“Símbolo y sonido”, mucho por decir del Festival

Además de repasar el repertorio de los compositores centrales, Debussy y Ravel, el Cartagena Festival Internacional de Música creó un contexto histórico a través de la propuesta de tantos otros creadores franceses, anteriores como Rameau, contemporáneos como Satie, Fauré, Saint-Saëns, Poulenc, Roussel, o posteriores como Boulez.

Wilfredo Amaya

La edición número 11 del Cartagena Festival Internacional de Música termina con gran éxito. El evento se ha consolidado a través de estos años y podemos decir que hoy está en plena madurez, lo que se puede ver en varios aspectos. El tema de París y la música francesa de principios de 1900 tuvo un desarrollo muy coherente que trajo gratas sorpresas. A través de innumerables conciertos en diferentes formatos, el público verdaderamente se pudo hacer una idea del estilo y la riqueza de la música francesa a comienzos del siglo XX. Debussy y Ravel como figuras centrales del momento histórico en la música fueron verdaderos protagonistas.

Los repertorios orquestal, de cámara y la música para piano de cada uno estuvieron presentes con algunas de sus obras más relevantes. Programar conciertos monográficos como los de estos compositores significa un paso más adelante en el evento, pues de esta manera se trasciende el deleite inicial (fundamental, por supuesto) que produce la música y supone una profundización en la estética de los compositores y en el entendimiento de la historia de la música en general.

Pero además del repertorio de los compositores centrales se creó verdaderamente un contexto histórico a través de la música de tantos otros creadores, anteriores como Rameau, contemporáneos como Satie, Fauré, Saint-Saëns, Poulenc, Roussel, o posteriores como Boulez, que fueron armando una especie de rompecabezas sonoro de un gran panorama francés. Con esto se amplía el conocimiento del público, que muchas veces en esta edición escuchó nombres de algunos compositores por primera vez.

Hay que destacar igualmente la variedad de géneros en la música. Conciertos como “Satie y el café-chantant” o “La ópera comique” dejaron en claro que la música académica y la música popular están muy cerca en ese momento de la historia y que las fronteras entre ellas se diluyen fácilmente.

Los intérpretes como era de esperarse, estuvieron a la altura del festival. La orquesta Les Siècles, dirigida por el carismático François-Xavier Roth, realizó interpretaciones impecables de este repertorio tan variado en los estilos de los diferentes compositores. Jean Efflam Bavouzet, conocedor profundo de la música francesa y particularmente de Debussy, nos mostró lo más sutil y complejo de la creación pianística del compositor francés. Emmanuel Ceysson, uno de los grandes intérpretes vinculado al festival desde sus comienzos, no deja de sorprendernos con su talento, técnica, sensibilidad y la emoción de sus interpretaciones.

Lise de la Salle, en un viaje relámpago, demostró su talento, su profesionalismo, su conocimiento de Ravel y su fortaleza en este caso en particular. Gautier Capuçon y Jean Yves Thibaudet, ambos solistas consagrados, crearon una maravillosa unión en un repertorio exigente que conmovió al público por su lirismo y por su perfección en la interpretación. Y como si fuera poco, tener a Midori en este grupo excelso de intérpretes es un lujo.

En cuanto a la ópera, el montaje de Las bodas de Fígaro consolida también un nuevo camino al festival. Esta versión de la ópera de Mozart sentó unas sólidas bases de la colaboración con el Festival de Spoleto que esperamos se afiance cada año con nuevas producciones. Es importante destacar que este montaje es una coproducción en la que el talento colombiano ha tenido un papel fundamental que abre muchas más posibilidades hacia el futuro. La expectativa por supuesto crece ya sobre lo que será la edición número 12. ¡Larga vida al Festival!