, destacaron en sus páginas editoriales la presencia del argentino. 

Pero la visita de Sábato contó con la competencia de dos acontecimientos notables en los ciclos noticiosos de la Colombia de ese momento. Por un lado, una cruda temporada de lluvias azotaba al país, causando inundaciones, destrucción y muertes. Por otro, casi al mismo tiempo, en los muelles internacionales de los aeropuertos de Ezeiza en Buenos Aires y de Eldorado en Bogotá, que despedirían y recibirían a Sábato, la prensa corría presurosa a cubrir la presencia de Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, los astronautas del Apolo XI que un poco más de tres meses atrás, el 20 de julio (el día de la fiesta de independencia de Colombia), habían logrado la hazaña de alunizar y caminar por la Luna. Los astronautas llegaron a Bogotá el martes 30 de septiembre y partieron, justamente para la ciudad de Buenos Aires, al día siguiente, el miércoles 1 de octubre. Las visitas a Colombia y Argentina de los entonces también llamados “lunautas” correspondían a escalas de una gira triunfal internacional que incluía mayormente actividades protocolarias en que los astronautas atendían homenajes, desfiles y atenciones de héroes por parte de los gobiernos y del público en atención a la proeza que acababan de realizar. La gira que empezó el 29 de septiembre en la ciudad de México y terminó el 5 de noviembre en Tokio incluyó un total de 24 ciudades, siendo Bogotá la segunda visitada y Buenos Aires la tercera. 

La coincidencia de tiempo y lugar del argentino y los astronautas no es una casualidad menor. En cierta forma, Sábato también es un lunauta. Años atrás, en 1951, en un texto titulado “Física”, publicado en el tomo V de la mexicana Enciclopedia práctica Jackson, el argentino había consignado consideraciones técnicas sobre los retos que entrañaba un entonces posible viaje a la Luna. A pesar de que se cita el año de 1943 como el momento de la ruptura definitiva de Sábato con las ciencias, el argentino continuaría produciendo y publicando textos relacionados con su formación académica como físico-matemático hasta bien entrada la década de los años 50, sobre todo con el propósito de contribuir a la divulgación de complejos conceptos y teorías científicas. Pero también por la necesidad de ganar algo de dinero para solventar su subsistencia y la de su familia. En dos subsecciones de este texto, tituladas “Viajes siderales” y “La conquista de la Luna”, Sábato explica el estado de conocimiento de entonces con relación a ese proyecto. 

Basado en los usos pacíficos de la energía atómica, el argentino explica que ésta serviría como  el combustible que deberían usar los futuros medios de transporte en los viajes siderales. Tales medios de transporte serían los que él llama aviones cohetes. La diferencia entre estos y los convencionales aviones usados para el transporte aéreo en la tierra ⎯explica⎯, radica en que los cohetes pueden funcionar igual tanto en el aire, el constituyente fundamental de la atmósfera terrestre, como en el vacío del espacio extraterrestre. Viajar a la Luna plantea entonces grandes dificultades que empiezan justamente por la navegación a través de un incierto vacío. La pregunta que plantea Sábato es tan escalofriante como poética: 

"¿Cómo salvar, por ejemplo, el gran abismo que hay entre la Tierra y la Luna? Este abismo de nada, donde reina la soledad, el silencio de la muerte y la negrura absoluta, ya que apenas es recorrido por átomos solitarios y veloces, y puesto que la luz del día, el azul del cielo y los ruidos y sonidos sólo existen donde hay aire (Sábato, Física 249)". 

El siguiente reto, sigue explicando Sábato, tiene que ver con cómo enviar tripulantes a la Luna dentro de estos cohetes. Las consecuencias de la fenomenal velocidad de lanzamiento del cohete, que según Sábato debe seguir en esencia el principio propuesto por Julio Verne de disparar el cohete por medio de un tremendo cañón apuntado hacia la luna, serían el calcinamiento de los tripulantes debido a las altas temperaturas alcanzadas y su aplastamiento contra el piso de la nave debido a la formidable aceleración alcanzada. Una perspectiva nada alentadora. Siguiendo con el principio del lanzamiento a través del cañón, otros problemas tendrían que ver con la precisión del lanzamiento. Se correría el riesgo de que el cohete no acertara el objetivo y terminara errando por los abismos siderales hasta que fuese capturado por alguna estrella. Pero también podría ocurrir que, acertando el objetivo, no pudiese controlar la velocidad de alunizaje y se destruyese al hacer contacto con la superficie de la Luna. Para comienzos de la década de los años 50 todos estos problemas, sin embargo, ya habían sido solucionados.

En cuanto a las circunstancias excepcionales que afrontarían los tripulantes en el viaje, tanto dentro del cohete como en una posible estancia en la Luna, Sábato detalla los problemas y las soluciones. La falta de atmósfera en la Luna obligaría a los aventureros a salir del cohete provistos de equipos de oxígeno semejantes a los de los buzos. En cuanto a las enormes variaciones de temperatura que les esperaría, el argentino explica que: 

"Hay que tener en cuenta que el Sol ilumina constantemente a este globo durante 14 días y que luego reina una larga noche que también dura 14 días. Very calculó que la temperatura  sobre el ecuador lunar puede llegar a ser de 100 grados y que baja, durante la larga noche, ¡hasta 270 grados bajo cero! (Sábato, Física 251)

"La falta de presión atmosférica, debida a la ausencia de atmósfera en la Luna, por otra parte, generaría horribles fenómenos biológicos en los tripulantes. Esto se solucionaría si “los expedicionarios estuvieran provistos de escafandras rígidas de acero y manteniendo dentro la presión normal de nuestro planeta” (Sábato, Física 251). Nada muy diferente a lo que todo el mundo vería en julio de 1969".

Sábato  explica muy bien, asimismo, los fenómenos que experimentarían los viajeros en una posible caminata en la luna,  probablemente sobre los conocidos cráteres de Clavius y Magnus, destinos que se especulaban como ideales, aunque no parece tener muy claro cómo sería el regreso de los tripulantes a la tierra:

"Al recorrer el fantástico paisaje lunar, los expedicionarios verán un cielo totalmente negro, porque el azul de nuestro cielo es debido a la dispersión de la luz solar realizada por el aire: en ese negro purísimo verán brillar las estrellas, el Sol y nuestra propia Tierra, a 380 000 kilómetros de distancia. La superficie lunar, formada por lava solidificada, brillante, sin una muestra de vida, sin un arbusto, brillará ante sus ojos como un cementerio cósmico, como un mundo absolutamente muerto y silencioso, porque ni ruidos se pueden oír a causa de la falta de aire. Con una fuerza gravitacional seis veces menos intensa que en la Tierra, estos hombres podrán recorrer la superficie de la Luna con esa levedad que sólo experimentamos en los sueños: parecerán casi flotar; podrán dar saltos de 20 ó 30 metros de largo salvando fácilmente algún precipicio; podrán elevarse hasta 10 metros de altura. Si han llevado una balanza de resorte, verán que sus pesos no llegan a 15 kilogramos.

"Y cuando hayan recorrido esas llanuras como espejos que desde aquí nos parecen mares, los formidables circos de Clavius y Magnus, cuando hayan explorado la misteriosa cara que jamás vemos, entonces, si no han muerto, entrarán nuevamente a su nave y emprenderán el viaje para relatarnos su increíble aventura (Sábato, Física 251-2)".

Si desea leer más sobre Sábato, ingrese por favor acá: La resistencia de Sábato y Cortázar

De nuevo, lo pronosticado por Sábato coincide en gran parte con lo que fue posible contemplar cuando Armstrong y Aldrin caminaron por la luna, esta vez por el Mar de la Tranquilidad, y no por Clavius y Magnus. Ya desde el siglo XVII existían mapas de la Luna que precisaban estas ubicaciones.  Y es que tal vez no el primero pero sí el más célebre de los lunautas es Galileo Galilei. Galileo, con la ayuda de telescopios que él mismo construyó, logró observar detalladamente y registrar los accidentes de la superficie lunar. Curiosamente, uno de los primeros trabajos científicos de Ernesto Sábato fue “Cómo construí un telescopio de 8 pulgadas de abertura”. De acuerdo con Ariel Fleischer, el artículo fue publicado en dos partes en 1937 (Fleischer 32).

Galileo fue capaz de determinar que, al contrario de lo que se creía hasta entonces, la Luna tenía montes, llanuras y cráteres. Sus investigaciones dieron paso a posteriores y detallados mapas de la geografía lunar. Sábato siempre sintió una admiración muy especial por la personalidad y por el trabajo científico de Galileo. De hecho, bien podría afirmarse que Galileo era como un modelo para él. En el texto que incluyó en Uno y el universo sobre Galileo (Sábato, Obra completa. Ensayos 54-7), por ejemplo, destaca su personalidad rebelde, su temperamento crítico y su confrontación con las ideas de Aristóteles sobre el mundo físico, que terminará rebatiendo y corrigiendo. Sábato pondera asimismo el trabajo de Galileo en investigaciones experimentales en astronomía y en dinámica, así como su aplicación sistemática del método científico. Las alusiones al cielo totalmente negro de la Luna y a las dificultades y potenciales fatalidades de la empresa del viaje a la Luna, así como al posible desenlace favorable, constituyen una encarnación más de la metafísica de la esperanza.

El fantasma de Gardel

Aunque Sábato no experimentó riesgos comparables a los de los astronautas en su viaje a la Luna, su periplo por Colombia no estuvo exento de malas noticias y de emergencias y enfermedades que alcanzaron a poner en peligro su vida. Sábato viajó sin su esposa Matilde el viernes 3 de octubre. La primera mala noticia tuvo que ver con el suicidio del estudiante de matemáticas Víctor Amaya:

"Víctor Amaya, un amigo que se vino de Cartagena de Indias a estudiar matemáticas en la Universidad Nacional, se había vuelto a su ciudad. Una de las tardes incendiadas en el horizonte del Caribe, se fue a la parte alta de las murallas de la ciudad vieja con una lata de gasolina, se la derramó sobre su cuerpo, encendió un fósforo y se incineró. De sus pocos haberes, dejó a Eligio García dos libros. Uno de Lawrence Durrell, Limones amargos, y otro de Ernesto Sábato, Uno y el universo, en cuya página de cortesía escribió: espero que este libro no te haga tanto daño como me hizo a mí (Burgos Cantor, Señas particulares. Testimonio de una vocación literaria 25-6)".

Explica Burgos que Sábato se afectó con el hecho y se torturaba por no encontrarle una explicación (Burgos Cantor, Señas particulares. Testimonio de una vocación literaria 26). El sábado 4 se programó el viaje entre Bogotá y Manizales en una avioneta en que además de Sábato iban Burgos, Sergio Vodanovic (1926-2001) —dramaturgo croata-chileno quien era uno de los jurados del festival—, el representante del Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, un arquitecto de Manizales y el piloto. El vuelo, en condiciones normales, tiene una duración de aproximadamente 25 minutos. Sin embargo, a causa de las lluvias que azotaban el territorio colombiano, el viaje fue extremadamente complicado. Luego de muchos intentos, se descartó el aterrizaje en el aeropuerto “La Nubia” de Manizales y se intentó en la vecina ciudad de Pereira. Pero eso tampoco fue posible. Después de casi cuatro horas de vuelo, la única opción que quedaba era regresar a Bogotá. Para entonces, prácticamente no quedaba combustible. Burgos, quien describe con lujo de detalles esta emergencia en Señas particulares, recuerda la inminencia de la muerte y la actitud de Sábato, quien solo atinaba a decir que aquello ratificaba el que el destino de los argentinos en Colombia fuera, como lo sucedido en 1935 con el cantante Carlos Gardel, morir en un accidente aéreo. Finalmente pudieron aterrizar en Bogotá sanos y salvos. Sin embargo, cuando por fin el lunes 6 llegaron a Manizales, Sábato sufrió una intoxicación y tuvo que pasar en el hospital dos días, lo cual, además, retrasó el inició del festival. 

Eligio García, quien había decidido no ir en ese vuelo por juzgarlo muy peligroso, pudo llegar por vía terrestre antes a Manizales. Al igual que Burgos, la experiencia de su primer encuentro con Sábato quedaría registrada en uno de sus libros. En su faceta de periodista fue recogiendo entrevistas con los grandes novelistas latinoamericanos que más renombre tenían en las décadas de los años 60 y 70.  El apartado sobre Sábato incluido en Son así: reportaje a nueve escritores latinoamericanos se titula “El fantasma de Alejandra”. Se trata de una crónica sobre la estadía de Sábato en Bogotá y Manizales en ese octubre de 1969. Mientras se recuperaba de su intoxicación en Manizales, Sábato es visitado por un compatriota llamado Fabio Pattoni, cuya esposa ecuatoriana, entonces de unos 30 años, impactó al escritor por, según él, tener la apariencia y belleza física con la que había imaginado a su personaje. En 1970 aparecen dos artículos de Eligio García sobre Sábato. El primero es “Sábato y el hombre unidimensional”, inicialmente publicado en el número 18 de septiembre de la revista Imagen e incluido también en Taller de letras en 2002; y el segundo, “Sábato: un anarquista de la existencia”, publicado en diciembre en el número 93 de la Revista de Occidente.

El domingo 12 de octubre, el día del regreso a Buenos Aires, nuevamente en el “Magazine Dominical” de El Espectador, aparece publicado “Seamos nosotros mismos”, una nota inédita de Sábato que, como gesto de cortesía, cede al periódico. 

Sábato está en medio de un debate personal y público con la escritora Nathalie Sarraute, una de las voces más reconocidas del Nouveau Roman, a raíz de lo que el argentino publicara en El escritor y sus fantasmas en 1963. Si bien Sábato no niega allí los méritos literarios de Alain Robbe-Grillet ni de Sarraute como escritores, ni tampoco de sus propuestas estéticas, sí critica ferozmente las “pretensiones filosóficas, el absolutismo y la arrogancia de sus dictámenes, el insolente terrorismo de sus ensayos, la confusión y las confusiones de la doctrina” (Seamos nosotros mismos 7). Pero lo que más le interesa a Sábato es atacar el colonialismo cultural que la visita de Sarraute a Buenos Aires exacerba. Un colonialismo que, según él, se hace más visible tanto por la arrogancia de muchos intelectuales europeos como por el “éxtasis venerativo ante ciertas culturas prestigiosas, y particularmente ante todo lo que nos llega de París” por parte de los argentinos (Seamos nosotros mismos 7). La fascinación que le produce ese magisterio francés a Sábato tiene que ver con el hecho de que Francia, según él, ya no es en ese momento una nación influyente en lo económico, en lo político o en lo cultural. Sin embargo, muchas personas actúan desconociendo esa realidad, incluso a despecho de la intencionalidad de los propios franceses: “no son los franceses los culpables, pues al fin de cuentas no hacen más que valorizar sus propios logros y difundirlos desde Buenos Aires hasta Singapur. Los verdaderos culpables somos los integrantes de este vasto arrabal de París, siempre más papistas que el Papa” (Seamos nosotros mismos 7). 

Por ejemplo, el argentino menciona el caso del existencialismo. Los antecedentes de esta doctrina, precisa él, se remontan a trabajos de filósofos y escritores rusos, alemanes y escandinavos; y, posteriormente, a los estudios y difusión del español Miguel de Unamuno y del argentino Carlos Astrada. No obstante, la teoría solo lograría reconocimiento universal —“el planeta entero se volvería demente con ella”, escribe el argentino—, cuando un francés la descubriera hacia la Segunda Guerra Mundial. “Con la añadidura de una vasta metástasis de melenas, vestidos, perfumes, canciones y barbas, en virtud de esa otra peculiaridad francesa que inevitablemente mezcla la metafísica con Christian Dior y la ontología con el music-hall y las peluquerías”, remata. (Seamos nosotros mismos 7)

De manera similar se refiere al estructuralismo. La fundamentación de esta doctrina está en la noción de una forma, una Gestalt, algo con lo que el propio Sábato estaba familiarizado desde sus tiempos de estudiante de secundaria y cuyo germen ubica en los filósofos románticos del siglo XVIII. Más aún, los fundamentos de esta teoría ya habían sido abordados por el propio Sábato “en el Instituto de Filología, en la calle Florida” (Seamos nosotros mismos 7), en diversas circunstancias y antes de 1944, por medio de diálogos suyos con el filólogo y lingüista español Amado Alonso y con su maestro, el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Sin embargo —concluye Sábato—, “bastó que un francés tropezara con el asunto para que empezaran a retarnos con el estructuralismo, tratándonos de reaccionarios, atrasados, ignorantes, subdesarrollados, negros e integrantes del Tercer Mundo porque no nos poníamos a bailar de alegría ante la sola mención de palabras como diacronía y sincronía” (Seamos nosotros mismos 7).

En el contexto de la celebración y el reconocimiento global de una literatura latinoamericana propia e influyente, alrededor de la efervescencia del fenómeno del “boom”, la invitación de Sábato a ser “nosotros mismos” no podría ser más oportuna. Sábato subraya que la cultura latinoamericana es parte de la tradición europea; que lo que allí se escribe no es una “nueva literatura”; y que no debe ser considerada como viviendo en un estado de adolescencia de las artes y las letras: “en definitiva pertenecemos al mismo ámbito cultural de alemanes, franceses e italianos: todos provenimos del ancestral acervo greco-latino-judaico. Nuestros antepasados no son Calfucurá y Caupolicán, sino Heráclito y el Eclesiastés, Platón y la Odisea, Virgilio y la Divina Comedia” (Seamos nosotros mismos 7)

Segunda visita

Haroldo

Por casi doce años ese sería el último contacto público de Sábato con Colombia. Eligio García y Roberto Burgos mantendrían una comunicación constante con el argentino a través tanto de encuentros individuales en Europa y en Argentina como de una continua correspondencia. Sábato alentaría a los dos escritores en la publicación de sus primeras obras, como en el caso de Burgos y su colección de cuentos “Lo amador”, aparecido en 1980. Pero a finales de abril de 1981 Burgos volvería a encontrar una carta importante de Sábato en su buzón de correos, hecho que desencadenaría el regreso de Sábato a las páginas de El Espectador:

La carta de Ernesto Sábato tenía un tono urgente de cierta vehemencia indignada. Me decía que en una columna periodística de Gabriel García Márquez, aparecida en la edición dominical del diario El Espectador, éste había narrado la entrevista de unos escritores argentinos con el general Jorge Videla, por entonces presidente de la república austral. La nota de prensa se titulaba “La última y mala noticia sobre Haroldo Conti”. En ella, el escritor colombiano decía que los asistentes a la reunión en la casa presidencial habían pedido al General en relación con Haroldo Conti quien estaba desaparecido. 

Sábato entendió que al no contarse su intervención, de forma explícita, como la del resto de los asistentes, se estaba afirmando que él no había abogado por Haroldo Conti. Y ello era ignorancia o pura canallada. Me solicitaba que llevase su declaración al periódico El Tiempo y en su nombre pidiera que se publicase como una rectificación (Burgos Cantor, Señas particulares. Testimonio de una vocación literaria 122).

La reunión en la casa presidencial a la que se refiere Sábato en su carta a Burgos es el muy conocido almuerzo organizado por Jorge Rafael Videla el 19 de mayo de 1976, recién instalado como cabeza del gobierno militar, en el que invitó a reconocidos escritores y representantes de la cultura, en una acción motivada aparentemente por el afán de dar la impresión de legitimidad y sentido de apertura a su gobierno.

La columna de García Márquez confirmando al mundo la muerte de su colega Haroldo Conti (1925-1976?) estaba enmarcada en notables y dolorosas circunstancias personales que encierran la esencia de uno de los períodos más traumáticos de la historia de América Latina. Como bien lo relata el colombiano, Conti había sido violentamente capturado, y posteriormente desaparecido, por las fuerzas represoras de la dictadura argentina, en la madrugada del 5 de mayo de 1976, apenas semanas después de que los militares depusieran el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Las oscuras y temerarias amenazas y advertencias a Conti habían empezado, no obstante, un año antes, todavía durante el gobierno civil, y estaban relacionadas con sus simpatías políticas e ideológicas. Sus visitas a Cuba, principalmente como jurado de premios literarios auspiciados por Casa de las Américas, generaban sospechas de conexiones con actividades subversivas concretas. Por otro lado, Conti siempre fue muy consecuente, directo y público con sus convicciones y sus ideas. De manera que el argentino, para entonces uno de los más reconocidos y admirados escritores latinoamericanos — justamente en 1975 Conti había ganado el premio Casa de las Américas con su novela Mascaró, el cazador americano—, se convirtió en un blanco apetecido para las fuerzas represoras. Su detención y desaparición, de otra parte, lo convirtieron en un elocuente y trágico símbolo de la barbarie y en la cara más visible de la guerra sucia en Argentina. 

García Márquez fue por entonces parte importante de una campaña internacional de presión a la dictadura, que se extendió por años, para conseguir la liberación de Conti. Pero las gestiones no fueron afortunadas. Sin embargo, a instancias de la reina Sofía de España, junto con otros escritores y periodistas, consigue ser recibido en octubre de 1980 por el general Videla, todavía presidente de la junta militar, quien confirma la muerte de Conti pero solicita no difundir inmediatamente la noticia. 

Una inquietante cadena de sucesos precipita que el colombiano escriba y publique finalmente la columna sobre la muerte de Haroldo Conti. En primer lugar, en las últimas semanas de marzo de 1981 —García Márquez hacía apenas semanas había vuelto a vivir en Colombia—, fue alertado por amigos que el gobierno colombiano y sus fuerzas armadas, afrontando una creciente situación de amenazas de fuerzas subversivas y adoptando una correspondiente e implacable reacción, había dictado una orden de captura en su contra. La intención de las autoridades era interrogarlo con el propósito de establecer sus relaciones con la agrupación subversiva del M-19, el gobierno de Cuba, el entrenamiento de guerrilleros y el tráfico de armas. Pero los rumores no solo hablaban de problemas judiciales: también había creíbles amenazas  de muerte. Al igual que en el caso de Conti, García Márquez acreditaba simpatías públicas por el gobierno de la isla, además de una amistad personal con Fidel Castro, y había estado precisamente a principios de 1981 en La Habana, también en actividades relacionadas con la revista Casa de las Américas. Además, en Colombia también se estaban dando por entonces innumerables detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas del estado, al amparo de un decreto gubernamental llamado “Estatuto de seguridad”. Este decreto otorgaba funciones judiciales al ejército y a la policía y aumentaba notablemente las penas por asuntos relacionados con rebelión y alteraciones del orden público, entre otros aspectos. El hecho de ser un escritor reconocido y admirado, una figura pública tan importante, de otro lado, no ofrecía ningún tipo de garantías, como lo atestiguaba el antecedente de la detención en 1979 del anciano poeta Luis Vidales (1904-1990). García Márquez sabía que él podía convertirse en un nuevo Conti. Pero también, premonitoriamente, en la escultora colombiana Feliza Bursztyn, entrañable amiga suya, quien recibiría, casi al mismo tiempo que él, advertencias similares. Solo que en julio de ese año ella sí sería efectivamente detenida e interrogada. Con cargos imprecisos, pero con una amenaza real, Bursztyn logró salir del país. Primero pasó por México y luego consiguió establecerse en París, donde el 8 de enero de 1982, en el preciso instante en que leía el menú en un restaurante donde se aprestaba a cenar en compañía del propio García Márquez, cayó fulminantemente muerta de un infarto. De tristeza, escribiría posteriormente el colombiano. 

Apresuradamente, en la noche del 26 de marzo, García Márquez se refugia con Mercedes Barcha, su esposa, en la sede de la embajada mexicana en Bogotá. De allí, escoltados por María Antonia Sánchez Gavito, la embajadora, salen la mañana siguiente hacia el aeropuerto “Eldorado” para tomar un vuelo hacia el exilio en México. Nada más volver a la capital mexicana, García Márquez continúa escribiendo su columna periodística que se publicaba los domingos tanto en El País de España como en El Espectador de Colombia. Tres días después de su salida de Colombia, el 29 de marzo, el general Videla fue relevado de su cargo como presidente del gobierno argentino. Este último incidente, que lo liberó del compromiso acordado en octubre del año anterior, terminó por convencerlo de la necesidad de escribir la columna y darle al mundo la dolorosa noticia de la muerte de Conti. 

Es muy difícil que Sábato hubiese podido estar al tanto de todas estas circunstancias cuando leyó la columna de García Márquez. Pero también es muy probable que el colombiano no tuviese un conocimiento más amplio de las acciones concretas que el argentino había hecho y haría después en defensa de la vida de miles de víctimas de la dictadura. Mucho más probable es que el colombiano acogiese las reacciones desfavorables que rodearon la participación de Sábato en esa reunión en la casa presidencial. Entre muchos intelectuales y amigos de Conti, quienes intentaron persuadir a Sábato y a los otros asistentes de aprovechar la oportunidad para salvar la vida del escritor en cautiverio, circuló la versión de que Sábato en particular, ni en ese momento, ni durante los años de la dictadura, habría de confrontar al gobierno militar ni de abogar por las víctimas. Algunas de las declaraciones que dio Sábato a diversos medios, antes y después de la infausta reunión, no hicieron más que contribuir a esa percepción negativa. Con relación al golpe militar, por ejemplo, Sábato expresó, nada más confrontar a la prensa a la salida de almuerzo, que la inmensa mayoría de los argentinos había prácticamente rogado con fervor que sus Fuerzas Armadas tomaran el poder y se terminara así el vergonzoso gobierno de los mafiosos. Afirmación que, en ese momento, parecía ser rigurosamente cierta. Pero también indignó su testimonio sobre la favorable impresión que le produjo Videla. El dictador le pareció a Sábato un hombre culto, modesto e inteligente.

Sábato se sintió ofendido por la insinuación de la columna de García Márquez de que él no había hecho nada por Conti. Solo el paso del tiempo lograría desvirtuar la aparente indiferencia e ineficiencia del argentino con relación a la tragedia nacional de la guerra sucia. De acuerdo con el testimonio de García Márquez, el escritor y entonces presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Horacio Esteban Ratti (1903-1992) — en su columna García Márquez lo identifica erróneamente como Alberto Ratti— fue quien abordó directamente a Videla inquiriéndole por Conti y entregándole una lista de otros once escritores presos. Según Julia Constela, en su libro “Sabato, el hombre. La biografía definitiva”, en el capítulo titulado “Un almuerzo discutido”, el encargado de preguntarle a Videla por Conti no fue Ratti, sino el sacerdote y también escritor Leonardo Castellani (1899-1981), quien se sentía más directamente involucrado con Conti por haber sido su maestro en el seminario. Ratti, de acuerdo con la versión de Constela, fue quien preguntó por los once escritores. Ella agrega que Sábato tenía como misión, en una aparente repartición de tareas que buscaban optimizar la gestión, “además de dejar en claro el clima de ilegalidad y zozobra…pedir información sobre la suerte del escritor mendocino Antonio Di Benedetto y el arquitecto Jorge Hardoy, respetando la idea de dar nombres precisos para impedir que se eludieran responsabilidades concretas” (Constela 218). Como se verá más adelante, otros testimonios de esa reunión contribuyen a la confusión de cómo sucedieron los hechos. El hecho concreto es que Videla sí recibió peticiones por la vida de escritores y personalidades en esa ocasión. Pero lamentablemente ninguna gestión pudo salvar a Haroldo Conti.

La intención de la carta de Sábato era que Burgos mediara para que su aclaración a García Márquez fuese publicada en El Tiempo, el diario más importante de Colombia. Burgos sabe que El Tiempo no es el periódico indicado pues el colombiano acababa de tener una fuerte confrontación con ese medio a raíz de la orden de captura en su contra y su abrupta salida al exilio en México. En efecto, dos semanas antes de la columna sobre Conti, el 8 de abril, García Márquez había publicado en ese espacio su explicación sobre el penoso incidente de su salida del país. La columna se tituló “Punto final a un incidente ingrato”. En ella, el colombiano explica las circunstancias de cómo se enteró de la orden de captura y de la complicidad del periódico con las maniobras del gobierno y las fuerzas militares de Colombia para hacerla efectiva. En medio del lanzamiento de su novela Crónica de una muerte anunciada, este matutino, junto con otro sector de la prensa oficial, se encargó de difundir la tesis de que el exilio de García Márquez no era más que un ardid publicitario, parte de una estrategia para, al tiempo, hacerle propaganda al libro y desprestigiar al estado colombiano. Se daba además como cierta en los medios la colaboración del escritor con el régimen cubano y con la guerrilla del M-19, a partir de coincidencias entre un viaje a La Habana del colombiano y el desembarco de cien guerrilleros, provenientes de Cuba, en el sur de Colombia entre enero y febrero de 1981. 

García Márquez concluye su columna con un dictamen sobre la credibilidad del gobierno y del periódico El Tiempo:

De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero. (G. García Márquez 121-6).

Ante este estado de cosas, Burgos vuelve a acudir al “Magazine Dominical” de El Espectador. Allí, en la página 3 de la edición del domingo 14 de junio de 1981, se publican tanto la presentación de Burgos como la respuesta de Sábato. El  elocuente título de la presentación de Burgos, “El caso Haroldo Conti: Sábato intervino ante Videla. Noticias sobre una respuesta de Sábato”, contrasta con lo escueto del de la respuesta de Sábato, “Aclaración a García Márquez”. En su introducción, Burgos procura mediar entre dos de los escritores más importantes de América Latina y dos de las presencias más definitivas en su fuero más íntimo. Describe el texto de García Márquez sobre Conti como “un relato amoroso y espeluznante, tierno y pavoroso” en el que se cuentan “los ritos infernales y groseros mediante los cuales el aparato de poder, que en demasiados sitios de América Latina se abrogó el derecho a decidir  la vida y la muerte de los hombres, aplica la inapelable pena de la ‘desaparición’” (El caso Haroldo Conti: Sábato intervino ante Videla). Pero afirma que, al contrario de lo que se puede inferir de lo que escribe García Márquez, Sábato sí había abogado públicamente por la suerte de Conti y demás víctimas de la dictadura argentina. Según él, la intención de García Márquez al omitir estas acciones y al destacar las concretas gestiones ante Videla de parte de Castellani y de Ratti, en el contexto del discutido almuerzo, corresponde a la noble intención de exponer la gravedad de la situación de Conti. 

Con un “He aquí la respuesta de don Ernesto”, Burgos da paso al texto del argentino. Queda claro que Sábato se siente muy mortificado porque encuentra que García Márquez ha escrito palabras que lo afectan personalmente. Según él, tal como el colombiano presenta la situación, “aparezco como un señor que va a almorzar con Videla, manteniéndose en silencio sobre el gravísimo hecho de un secuestro a un escritor conocido, o hablando de la comida cuando en el país se cometían centenares de crímenes” (Aclaración a García Márquez). Sábato describe el gran conflicto que afrontó cuando recibió la invitación de Videla. Su decisión, explica, estuvo de acuerdo con la opinión de los amigos y conocidos con los que consultó, así como con la de numerosos familiares de víctimas que lo habían contactado, quienes le instaron a asistir; y con la recomendación de su conciencia acerca de los réditos que para las causas de las víctimas podría significar confrontar directamente al responsable principal de tales atrocidades. Menciona en su respuesta a García Márquez cómo, nada más suceder la reunión, por lo menos dos periódicos argentinos detallaron el evento y ofrecieron detalles concretos de su participación—La Razón y La Opinión— en donde se hace explícita su intervención ante el presidente en defensa de las víctimas. De manera que no son ciertos, según él, ni su pasividad ante Videla, ni su indiferencia con la situación de Conti; mucho menos su aprobación y complicidad con la dictadura. Precisamente, continúa Sábato, en el diario La Opinión, entonces bajo la dirección del periodista y escritor Jacobo Timerman, quien luego sería, él mismo, víctima de secuestro y tortura por parte del régimen, se publican declaraciones suyas sobre el encuentro que verifican lo opuesto a su silencio ante esos vejámenes. 

Eso es cierto. En la edición de La Opinión del viernes 21 de mayo de 1976, en la página 10, se publica una extensa nota al respecto. El título de la nota es “El diálogo presidencial. Ernesto Sábato hizo declaraciones sobre la conversación mantenida por un grupo de escritores con el general Videla”. En los apartados relevantes a la afirmación que hace Sábato en el “Magazine Dominical”, ante la pregunta sobre si en la reunión se trató el tema de la violencia, Sábato afirma que “No podría ser de otro modo, pues a mí me preocupa y angustia terriblemente lo que venimos pasando en el país, ya desde hace muchos años” (El diálogo presidencial). Más adelante afirma: “Hay otra cosa que me angustia y que me sentí en la obligación de plantear: la caza de brujas”. Y remata diciendo: “Di nombres de personas que honran al país y que han sufrido la expulsión de sus lugares de trabajo y hasta detención. Bastaría mencionar el nombre del gran escritor Antonio di Benedetto y del arquitecto Jorge Hardoy, entre tantos otros” (El diálogo presidencial). 

En su aclaración a García Márquez, Sábato además remite a una larga lista de entrevistas y declaraciones dadas por él a diversos medios de Francia, Colombia, España y Argentina, en un período que va desde 1976 hasta 1979, en donde se puede verificar la consistencia de su posición. El argentino precisa que su actitud pública a través de los años ha sido la de condenar los abusos que se han producido por regímenes totalitarios tanto de derecha como de izquierda. Esto, en particular, le generó profundas fricciones con un sector importante de la izquierda argentina. 

Y detrás de esas fricciones cree él ver el origen de la idea que se llevó García Márquez sobre su participación en el almuerzo, sobre todo a partir de la crónica que acerca de la reunión de los escritores con Videla publicó la revista Crisis en julio de 1976. Escribe Sábato: 

"…y así se me ha tratado de invalidar, ya sea con el silencio, con la intimidación o con la calumnia, como fue la crónica de la revista Crisis sobre la famosa entrevista obtenida a partir de un hombre como el padre Castellani, que, aparte de su conocida militancia nacionalista de derecha, estaba ya deteriorado por la senilidad y la sordera". (Aclaración a García Márquez)

Haroldo Conti era precisamente un colaborador habitual de Crisis, publicación que, bajo la dirección del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, circuló entre los años 1973 y 1976 y en cuyo consejo editorial tenían asientos escritores como Juan Gelman y Julia Constela. En el número 39 de julio de 1976, el penúltimo en la existencia de Crisis, se incluyen sendos reportajes con Castellani y Ratti con el propósito de dar cuenta de lo sucedido en la reunión con Videla. En la nota introductoria se afirma que, “a casi un mes del almuerzo del general Videla con los escritores, Crisis quiso recoger los ecos de dicho acontecimiento. Para ello procuró conversar con los protagonistas” (Ecos de un encuentro. El presidente de la nación y los escritores). Pero Sábato y Borges se negaron a participar. En el caso concreto de Sábato, se asevera que “Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: ‘yo no hago declaraciones para la revista crisis’” (Ecos de un encuentro. El presidente de la nación y los escritores). También se refieren en esta nota las declaraciones dadas por Sábato a La Opinión al salir del almuerzo, publicadas en la edición del 20 de mayo, según las cuales “hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos” y “en ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria o ideológica” (Ecos de un encuentro. El presidente de la nación y los escritores). 

En el apartado correspondiente a la entrevista con Castellani, se ofrecen generalidades de la conversación, como el abordaje de temas relacionados con el papel de la cultura, la ley del libro y la ley del autor, aunque también se refiere la locuacidad de Sábato y Ratti y el silencio del sacerdote y el general. Pero se hacen afirmaciones concretas sobre la gestión de Castellani a favor de Conti. Relata el prelado que trató de aprovechar la situación para interceder por la vida del escritor, pues días antes había recibido una súplica de una persona que no identifica, pero quien bien podría ser la esposa de Conti, a quien describe como abrumada por las lágrimas y las súplicas. Castellani explica que anotó el nombre del escritor en un papel que le entregó a Videla, quien lo recogió respetuosamente y, como respuesta protocolaria, le aseguró que la paz iba a volver pronto al país. Ratti, por su parte, declara a Crisis que elevó al general una lista de escritores que estaban pasando por “una circunstancia muy lamentable, como es el caso de Haroldo Conti y Eduardo Costa, de los que no se sabe nada hasta la fecha, o como la situación del escritor di Benedetto, quien hace un mes está encarcelado” (Ecos de un encuentro. El presidente de la nación y los escritores).

En Señas particulares, Burgos da por clausurado el incidente entre Sábato y García Márquez al afirmar que “Con el transcurrir de los años, Sábato ha tenido el olvido generoso de no aludir al asunto. Por su parte García Márquez lo omite con gentileza. Sé de alguien que una vez le preguntó sobre esto. Él, rápido, le contestó que el tema de Sábato corresponde con exclusividad a su hermano Eligio (Burgos Cantor, Señas particulares. Testimonio de una vocación literaria 125). 

Los ecos de Cabalango

Durante la primera parte de la década de los 80 habría importantes cambios políticos en Colombia y Argentina que traerían por segunda vez a Ernesto Sábato a Colombia. A partir de la década de los años 60, a lo largo de América Latina las tensiones sociales y políticas, alimentadas por la influencia de la revolución cubana y la guerra fría, favorecieron el surgimiento de guerrillas urbanas y de coordinadas acciones de represión y violación de derechos humanos por parte del establecimiento. Movimientos como los tupamaros en Uruguay, los montoneros en Argentina y el M-19 en Colombia son representativos de esta coyuntura. De hecho, presentan similares orígenes y coincidentes modos de operación. En el caso del M-19, o Movimiento 19 de abril, la agrupación se forma como consecuencia del fraude electoral que sucedió en las elecciones presidenciales colombianas del 19 de abril de 1970, cuando el antiguo dictador y candidato Gustavo Rojas Pinilla fue desposeído de su triunfo en favor de su contrincante, el conservador Misael Pastrana. Los dos gobiernos siguientes, el de Alfonso López Michelsen (1974-1978) y el de Julio César Turbay Ayala (1978-1982), harían frente a un creciente descontento popular y a la expansión de varias agrupaciones guerrilleras, siendo el M-19 destacado en esos años como enemigo publico número uno por su condición predominantemente urbana y por sus actos audaces. En enero de 1979, por ejemplo, uno de sus comandos logró construir un túnel subterráneo desde una casa vecina y robar cerca de 5000 armas de una guarnición militar situada en pleno norte de Bogotá. En febrero de 1980, durante la fiesta que ofrecía la embajada de la República Dominicana con motivo de su independencia, otro comando secuestró embajadores, funcionarios diplomáticos y otros asistentes a la fiesta y los mantuvo como rehenes durante 61 días. Tras largas negociaciones, el gobierno colombiano y los guerrilleros llegaron a un acuerdo para la liberación de rehenes y captores en Cuba, luego de un complejo operativo. La ruptura de relaciones de Colombia y Cuba y la orden de captura en contra de García Márquez, que se producen casi al mismo tiempo, en marzo de 1981, se sitúan en la dinámica de este acercamiento entre Cuba y el M-19. Los golpes y continuos desafíos que afrontaban el estado colombiano por parte de esta guerrilla precipitaron entonces esa reacción oficial, en donde se le otorgaron instrumentos y tareas judiciales a las fuerzas armadas. Así, se cometieron violaciones a los derechos humanos, tanto de parte de la guerrilla como del gobierno, con secuestros, juicios en cárceles del pueblo y ejecuciones, de un lado; y con detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones del otro, siendo estudiantes, campesinos, trabajadores, periodistas, profesores universitarios, intelectuales y artistas los objetivos más afectados.

Las elecciones de 1982, que llevaron al conservador Belisario Betancur a la presidencia, no obstante, representaron un nuevo intento de paz y negociación. Como uno de sus actos simbólicos para refrendar la seriedad de sus propósitos, el gobierno de Betancur derogó las causas judiciales en contra de García Márquez y lo invitó a regresar al país. Este hecho estuvo favorecido además por la consagración universal del escritor, quien en octubre de 1982 es anunciado como ganador del premio Nobel de literatura. Atento al proceso argentino de transición a la democracia, que un año después, en octubre de 1983, elige como presidente a Raúl Alfonsín, el gobierno de Betancur, interesado en implementar una comisión de la verdad para el caso colombiano, invita a compartir experiencias al presidente de la argentina Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Ese presidente era Ernesto Sábato. Y por eso llega a Colombia el domingo 19 de febrero de 1984.

Pero aquella no fue la única razón de esa visita. Paralelamente, la editorial Planeta también extiende invitación al argentino para promocionar su obra en Colombia. Tanto a los encargados de la editorial como a los representantes del gobierno colombiano, Sábato hizo la misma exigencia de quince años atrás: la presencia de sus amigos Roberto Burgos Cantor y Eligio García Márquez como guías y personas de confianza. La apretada agenda que tiene Sábato desde el domingo 19 hasta el sábado 25 de febrero de 1984 está llena tanto de compromisos académicos y editoriales como de intensas y secretas reuniones políticas, principalmente con John Agudelo Ríos, entonces Comisionado para la Paz de Colombia. Sábato fue muy cauto y diplomático a la hora de abordar a los medios que predeciblemente le inquirían su opinión sobre las situaciones políticas de Argentina y Colombia, el papel de escritores e intelectuales en América Latina y la reciente muerte de su colega y compatriota Julio Cortázar, acaecida apenas días atrás, el 12 de febrero, en París, entre otros temas.  

Los hechos más notables de esta segunda y última visita de Sábato a Colombia son la charla en la tarde del martes 21 en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, el título de “profesor emérito honoris causa” de la Universidad de Antioquia, que le es entregado el miércoles 22 en Medellín por parte del rector Darío Valencia Restrepo, y la distinción por parte del presidente Betancur el viernes 24 con la Cruz de Boyacá, la máxima condecoración que otorga el estado colombiano. La visita tendría un toque amargo, sin embargo, en la ciudad de Cali el jueves 23, pues en el auditorio donde se aprestaba a dar una charla el argentino fueron dejados panfletos anónimos que le volvían a reclamar por su supuesta complicidad con la dictadura militar argentina. 

El año 1984 resultaría ser uno de los más importantes en la vida de Sábato. Además de las distinciones y homenajes que recibió en Colombia, el 20 de septiembre haría entrega al presidente Raúl Alfonsín del informe de la CONADEP sobre las víctimas de la dictadura militar, el Nunca más, que incluso llegaría a ser conocido como “el informe Sábato”. Asimismo, su novela de 1974 Abbadón el exterminador obtendría el premio al “Mejor libro extranjero del año” en Francia. Más importante aún, el 11 de diciembre de ese 1984 el argentino sería anunciado como ganador del premio Cervantes de literatura. 

Pero la entrevista pública de Sábato a Roberto Burgos y Eligio García en el León de Greiff en la Universidad Nacional sería la que terminaría por perdurar en la memoria de muchos colombianos. Apenas dos semanas después de su partida de Colombia, el domingo 11 de marzo, el número 50 del reformado “Magazín Dominical” de El Espectador dedicó gran parte de sus páginas a la visita de Sábato. De nuevo, el encargado de escribir la nota principal fue Burgos Cantor. “Una semana con Sábato” (Una semana con Sábato), cuenta con la explicación, en el subtítulo, que “Durante la visita del maestro Ernesto Sábato a Colombia, una de las personas que estuvo más cerca de él fue el escritor Roberto Burgos Cantor, quien escribió esta nota para el Magazín Dominical” (Una semana con Sábato 14). La otra nota, titulada “Sábato en la U.N.”, resume lo esencial de lo discutido en esa entrevista. 

“Lecturas Dominicales”, el suplemento literario y cultural de El Tiempo, también publica notas relacionadas con la visita de Sábato. En la página 4 de su edición del 19 de febrero incluye una colaboración del escritor argentino Lucio Yudicello, un ensayo sobre la obra de Sábato bajo el título “El escritor del recurso a la melancolía”. En ese mismo suplemento, en la página 6, como homenaje al recién desparecido Julio Cortázar, se incluye el texto consolidado de las varias entrevistas que Eligio García le hiciese a Cortázar en París entre 1975 y 1980, y que forma parte de su libro Son así. Reportaje a nueve escritores latinoamericanos. Solo que esta vez aparece con el título “In Memorian. Cortázar: el cazador solitario” en lugar del original “Julio Cortázar: el cazador solitario. Más de un año después de la visita de Sábato, en el número 3 de octubre-diciembre de 1985, la Revista de la Universidad Nacional publica la trascripción completa de la entrevista pública. El título del texto, que aparece en las páginas 54-62 de ese número, es “Ernesto Sábato habla sobre Ernesto Sábato”.

Después de la presentación del filósofo, escritor y profesor Rubén Sierra Mejía, en la que califica la visita de Sábato a los claustros de la Universidad Nacional como una “fiesta del espíritu”, y de la aclaración de Sábato, como ya se estableció, de que aquello no iba a ser una conferencia sino una entrevista pública, Eligio García y Roberto Burgos se alternan para hacer las preguntas. Empieza la charla con una discusión sobre cómo el papel de Sábato como escritor e intelectual en la unión de América Latina lo proyecta en una doble condición de ciudadano común e indagador de la condición humana. El diálogo apunta entonces a la dolorosa experiencia del escritor durante los años de la dictadura y se ofrecen entonces detalles del peligro en que vivieron él y sus compatriotas y de la labor de la comisión que él presidía. Incluso se refiere el informe, entonces en preparación, sobre las denuncias y testimonios como el “libro negro”. Eso lleva a indagar por el vínculo entre la ficción y la realidad, la dolorosa realidad, a propósito de la potencial conexión entre ese “libro negro” y el “Informe sobre ciegos”, la tercera parte de la novela Sobre héroes y tumbas. Sábato reflexiona en este sentido sobre el problema del mal y afirma que la posible intersección de esos dos planos tiene que ver con el hecho de que “El problema del mal es un problema que está en el fondo de todos nosotros. Todos nosotros estamos propensos al mal” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 57). Según él  —y aquí hay un atisbo de lo que escribiría en la introducción del Nunca más y que sería referido como “la teoría de los dos demonios”, algo que generaría mucha polémica—, la represión en Argentina no fue solamente una acto de suprema barbarie, sino que, en el afán de derrotar un terrorismo que sin duda cometió crímenes que no debían haberse producido, la dictadura combatió, o reemplazó, ese terrorismo mediante el terrorismo de Estado “que es infinitamente peor porque cuenta con todo el tremendo poder de las Fuerzas Armadas y de seguridad y con la impunidad que daba el poder absoluto” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 57). Sábato puntualiza que “Esta represión, sin embargo, se manifestaba en una caza de brujas” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 57). Guardando las proporciones con la cantidad de víctimas y la magnitud de la tragedia que vivió Argentina, aquella descripción encajaba muy bien con la esencia del proceso por el cual seguía atravesando Colombia, muy a despecho de la renovada esperanza de los diálogos de paz.

El problema del mal conduce a un nuevo examen de la situación de Martín, el personaje de Sobre héroes y tumbas, y su encarnación de la metafísica de la esperanza. Sábato reitera que la lectura de sus libros es mayormente “una experiencia desagradable, una frecuentación del mal, un descenso a los infiernos” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 58). Pero, a pesar de todo esto,  de sus obras siempre emerge un aliento de esperanza. Pone por caso la situación de Martín, “un chico acosado por el infortunio”. Entonces relata uno de los fragmentos más conmovedores de la novela:

…(Martín) finalmente se encierra en una pieza del hotel y hace una especie de desafío mental silencioso a Dios: que se presente. Si no se presenta él se va a matar. Este drama muchas veces acontece en el fondo del alma de un muchacho o de una chica. Sin embargo, ese chico no se mata. Amanece, se asoma a la ventana de su hotelucho y ve un perro que escarba en un tacho de basuras, ve a una chica que va a su trabajo semejante a una sirvienta que le acaba de ayudar en su infortunio, recuerda a alguien analfabeto que lo ayudó en un rincón de Buenos Aires y, sin decir nada, agarra su bolsa marinera, se va del hotel y busca a un camionero que ha conocido para irse a la Patagonia. (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 59)

Y haciendo una venia a Burgos, ratifica: “Eso es lo que Roberto ha llamado, y algunos exégetas, metafísica de la esperanza” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 59). 

La alusión al tema del suicidio convoca entonces la situación que tanto lo mortificó en su primer viaje a Colombia en 1969: la tragedia del estudiante de matemáticas Víctor Amaya. Justamente dentro de los asistentes al auditorio que escuchaban con devoción el diálogo de Sábato con Burgos y Eligio García se encontraban una prima y una tía de Amaya. Sábato había hecho, instantes antes de la pregunta, consideraciones éticas y existenciales acerca del suicidio, el cual condena aludiendo, entre otras razones, a que las grandes filosofías y las grandes religiones también lo condenan; lo llama “un supremo acto de egoísmo” y “una tentación del mal” que es necesario superar. Burgos es quien le pide que se manifieste con relación al doloroso incidente de Amaya. Prácticamente pronuncia las mismas palabras que, como ya vimos, años después escribiría en Señas particulares

Por otro lado, un amigo de Eligio, que ya le habíamos referido, estudiante de matemáticas, tomó un galón de gasolina y se incineró sobre las murallas  de Cartagena. Le dejó a Eligio un libro suyo de 1945 que se llama Uno y el universo. Tenía una breve nota donde le decía a Eligio: “espero que este libro no te haya hecho a ti tanto daño como me hizo a mí”. (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 59)

En este punto, tal vez porque ya se ha manifestado en profundidad sobre el tema, Sábato prefiere hacer una defensa de Uno y el universo, en particular, y de la literatura en general. Para tal fin se remite a una personalidad significativa, en especial para muchos de los asistentes a la charla: su compatriota Ernesto Guevara. El contacto entre el escritor y el guerrillero se remonta hacia mediados de los años 40, cuando Sábato se refugia en las sierras de Córdoba para abandonar la ciencia y dedicarse a la escritura. Allí coincide en ocasiones con la familia del adolescente Guevara. Pero la relación se hace más notoria a raíz de un intercambio epistolar entre el escritor y el entonces ministro de Cuba en 1960. Sábato cuenta que la carta de Guevara comenzaba, antes de hablarle de política que era el tema esencial, diciendo: “para mí y para mi generación tuvo mucha importancia Uno y el universo. Fue un libro que yo tenía en mi cabecera para algún momento dado” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 59). En realidad, en el párrafo inicial de la carta a Sábato, Guevara escribe: 

"Hace ya unos quince años, cuando conocí a un hijo suyo, que ya debe estar cerca de los veinte, y a su mujer, por aquel lugar creo que llamado “Cabalango”, en Carlos Paz, y después cuando leí su libro Uno y el universo, que me fascinó, no pensaba que fuera Ud. —poseedor de lo que para mí era lo más sagrado de mundo, el título de escritor— quien me pidiera con el andar del tiempo una definición, una tarea de reencuentro, como Ud. llama, en base a una autoridad abonada por algunos hechos y muchos fenómenos subjetivos (Sábato, Claves políticas 86)".

Sábato se encontraba enfrascado entonces en tratar de entender la paradójica reacción del pueblo argentino ante la muy reciente revolución cubana. Mientras en el país austral el sector asociado con la oligarquía saludaba con simpatía y entusiasmo el proceso revolucionario, la clase obrera, afecta al peronismo y de quienes se esperaría solidaridad y celebración ante el triunfo de los rebeldes, sorprendentemente expresaba desconfianza e indiferencia. Sábato aclara que, a pesar de su comunión con las causas de libertad, justicia y conquistas sociales para el pueblo raso, siempre fue un contradictor de Perón y de sus métodos totalitarios y corruptos. Le escribe a Guevara para que, como revolucionario y argentino, le ayude a comprender. La respuesta de Guevara revela intimidades de la lucha revolucionaria cubana; menciona los logros y los desafíos y la naturaleza improvisada del proceso. Pero sobre todo, intentando responder a las preguntas de Sábato, puntualiza la distinción entre la clase obrera peronista y el campesinado cubano. Guevara además pondera no solo el libro Uno y el universo, sino también el papel del escritor y del intelectual en los procesos revolucionarios. 

La relación de Sábato con Guevara fue de admiración y respeto mutuos. El adolescente de las sierras de Córdoba, que luego sería líder de la revolución cubana y dirigente político de ese gobierno, y que sería finalmente abatido en las selvas de Bolivia, representaba para el escritor un ejemplo de valor, resolución y fidelidad a los grandes postulados que defienden la dignidad del hombre. Por eso le escribió con humildad para que le ayudara a entender los complejos fenómenos de la realidad de su país en 1960. Por eso se conmovió con su muerte. Tanto que en noviembre de 1967, a pocas semanas de la muerte de Guevara, dictó en la Universidad de París una conferencia titulada “Homenaje a Ernesto Guevara”. Y en su novela Abbadón el exterminador, en una sección titulada “No, ¿Cómo Marcelo podría preguntarle nada?”, en una nueva mezcla de ficción y realidad, apoyado por apartes del Diario de Guevara, por reportes de militares presentes en la operación y por crónicas de prensa, Sábato escribe sobre la muerte del Che. Un guerrillero apodado Palito, que acompañaba a Guevara en sus últimas horas, le cuenta a Marcelo, un personaje de la novela, cómo sucedieron los hechos (Sábato, Obra Completa. Narrativa 690-704).

En su defensa ante el auditorio de su obra, admitiendo que la literatura puede ser muy peligrosa, Sábato concluye que muy seguramente no fue la lectura de su libro, sino muy probablemente otros motivos los que afectaron fatalmente la sensibilidad de Amaya. De hecho, en la mañana de ese día, afirma él como para ratificar la defensa de su obra, otro adolescente se le acercó para agradecerle el que la lectura de Sobre héroes y tumbas le hubiese salvado la vida: una representación más concreta de la metafísica de la esperanza.

La última parte de la entrevista se enfoca en el tema que más interesaba a ese otro pequeño grupo de asistentes, los estudiantes de matemáticas que en la mañana habían tenido una clase de topología. Muchos de ellos, incluso sin jamás haber leído nada de lo escrito por él, habían comprobado lo familiar de su forma de razonar y articular sus apasionados argumentos. Parecía él seguir la rutina formal de sus clases, aquella de definición, teorema, corolario y rigor en la demostración. Eso lo comprobarían después al leer sus libros. Se podía ver claramente en El túnel, cuando Juan Pablo Castel afirma, al final del primer capítulo y como si se tratase de un macabro teorema: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración”. Luego, siguiendo el impulso del rigor de la prueba, aclara: “Bastaría un hecho para probarlo en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces le obligaron a comerse una rata, pero viva” (Sábato, Obra Completa. Narrativa 26). 

La respuesta a la pregunta de Burgos “¿Qué explica, Sábato, que usted teniendo ese mundo casi perfecto de la ciencia le dé una patada, lo mande lejos, e ingrese a este tormento que, nos dice, es la literatura?” (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 61) ayudaba a consolidar esa sensación de cercanía. En su larga respuesta, Sábato no hace otra cosa que reiterar que las vocaciones se manifiestan de manera caprichosa e inestable; que para él se trató de una decisión dolorosa, que incluso lo enfermó y además le costó la ruptura de relaciones con sus notables profesores, quienes habían puesto muchas esperanzas en él. Pero insiste en expresar su decepción con el mundo de la ciencia, tanto por la dificultad que implica conciliar sus impulsos vitales y misteriosos, como por el reproche moral que se puede hacer al tipo de personas, algunas de las cuales con quienes incluso compartió trabajo en el laboratorio Curie, que tienen el dudoso prestigio de haber descubierto y desatado la energía atómica, la responsable de 200.000 seres humanos muertos en Hiroshima. En su estancia en París en 1938 —evoca, remontándose a sus días en el laboratorio Curie— en el día trabajaba en el laboratorio y en la noche compartía con surrealistas como Óscar Domínguez o el mismo André Breton. Pero su verdadera atención se enfocaba en la escritura de su primera y jamás publicada novela La fuente muda

Los mismos estudiantes de matemáticas escucharon conmovidos por una mezcla de temor y fascinación cuando, como si hablase de la experiencia personal de cada uno de ellos, afirmó que:

"Yo ingresé a las matemáticas siendo un adolescente, complicado, lleno de tinieblas, moviéndome en la oscuridad de mi conciencia totalmente desamparada, y encontré un profesor de matemáticas maravilloso en el Colegio Nacional…Estaba solo en La Plata, y de pronto me deslumbró la demostración de un teorema. Me hizo acceder a ese mundo maravilloso de los objetos matemáticos, ese mundo platónico donde reinan el silencio y la perfección… (Ernesto Sábato habla de Ernesto Sábato 61)". 

La despedida de Sábato del auditorio fue ovacionada con sincera y profunda emoción. El recinto, que parecía haberse acostumbrado a oscilar frenéticamente entre estruendos y silencios, sobre todo durante las horas que precedieron la entrevista, había entrado en una comunión casi solemne con el escritor. Momentos antes, en la interminable espera, el mínimo asomo accidental de alguien cerca del escenario era tomado como una inminente señal de la presencia de Sábato, desatando rugidos descontrolados. Esas frustrantes falsas alarmas, que solo conseguían acrecentar la ansiedad y la expectativa, se fueron haciendo predecibles, de manera que gritos y chiflidos pronto se volvieron desganados murmullos y luego silencios desapacibles. Ahora, tras la salida de Sábato, Burgos y Eligio del escenario, quedaba flotando un silencio más grande y decisivo. Muchos, todavía aturdidos, empezaban un largo proceso de digestión de lo que habían visto y escuchado. Las palabras y las ideas comenzaban a acomodarse, a desvanecerse y a hacerse recuerdos.

Epílogo

Ante los tropiezos del proceso de paz del gobierno Betancur, el M-19 decidió, en noviembre de 1985, hacer un juicio público por traición al mandatario. Para esto, otro de sus comandos realizó una toma violenta de las instalaciones del Palacio de Justicia en donde los magistrados de las altas cortes sesionaban. Esta incursión representó la intersección trágica de varios de los más históricos actores del conflicto colombiano. Investigaciones posteriores indican que el M-19 tuvo respaldo económico de organizaciones criminales de narcotraficantes para poder realizar la toma. La respuesta del ejército colombiano, por otra parte, conocida como la “retoma”, entró en una comparable espiral de fatalidad a la propuesta por el grupo guerrillero. Mientras tanto, la radio y la televisión registraban los hechos y las últimas palabras de las víctimas. El fatal resultado de esa acción es conocido como el “holocausto del palacio de justicia”. Cerca de cien personas entre magistrados, guerrilleros, militares y civiles murieron o desparecieron. Todavía hoy se trata de recuperar e identificar cuerpos de personas desaparecidas durante ese enfrentamiento. 

Como parte de ese fallido proceso de paz, algunas personas afines a la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) formaron un partido político, la UP (Unión Patriótica), cuyos militantes, alrededor de 3500, serían sistemáticamente asesinados. El M-19, no obstante, alcanzaría un acuerdo de paz con el estado colombiano en 1989. Muchos de sus miembros terminarían ocupando cargos públicos y teniendo una activa participación política, en un amplio espectro ideológico. Sin embargo, el líder más visible de las negociaciones, Carlos Pizarro, sería asesinado dentro de un avión cuando empezaba una gira para promover su candidatura a la presidencia de Colombia en las elecciones de 1990. Casi treinta años después del intento de Betancur, el gobierno colombiano emprendería, en 2012, un más ambicioso y prometedor proceso de paz. Los resultados todavía están por verse.

Roberto Burgos Cantor fue el ganador de la versión 2018 del Premio nacional de novela, entregado por el Ministerio de Cultura de Colombia, con su trabajo Ver lo que veo. Apenas tres meses después del anuncio de esa distinción, el 16 de octubre, fallecería en Bogotá. Los suplementos literarios de El Espectador, el “Magazín Dominical”, y de El Tiempo, “Lecturas Dominicales”, terminarían por ser absorbidos como secciones menores de los respectivos periódicos. John Humberto Bastidas Castro, uno de los estudiantes de matemáticas que asistió a la entrevista de Sábato, desapareció en julio de 1989 mientras caminaba por las playas del Parque Tayrona, en la costa norte de Colombia. Se dice que una ola lo arrastró. Su cuerpo jamás fue encontrado. Uno de los compañeros de clase de John jamás pudo olvidar esa entrevista. Muchos años después, como si siguiese misteriosos y poderosos dictados secretos, intentó reconstruirla, tal vez como una manera de explicar por qué, él mismo, también habría de cambiar las matemáticas por los estudios literarios. Y entonces pensó en escribir sobre la intensa presencia de Ernesto Sábato en su país, Colombia, y en su mundo de recuerdos, temores y esperanzas. Un día de junio de 2017 pudo reunirse en la sede de la Universidad Central de Bogotá con Roberto Burgos Cantor, quien le ayudó a reconstruir esta historia. Ese mismo mes estuvo en la casa de Sábato en Santos Lugares. Allí pudo hablar con Luciana Sábato, una de las nietas del escritor y quien dirige la ahora Casa Museo Ernesto Sábato. La Cruz de Boyacá se mantiene intacta entre la multitud de valiosos y conmovedores objetos que se conservan.

 

Obras citadas

Burgos Cantor, Roberto. «El caso Haroldo Conti: Sábato intervino ante Videla.» Magazine Dominical. El Espectador. 14 de Junio de 1981: 3.

—. «El terror metafísico.» Magazine Dominical 12 de Mayo de 1968: 7.

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Ómar Vargas

Cultura

Sábato en Colombia: El Espectador y los lunautas (II)

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