Beatriz García-Huidobro, en la Fiesta del Libro

“Ser conscientes de los poderes nos enloquece”

La escritora chilena, autora de varias novelas, como “Hasta ya no ir”, “Nadar a oscuras” y “Café turco”, se declara enamorada de Samuel Beckett y confiesa que le gustan los libros que llevan cierta carga de sufrimiento.

Beatriz García-Huidobro es conocida por sus libros de literatura infantil y juvenil. / Cortesía

Era una niña de uniforme azul, la camisa blanca y las medias a tono. Una niña llamada Beatriz García-Huidobro. Rubia, de ojos azules, iba por la vida, o por el colegio, sin saber muy bien si era cierto lo que le decían o si ella lo había imaginado. Cuando le informaban que al día siguiente debía ir disfrazada, pues habría cuesta de disfraces, o desfile, o concurso, ella se disfrazaba, pero no estaba segura de lo que le habían dicho. Se encerraba en un baño y se quitaba el disfraz y se lo volvía a poner, y así, una y otra vez. En las fiestas de cumpleaños de sus compañeras saludaba casi con una reverencia y a los dos minutos se perdía por los pasillos para ir a donde hubiera libros y se quedaba toda la tarde allí, con los libros que hallaba, imaginando mundos, sintiéndose personaje de libro, siendo parte de aquella “gente corriente que salía del atolladero” que encontraba en los cuentos de hadas.

“Yo era medio psicópata, desadaptada”, confesaría muchos años más tarde, sonriente, y agregaría que, pese a sus lecturas, jamás creyó que pudiera escribir. Su madre había decidido que iba a ser pintora y que una de sus hermanas, Cecilia, iba a ser escritora, y la otra, Isabela, cantante. “Tú eres la pintora de la familia”, le decía. Y ella pintaba, por supuesto. Pintaba y pintaba, pero cada vez que podía se escapaba a leer. Leía a los rusos del siglo XIX. Chéjov, Dostoievski. “Los libros me ordenaron. Fueron una especie de descarga emocional”. Los libros le marcaron un camino en la vida, aunque fuera ficticio. De Chéjov pasó a Gogol y se sumergió en sus Almas muertas, y desde allí saltó a Beckett. Ella se sintió como Beckett, y, como decía Beckett, la suya “fue una existencia en la que ninguna voz, ningún movimiento posible podía liberarme de la agonía y las tinieblas a las que estaba sujeto”.

“Samuel Beckett ha sido el amor de mi vida. Él tensionaba la escritura, la hacía dolorosa”. Mucho tiempo después de haber descubierto a Beckett, de haber seguido con Beckett, escribió su primera novela con un epígrafe de Beckett y la tituló con una de sus frases, Hasta ya no ir. “Son varios hombres que son el primer hombre en el cuerpo de la niña. La señora Esmeralda me dice que sea siempre igual. Materia inerte. Ojos abiertos por el pánico de sentir cómo se abre y despeja el nuevo camino. Contracción de la parte baja del cuerpo. Ahogar en el pecho un grito de dolor, pero no sofocarlo tanto que llegue a ser inaudible. Manos torpes. Ajena toda”, relató en una de sus páginas. Páginas de dolor, de descubrimiento, de sufrir y vivir en medio de ese sufrir. La historia de una niña como tantas otras niñas. Una niña violentada en un mísero pueblo violentado de un país violentado. El poder en todas sus dimensiones.

Hasta ya no ir contaba una historia de “poderes dominando a otros poderes. Poderes sutiles o sexuales, inmensos o muy pequeños”. Cuando ella empezó a ser consciente de todos los poderes que la dominaban, que dominaban al mundo y a la gente del mundo, sintió que podía enloquecer. Por eso, en parte, escribió. Estaba en una playa y de repente comenzó a poner palabras y frases y se dejó llevar. Mientras escribía recordaba viejas ignominias, antiguos poderes que la marcaron, como la tarde del 13 de septiembre de 1973, cuando por televisión abierta, a todo el país, un periodista de apellido Sánchez ingresó a la casa de Salvador Allende para transmitir lo que había en su casa. Abría los armarios, contaba los pares de zapatos. Allende se había suicidado dos días antes, durante el bombardeo a La Moneda. El nuevo régimen lo había llevado a pegarse uno o dos tiros, y siguió humillándolo después de muerto.

“Cuando el golpe, yo estaba lista para salir al colegio y mi padre me dijo que no habría clases, que estaban bombardeando el Palacio de La Moneda. Unos años más tarde supe por una de las hijas de Pinochet que él había llamado a Allende y le había ofrecido un helicóptero para que saliera de aquel infierno. Al final le dijo que si no sabía si el helicóptero se caería”. Era el poder. El poder detrás del poder. El poder inmenso de decidir sobre la vida de los otros. Y luego, el poder de humillarlos. Y allá o acá, el poder de cientos de miles de personas, almas muertas, con el poder de cambiar la vida de otros cientos de miles. El poder de aquellos que pisoteaban sin siquiera ser conscientes de ellos. El poder de prometer y no cumplir, el poder de delatar, el poder de enamorar, de olvidar, de callar, de vengarse, de huir.

Por aquellos años, los años de la dictadura, ella quiso estudiar periodismo e ingresó a la Universidad Católica, pero se desencantó. Creyó que iba a decir la verdad, a gritarla, pero de eso no se hablaba en las facultades. Entonces decidió ser pedagoga. Era desde la educación desde donde podría cambiar el mundo. Leía, estudiaba, pintaba. Sentía que ya se había ordenado. Un día se topó en una biblioteca con un libro de Schopenhauer. “Se notaba que nadie lo había leído”. Lo tomó, se sumergió en sus letras, celebró que alguien pensara que el hombre pasaba de la desesperación al tedio y del tedio a la desesperación, y, como un reflejo, se llevó el libro. “Fue lo único en la vida que me he robado”, confesaría. Lo único, algo de lo más valioso, la vida en unas cuantas páginas y una frase suelta que bien habría podido ser su himno: “El mundo es un infierno habitado por almas atormentadas y demonios”.

 

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