Opinión

Segunda temporada del “Pequeño glosario de antintelectualismo”

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Esta serie invita a pensar en las formas retóricas y argumentativas, los giros del lenguaje y las imágenes y los lugares comunes sobre los que se construye la discusión pública. Hoy, el término “identidad”.

Imitando las series en los canales por suscripción, volvemos con la “segunda temporada” del Pequeño glosario de antintelectualismo. Este proyecto siempre en marcha recoge las formas retóricas y argumentativas, los giros del lenguaje y las imágenes y los lugares comunes sobre los que se construye la discusión pública dentro y fuera de la academia (quienes quieran saber más, pueden leer nuestra primera entrega, de hace un año). La entrega de hoy (número doce de la serie) está dedicada a un término en boga: identidad. Examinamos, como siempre, sus mecanismos retóricos secretos, las representaciones imaginarias sobre las cuales se apoya, y mostramos las contradicciones sobre las que se sostiene la idea de una “política” basada en lo que denota esta palabra.

Identidad

“En 1977 fui coautora de la Declaración del Colectivo del Río Combahee, un documento que hacía énfasis en el solapamiento de formas de opresión económica y social que enfrentaban las mujeres negras”, escribió la académica y activista Barbara Smith en una columna para The Guardian a comienzos de 2020. “La Declaración de Combahee acuñó el término ‘política de la identidad’ (identity politics), que sirvió para llevar a la izquierda internacional y otros movimientos políticos a entender la desigualdad como un fenómeno estructural e interseccional que afecta de modo diferente a los grupos oprimidos”. Estas ideas “todavía reverberan hoy”, como dice Smith. Al tiempo que su columna aparecía en el periódico británico, la Universidad de Syracuse, en los Estados Unidos, celebraba su Semana de la Identidad: un evento para incentivar en estudiantes, profesores y funcionarios “el reconocimiento de la identidad autopercibida, de la identidad asignada y de la combinación de factores que contribuyen a ambas”. Hoy, cuando ya ha sido incorporada con éxito en el discurso público y se maneja con naturalidad en el campus y las salas de redacción, la identidad no sólo “reverbera”: es una palabra abiertamente jovial. Cada individuo tiene que buscar su propia identidad, reconocerse en ella, enorgullecerse de poseerla y expresarla abiertamente; así, se espera, aprenderemos a vivir en la diferencia y la diversidad. El campus, por su parte, aspira a convertirse en la sucursal habitable de esta utopía identitaria: durante su Semana de la Identidad, Syracuse ofrece la posibilidad de participar en “conversaciones catalizadoras alrededor de los tópicos de la identidad y la interseccionalidad”, así como de crear un “espacio seguro para la expresión y la educación propias”.

La derecha se burla y le teme a las manifestaciones públicas de la política de la identidad, como el lenguaje incluyente y lo políticamente correcto, mientras que algunos sectores progresistas se parecen a esos aguafiestas que, cuando algo sale mal, están prestos a decir: “Yo se los advertí”. Amy Chua, profesora de Derecho en Yale, dice que la política de la identidad fue en gran medida responsable del triunfo de Donald Trump en las elecciones de 2016 en los Estados Unidos (y, cabría agregar hoy, también en los hechos electorales del 2020 y el 2021). Según ella, la política de la identidad es en esencia tribal; por lo tanto, excluyente. En el fondo, “el instinto tribal tiene todo que ver con la identificación”. Por eso, en un momento sin precedentes en la historia de los Estados Unidos, en el que los blancos “están enfrentados a la perspectiva de convertirse en una minoría en ‘su propio país’”, no es casual que hayan sido precisamente los blancos de la clase trabajadora los que se hayan entregado sin reservas a un candidato con el que pueden identificarse de un modo visceral: “con la forma en la que habla, se viste, actúa sin pensar, es pillado cometiendo errores, y recibe ataques permanentes de la prensa liberal por no ser políticamente correcto, por no ser suficientemente feminista, por no leer suficientes libros”. El efecto general de la política de la identidad ha sido evidente para Chua: “la raza ha dividido a los pobres, y la clase ha dividido a los blancos”.

La política de la identidad se forja en una fragua de ambigüedades. La identidad de un sujeto no sólo se define negativamente por aquello que lo oprime, sino que implica una aspiración positiva que, a la larga, justifica la exclusión de quienes no pertenecen a ella. En la sociedad liberal burguesa, los intereses privados del individuo determinan su identidad; en esa medida, esta es una forma simbólica de propiedad privada: es algo que yo poseo o de lo cual me apropio, y mi lucha política se define entonces por la defensa de esa propiedad en el marco de una sociedad constituida por grupos de interés en disputa. Pero, curiosamente, estos intereses privados aparecen al mismo tiempo como intereses colectivos, intereses en favor de la libertad de un grupo. La movilidad, la plasticidad y la vitalidad que parecen mostrar las identidades es así, más bien, el espejismo que produce el hecho de que cada uno defenderá su identidad sólo hasta donde sus intereses personales se lo permitan y nada más.

Por otra parte, la identidad ofrece la promesa de una sociedad en la que los individuos determinan, en un acto de suprema libertad, lo que quieren ser, pero tal “querer ser” es, en el fondo, algo ya dado, pleno de representaciones imaginarias creadas a la fuerza por grupos dominantes o por la lógica del mercado. En sus versiones más ligeras, como el reconocimiento de las identidades en el campus, es la cara políticamente aceptable de una segmentación de la población que sirve a los propósitos del márquetin; de ahí que se avenga sin fricciones con la imagen actual de los estudiantes como clientes que deben ser atraídos y cuyos deseos deben ser satisfechos por las instituciones educativas.

La lógica liberal ha calado tan hondo en la política de la identidad, que los términos más relevantes que se asocian a ella son “visibilización” y “representación”. Las identidades deben ser reconocidas por el público, y sus intereses deben ser representados en la arena política. En última instancia, como lo sugiere la campaña de la Universidad de Syracuse, de lo que se trata es de que las identidades rompan la coraza de invisibilización y exclusión en la que han sido confinadas. Acciones afirmativas y una política de discriminación positiva son las claves para abrir espacios de participación y representación de las identidades marginadas. Afros, mujeres, judíos, musulmanes, gais, inmigrantes, lesbianas, hispanos, transexuales, indígenas, intersexuales, asiáticos, y muchos otros más que quedan, paradójicamente, subsumidos en la uniformadora categoría de una identidad, tienen derecho a ocupar un lugar en todas las dimensiones de la vida pública, bajo la forma de “cuotas” de participación, como en cualquier órgano representativo: en los cuadros directivos de las empresas, en la burocracia estatal, en el canon literario, en el cuerpo docente de un departamento académico, en la lista de nominados a un premio artístico, en los deportes, en los viajes espaciales, en el uso incluyente del lenguaje, en Wall Street... Pero con las identidades ocurre, en el plano simbólico, lo mismo que ocurre con los grupos de interés en el plano político: es imposible representar adecuadamente todos los intereses de cada individuo, del mismo modo que es imposible que una identidad llene las aspiraciones de todos los sujetos de un grupo determinado.

En términos estrictos, ninguno de los movimientos políticos más importantes entre el siglo XVIII y la primera mitad del siglo XX se constituyeron, en principio, como luchas identitarias: ni la independencia de las colonias americanas frente a los imperios europeos, ni la formación de movimientos obreros en Europa y América, ni la lucha política contra la esclavitud de los negros en Estados Unidos, ni los movimientos feministas que buscaban igualdad política, ni los movimientos campesinos en Latinoamérica, África y Asia; ninguno de ellos se inspiraba en la defensa de los intereses encarnados en una identidad, sino que buscaban la abolición de una situación injusta. La justicia, como representación de una humanidad reconciliada consigo misma y con la naturaleza, se sostiene sobre principios que aspiran a la universalidad. La política de la identidad disuelve esta aspiración. En lugar de una totalidad social que debe ser transformada, el prisma de la identidad refleja un mercado de intereses en competencia, todos contrapuestos y en permanente disputa. Así, alienta una moral vindicativa y expiatoria, siempre presta a señalar cualquier “privilegio” como culpa, y a todo “privilegiado” como enemigo potencial. De ese modo, la política de la identidad niega la libertad que ella misma promete: su horizonte no es el de una sociedad más justa, sino la de una lucha imaginaria y mezquina, nutrida por la lógica de las pequeñas diferencias.

* Profesor del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia (wdiazv@unal.edu.co)

** Estudiante de la Maestría en Estudios Literarios de la Universidad Nacional. (cpardoc@unal.edu.co)

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