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Siervo Joya sigue sin tierra

Fue en manos de la pluma y la destreza de Eduardo Caballero Calderón, de donde sale en 1954 el libro Siervo sin Tierra, un libro que hoy, sesenta y seis años más tarde, cobra más vigencia que nunca en nuestro país.

Eduardo Caballero Calderón, autor de "Siervo sin tierra", publicada en 1954. Cortesía

Esta obra narra la historia de Siervo Joya, un campesino que después de haber vivido las peripecias de la milicia regresa a su pueblo con un único objetivo en mente; trabajar la tierra en la cual creció, se crío y aprendió. Sin embargo, sus propósitos se irán viendo truncados a medida que va enfrentándose a la viveza y la malicia de sus paisanos, las dificultades del campo y el ambiente político que se vivía por esos años.

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Esta historia es narrada entre 1930 y 1953, período en el cual el país afrontaba un conflicto entre los dos grandes partidos tradicionales de la época: el partido conservador y el partido liberal. Esta época en Colombia se denominó como “La Violencia”. En ese lapso se dio el Bogotazo, generado por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, sumado a las múltiples pugnas que se presenciaron en todas las regiones del país. No obstante, la riqueza que tiene este libro es que va a contarnos la historia desde otro ángulo. Eduardo Caballero no se ve en la necesidad de explicar las corrientes ideológicas o las propuestas políticas de uno u otro partido con largos discursos pronunciados en las plazas públicas, él va a lo sencillo y logra evidenciar el problema crucial de nuestro largo conflicto: la tierra.

En Siervo sin tierra, los dueños de los territorios no son otros que los grandes representantes del partido de turno en la región; don Ramírez y don Floro, al ser dueños de grandes hectáreas de terreno, son reconocidos por el partido liberal, cosa que más adelante cambiará en la historia con el “triunfo” o el “robo” de las elecciones por parte del partido conservador, pasando así a manos de Arsenio Flórez, cacique conservador en la obra. Es en este punto en el que pareciera que los años no han pasado, que Eduardo Caballero pronosticó el futuro o nosotros nos quedamos en un profundo letargo de más de 60 años. Los ahora llamados terratenientes defienden sus tierras a sangre y plomo, mientras que el resto debe arreglárselas como pueda para salir adelante.

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Hasta este punto todo parece ser un conflicto entre dos bandos adversarios, sin embargo, las repercusiones y los daños no son iguales para todos sus participantes, algunas cosas han cambiado en la actualidad, ya no hay dos únicos partidos, y ciertos ideales que antes se defendían con gran fervor han sido dejados para las clases de historia que ya no se dictan, sin embargo, el elemento principal en Siervo sin tierra, ese anhelo que Siervo Joya mantuvo de principio a fin sigue intacto; unos pocos son dueños de la mayoría de la tierra.

Swann, como era el seudónimo de Caballero mientras fue columnista de El Tiempo, logra crear en esta novela unos personajes muy particulares, los cuales terminan representando esas tradiciones y costumbres de los campesinos que tanto le llamaron la atención. En Siervo Joya, vemos a un campesino trabajador que ve en la tierra su mayor posibilidad de salir adelante, esa cierta nobleza y sencillez que se ve en Siervo es la que representa a miles de campesinos de nuestro país que reciben al citadino o al extranjero con los brazos abiertos y la amabilidad a flor de piel. Tránsito es la voz crítica y realista de las condiciones sociales en las que viven; “¿y a mano Siervo qué le va ni qué le viene con que suban los unos y se caigan los otros?” Le preguntó Tránsito a Siervo luego de una corta discusión entre ellos, ella sabía muy bien que en el conflicto los que llevan la peor parte siempre serán los campesinos.

El problema de la tierra y el conflicto

No es que fuera Eduardo Caballero Calderón un adelantado a su época con los relatos que hace en Siervo sin tierra, por el contrario, lo que demuestra en este libro es que han sido los grandes caciques y los jefes políticos del partido de turno quienes se han aprovechado del campesino, sus necesidades y falta de oportunidades. Son precisamente los que firman los papeles de inicio o fin de la guerra los que nunca sufren sus mayores estragos. Mientras tanto, aquellos que habitan el campo se ven en la difícil decisión de abandonar sus tierras para evitar que los desaparezcan, les quemen sus tierras y un buen día sin previo aviso llegue la muerte con nombre de Arsenio, los paras o la guerrilla a reclamar aquello que nunca fue de ellos.

Siervo logró trabajar la tierra, sí, pero nunca fue suya, trabajó la tierra de otros, lucho por otros que enarbolaron banderas y causas que realmente nunca defendieron. Ahora, esas grandes hectáreas suelen ser el botín de unos cuantos que aprovecharon el conflicto para convertirse en los amos y señores de muchas regiones de nuestro país. Nuestra historia habrá de contar una vez más que el conflicto se mantiene pues aquellos que saben trabajar la tierra no la tienen, y quienes tienen hectáreas por millones no la quieren trabajar.

Quizás sea necesario retomar libros como Siervo sin tierra, y autores de la talla de Eduardo Caballero Calderón con el único fin de reafirmar eso que algunos no quieren aceptar; que nuestro conflicto ha sido planteado por unos cuantos, padecido por muchos y ha generado profundas heridas en personas que han anhelado siempre poder trabajar la tierra.

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Gustavo Pedreros

Cultura

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