Samanta Schweblin: “Escribo para probarme en otros escenarios y en otras vidas”

Samanta Schweblin hace parte del listado de Bogotá39 que fue anunciado en el 2017. Su libro más reciente, “Siete casas vacías”, fue ganador del premio de Narrativa Breve Ribera del Duero. La escritora argentina visitó Colombia con motivo de su participación en el Hay Festival y compartió con algunos de sus lectores en un taller de cuento que ofreció al interior de la Biblioteca Nacional.

Imagen de la escritora argentina Samanta Schweblin, seleccionada para el Bogotá39, y cuyo más reciente libro se titula Siete casas vacías. Cortesía

Cuando era una niña quiso dejar de hablar ante las frustraciones que halló en el lenguaje, en no poder darse a entender como quería; desde entonces, Samanta Schweblin hizo un pacto con las letras, uno que no fue consciente, claro, pero que ha determinado el rumbo de su vida. Con el tiempo, comenzó a escribir cuentos, a fijarse en los detalles, a observar los resquicios que se forman en la ventana de las cotidianidades. Se hizo escritora y hoy, con méritos de sobra, es una de las autoras más destacadas de América Latina.

Ella, Samanta Schweblin, nació en Buenos Aires en 1978. Estudió Diseño de Imagen y Sonido en la UBA. Egresó del programa y ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes (2001) por su libro El núcleo del disturbio. Hacia el año 2008, su segundo libro de cuentos Pájaros en la boca obtuvo el premio Casa de las Américas, y dos años más tarde, la revista Granta la seleccionaba como una de las voces menores de 35 años más interesantes en español.

Ha publicado cuatro libros, tres de cuentos y una novela. Con esta, Distancia de rescate (2014) se llevó el Premio Tigre Juan 2015 y dio a conocer una faceta más de su narrativa. Schweblin ha recibido numerosos galardones a lo largo de su carrera, pero esto no la hace sentirse más capaz o mejor que otros escritores. Su preocupación está en poder escribir siempre, en hacerlo bien, en superarse a sí misma.

Reside en Berlín desde hace un tiempo. Allí da talleres de escritura a ciudadanos hispanohablantes. El contacto con los otros, con los que aprenden, le ha permitido nutrir su cabeza de ideas, alimentarse de la renovación constante de la escritura. Para ella, los cuentos, como la vida, son una ventana a lo desconocido, la apertura a aquello que, de repente, se ha quedado en puntos suspensivos. Sirven para desarmar y pensar cosas que no se pueden entender; para pensar en cosas en las que no se hubiese pensado de otra manera; para revivir los fantasmas del pasado y anticipar algunos detalles del futuro. Cuando le pregunto el porqué de su oficio, para qué escribir cuentos, responde: “Para probarme a mí misma en otros escenarios y en otras vidas; para exorcizar todo lo que me duele o me hace daño”.

En un tiempo como éste, en el que las novelas parecen ser el interés del mercado editorial, ¿qué puede ofrecer un cuento al lector?

A veces, todo lo que ofrece una novela, pero en 250 páginas menos. Otras veces, solo el brevísimo recorte de una realidad diferente. Y si es un buen cuento, siempre trae algún tipo de revelación vital para el lector, como recompensa por su lectura.

¿Cómo son los cuentos que lee usted? ¿Qué autores admira en ese terreno?

Me gusta que los cuentos sean intensos. Estos últimos años estuve leyendo mucho a Amy Hempel, Kelly Link, Elizabeth Strout, entre muchos otros. También están los cuentistas con los que me formé, como Bradbury o Ballard, en la línea fantástica, o di Benedetto, Bioy Casares o Rulfo, en la tradición latinoamericana. Y los norteamericanos, claro: Cheever, O'Connor, Tobias Wolf. Por solo nombrar algunos, en un recorte que deja afuera muchos más autores.

¿Qué hace la literatura por nosotros?

Nos obliga a quedarnos quietos por un momento, a mirar fijo, a pensar. Nos educa en la empatía, que es remedio a casi todos los males de esta tierra.

A la distancia, ¿cómo ve el estado actual de la literatura argentina?

​Lo veo vivo y en continua transformación. Hace ya varias generaciones que se está leyendo muchísima literatura argentina -en la propia Argentina-, cosa que no sucedió en los 80 y los 90. Y a la vez se está escribiendo una literatura muy porosa de otras literaturas extranjeras. Creo que hay pluralidad y originalidad, y un entorno de lectores, talleres, centros culturales y ciclos de lecturas que alimentan también ese otro lado de la literatura, que es el mundo de los que leen, que siguen presentes y más ávidos que nunca. ​

En sus libros de cuentos, el lector tiene la sensación de que estas historias fueron concebidas bajo la mirada del curioso que se asoma para ver sin que lo vean. ¿Qué es lo que le interesa contar a la autora con lo que escribe?

​Me interesan los límites. Los límites entre géneros literarios, los límites a los que pueden llegar determinados personajes en determinadas situaciones, mis propios límites como narradora, los límites entre lo normal y lo extraño. Creo que es en esa cornisa donde la atención del lector se dispara -pensando en mí misma como lectora, incluso-, y donde ocurren las cosas nuevas y más incómodas. Incluso cuando se cuenta algo absolutamente normal, o cotidiano, siempre hay un espacio límite que nos permite mirar lo que ocurre con extrañamiento, con una distancia nueva. 

¿Son mal valoradas las mujeres en el ámbito artístico?

​Estos últimos años han demostrado que la buena literatura no tiene género. Tanto, que hasta ocurre lo contrario, son momentos donde golpear las puertas de un editor siendo mujer, tiene sus ventajas -aunque sospechosas-. Aunque supongo que, en los ámbitos artísticos más relacion​ados con lo profesional -la arquitectura, por ejemplo, la creatividad científica, etc.-, la desigualdad debe estar todavía muy marcada. Pero la marca es la inercia del mercado y algunos prejuicios. Creo que en el ámbito artístico -y solo me refiero al artístico-, la desigualdad tiene sus días contados.

¿Por qué existen los escritores?

¿Te referís a los escritores varones? Bueno, yo abogo por la literatura escrita por mujeres, pero entiendo que ellos también tendrán sus historias, ¿no? Nunca hay que ser radical.

¿Se soñaba escritora?

​No, la escritura como profesión fue dándose naturalmente, con el tiempo. De chica pensaba que mi futuro estaría relacionado con el mundo de las historias -pensaba en el cine, o en el teatro-. Pero los escritores me parecían figuras demasiado lejanas con las que me costaba mucho identificarme.

¿Qué hará en la vejez? ¿Escribir siempre?

En la vejez seguiré escribiendo, por supuesto. Agradezco muchísimo la suerte de poder dedicarme a lo que me gusta, así que seguiré aprovechándome de esta magia todo el tiempo que dure.

 

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