“Se venden libros y hasta se arreglan cafeteras”

De la mano del escritor Roberto Burgos Cantor, recorremos una de las librerías independientes más grandes de Bogotá, Casa Tomada, y nos acercamos a varios de sus libros y su proceso creativo.

Roberto Burgos y Ana María Aragón, en Casa Tomada. / Juliana Muñoz
Roberto Burgos y Ana María Aragón, en Casa Tomada. / Juliana Muñoz

Decían que era una metáfora de la dictadura. Julio Cortázar no lo negaba ni lo afirmaba. En una de esas entrevistas viejas que todavía se puede ver en Youtube, dice que se trató de un sueño, nada más. Algo sin forma lo perseguía hasta que lo arrinconaba en la casa. La casa tomada. Tal vez a Ana María Aragón se le ocurrió que la mejor forma de materializar ese sueño, o ese cuento, de uno de los autores favoritos de América Latina, era una librería. En ese caso, la librería es una casa de ladrillo expuesto, de esas joyas arquitectónicas que habitan en Teusaquillo. Una casa tomada por los libros. Las letras como presencia irremediable. Pero no vengo a hablarles sólo de la librería, sino del recorrido de un escritor en ella.

Hace calor, sobre todo en ese pequeño invernadero que resulta de unas tejas casi traslúcidas y un patio rodeado de libros y café. Aun así, Roberto Burgos Cantor no se quita su abrigo ni su bufanda. Pregunta por el pastel de manzana. Se toma un expreso.

Hasta hace poco Burgos Cantor no figuraba en Wikipedia. De hecho, su última novela, El médico del emperador y su hermano, es difícil de conseguir en algunas librerías por algún cable de comunicación roto entre la editorial y el punto de venta.

La fama no es para todos. Tal vez no por ahora para Burgos, aunque haya ganado premios como el de narrativa de Casa de las Américas, sea el director del Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central y tenga el reconocimiento de un círculo de lectores quizá más clandestino, más exigente.

“Esta librería tiene atracciones múltiples”, como el pastel de manzana, dice, y yo lo primero que pienso es en un parque de diversiones. “Se venden libros y hasta se arreglan cafeteras”, bromea, “es una librería independiente para nosotros, los que sufrimos el agotamiento de las grandes superficies. Hay libros muy escogidos, donde se ve la mano de la librera”.

Dime qué lees, qué libros buscas en Casa Tomada, le pregunto. Habla de la búsqueda de la forma, de desechar recetas, “si un escritor se repite, muere su ambición narrativa. Lo que se escribió antes hace más compleja la búsqueda de lo que sigue”. La escritura como uno de esos oficios malditos en los que la experiencia hace más difícil la práctica.

Los libros, y la voz de sus autores debajo de su piel de hojas, son “amigos para hacer más llevaderos los tiempos de sequía”, o la hoja en blanco que te enloquece. “Lo que salva al escritor es reconocer a sus parientes. Ante el bloqueo está esa página de Proust, ese cuento de Faulkner, ese poema de Rómulo Bustos”. Aparte de eso, “escribir es un oficio solitario”, reitera.

La ceiba de la memoria, con la que ganó el premio de Casa de las Américas, es una muestra de lo que más busca Burgos Cantor en esta librería: poesía. “La poesía aumenta el riesgo, logra quitarle rigidez a la narrativa”. Ana María comenta que en esa novela se encuentra un lenguaje que conmueve los sentidos, que contempla la naturaleza. Justo ahora Burgos anda leyendo la obra completa de Cavafis editada por Pretextos. Los cuentos de Faulkner autorizados por él mismo, publicados por Debolsillo, que incluye textos que en su momento fueron rechazados.

Ser escritor también es ser parte de los eventos culturales de Casa Tomada, como Gastronomía y Literatura, en el que los visitantes de la librería se reúnen para hablar de un libro mientras prueban un menú diseñado por el chef Leandro Carvajal. Cuando se habló de la primera novela de Burgos, El patio de los vientos perdidos, a propósito de la edición de los 30 años de su publicación, comieron carimañolas, camarones, cocadas. Él asistió a lo que era una lectura no sujeta a su propia interpretación, sino la que cada quien se formaba. El libro como ente autónomo, susceptible de conversar a solas con alguien más que su creador.

“Las novelas son una aventura de incertidumbre. Un viaje”, comenta Burgos. Ana María Aragón, a quien le gusta romper con la solemnidad, recuerda una broma que surgió en ese almuerzo, a propósito de esa novela en la que hay varias prostitutas en una Cartagena inventada (¿inventada?): “Nadie sospechaba que en un prostíbulo se comiera tan bien”.

Es mejor despedirse así. Con tanta gracia. Con tanto desparpajo. Y un beso en cada mejilla, como le gusta al escritor.

 

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