"Si vamos a decidir sobre la vida y la muerte, vamos a hacerlo juntos": Claudia López

hace 7 horas

Si yo soy el río… ¿Vos qué sos? (Cuentos de sábado en la tarde)

La primera madrugada del año, aprovechando que aún la polvareda del festejo se alzaba bajo los pies danzantes, me sumergí en el río que bajaba por mi casa. El agua era una baba café y moribunda que había visto pasados más fructíferos, pero seguía corriendo del alto de la montaña hasta el mar, donde quería que me llevara.

Cortesía

Cerré los ojos y me dejé arrastrar por la corriente como una hoja recién caída hasta que escuché de lejos la voz de mi madre: “¡Oime negro, salí! ¡Salite ya del agua! ¡Yo sé que vo’ estás ahí!”; gritaba desde la orilla asustada y llena de rabia. En un deseo absolutamente consiente de borrar el presente y convertirme en otra cosa, me hundí lo más que pude en el agua sin decir nada. Comencé a jugar a que era un pez grande y somnoliento que quería dormir al fondo del río, y mi cuerpo de niño, con alma de agua dulce, comenzó a descender mientras la luz y los sonidos de la marimba que venían del poblado se extinguían en la superficie. 

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Mi viaje al silencio habría resultado de no ser porque de pronto salieron de la nada manos y pies que querían pescarme. Francisco, el más reciente de los amores de mi madre, ni con todo el ron que había tomado, era un oponente fácil. Sus grandes manos de negro minero me tomaron por el torso y me regresaron al balconcito del que partí. Allí brinqué y escupí agua recostado en los tablones, mientras él me miraba con asco, como quien descubre en el anzuelo un animal pequeñito, inútil e incomible.

La mañana siguiente, el negro abrió los ojos al medio día y me dijo:

La próxima vez que te querás morir, avisá, con eso yo no me preocupo por salvarte. 

Tenía apenas doce años, pero había visto desfilar tantos muertos por el río, que pensaba que Dios era una especie de animal acuático que llamaba a los suyos a nadar al otro mundo, y en ese caso yo quería ir con él como mi padre.

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**

La noche que Julián quiso tirarse al río pensé que lo mejor era que Francisco estuviera conmigo. Los que habían matado al padre del niño, dos años atrás, no habían dejado la zona y yo no me podía quedar sola, no señor. Llevábamos un año viviendo juntos y yo sabía poco del pasado o del presente de Francisco, pero eso no importaba, estaba segura de que lo quería y de que él era mi sostén. La primera noche que pasamos juntos, me dijo que un día me iba a dar una casita en el valle y una huerta para sembrar chontaduros. Tenía la carne caliente y olía a bestia, pero era noble y trabajador. Me había dicho que había estado ocho años en la mina y yo justificaba así su tufo a tierra y sus labios resecos. Cuando se levantaba en las madrugadas cantaba y no dejaba de mirar el río por la ventana. Una mañana me dijo: 

Negra, escúchame. El día que yo me muera quiero ver por última vez ese río porque esas aguas sos vos - Yo solté una carcajada.

Vos que te vas a morir. Dejá de hablar tanta bobada.

Después de cantarle al agua, me pedía un tinto, entonces yo, que soy fiestera, me ponía de pie, le bailaba un poquito sin hacer mucho ruido y le preparaba una taza. 

Un año entero duró el ensueño. Todo el tiempo que estuvimos felices los ojos grandotes de mi muchacho de doce años me miraron con recelo porque su padre ya no estaba. Al pasar el periodo de prueba, los aires del sur comenzaron a cambiar. Decían que había hombres armados que venía a cobrar vacunas y casi al mismo tiempo comenzó a aumentar su ausencia. Llegaba tarde en la noche oliendo a ron, con los ojos desorbitados, y se iba temprano en la mañana sin mirar el río, sin verme a mí. La cantada de madrugada se transformó en murmullo y un día desapareció completamente. 

**

Cuando Francisco no volvió por tres días mi mamá no dejó de extrañarlo. No decía nada, pero se paraba en la ventana a ver la corriente antes de correr al pueblo a vender melao. Yo me hacía el dormido y secretamente le decía a mi padre que habíamos vuelto a ser los tres, los de siempre. A la tercera mañana sin Francisco me fui con Jackson, un vecino cuatro años mayor que yo, a la quebrada que estaba detrás del pueblo. Corrimos por la enramada hasta la orilla, y cuando estuvimos delante de la caída de agua, nos lanzamos desde los árboles a ojo cerrado, como si la muerte fuera un mito, una invención del hombre.  

El chapuzón dolía porque con la caída rompíamos por unos segundos la corriente. Éramos dos represas domando el agua como quien toma del cuello un animal salvaje y lo paraliza. “Ve, ¿y eso qué é?”, me preguntó Jackson señalando hacia la orilla. De pronto vi que en medio de unas matas masacradas descansaba lo que parecía la espalda de un hombre uniformado. Salimos del agua asqueados por nadar en medio de los jugos de un difunto y cuando estuvimos delante de él, Jackson insistió en que teníamos que enterarlo. 

Que lo vamo’ a mover, hombre. - le dije, pero él insistió. 

Eso hay que hacerlo, Julián. ¿O es que a vos te da miedo? Si vos no me ayudás a hacerle el hueco y a rezarle un padre nuestro, te va a jalar las patas esta noche, ¿oís?

Entonces accedí. Cuando le dimos la vuelta descubrí que era Francisco, vestido con un camuflado, el que descansaba en la hierba. Recordé los ojos ausentes de mi mamá y no pude evitar llorar por ella, por sus amores enterrados en la tierra, por la calidez de sus manos vacías y por el dolor de una verdad que no pensaba decirle. Lavamos al difunto con agua de la quebrada y lo recostamos sobre una camada de hojas mientras cavábamos a mano pelada su destino. El negro no quería irse, pesaba el doble estando muerto y de vez en cuando tenía la sensación de que quería despertar y decirme algo. Cuando lo cubrimos con tierra rezamos por su alma hasta que el sol se puso río abajo y regresamos corriendo para que su alma no nos alcanzara con la oscuridad. Cuando llegué a la casa me acosté a dormir porque estaba cansado y porque necesitaba dejar de pensar.

Esa noche soñé con Francisco. El sueño transcurría la madrugada de un día cualquiera y había una voz lejana que cantaba un currulao:

¡Ja! Vos qué, negro. Yo te he visto a vos como muy contento. ¡Dejá de ser bobo! Vení, vení, hacéme un tinto – Me dijo sentado en la orilla del rio frente a mi casa. 

¿Y yo por qué?

Pa´ darme mi último adió.

Estando aún dormido sentí que alguien me tomaba de los pies, y cuando abrí los ojos estaba casi sentado, sudando y con los pies descubiertos, enrojecidos, como si de verdad alguien los hubiese tomado con fuerza. Francisco nunca se ganó mi confianza, pero no lo detestaba, hasta ahora. Yo le había ayudado, hombre, y él nada que se quería ir. 

Mirá, no me aguanto más. Dejá de jodé, hombre. Vos sos un malagradecido, ¿me oís? Yo a vos te enterré, te recé y te di descanso. Dejáme, dejáme dormir tranquilo que mañana tengo que ir a la escuela y ahí si vos no me vas a ayudar. Salite de acá. – Grité y seguí durmiendo. Fue la última vez que lo sentí.

**

“Mi negro, si yo soy el río, ¿vos que sos?”, le pregunté en secreto una vez a Francisco cuando llevaba dos meses sin verlo. Era de madrugada y el aire olía a hierba mojada. La noche anterior había llovido sobre el poblado y yo no podía dormir desde que Julián me despertó hablando solo. Salí semidesnuda al balconcito de guadua y me lancé al agua. Yo quería ser de nuevo un río, aunque dentro mío era pura agua estancada, pura mujer líquida llena de mortecino. Estando ahí cerré los ojos y vi bien clarito a Francisco cantando un currulao. Supe que el aire comenzaba a faltarme cuando mi negrito de doce años me llamó desde la ventana. Abrí los ojos de golpe y me vi lejos de la orilla. 

Ya voy, ve, vos tranquilo. – le dije, aunque quería ser río un rato más.

 

CrossmediaLab de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

 

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