'La serpiente sin ojos'

Editada por Mondadori, la novela le pone fin a la trilogía del escritor tolimense sobre la vida del conquistador navarro Pedro de Ursúa.

El libro, abierto en la página 173, profundizaba en los versos endecasílabos que escribió en los años de mil quinientos y tantos Juan de Castellanos. Eran la historia de la conquista, con sus horrores y proezas. Eran la Historia, en mayúsculas, que durante siglos estuvo enterrada, y que rescataron a medias Ulises Rojas, Miguel Antonio Caro y Mario Germán Romero. Él había comenzado a conocerla sin conocerla siendo muy niño, cuando recorría las tierras del norte del Tolima a las que había llegado su bisabuelo desde Sonsón, y se preguntaba qué, cuándo, cómo, por qué. “Ellos, mi abuelo y su padre, buscaban guacas de indígenas. Incluso, alguna tierra la pagó con el dinero que había conseguido por las guacas”. El interrogante para William Ospina era claro e inmenso: “¿Dónde estaban, entonces, los indígenas?”.

Luego, ya de adolescente, cuando las letras de Shakespeare y de Borges, y los poemas de Rubén Darío, Luis Carlos López, Pablo Neruda y Barba Jacob lo habían devorado, supo que los indígenas de aquellos lares se habían extinguido en el siglo XVI. Después, muchos años más tarde, en un encuentro de poesía colombiana en tiempos de la Conquista, en la Casa Silva, se enteró con mayores detalles del poema que había escrito durante más de 30 años Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias. “Descubrí que era el más extenso de la historia en América y que había sido ignorado por siglos, pero sobre todo, fue maravilloso encontrarme con el libro y con lo que había ocurrido”.

En el comienzo de su libro Las auroras de sangre, Ospina escribiría a finales de los años 90 que “la irrupción de América no fue un episodio histórico cualquiera, no fue una guerra más: fue un hecho decisivo de la historia y cambió al mundo. Aunque no compartiéramos la idea de Borges de que las grandes hazañas deben perdurar en la poesía, o la de Homero de que el mundo quiere cantar sus desdichas, o la de Hölderlin de que, a pesar de los méritos abundantes del hombre, lo que perdura lo fundan los poetas, un fenómeno de esa magnitud, que supuso el trasplante de razas enteras y la mutación de costumbres y lenguas, y que inauguraba un mundo, tendría que haber dejado una vasta poesía”.

Luego, por más de 450 páginas, relató la historia. La vida de Juan de Castellanos, su infancia en Alanís, su posible llegada a América en 1539, su estadía en la isla de Cubagua, sus tropiezos, victorias, amores y desamores, su arribo a Tunja ya como clérigo, sus años allí como beneficiado de la Catedral. “Más me sorprendió que en aquel tiempo hubiera un español interesado de ese modo, no en la Conquista ni en el oro, sino en América”. Ospina hizo el relato del relato de Castellanos. Visitó Alanís, conoció su pasado, de pueblo celta a parte del Imperio romano, de enclave árabe a terruño español. Vivió en Tunja, recorrió las calles que había recorrido el poeta, palpó y aprehendió los muros de su casa y escribió, año tras años. Uno, dos cinco, ocho.

Las auroras de sangre fueron el comienzo de su interminable y profunda visita a los tiempos de la Conquista. Luego publicó Ursúa, la vida de Pedro de Ursúa, uno de los primeros conquistadores españoles que recorrieron y lucharon América. La sangre, la sumisión, el odio, la búsqueda insaciable, los riesgos, las mentiras, las sublevaciones, la vida y la muerte, las selvas y las llanuras, los ríos, las serpientes, los tigres, el mar...

Detrás de cada motivo volvía a aparecer Juan de Castellanos, sus descripciones y sus versos, los caballos heridos, los remiendos en la nariz de Pedro de Heredia, los nuevos nombres y las nuevas palabras. Al final de aquellas 500 páginas, ni él, Castellanos, ni Ursúa, se habían agotado. Uno velaba las historias. El otro las protagonizaba. Por eso Ospina retornó en El país de la canela y La serpiente sin ojos a la Conquista. “Venían de todas partes y cada uno tenía un pasado —escribió en el capítulo número 25 de su última obra—. ‘Yo nunca les pregunto por sus orígenes’, me dijo Ursúa en el astillero, ‘puedo presumir que todos guardan una historia turbia, pero aquí llegan buscando la oportunidad de ser valientes, de ser héroes y de ser ricos’. Lo cierto es que casi se veía en sus rostros que no sólo andaban buscando un futuro sino huyendo de recuerdos tortuosos, maquinando la mejor manera de vengarse de su propio pasado”.

Contó el viaje hacia el Amazonas de don Pedro de Ursúa, sus amores con Inés de Atienza, su estúpida decisión de llevársela consigo. “Y lo que pasó fue la tragedia de Ursúa y de ella, y la expedición terminó en manos de Lope de Aguirre”, comentaría él, y escribiría, “Pero cuando Lorenzo de Salduendo perdió el favor de Aguirre, el déspota lleno de espadas y cuchillos, que controlaba por el terror los campamentos, siempre rodeado por su guardia siniestra y con Antón Llamoso convertido en su sombra, la suerte de la hermosa Inés estaba decidida”.

El destino de escritor le llegó a Ospina luego de haber intentado ser periodista en una agencia de noticias y publicista. Un día, dijo, suele decir, “dio el triple salto mortal”. La Odisea que había leído a los nueve años lo volvía a tentar, ahora con otros miles de títulos y otros autores y decenas de cientos de poemas. Habló entonces de “la superstición de las palabras”. De la magia de escribir, del creer que una palabra, una frase, pueden cambiar una vida, y del buscar en esa palabra, en esa frase, la vida. “Uno cree que las palabras influyen, marcan, determinan. De ahí surge el destino de un escritor”. Él era escritor y lo sigue siendo. Primero, como poeta (Hilo de arena, La luna del dragón, El país del viento); luego como ensayista (¿Dónde está la franja amarilla?, Es tarde para el hombre), y más tarde, como historiador y novelista y poeta de nuevo, pues jamás ha comprendido una obra sin que fuera una amalgama de verdad, belleza, inteligencia y profundidad.