Seis compases de fin de año

Aunque las selecciones son arbitrarias, recorremos algunas de las canciones decembrinas más recordadas.

Gustavo Quintero, El Loco, uno de los personajes emblemáticos de las fiestas de fin de año. / Archivo Rafael Campo Miranda, a quien se atribuye el tema ‘Ya voy hacia ti’. / Archivo

Estoy próximo al desembarco en la séptima década de una existencia que desde siempre se ha nutrido de música. Fuera la que fuere, y fiel a una sabia y simple reflexión, creo que la música puede clasificarse en tres categorías: la buena, la mala y la peor. En esta última, con sobradas y patéticas muestras, habría que situar el despecho y el reguetón. En el rango de lo que considero de buena factura caben miles de canciones y piezas de uno y otro género; buena es una obra para piano de Chopin; tanto como un bolero tocado por la Sonora Matancera o un tango cantado por Goyeneche con la orquesta de Pichuco Troilo. No obstante las cifras millonarias de horas cubiertas por la música, al final del camino, aunque difícil, podemos intentar una antología personal de las que nos conmovieron. La pregunta insoslayable es: ¿por qué esta y no aquella?

Quienes ejercemos la música como profesión, en general oímos y calificamos el cancionero popular con criterios diferentes a los del público. Sin embargo, la interacción social impide que caigamos en poses de iluminados. Por el contrario, aunque en menor escala, también terminamos por ir con la gente donde Vicente. Incluso con mayor pasión nos entregamos al pleno goce de las melodías cuando son bailables, aunque la condición de músicos no es garantía de ser buen bailarín. Así como por la mente pasan al trote las canciones que amamos, de manera similar, y a la par con la recordación, desfilan las que detestamos por causas que van desde la voz de sus intérpretes hasta la interpretación o “desarreglos” instrumentales. Creo que las canciones que nos caen gordas son cadáveres insepultos en la memoria, exaltadas durante diciembre, y por eso merecerían una mención aparte, pero es mejor no desatar iras ajenas.

En materia de recordación de nuestra infancia paralela a los años cincuenta, la butaca VIP estará reservada a un jingle radial que al oírlo cada año se convierte en la puerta de entrada a ese estado emocional difícil de describir, pero tan compartido por la sociedad y sus clases. De niño, el concepto de polifonía no se entiende, pero se siente, y por eso las ganas de llorar que produce ese jingle de Caracol que se asomó a nuestro mundo en la mitad de los años cincuenta mediante las voces del trío Primavera, integrado por Lilián y Ángela Bustamante y Miriam Araque. En su producción participaron músicos geniales como Manuel Jota Bernal, Luis Uribe, León Cardona, Millo Velásquez y otros. Después se han grabado diversas versiones, pero la belleza vocal y el poder de la nostalgia del jingle original quedaron registrados en nuestro sentimentario desde aquel diciembre del año 55.

Benito de Jesús Negrón fue un compositor prolífico y brillante, nacido en Barceloneta, Puerto Rico, en 1912. Dejó más de 200 composiciones archiconocidas. Rondaba los noventa y ocho años cuando murió el 24 de junio de 2012. Fue uno de los fundadores del Trío Vegabajeño. Entre tantas creaciones suyas, un himno navideño sobresale por todos los recuerdos que ha tejido a través de su irrupción en el acetato. Se trata del bailable Cantares de Navidad: “Navidad que vuelves / tradición del año / Unos van alegres / otros van llorando”. Grabada en una primera versión por el mencionado trío, ha tenido bastantes versiones, pero sin duda la que realizó Cheo García en 1964 es la mejor lograda. La primacía se la otorga la calidad del intérprete vocal y el arreglo del maestro Billo Frómeta y su big band, la Billo’s Caracas Boys, fundada en 1940 y vigente aunque su fundador murió en 1988.

Hablar de la Sonora Matancera significa rebobinar una cinta que comenzó a rodar el 12 de enero de 1924 en Matanzas, Cuba, y tras noventa años de fundada sigue viva y tocando. Igual que la Billo’s, sus temas decembrinos se cuentan por docenas. Uno de sus cantantes, de familia judía, nacido en Buenos Aires, de nombre Israel Vitenszteim Vurm y quien adoptó el nombre artístico de Carlos Argentino Torres, grabó en ritmo de guaracha un tema de la autoría de Javier Vásquez, pianista de la Sonora, en junio de 1958, Llegaron las navidades: “Diciembre mes de alegría / colmado de dicha y fantasía / Es la Navidad que llega con un año nuevo...”. El mérito de este número lo constituye la genialidad que tiene toda la producción de la Sonora. Su formato de dos trompetas, piano, contrabajo y percusión permaneció inalterable, igual que ese sonido único y su huella en la memoria latinoamericana.

El Gran Combo de Puerto Rico fue fundado en 1962 por Rafael Ithier, con exintegrantes de Cortijo y su combo. Bautizado como “la Universidad de la Salsa”, tiene un repertorio de antología sobre Navidad y año nuevo, una temporada en que los boricuas le sueltan toda la piola al vuelo de la fiesta y la gastronomía. Se tiene la visión de que la salsa es una expresión musical moderna, pero en cuanto se ponen sobre el tapete las orquestas, intérpretes y cancioneros, salta la verdad: todos los salseros le rinden culto al pasado del género y se muestran reacios a los excesos de novedades comerciales, románticas o de catre. Elegir una sola canción navideña del Gran Combo es imposible. Con todo, en mi agenda de añoranzas está subrayada No hay cama pa’ tanta gente, compuesta por Flor Morales Ramos y popularizada en 1985. Es un divertido relato sobre músicos enfiestados.

A finales de los sesenta, una agrupación que heredó el formato de los Teen Agers antioqueños dominaba el espectro del género bailable en Colombia. Su cantante, a mi juicio, es el intérprete de mayores logros en nuestra historia musical: Gustavo Quintero, El Loco. El grupo nació con el nombre de Los Hispanos. Tanto la voz líder como sus mejores músicos conformaron luego un nuevo conjunto: Los Graduados. Pues bien, un disco de larga duración, grabado por Los Hispanos en su primera época, animó uno de los mejores diciembres de mi vida. Y entre la docena de surcos fonográficos siempre habré de recordar el primero: La cañaguatera, una canción compuesta por Isaac Carrillo en 1967. En aquel año se entronizó la costumbre de hacer la novena de aguinaldos en Bogotá y tras el rezo y el impajaritable canto de “tutaina tuturumaina”, abríamos la botella y el baile con esta memorable melodía.

La última de las seis canciones de este sentimentario navideño no toca el tema decembrino, pero desde siempre ha estado asociada al recuerdo de fiesta, alegría y nostalgia. Es justo anotar que la considero tan bien hecha que no me satisface ninguna de las versiones existentes. Se llama Ya voy hacia ti y aparece compuesta por el panameño Avelino Muñoz, aunque su autoría también se le atribuye a Rafael Campo Miranda, uno de los grandes compositores costeños. Encuentro que esa letra es un certero ejemplo de la poesía que se rehúsa a convocar las musas con el fácil recurso de la adjetivación. Vean ustedes la letra: “Ya voy hacia ti amor mío / Espérame entre palmeras como la primera vez / Que el viento mueva tu pelo / y te haga cerrar los ojos / como la primera vez”. En el texto completo apenas se asoman tres adjetivos. La música, por igual, es impecable.