El Magazin

Sancochada

Kevin, la música está muy dura. Andrés, dejáme celebrar; vos si sos muy amargado, a lo bien. Molesto con Kevin me encierro en el baño, prendo un cigarrillo y comienzo a fumar pausadamente. Ese Kevin siempre hace lo mismo: se van mis papás, se toma mi casa, invita a sus amigos; y sabe que odio a Brayan, pero lo invita.

Archivo particular

Nada como cagar fumando, le digo a Mario cuando salgo del baño. Parce, me dice, mañana es el sancocho en la casa de Natalia; tenés que ir porque hay un asunto del que tenemos que hablar; disfrutá la fiesta. No vuelvo a ver a Mario esa noche. La fiesta dura hasta las 5 de la mañana y Kevin, antes de irse, me recuerda el sancocho. Lo espero parcero, dice mientras me dirige una mirada amenazante.

Kevin es el más viejo del parche, pero el último que llegó. Aunque es arrogante y mandón me cae bien. Mario lo conoce desde chico, pues Kevin es del pueblo donde vive su abuela. Desde que se vino a vivir a Manizales, hace casi dos años, salimos con él cada ocho días. Bebemos en las escaleras al lado de la Torre del Cable y hacemos sancochos los domingos donde Natalia. Ella es una chica del pueblo de Kevin, que vive en un barrio más bien humilde de la ciudad y que hizo del sancocho de espinazo los domingos un ritual. Al principio yo no iba, prefería quedarme en mi casa jugando Xbox. Pero poco a poco me dejé llevar por la fiebre general del espinazo y comencé a ir. El primer día que puse el pie en la terraza de la casa de Natalia, Kevin sintió que por fin me había dominado. El niño rico vino a visitar a los pobres y por ahí derecho a comerse su espinazo, dijo cuando me vio y lo siguió diciendo siempre que me veía llegar.

Solo hay dos cosas que realmente me molestan de Kevin: que cuando se da cuenta de que mis papás se van para la finca (y no sé cómo se entera, pues desde la tercera fiesta yo intento inútilmente esconder el viaje de mis papás) invita a sus amigos a mi casa. Y no contento con eso, también a Brayan. Conozco a Brayan desde cuarto de primaria y lo odio desde el primer día. Mamá, Brayan me cogió las papitas; mamá, Brayan me hizo este morado; mamá, Brayan me robó diez mil pesos. Y la queja más dolorosa, que ya no le conté a mi mamá porque fue a punto de graduarnos del colegio, Brayan se cuadró con Melissa. Problemas de mocosos, pensé unos meses después del prom. Pero cuando Kevin se hizo amigo de él y lo empezó a llevar a mi casa, supe que todavía seguía siendo un mocoso. 

Brayan está donde Natalia. Bienvenido hermano, me dice, lo estábamos esperando, Natalia ya estaba preocupada, ansiosa, para decirle la verdad. La escena desmiente a Brayan: ella sentada en las piernas de Kevin parece indiferente a mi llegada. Quibo, parce, me dice Kevin, ¿llegás tarde para no cocinar?, ¿cierto?, pillado. Venís es a coger el espinazo de los pobres, sentenció antes de empezar a armar un porro. La bolsa con la marihuana, los cueros, la armada, la candela y la bocanada. Después, el hambre. A la tercera cucharada Natalia dice la frase esperada: sancocho que se respete se come con marihuana y se pasa con aguardiente. Esa es su frase, la que dice desde el primer día de sancochada, la única que le escucho los domingos y la más cierta que jamás he escuchado.  

A las siete de la noche comienzo a despedirme. Estoy lleno, trabado, prendido. El aguardiente ya me sabe a sancocho por los eructos y no logro concentrarme más de un minuto seguido. Duro para que todos me escuchen, digo: mis papás ya debieron llegar, tengo que leer cosas para la universidad y quiero dormir un rato; nos vemos esta semana, todo bien. No tan rápido, me responde Brayan, tenemos que hablar; abajo hay un cuarto, la mamá de Natalia no llega hasta las diez y Nata nos prestó ese lugar para que hablemos un rato, hermano. ¿Seguís siendo una niña? No cambiás.

Herido por el comentario de Brayan sigo a Kevin y entro en el cuarto. Me siento en una silla que está al lado de la cama y los miro. Mario, Brayan y Kevin me observan. Creo que su intención es mirarme hasta que yo me intimide para que no les diga que no. Por fin Mario rompe el silencio: parce, yo le dije que le tenemos un negocio; si es verdad que tenés güevas, vamos a montarnos en el carro de tu papá e ir a la Avenida del Río; las carreras comienzan a las once y con el carro de tu papá y Kevin manejando podemos ganar como 500 lucas; claro que como usted pone el carro se queda con el cuarenta y entre nosotros tres nos repartimos el sesenta. Ante mi silencio, Brayan dice: con niñitas no se puede contar, se los dije, puro tilín tilín y nada de paleta. 

Voy a mi casa, saludo a mis papás de lejos para que no sientan el tufo, me baño, me cambio de ropa y a las diez, cuando la casa está en silencio, voy por el Volkwasgen jetta gli 2017 de mi papá, con tan solo dos semanas de uso, de un plateado brilloso y de un hermoso motor de 2000 con turbo, y salgo de la casa. Recojo a mis amigos donde Natalia y vamos a la carrera. Ya en la Avenida del Río, listo para ver correr mi carro, comienzo a temblar, pero las ganas de probar finura son más fuertes que el miedo y logro controlarme. La carrera comienza y Kevin sale pitado, creo que va a ganar. Ciudad de mierda con curvas y faldas que no me dejan ver quién va ganando, le digo a Mario. Quieto, Andrés, si sigue temblando así nos va a dañar el remate. 10 minutos, nada. 12 minutos, nada. 13 minutos, nada. 15 minutos, llega el rival de Kevin, se baja de su Mazda y alterado dice: ese man se desvió de la ruta y pensé que lo iba a ver en la curva de retorno, pero nada. Las 500 luquitas son mías.

No vuelvo a ver a Kevin ni al carro. Mario y Brayan me juran que no saben del plan de Kevin. Yo solo quería ver correr un rato y si se podía ganar una plata, me dijo Mario. Mis papás denunciaron el caso y en vano aún esperan la llamada de la estación de policía anunciando el milagro. Aunque para mis papás el robo no es motivo de discusión y la aseguradora promete reponerles el auto, resulta que Kevin terminó comiéndose mi espinazo, y como recuerdo cada domingo voy a la casa de Natalia y como de su sancocho. Ahora ella no dice ni una palabra durante la tarde y a mí solo se me escucha decir: sancocho que se respete se come con marihuana y se pasa con aguardiente.

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