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Sandro, antes de Sandro (Como de cuento)

Que todo comenzó en un oscuro garaje, que había sido garaje y aún tenía regadas algunas manchas de aceite en el piso, y que luego fue centro de ensayos, de ruido, como lo llamaban los transeúntes que pasaban y se quejaban.

Imagen de una de las presentaciones de "Los del fuego", plenos años 60, con Sandro como voz principal. Cortesía

Que después fue bar, aunque allí no se vendiera nada porque lo que importaban era la música y que una guitarra se acoplara a otra, y que una batería llevara el ritmo y potenciara a las guitarras, y que todo aquello le diera forma a una voz, a una canción, a un decir, o incluso, en ocasiones, a un llorar o gritar. Que las primeras sesiones parecían de gatos persiguiéndose, y que lo que llamaban música por aquel entonces aquellos tipos apenas era un remedo de algo sin nombre. Que el muchacho de veinte o algo menos que convocaba al grupo, a sus amigos, llevaba patillas a lo Elvis Presley y bailaba, también a lo Elvis Presley, e intentaba vestirse a lo Elvis, se llamaba Roberto Sánchez.

Que no había más que una diminuta ventana casi pegada al techo por donde salía el humo de tantos cigarrillos, Lucky Strike, si estaban de buenas, o Viceroy usualmente, porque ninguno tenía ni un peso y lo poco que lograban conseguir era para ahorrar y comprarse otra guitarra, o un amplificador, o un micrófono, y para comer algo y tomarse una botella de vino, la más barata del barrio, la de la tienda de don Faustino. Que más de una vez hablaron del Juguete Rabioso de Roberto Arlt, y se plantearon con total honestidad que iban a dar un golpe, “un solo golpe, che”, y así conseguir “la guita” que necesitaban para el resto del año, pero que pasaron las semanas, y los meses y no fueron capaces de ningún golpe porque el tiempo que les quedaba libre era para seguir ensayando a ser una banda de rock and Roll.   

Que aquel muchacho que jugaba a ser Elvis había trabajado vendiendo damajuanas de vino con su padre, y había querido aprender a hacer joyas, y había sido empleado de una empresa metalúrgica. Que cuando iba por las calles de Banfield, Buenos Aires, su barrio, su tierra, su niñez, su todo, los muchachos de su edad lo señalaban y decían que ahí iba el de Trío Azul, su primer grupo, y en voz baja sonreían recordando que ni siquiera había terminado la escuela pues lo habían expulsado. Que por buscapleitos, que por vago, que por estar de contestón, que por su música, que por sus aires de don Juan, que por andar jugando a ser James Dean. Que por distintas peleas, o por hastío, lo que había sido un trío se transformó en un dúo, el Dúo Caribe, y que Sánchez, Roberto Sánchez, se vio obligado a cantar.

Que pasados unos meses, del dúo saltó a un cuarteto, con batería y todo, como el sueño de cualquier adolescente, y que el cuarteto se llamó Los Caniches de Oklahoma, y él tocaba la guitarra y era la segunda voz. Que aquellos locos, soñadores y utópicos se llamaban Héctor Centurión, Lito Vásquez, Armando Quiroga y Roberto Sánchez, y le cambiarían el nombre a la banda para bautizarla como Los de fuego. Que eran ya los primeros años 60 y que la canción con la que empezaron a sonar, la grabación inicial, era de Sánchez, Comiendo rosquitas calientes en el Puente Alsina. Que luego, muy luego, con los años, algunos historiadores dirían que fue la primera canción de rock que se grabó en la Argentina. Que en el 63, Los de fuego pasaron a ser Sandro y Los de fuego, y comenzaron a ser invitados a programas de radio y televisión.

Que a Sandro, como a Elvis Presley unos años antes, trataron de censurarlo por sus bailes provocadores, y que incluso hubo discusiones en grupos que intentaban salvaguardar lo que consideraban las “buenas costumbres”, y que publicaron cartas en diarios y revistas protestando por lo que consideraban era una “afrenta” y una deliberada invitación a la promiscuidad. Que muchas de las canciones que tocaban por aquellos años eran de los Beatles, de Bob Dylan, de Tom Jones, de Chuck Berry y de Elvis Presley y que las traducían al español, cambiándoles a las letras lo que necesitaban o lo que les parecía, pues el ritmo, el ritmo era lo esencial. Que en las calles de los barrios alejados del centro de Buenos Aires los llamaban demonios disfrazados, como una de las canciones que habían traducido y cantado. 

Que en el 64 aquella historia del garaje y de la ventanilla ya era parte de un pasado muy pasado, casi enterrado, más allá de que la relataran en las entrevistas y de que dijeran, cierto o no, que habían sido los mejores años de sus vidas. Que un programa de televisión, Sábados Circulares, de un visionario llamado Nicolás Mancera, los catapultó a la fama y que con la fama llegó el primer disco, Hay mucha agitación. Que aquellos tiempos eran eso, tiempos de agitación, dentro y fuera de la Argentina, tiempos de subversión, de luchas, de cambios, de amores libres, pero de represiones también, de fusil y barrotes, de pedreas y de corridas y de señalamientos porque sí y porque no. Que la música, la música de Los del fuego y de Sandro y de las bandas de entonces, Los Dukes y Billy Cafaro, era una agitación en sí misma.

Que pasado un tiempo el grupo se disolvió, “y cada quien a lo que hay que hacer”, como diría Serrat años más tarde. Que Sandro empezó a ser Sandro, un poco de rock y melodía, por momentos poema, por momentos frenesí, por momentos existencialismo, y amor y no amor, “lenguaje que se escapa en palabras sin sentido, mas todo cuanto diga absurdo habrá de ser”. Que en el fondo, siempre latía la sensación de que iba a haber más rock, más ritmo, más baile. Que durante todo su vida, hasta su muerte, en 2010, con los pulmones negros, hechos humo y moho, Sandro ronroneaba algún rock and roll, aunque jamás se hubiera encasillado o le hubiera gustado que lo hicieran. Que se sentía de nuevo como a los 14 y 15 cuando se metía en el personaje de Elvis Presley y bailaba y cantaba como él, y que nunca había dejado de ser de fuego, y de Los del fuego, un demonio disfrazado.  

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2020-04-21T14:52:00-05:00

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

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