"La sed", capítulo uno

Enrique Patiño presenta una punzante novela ubicada en un futuro cercano acerca de un mundo en el que se termina el agua. El Espectador trae en exclusiva el primer capítulo de La sed.

Carátula de la novela "La sed" de Enrique Patiño.
Carátula de la novela "La sed" de Enrique Patiño.

Amaneció con los labios cuarteados y adoloridos, y un ardor atroz en la garganta. Le costó moverse, apretujado como estaba bajo las latas de zinc y la lámina de icopor que cubrían el agujero en el que permanecía oculto.

Le dolía respirar. Le lastimaba incluso la posibilidad de arrastrarse fuera del agujero. Se imaginó haciéndolo y no logró concebirlo. Se sentía en el límite de sus fuerzas. «Hoy se acabará», pensó.

Cumplía ya el segundo día de inmovilidad, pero los foráneos continuaban rondando. Uno de ellos incluso había pisado la lámina de zinc que lo cubría, pero evitó seguir avanzando debido a la fragilidad del metal y al estruendo que causó en ese paraje a merced del viento. Ninguno de los súbitos visitantes buscaba ni el metal ni la basura que rodeaba el lugar. Por eso siguieron de largo. Y sin embargo, aún no se iban de la zona.

Los escuchaba. Estaban a doscientos metros. Ese era el cálculo que podía aventurar a partir de los sonidos que le llegaban en los momentos sin viento, cuando sus oídos escuchaban más allá del ulular de sirena triste que lo asordaba cuando el viento se filtraba entre las latas oxidadas. No se atrevía a mover la lata para fisgonear cuántos eran, pero había escuchado al menos una decena de voces distintas y podía deducir en qué lugar se encontraban porque en la quietud la llanura recogía con transparencia la nitidez de los sonidos, y además él se había adaptado a rastrearlos como animal en peligro. Hablaban poco. Apenas lo justo. Dedujo que se trataba de un grupo familiar con sed, que merodeaba por la región en su camino hacia los ríos del sur. Pero sabía que eran peligrosos. Todos los que tuvieran sed se convertían en sus enemigos potenciales.

Además, si tardaban tanto era porque habían hallado algo. Pero ¿qué? ¿Qué tenía ese pedazo de nada que otros pudieran envidiar? ¿Acaso eran sabuesos sagaces? No, no lo eran. No habían hallado su tesoro. ¿Acaso eran asesinos de las arenas? Tampoco. Quizás eran buenos samaritanos. Pensó en ello y sintió deseos de salir del agujero y gritarles que lo ayudaran. Quiso arrastrarse hasta sus pies y rogarles su misericordia. Sin embargo, era consciente de que no podía hacerlo. No sólo no lo socorrerían, sino que casi con total seguridad sacrificaría así la esperanza de que se fueran sin descubrir su secreto. De su silencio dependía sobrevivir unos días más. «Maldita esperanza —se dijo—. Ya no resisto más».

Había planeado hacerse el muerto en caso de que descubrieran su escondite. Era la solución más simple e improbable de creer, pero la única a la que se aferraba porque sabía que los migrantes dejaban atrás los cadáveres y en cambio azuzaban a los vivos a revelar su secreto. Si estaban vivos era porque escondían uno. Si estaban vivos significaba que algo cercano y vital los mantenía aferrados a la existencia. Eso había escuchado en la ciudad ocho años atrás, cuando ya el desespero comenzaba a manifestarse. Ahora ese rumor se había convertido en una obsesión de los migrantes y en un riesgo para los sobrevivientes. Los viajeros buscaban a los animales y a las personas con vida y las obligaban a confesar su secreto antes de deshacerse de ellas.

Igual, si lo descubrían no verían nada más que un cuerpo famélico con los labios resecos bajo láminas de zinc, algo insólito para un ser humano: meterse bajo ellas significaba cocerse vivo bajo el resol, incluso si se protegía con una lámina de icopor para mitigar el calor. Por eso, precisamente, se ocultaba bajo ella. Porque a nadie se le habría ocurrido una locura así. Revelarse vivo era morir. La espera era su única opción.

De todos modos se cuestionaba. En el estado en que se hallaba, su mente ya no tejía más pensamientos que uno solo alrededor del mismo tema: cómo sobrevivían los otros. Qué tan armados estarían. Qué habrían encontrado que no se iban. Qué habrían visto que él no supiera. Pensando en ello se quedó dormido. Dejó de escuchar las voces y se sumió en un letargo acrecentado por el efecto del sol que se alzaba sobre el cenit y calentaba la lámina con intensidad. Sintió que se iba. Que sí, efectivamente, aquel era el día.

Pero despertó. El sol se filtraba por los resquicios de la lámina y el calor que entraba le pareció agradable, a pesar de que no había viento y la temperatura superaba los treinta y seis grados. Incluso sintió frío en las extremidades, lo que significaba una mala señal. No escuchó sonidos provenientes del exterior. Esperó veinte minutos, en los que la esperanza se enraizó ferozmente en él. Convencido de que bajo ese sol era imposible que se hubieran quedado dormidos, decidió quitar la lámina de icopor y luego las latas de zinc con la poca fuerza que le quedaba. A sus pies, dentro del agujero, quedaba un bidón vacío de agua, lo único que había alcanzado a guardar consigo en la premura y gracias al cual aún estaba con vida. Sintió la frescura del viento y al mismo tiempo el dolor que le producía moverse. Tenía el cuerpo encalambrado y los brazos fatigados, a pesar de la inmovilidad.

Miró a su alrededor y no vio a nadie, aunque en realidad veía a medias por la intensidad del sol, el brillo de la tierra erosionada y la falta de costumbre de sus ojos

luego de permanecer dos días bajo la superficie. Entonces volvió a sentir el desespero, la angustia viva, la llama que le calcinaba el cuerpo. La sed. Había desistido de la posibilidad de vivir, pero la esperanza de soportar un día más avivó su deseo de beber. Se arrastró —aunque en realidad intentaba correr— hacia el basurero en el que se amontonaba una pila de plástico inservible, el material más despreciado por los forasteros, y al que nunca se acercaban a menos que hubiera plásticos negros para tender o palanganas y bidones para acarrear líquidos.

Pero también allí había apelado al método de espantar con lo menos obvio a los foráneos. Se trataba de una pila de botellas aplastadas, frascos, trozos de sillas, carpetas, controles rotos de electrodomésticos, canastas partidas de refrescos, bolsas deshilachadas, empaques, estuches de discos, ornamentos, portarretratos y enseres acumulados. Todo estaba fragmentado, inservible, y era evidente que nada aportaba a nadie, por lo que quien se acercara vería apenas un pequeño caos más en un mundo acostumbrado al caos. Para su fortuna, tampoco el grupo de viajeros había tratado de hacer algo con los restos de plástico.

Desmontó una esquina del montículo y se abrió campo hacia las profundidades del arrume, mientras algunas piezas del basurero le caían encima. En su interior escuchó el tímido flujo del sonido que borbollaba con un rumor apenas perceptible. Quitó un armazón que había construido, hecho con un neumático en desuso y unas bolsas plásticas atadas. Encontró, en la penumbra, una ponchera mediana de plástico bajo aquel cobertor. Estaba ubicada justo debajo de una salida de agua que fluía desde una roca, en un agujero que él mismo había cavado después del nacimiento para que el agua se acumulara allí.
Se encontraba rebosada, y el líquido había ganado paso por el terreno infértil, que la absorbía sin dejar mayor huella.

Ahhh. Ahí estaba. Suspiró y se dejó llevar. La vida. La vida misma. El agua. En el nacimiento había pequeños insectos y un grupo de líquenes de un verde intenso, y en el sitio donde se había rebosado germinaba un ligero brote de musgo. Suspiró de nuevo.

Se hincó y dejó caer el peso del cuerpo en las rodillas, y finalmente curvó su figura con parsimonia, hasta ver parte de su rostro desesperado reflejado en la tina de agua. «El agua no merece un reflejo así», pensó. Hizo caso omiso de su pensamiento y hundió las manos huesudas en el líquido.

Era agua pura, pero por el terreno llegaba a él con un fuerte sabor mineral y ligeros sedimentos. En realidad, sólo la destapaba cuando el sol había mermado su presencia y estaba seguro de que nadie lo veía. Pero hoy era un caso excepcional y no se sentía capaz de esperar más tiempo. Dejó sumergidas en el líquido las manos curtidas por el polvo para disgregar el barro, pero no esperó a lavárselas y sin controlarse más bebió a manotadas llenas. Sintió que la garganta se le desgarraba. Ni siquiera percibió el sabor a tierra, sino el dolor de beber, la ausencia de saliva, la angustia de no poder ahogarse en agua y al mismo tiempo la necesidad sin tregua de saciar su sed. Quería llorar. De dolor, de felicidad, de rabia. Llorar por la angustia acumulada.
Pero no tenía lágrimas. No le quedaba ninguna.

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