HISTORIAS DE VIDA*

"Seguiré estudiando y enseñando economía hasta el último de mis días": ministro de Vivienda

Presentamos una entrevista a Jonathan Malagón de la serie "Historias de vida". Esta secuencia, escrita por Isabel López Giraldo, es publicada semanalmente por El Espectador.

Jonathan Malagón será el Ministro de Vivienda del gobierno de Ivan Duque.Cortesía Isabel López Giraldo

Una cosa es ser periodista y otra cosa es ser comunicador. Respeto y admiro mucho la labor de los periodistas, pero creo que todos, independiente de nuestra formación, podemos ser comunicadores. A mí en particular me gusta mucho comunicar: conversar, participar en debates y conferencias, dictar clases…

En un futuro me gustaría ser director de un periódico de alguna revista económica. Pienso que, en general, los economistas somos muy malos comunicadores, nos quedamos en las grandes cifras y, de manera un poco antipática, pocas veces tratamos de traducir la información en insumos digeribles para la toma de decisiones. De otra parte, el rol de editorialista me parece privilegiado. Lejos de parecerme tortuoso, me fascinaría escribir un editorial con la frecuencia que la publicación demande, así sea diario. Creo profundamente en el poder transformador que tiene la buena información y el liderazgo de opinión tanto para orientar la mejor toma de decisiones como para consolidar la democracia.

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Dicen que la noticia impresa está en desuso y creo que es inevitable que los medios digitales sigan ganando fuerza y participación. Somos muy pocos los que hoy en día leemos periódico impreso, yo los leo completos pero en simultánea estoy consultando cada cuatro o seis horas páginas de noticias, principalmente Semana, Dinero, La República y Portafolio. También reviso la mayoría de “Flashes informativos” de Primera Página. Me informo no solamente a través de los medios tradicionales, sino que también soy visitante asiduo de los Blogs. ¿Cuáles? muy frecuentemente leo La Silla Vacía; Confidencial Colombia y Pulzo en menor medida. Ocasionalmente miro el tuyo.

Soy el menor de tres hijos; mi hermana y mi hermano son 7 y 2 años mayores que yo, respectivamente. Mi hermana es médica, oftalmóloga y pediatra. Mi hermano es matemático y está haciendo una maestría en matemáticas en Estados Unidos. Nací en una familia muy extraña porque mi papá es santandereano, mi mamá es de Valledupar, criados en unos entornos familiares muy distintos y de edades también bastante disímiles. Esa mezcla podía salir muy mal, pero para mi fortuna salió bastante bien. Mis padres son perfectamente complementarios. Mi mamá ha sido siempre una cariñosa voz de autoridad, racional y pragmática. Mi papá, por su parte, va hacia la esencia  de los problemas, es más reflexivo y trascendental. Es común que les pida un consejo y que sus apreciaciones vayan en direcciones opuestas. Eso es muy bueno, porque en ocasiones me ayuda a matizar las posturas, a evitar radicalismos.

¿De dónde soy? Soy de Riohacha, de Valledupar y de Bogotá. Nací en Riohacha, pasé mi infancia en Valledupar y llevo 16 de mis 31 años viviendo en Bogotá.  Adoro a Bogotá, quiero seguir viviendo acá por muchos años, pero me siento muy afortunado de haber crecido con los valores de la provincia, cerca de mi abuela, compartiendo con mis amigos y mi familia en un ambiente sano. Sin trancones. Me encanta ir a Valledupar de descanso, así sea por un par de días. Conservo con especial cariño, en medio de varios reconocimientos, la Medalla cacique Upar en orden Gran Cruz Extraordinaria que me otorgó el departamento del Cesar como ciudadano destacado. Me siento muy orgulloso de eso.

Mi niñez fue muy  convencional y bonita. Me gustaba jugar fútbol con mis amigos, aunque nunca fui un gran jugador. Fui muy bueno en ajedrez, mi papá me enseñó a jugar desde muy pequeño y el colegio me patrocinaba esta inquietud.  En realidad el colegio me patrocinaba casi cualquier inquietud. En el Gimnasio del Norte me sentía en casa, los rectores siempre mostraron un gran aprecio por mí. Tuve todos los juegos de video que te puedas imaginar y compartí mucho tiempo con mi hermano alrededor de cada consola de Nintendo que iba saliendo al mercado. Aunque practicar un deporte al aire libre es mucho mejor que jugar videojuegos, creo que estos últimos están injustamente satanizados por algunos padres. Yo a mis hijos les regalaría, sin pensarlo, las consolas de videojuegos más modernas que existan. A través de este tipo de juegos también se aprende método, disciplina, estrategia, a retarse, a optimizar el tiempo, a competir; a manejar la frustración cuando se pierde para nuevamente intentarlo hasta hacerlo bien. Es una diversión sana.

De niño, siempre tuve muchas inquietudes sobre cuál sería mi trabajo en el futuro. He sido un soñador incorregible, desde que tengo memoria invierto los minutos mientras me baño no solo en planear mis días, sino en recrear lo que sería de mí si mis más grandes anhelos se hacen realidad. Por fortuna, he ido conquistándolos casi todos. Es tanto lo que los imagino que cuando finalmente los alcanzo tengo la extraña sensación de haberlos vivido previamente. Así me ha pasado siempre, con cosas grandes y pequeñas, laborales, académicas, sentimentales.

Me gustó siempre escribir en periódicos y participar en concursos de cuentos y de ortografía. Escribir bien se deriva de leer mucho y muy variado. Mi papá es un devorador de libros. Mi mamá se molestaba porque siempre había libros regados en mi casa por fuera de la biblioteca. Vaya fortuna para mí. Comencé a leer espontáneamente, inquieto por los libros que me rodeaban. A los diez años había leído por igual los cuentos que me mandaban en el colegio y varios de los libros de mi papá. Recuerdo de muy pequeño leerme desde novelas policíacas como Asesinato en la Calle Hickory, de Agatha Christie, hasta Historia de Dos Ciudades, de Charles Dickens. Todavía prefiero las policíacas.

Fui un buen estudiante. Siempre he tenido fama de ser consagrado a mis estudios. La verdad es que siempre me fascinó estudiar. Algunos ven la educación como una carga, yo la veo como un privilegio. La línea entre aprender y jugar para mí fue siempre muy delgada. Reconocimientos y premios por rendimiento académico han llegado desde siempre por añadidura. Yo simplemente disfruto aprender.

Cuando pienso en mi vida académica, no puedo dejar de reflexionar que gran parte de lo que soy se lo debo a Juan Gabriel, mi hermano. Él fue mi gran fortuna. De niños me diseñaba juegos de roles en papel, llenos de acertijos y sorpresas. Luego tuvo una época de apasionamiento por la mitología, y era yo quien escuchaba sus historias de todos los libros que se leía al respecto. Tengo una imagen mental de él enseñándome matemáticas, contenidos que se supone que aprendería dos años después, pero que yo disfrutaba sabiéndolos de manera anticipada casi tanto como él explicándomelos. Ahora que mi hermano se ha convertido en un gran profesor, entiendo que fui su primer experimento pedagógico. Y cada cosa que logro en el plano intelectual es indirectamente un homenaje a su legado en mí. Siempre lo he considerado mucho más inteligente que yo, y lejos de sentir envidia, encontré en él una gran inspiración.

Tuve buenos profesores en el colegio. Los de español me sugerían libros por fuera de los de lectura obligatoria. Los de matemáticas, física y química me entrenaban con mucha pasión. Hasta con mis profesores de filosofía hablaba por fuera de las horas de clases. Aunque soy un terrible pintor, el de arte me invitaba permanentemente a expresar mis pensamientos a través del dibujo y de las formas. Más aún, me regaló un cuadro que aún conservo con especial cariño. Me sentí muy querido por todos mis profesores, jamás abrumado. Hoy trato de que mis alumnos en la universidad también sientan que son importantes para mí y que me interesa genuinamente hacer de ellos mejores profesionales.

Busco siempre optimizar mi tiempo. Desde el comienzo de mi carrera he estudiado y trabajado a la vez y por lo general he tenido más de un trabajo. Me encasillan fácilmente como un nerd y me imaginan como una persona ensimismada, algo autista… nada más lejano de la realidad. Tengo buenos amigos, converso con mucha gente, me inquieta la política, dedico mucho tiempo a conocer a las personas, he sido muy exitoso en mi vida sentimental, saco tiempo para compartir con los demás, soy muy buen amigo. Me encanta conversar con todos, soy feliz tomando un taxi y conversando con el conductor, al grado de que me da tristeza bajarme porque la conversación se queda en la mitad. Aprendo mucho conversando con la gente. Me gusta escuchar; antes era una persona que hablaba mucho y de un tiempo para acá, yo creo que producto de mi crecimiento, me gusta mucho preguntar y escuchar a los demás.

Todos los días veo gente muy motivada con sus labores. No obstante, creo que soy una de las personas que más disfruta su carrera en el mundo. Me encanta la economía, hace parte de mí. Mis estudiantes al momento de calificarme dicen de manera recurrente que, así yo les caiga mal, les parece divertida la pasión con la que hablo de nuestra carrera, la forma como hago mi trabajo. Me dicen que soy un ego-nomista, de lo mucho que me gusta la economía. Lo que no saben es que llegué a esta profesión por suerte.

Disfrutar todas las asignaturas en el colegio puede ser una tragedia cuando quieres definir qué carrera estudiar. Elegí mis dos materias favoritas, historia y matemáticas, y fui a hablar con mi orientadora profesional. La respuesta fue atroz: “si estudias historia, no vuelves a ver un número a lo largo de tu carrera y si estudias matemáticas difícilmente puedes compatibilizarlo con la historia”. Así fue como de manera improvisada sumé matemáticas con historia y lo dividí en dos. Me dio economía. Yo quería alguna ciencia social que tuviera contenido numérico y me puse a pensar cuál era la más dura de las ciencias blandas. Me decidí por economía; en ella necesitaría la historia, la sociología, la política; pero podría combinarlas con la técnica proveniente del análisis numérico.

A las pocas semanas de estar estudiando economía en la Universidad Nacional tenía la plena certeza que no podía dedicarme a nada diferente. Me convertí en el más orgulloso de mi carrera, de mi profesión. Los héroes de algunos son Batman o Spiderman, los míos eran Alejandro Gaviria, Fabio Villegas, Mauricio Cárdenas o Juan Carlos Echeverri. El mío con la economía es un matrimonio indisoluble. Seguiré estudiando y enseñando economía hasta el último de mis días.

Sin duda la formación potencia al individuo para sacar mejor provecho de su trabajo en el día a día, pero lo que hace la verdadera diferencia a la hora de desempeñarse profesionalmente es la experiencia. Es más importante tener experiencia que haber estudiado. Me dicen algunos que tener dos carreras, cuatro maestrías y estar haciendo un doctorado es demasiado. Yo no soy un coleccionista de títulos, sino de conocimientos. Creo que si no hubiera estudiado tanto, no hubiera aprovechado en la forma en que lo he hecho los trabajos privilegiados que he tenido. Eso no quiere decir que la formación para mí sea un fin en sí misma, es un instrumento para potenciar la experiencia. Yo valoro mucho a la gente mayor, valoro a mis jefes, escucho a la gente que trabaja conmigo que tiene más edad y más tiempo haciendo las cosas.

Soy muy comprometido con las entidades en las que estoy, intenso para trabajar. Siempre se ríen de mí cuando hablo de “nosotros hicimos” refiriéndome a periodos en los que todavía yo no trabajaba en la entidad. Pero no lo puedo controlar. Las instituciones tienen alma y yo me involucro con ellas. He estado muy enamorado de ANIF, de Telefónica, del MinTIC, de Fedesarrollo y de Asobancaria. Aunque trabajo mucho, respeto los espacios que tengo para compartir con mi familia, con mis amigos o con mi pareja; no me pierdo los cumpleaños de un ser querido por la oficina. Voy a cine una o dos veces a la semana todas las semanas. Escribo. Dicto clases. Por cierto, no me imagino mi vida sin dictar clases. Hago muchas cosas y extiendo al máximo mi día.

¿De qué me siento orgulloso aparte de mi familia? De mis jefes. He tenido muy buenos jefes, me siento muy privilegiado casi al punto de considerarme una persona bendecida por trabajar con las personas con las que he trabajado. Entre mis jefes han estado Sergio Clavijo, Alfonso Gómez, Julián Medina, Mauricio Rodríguez Múnera, José Antonio Ocampo, Diego Molano Vega, María Mercedes Cuéllar, Leonardo Villar, Santiago Castro, Astrid Martínez… un puñado de las personas más talentosas de este país. Trabajar con los ídolos es un privilegio que muy poca gente tiene.

Cuando me preguntas si planeo mucho las cosas, creo que la respuesta es un sí. Sin embargo, me dejo sorprender por la vida, siempre llena de oportunidades que van emanando de los caprichos del destino. Le he encontrado un gran placer a que la vida me lleve por otro camino y a dejarme llevar. Al final todo termina saliendo bien.  Para el desarrollo de mi vida profesional han confluido tantas cosas que simplemente no podrían ser planeadas.

Un buen ejemplo de ello fue mi primer trabajo, en Anif. Para un economista joven llegar allí es un sueño cumplido, pero, ¿cómo llegar a ese equipo teniendo 19 años sin haber terminado la carrera, sin contacto alguno con sus directivos? El presidente era Fabio Villegas y yo un estudiante de séptimo semestre en la Nacional. Por una razón inexplicable, la clase de política económica no fue dictada ese semestre en la Nacional, por lo que nos permitieron tomarla en otra universidad. Fui a los Andes y en ese semestre, en particular, el profesor fue Fabio Villegas. La clase me encantó, fui el mejor del curso y me fue tan bien que al final Villegas me abrió las puertas para trabajar con él. Una gran cantidad de cosas tuvieron que pasar, pero todas se dieron.

Rápidamente hubo un relevo en la Presidencia, cuando Villegas se fue a presidir Avianca. Esto me dio la oportunidad de trabajar con Sergio Clavijo, quien me enseñó, entre muchas cosas, a escribir contenido económico con contundencia. Yo escribía bien, pero sin fuerza, y él me enseñó a darle tono a la escritura económica, a darle ritmo, a ser un poco más provocador, sin perder rigurosidad. Fueron también de gran ayuda para mí los vicepresidentes de ANIF, Natalia Salazar y Carlos Ignacio Rojas, quienes con sus instrucciones y siempre buenos consejos me ayudaron mucho en mi proceso de formación.

Volviendo al tema del caprichoso destino, quisiera contarte mi paso por Telefónica. Todo empieza con el Premio Portafolio 2006. Desde aquel entonces era un premio muy prestigioso. Portafolio busca un jurado muy independiente, conformado por los grandes líderes empresariales y académicos del país. Gané el premio al mejor estudiante, estaba muy contento con mi estatuilla en el coctel y recuerdo que se me acercaba mucha gente a saludarme. Ese año, uno de los miembros del jurado era Alfonso Gómez, el presidente de Telefónica. Me abordó y me preguntó qué iba a hacer con mi vida, a lo que le contesté que tenía varias ofertas de trabajo y que me quería ir a Fedesarrollo durante un año para luego salir del país a hacer un doctorado. Me invita a la reflexión cuando me dice que yo tengo 21 años y que para qué quiero hacer un doctorado tan joven con tan poca experiencia laboral. Me preguntó: ¿Usted qué quiere ser cuando sea grande?” y le dije, “ministro de Hacienda”, sin vacilar. 

Me invitó a trabajar a Telefónica, me dijo que un ministro de Hacienda debía ser un gran economista, pero también un gran gerente, y que debía ser sensible a la lógica bajo la cual operan los negocios. Acepté. Fui Jefe de Estudios Económicos, Gerente de Control de Gestión y Asistente del CEO durante cerca de tres años. Aparte de Gómez, hice grandes amigos, como el entonces Presidente de Telecom, Julián Medina. Hice parte del Comité Directivo en calidad de Secretario, lo que me permitió aprender mucho sobre las TIC y sobre el funcionamiento de una empresa. Sin duda, Telefónica me enseñó la importancia de la gerencia. Cuando quise irme a seguir con mis estudios en economía, la empresa me apoyó.

Hay cosas que me han pasado que ni en el más optimista de mis sueños hubieran ocurrido. Otro ejemplo de ello fue la posibilidad de trabajar con José Antonio Ocampo, el economista más reconocido de la historia del país. Me fui a estudiar a Estados Unidos, escojo la Universidad de Columbia, porque era donde estaban todos los profesores que quería tener de cerca, saber que eran de la vida real, entre ellos, él. No me alcanza la plata para estudiar y me toca trabajar, lo que parecería una desgracia dado que mi programa fue intensivo y muy demandante de tiempo. Mi gran problema financiero se convirtió en una súper oportunidad. Fui el asistente de investigación y de docencia del profesor Ocampo, y aunque teníamos algunas diferencias ideológicas, logramos construir una relación laboral insuperable. Es un jefe estupendo, un economista fuera de serie y un gran ser humano. Han pasado los años y seguimos escribiendo juntos algunos papers. Estamos por publicar un libro que escribimos junto a Juan Sebastián Betancur. Ocampo es una de las voces que más escucho al momento de tomar una decisión.

Me preguntaste si he sido funcionario público. Sí. Volviendo de Nueva York, tenía una importante oferta laboral en el sector privado. Sin embargo, un buen amigo de Telefónica sugirió mi nombre para trabajar en el programa Gobierno en Línea. No me interesaba el cargo, pero accedí a ir a la entrevista. Allí conocí a Diana Celis, secretaria privada del ministerio, y unos minutos después, sin tenerlo previsto ninguno de los dos, terminé conversando con el ministro Molano. De su oficina salí contratado, no para los temas de Gobierno en línea, sino para otro tipo de tareas. Recuerdo que ni siquiera alcancé a preguntar el salario. Grave error. A los pocos meses, el ministro me designa gerente general de Compartel, que en ese momento era el programa de telecomunicaciones sociales más grande del país. Allí tuve la oportunidad por primera vez de ser jefe de un equipo de más de cien personas y probar las complejidades y satisfacciones de la función pública, teniendo tan solo 26 años. Fue una gran experiencia. Trabajé en varias iniciativas, licitaciones y supervisiones de contratos. Destaco entre ellos el proyecto nacional de fibra óptica. Allí logramos que el país pasara de tener menos de un 30% a más de un 95% de sus municipios conectados a la troncal de fibra óptica que hoy soporta el transporte de datos de alta velocidad. También logramos reestructurar el programa Compartel, creando lo que hoy es la dirección de conectividad del MinTIC.

¿Que cómo fue mi historia en Fedesarrollo? Hermosa. Recuerdo que cuando me fui a Telefónica tenía la gran duda de si la vida me daría la oportunidad de algún día llegar a Fedesarrollo. Por fortuna la vida da revanchas. Seis años después de haber declinado la oportunidad de asistente de investigación en Fedesarrollo, fui escogido para ser el primer Director de Análisis Macroeconómico y Sectorial de la institución. Allí conformamos un equipo de analistas económicos que reforzaría las labores de tanque de pensamiento, fortificando los productos existentes y creando algunos nuevos. Todo esto bajo el liderazgo del Director Ejecutivo, Leonardo Villar, otro de mis ídolos, con quien tuve la fortuna de trabajar muy de cerca durante dos años. Yo diría que Villar es hoy en día el analista económico más prestigioso de este país, un hombre que fue 12 años codirector del Banco de la República, quien además ha sido Economista Jefe de la CAF, viceministro de Hacienda, vicepresidente de Asobancaria. Ha hecho una carrera que a mí me gustaría seguir y personifica el tipo de servicio que me gustaría prestarle a mi país. En Fedesarrollo pasé una temporada inigualable, con mucho trabajo pero lleno de sonrisas y camaradería. Allí fui escogido ejecutivo joven del año por la Cámara Junior Internacional, gané la medalla Militar Fe en La Causa, cultivé grandes amistades, participé de debates y conferencias y pude volver a escribir mis columnas de opinión en periódicos. 

Aparte de Villar, interactué con economistas de los quilates de Roberto Steiner, Mauricio Reina, Astrid Martínez,  Juan Mauricio Ramírez, Juan José Perfetti, Daniel Gómez, entre otros. Todas las enseñanzas que obtuve en este periodo fueron fundamentales para que a mediados de 2014 una firma cazatalentos me propusiera para ser el vicepresidente técnico de Asobancaria. Gracias al voto de confianza de María Mercedes Cuéllar, pude entrar a Asobancaria. Lamento no haber tenido suficiente  tiempo para haberla disfrutado aún más como jefe, porque a los tres meses se fue. Así como en ANIF Fabio Villegas me reclutó y terminé trabajando principalmente con Sergio Clavijo, en Asobancaria María Mercedes Cuéllar me reclutó y terminé trabajando con Santiago Castro, un gran presidente de Asobancaria y un jefe ejemplar, a quien le he tomado un gran aprecio y con quien trabajo felizmente en equipo. Castro es un buen técnico, un gran gerente, un excelente relacionista y un versado comunicador. Ha hecho una gran presidencia.

Estoy muy contento en Asobancaria, llevo un año y medio. Los comités especializados son para mí un privilegio, porque mientras hago mi trabajo me permiten aprender muchas cosas. Aparte de las labores de coordinación, me ha permitido ir al detalle del negocio bancario, lo que es fundamental no solo para mi trabajo gremial, sino para entender más claramente algunos temas de política económica. Por ejemplo, llevo una década enseñando a cientos de alumnos diversos temas de política monetaria y economía bancaria, pero solo desde que estoy en la Asociación logré entenderlos en su completa dimensión. También valoro mucho el alto nivel de las personas de los bancos con las que me tenido la fortuna de interactuar.  Las reuniones son extraordinarias.

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Soy un economista formado en temas gerenciales. Aparte de la macroeconomía, me encantan las organizaciones. Me gusta mucho el sector privado. Sin embargo, en algún momento quisiera volver al gobierno. Tengo mucho por dar. Quisiera ser dirigente gremial, volver a un tanque de pensamiento, ser rector de una universidad, director de un periódico, pero mi sueño dorado en lo profesional es ser ministro de Hacienda, no por vanidad, sino porque estudio y me preparo todos los días para eso y si algún día en las próximas tres décadas tengo la oportunidad, creo que lo haría bastante bien y desde esa posición ayudaría a que tengamos un mejor país. El hecho de ser una persona de provincia y de clase media que ha podido a sus 30 años cumplir todos sus sueños hasta el momento gracias a las oportunidades que la misma sociedad me ha tendido, me hace pensar que la movilidad social no es una utopía. Creo en la política. Lo hago profundamente. Sueño con que más colombianos tengan las oportunidades de cumplir metas, cualesquiera que sean, y de ser tan felices como yo lo he sido.

He hecho un gran trabajo por no dejarme confundir por los reconocimientos de la juventud, la gente le pone metas a uno, yo tengo la ventaja de no permitir la presión. Aunque sueño mucho, procuro tener los pies en la tierra. Vivo cada día a la vez. Sonrío mucho. Aunque suene a un cliché, yo me gozo tanto el camino que el punto de llegada es lo de menos. Quiero cada día aprender más, formarme para que las cosas se den, adquirir experiencia, ayudar a mucha gente. Todo se ha dado de forma tan natural que mal haría en tener prisa. Difícilmente me frustro. Me divierto mucho cuando la vida me rearma los planes. Creo en Dios, creo en la humanidad, creo en los colombianos. Soy optimista con mi país y con mi vida. Me casé, formaré una familia y disfrutaré de eso por encima de todas las cosas.

 

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