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¿SERÁ?

El domingo 7 de mayo, a la 1:00 p.m., en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, sala Filbo F, Pijao Editores presenta la colección Cuento colombiano contemporáneo: 50 libros y dos antologías, un trabajo que procura visibilizar a los cultores de las ficciones cortas. En este marco, se presentará Asedios verbales, panorama del cuento joven colombiano, selección a cargo de Ángel Castaño Guzmán.

Cortesía

Y se volvieron mierda...  

Aunque el Volkswagen dio varios giros en el aire a cien kilómetros por hora, ninguno de los tres borrachos se percató de la humedad de la zanja en la cual habían caído ni en cuya profundidad estaban ahora atascados llantas-arriba. Beto, el copiloto, miraba con ojos vidriosos la oscura y verde maraña de árboles en la carretera, con el panorámico atravesándole la garganta; Pipe, el conductor, apenas respiraba con el timón dolorosamente incrustado en las costillas, mientras Joaquín, desgonzado en la parte de atrás del auto, sobre la silla de cuerina, ni siquiera sentía el dolor de la rodilla derecha partida, mientras tibia y peroné rozaban-descansaban grotescamente sobre su muslo. El camionero que los encontró y su ayudante abrieron a crucetazos las latas retorcidas del armatoste, logrando recuperar lo que quedó de sus cuerpos deshuesados. La caridad del chofer y del joven muchacho con acné que lo acompañaba, alcanzó apenas para disponer a los heridos sobre el asfalto y dejarlos a su suerte, poco antes de que el escarabajo fuera envuelto por silenciosas llamas, las cuales no tardarían en alcanzar el tanque de gasolina que los amigos habían llenado horas antes, gracias al dinero que Beto le había robado a sus padres, junto con dos botellas de licor de menta. 

–El licor de menta es como absenta para papás, ¿sí o qué? –había dicho Pipe, apurando el verde contenido de una licorera de cristal repujado, mientras los otros muchachos se reían debido al nerviosismo del viaje a punto de ser emprendido, y con la anatomía aún completa. 

Después de un rato de morbosa observación, el conductor y su ayudante dejaron a los heridos a su suerte en medio de la solitaria carretera, inconscientes y sin esperanza de supervivencia. El primero en despertar fue Pipe, quien, lleno de sangre y con la cabeza inflada como un globo, palpó sus bolsillos para encontrar el celular, sin éxito. Los ojos de Beto continuaron inexpresivos y fijos en la negrura, mientras Joaquín miraba el humo y las nubes rojas que auguraban lluvia, todavía borracho, viendo en el cielo la cara redonda de Adriana, llena de pecas y de esa ternura cruel de quinceañera conservada en naftalina, que ahora le dolía entre las piernas y supuraba como un miembro cortado de raíz.

Joaquín conoció a Adriana una noche en la casa de Beto. Ella cantó una canción con voz aterciopelada, sublime, de esas que ponen a temblar el alma cuando alcanzan notas agudas, y que interrumpen la respiración cuando se lamentan en murmurantes tonos graves. Joaquín, que la acompañaba con una desafinada guitarra, no entendía por qué esa voz sonaba en la sala de una casa atiborrada de bailarinas de ballet de porcelana y no en un coliseo tapizado de gente eufórica y sudorosa gritando su nombre. No entendía tampoco como esa voz estaba pegada a la garganta de una mujer que no era bonita, que no parecía especialmente inteligente ni astuta siquiera, que carecía de cualquier brillo exceptuando esa voz y que despertaba en los amigos morbosos comentarios y exclamaciones de doble sentido que hacían pensar que todos se habían acostado con ella. A pesar de eso, Joaquín la invitó a salir, sin sospechar las noches de despecho, borrachera, accidente y deshuesada con amigos que ese sí le costaría. Ella aceptó, comiéndose las uñas con esa primera sonrisa de no me disgustas, me gustas, me gustas tú. Se vieron a la tarde siguiente, caminaron casi cien cuadras, pararon en todas las tiendas intermedias a tomar alcoholes de porquería y a orinar, mientras ella hablaba, con los ojos bizcos del licor, sobre su alergia a la luz y a las partículas de polvo que llenan los cuartos viejos cuando uno se levanta en la mañana.

Así llegaron al barrio de infancia de Joaquín y él le contó la primera vez que disparó un arma. Era de balines. Con ella mató por accidente a Tony, un perro de oscuro pelaje y carácter dulce que seguía al celador de la cuadra cuando éste hacía las rondas nocturnas en bicicleta. Los niños del barrio lo detestaron desde entonces. Adriana sólo se reía, descolgaba la enorme cabeza sobre los hombros, ebria, besándolo con la lengua hasta las amígdalas y dejándose manosear sonriente hasta que Joaquín alcanzó esos calzones que él sospechaba negros, pero que al caer al pasto resultaron ser rosados con rayas, entre lamidas, mordidas y ojos abiertos.

Una tractomula pasó muy cerca del rastro de heridos, aguijoneando la oscuridad de la carretera para dejar el silencioso desastre intacto. El inmenso vehículo no paró. Los amigos se quedaron de nuevo a oscuras, después de cuarenta minutos de estar tendidos sobre charcos de sangre que iban extendiéndose sobre el asfalto con pasmosa lentitud. Días antes, esas mismas personas habían decidido que Joaquín era un imbécil. 

–¿Volverse así de mierda por la inmunda de Adriana? ¿En serio? –le recriminaba entre carcajadas Pipe, mientras los tres amigos tomaban cerveza en un parque. 

Algunas cervezas más tarde, Joaquín confesó estar perdidamente enamorado de Adriana, de su fealdad de cara ordinaria y cuerpo sin curvas, de su deseo desmedido y de las palabras desencajadas que soltaba mientras visitaba a sus padres. La amaba con o sin inteligencia, con ropa o sin ella. Estaba legítima y absolutamente enamorado de una mujer corriente que no le correspondía y que, hacía semanas, había dejado de responder llamadas y mensajes de texto que iban volviéndose cada vez más frecuentes y desesperados. 

—Usted lo que necesita es una puta, pero bien puta –soltó Pipe desparpajadamente.

El plan, que sonó descabellado en un principio, estuvo a punto de ser descartado: Ninguno tenía suficiente dinero y los tres sabían muy bien los innumerables riesgos que una prostituta barata conllevaba. Entonces Beto rompió su perenne silencio para decir que su papá lo había llevado a un puteadero limpio y muy barato en Girardot. 

–¿Y las viejas qué tal? 

–Adriana es más bonita. 

Desde el día siguiente empezaron a ahorrar mesadas, robar padres y hermanos para ir en busca de un polvo virulento y caliente que les dejara los huesos nuevos, el miembro adolorido y, ojalá, ninguna venérea, para que Joaquín se olvidara de Adriana. Él había dicho que sí con una sonrisa fría, preguntándose por qué lamidas, mordiscos y ojos abiertos lo había cambiado ella. Tirado boca arriba sobre el pavimento, Joaquín sintió cómo el motor de su cabeza se encendía, cómo sus aspas poderosas revolvieron el dolor en sus huesos con el frío del amanecer a cielo abierto. Sintió rabia y celos de esos dientes que a esa misma hora estarían despedazando sus calzones rosados de rayas. Llevó su mano a la boca con lentitud, con la acidez de su saliva todavía recordándola. Pero al tocar con su dedo carrasposo la encía, descubrió que, había perdido todos los dientes. Darse cuenta de que su movilidad era casi imposible le tomó unos segundos, y un fallido y doloroso intento de incorporarse. Se tumbó sobre un lado, luego boca abajo y, ayudado por sus brazos adoloridos, se arrastró hasta el carro y metió la mano a tientas, tratando de encontrar sus dientes. ¿Cómo iba a invitar de nuevo a Adriana a perderse en una noche oscura con olor a orines, si su mejor sonrisa eran unas pobres encías desnudas? ¿Con qué dientes le iba

a arrancar los pezones negros para hacerla gritar del dolor, para que supiera lo que era bueno y aprendiera a no volver a abandonarlo jamás a su mala suerte?

Al ver a Joaquín revolcando las latas ahumadas del carro, Pipe susurró a todo el volumen que daban sus pulmones golpeados: 

–¿Qué hace, maricón?

–Mis dientes, güevón ¡¿Dónde están mis dientes?! 

–¡No sea imbécil! ¿Cuáles dientes, si nos vamos a morir? 

Joaquín se detuvo, guardó un silencio de pánico y luego preguntó: 

–¿Será?

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