Síganme los buenos

Roberto Gómez Bolaños, un genio que logró hacer una carrera envidiable apoyado en la ternura, la inocencia y la compasión. Perfil de un grande.

/Archivo El Espectador

Roberto Gómez Bolaños vino a Bogotá en 1982, invitado por doña Nidia Quintero de Turbay a la Caminata de la Solidaridad. Después de un agotador desfile de diez horas, Roberto y su elenco terminaron en una fiesta en Palacio. Entonces, rodeado por los lambiscones del poder y bajo la mirada entornada de un presidente que consumía whisky tras whisky sin modificar su voz nasal y su retórica decimonónica, Roberto empezó a sentirse incómodo. Doña Nidia lo notó y le preguntó las razones. Es la corbata, explicó Roberto, no estoy acostumbrado. Tranquilo, replicó la primera dama, eso se arregla. Y dicho y hecho: doña Nidia tomó la palabra y pidió a los asistentes que se despojaran de la corbata para que el invitado se sintiera como en su casa. Lagartos, ministros y el mismo presidente se quitaron la prenda y la fiesta continuó con camisas desapuntadas y cuellos desnudos.

La anécdota sirve para ilustrar no sólo la falta de formalidad de Roberto Gómez Bolaños, sino el carisma de un comediante que logró que Turbay asumiera que había vida después del corbatín. Este desparpajo del creador del Chapulín Colorado ante la solemnidad del poder es la esencia de su propuesta humorística y se manifestó en otras ocasiones. Alguna vez dijo, por ejemplo: “Política es una palabra tan fea, que si uno la coloca después de una palabra tan hermosa y sagrada como madre, el resultado es suegra”.

Así fue: un man conservador, fiel a su origen de clase media y que siempre tuvo los mismos amigos —la pandilla de los Aracuanes—, con los que dominó las calles de la Colonia del Valle en su juventud. Como miembro de los Aracuanes Roberto Gómez reventó hocicos a diestra y siniestra, porque a pesar de su estatura diminuta —o tal vez gracias a eso— fue un tropelero insigne y campeón de boxeo en la preparatoria. Como consecuencia de sus aventuras pugilísticas quedó con el tabique torcido y limitado a respirar por una sola fosa nasal, defecto que un cirujano trató de corregirle logrando sólo que un mes después, en una nueva pelea, a Roberto volvieran a fracturarle la nariz. Esta vez el tabique lesionado lo acompañó hasta la muerte, porque nunca tuvo voluntad para volverse a operar.

Matriculado en la Facultad de Ingeniería, descubrió que a pesar de su talento para las matemáticas y para los deportes, estas disciplinas no eran su destino. Un anuncio de periódico lo llevó a una agencia de publicidad como “aprendiz de escritor”. Y hay que decirlo: Roberto jamás aprendió a escribir porque ya sabía y su trabajo resultó sobresaliente desde el arranque. Redactaba sus libretos con una facilidad de prodigio siguiendo unas pautas que él mismo inventaba, porque en la agencia de publicidad no tenía maestros que lo guiaran por los vericuetos del estructuralismo y —para su fortuna— jamás tuvo ni idea quién era Roland Barthes. Su escuela fue la vida y sus lecturas fueron autores clásicos como Cervantes y Zorrilla. Tiempo después —cuando ya era rico y famoso— se dio el lujo de parodiarlos con tremenda eficacia, porque era un versificador feliz y tenía un oído fuera de lo común que usó para imitar a Cervantes como si fuera su contemporáneo. Ese oído le permitió ser un compositor exitoso, porque —a pesar de no saber escribir música— diseñó un lenguaje propio basado en números que acentuaba en los momentos climáticos de la frase.

Un genio. Un genio chiquito y modesto, al que un productor maravillado bautizó Chespirito sin saber que estaba nombrando a un fenómeno que iba a conseguir 350 millones de espectadores para que vieran semana a semana sus creaciones. Un libretista de televisión que escribió para divertir a los que no sabían leer y que fue la inspiración para todos los que seguimos su trabajo con asombro. Un autor teatral que logró que 11 y 12, una de sus producciones, alcanzara la descomunal cifra de 3.200 presentaciones y estuviera en un teatro de 1.400 sillas agotando localidades de martes a domingo durante siete años. Un productor de cine que jamás fracasó, un director de telenovelas que logró ratings escandalosos, un obrero de la escena que fue fundamental para consolidar un imperio, porque el Tigre Azcárraga siempre admitió que la apertura de los mercados de Televisa se logró en base al Chapulín Colorado y al Chavo del Ocho. Un portento de superación que consiguió una fortuna de US$50 millones usando la letra CH en palabras mágicas como chipote chillón, Chómpiras, Chilindrina, Chimoltrufia, Chapatín y chanfle.

Pero por encima de todo, Roberto Gómez Bolaños fue un hombre bueno. Alguien que creía en que el amor y la honradez eran los caminos y que nunca desfalleció en su cruzada por impulsar la ternura, la inocencia y la compasión. El que haya logrado hacer humor sin veneno, sin hacerle daño a nadie e impulsando los valores fundamentales de la convivencia, es un logro que no tuvo ni tendrá continuación posible. Habitamos tiempos tristes en los que los payasos nos hemos vuelto de mala leche. Roberto tuvo la suerte y la entereza para no caer en la desesperación y fue increíblemente responsable a la hora de contar sus historias y armar sus personajes. Cuando se dio cuenta de que el Chómpiras y el Botijas estaban tomando una dimensión heroica incompatible con su oficio de ladrones y podían ser un mal ejemplo, decidió cortar por lo sano y reivindicarlos. En un capítulo de una cursilería y una gracia antológicas la Chimoltrufia les pone los puntos sobre las íes y los caquitos deciden no robar más. De ahí en adelante dejan de ser delincuentes para convertirse en desempleados sin perder en ningún momento su esencia humorística, porque Roberto se encarga de demostrarnos que no nos reíamos de sus delitos, sino de sus fracasos.

Esta quijotada de ser bondadoso en un tiempo que ya empezaba a ser sombrío y en el que los mafiosos de la política y la droga estaban armando su épica oscura alcanza para asegurarle la gratitud de los millones a los que el Chapulín Colorado les mostró una ruta. Síganme los buenos, decía el único superhéroe latinoamericano que merecimos tener. Un insecto rojo que siempre estaba dispuesto a ayudar a los que nadie ayudaba y que usaba sus antenitas de vinil para detectar la presencia de un enemigo, que siempre era el mismo: el poder del más fuerte, la posibilidad del abuso.

Contra este abuso, Roberto levantó una pared de risas. Los que encontramos refugio en este castillo infantil que él edificó para que pudiéramos soñar con un mundo más justo no lo olvidaremos. Tendremos siempre presente su terca disposición de sacrificio y su demoledora dignidad. La dignidad con la que se encaró, por ejemplo, al Tigre Azcárraga cuando quiso comprarlo para su canal con un contrato en el que le duplicaba el sueldo y le ofrecía un cheque de US$200.000. Le agradezco mucho la oferta don Emilio, le respondió Roberto con la misma ingenuidad con la que le hubieran contestado el Chapulín o el Chavo, pero fíjese que ahora mismo no puedo aceptarla porque tengo un contrato firmado con su competencia. Y el millonario lo entendió y lo esperó, respetando la valentía de un pobre que enfrentaba a un magnate porque quería cumplir con su palabra. Y tal vez en ese momento Roberto se sintió tan hombre como se había sentido al enfrentar a los gañanes que pesaban el doble de él y que le habían roto la nariz dos veces. De nuevo habían querido abusar de su nobleza, pero no contaban con su astucia.

 

últimas noticias

Fidel Castro el día de su cumpleaños 70

Una botella en la maleta