Sharon Avella, violista hecha sueños

Aquí es media tarde, allá es alta la noche, quizás llueva o esté seco el aire. Ella viaja, enredada en música, de un lugar a otro.

"Desmigajados, uno a uno, cada recuerdo la acompaña, mientras lleva en su espalda una viola cuya música nunca termina."Archivo particular

De vez en vez, levantará el rostro hacia el paisaje mientras los ojos se le oscurecen con un manto casi transparente. Está lejos de su familia – es como un duelo- me cuenta. Pero allá los días son diferentes, nunca se repiten. Poco a poco, como una extranjera que se busca, se empeña a dibujarse con una imagen viva en cada nube, en cada calle trazada con una perfecta geometría, en cada vuelta de los girasoles. Extraña, a veces, el olor de esta tierra, los verdes asustadisos de las montañas, el olor del café que, antes por las mañanas, acompañaban su rutina. Ese olor intermitente como un cucuyo que va apareciendo y desapareciendo, pero que siempre permanece en los escollos del aire. Desmigajados, uno a uno, cada recuerdo la acompaña, mientras lleva en su espalda una viola cuya música nunca termina.

Es, pues,  Sharon Avella –violista bogotana– una mujer que, efectivamente, revienta en música como las chicharras agrietadas por la aridez del sol. Interpreta la viola con la naturalidad de los colores de un atardecer que, noche a noche, se sueña. De tanto en tanto, ha hecho del instrumento un habitat minúsculo, donde palpita un universo que crece como un aguacero a destiempo. Desde niña, bajo un ritmo demasiado personal, ha centrado sus días a la musicalidad de los instantes. A los nueve años, en el albol de la infancia, ingresó a la Fundación Batuta, donde allí, la música comenzó habitar toda su piel. Así fue como empezó en el arte. Después, a los once años, llegó la viola. Por esos días, la preocupación de sus padres para que estuviera ocupada en actividades extra colegiales estaba asentuada. Entonces, la hacian participe de diferentes procesos artisticos, donde encontró en la música la voz para dibujarse en el aire. Escogió, pues, la viola porque en los cursos los niños, en su mayoria, se inclinaban por el violín. La viola, entonces, llegó a ella porque quiso, simplemente, transgredir, porque hay en ella una curiosidad rígida, adornada como cualquier felicidad. Quiso, entre tanto, tocar un instrumento que pocos conocian; hecho que hoy reafirma con orgullo. Desde ese momento –dice—la viola es el lenguaje de su vida, el ritmo que llena de presencias sueltas los lugares.

En la Universidad Javiriana continuo sus estudios de música, donde salió graduada con honores. Sonante, precisa, fue equilibrando la tecnica del arco, hasta llegar a ejecutar por momentos, unas interpretaciones limpias, llenas de sones que tocan las orillas de la perfección. Sus manos, a  menudo, se adiestraron  en el instrumento, extrayendo de un trozo de madera sonoridades clásicas, puramente estéticas. Revelando, en cada compás, que el arte es algo que llevamos dentro solo por nuestra existencia. Allí creció el gusto por J. Brahms, un compositor que, según sostiene, se siente como si cada frase estuviera entre la piel.

Sharon fue la primera colombiana en ser admitida en “Leonal Tertis Festival” en Inglaterra. Ha ganado, en dos ocasiones, el concurso de Jóvenes solistas de la Biblioteca Luis Ángel Arango.  Por el momento, a sus 23 años, sigue con cuidada emosión a Steven Isserlis, Patricia Kopatchinskaja y Tabea Zimmermann, mientras hace sus estudios de maestría en Alemania, lejos de su casa y donde tiene que narrar el mundo con otro idioma.

Interpreta, con amplios fulgores, las sonatas de Rebecca Clarke. Aquí, cuando interpreta la viola, semeja a Jascha Heifetz al momento de  interpretar el violín. Se siente, ante todo, un remolino que comienza a crearse adentro y sale por cada poro, siendo toda ella música, siendo un pentagrama que, suavemente,  se traza en el viento y deja caer pedazos de música sobre nosotros, mientras por un momento olvidamos que el mundo vive. Ella, entonces, inicia  con el impetuoso donde el arco, perfecto y preciso, flota en  las cuerdas con una claridad, tan danzante, tan sonoro, que todo lo envuelve en una atmosfera de simpatía. Continúa, entre tanto, el vivace con armónicos expresivos, vehementes, liberando una sensibilidad rítmica. Y termina, esta vez, con el adagio. Hay, en este, una sincronía en cada nota que pulsan sus yemas, con una conciencia plena de todo el compás. Ella, desde luego, siente la música con una lucidez que asombra y la transmite desde el corazón, diciéndonos que la vida sería terrible sin el arte.   

Temas relacionados

 

últimas noticias

Un homenaje a la resistencia afgana

El duelo (Crónica)

Allí donde nada sucede