Sinsonte: entre “El conciertazo” y Les Luthiers

Reseña sobre la presentación de Ensamble Sinsonte ofrecida en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. La agrupación colombiana también tuvo una interesante agenda didáctica dentro de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República.

Ensamble Sinsonte, agrupación comúnmente incluida dentro de la elusiva categoría de ‘nuevas músicas colombianas’, tiene ya casi 16 años de recorrido artístico. Gabriel Rojas © Banco de la República

Me encontraba sentado en la parte de atrás de la zona central de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá. La sala estaba casi llena aquella mañana de domingo. Parecía estar presenciando en vivo una especie de versión colombiana de Les Luthiers, aquella genial agrupación argentina de fina comedia musical. Como en el caso de los imaginativos músicos y lutieres argentinos, los músicos en escena daban muestra de una naturalidad actoral y un virtuosismo musical tal, que las altas complejidades técnicas de muchos de los pasajes musicales que tocaban pasaban desapercibidas, como si fuera un juego de niños. Apropiada la expresión. Porque si bien por su dificultad la música ejecutada distaba mucho de ser un juego de niños, el concierto sí era, en efecto, un espectáculo pensado y meticulosamente preparado especialmente para niños. La portentosa agrupación en escena era el ya célebre Ensamble Sinsonte, agrupación comúnmente incluida dentro de la elusiva categoría de ‘nuevas músicas colombianas’, con ya casi 16 años de recorrido artístico.

En la actualidad, Sinsonte lo componen cinco músicos. A pesar de cuatro ser oriundos de la capital y uno de ‘la costa’, se podría afirmar sin temor a equivocarse que su corazón, al menos en su dimensión musical, es en gran parte ‘llanero’, dado el amor y la devoción hacia el folclor de los llanos colombo venezolanos demostrados elocuentemente en su propuesta musical. El suyo es un lenguaje que ―aun expandiendo generosamente las fronteras sonoras que heredamos los citadinos de los conjuntos llaneros que imaginamos tradicionales― conserva claramente el espíritu del hermoso folclor llanero. En términos puramente musicales, el concierto ofreció varios momentos en los que pude vislumbrar de nuevo la esencia de dicha propuesta. Sin embargo, esto ocurrió de manera fragmentada y secundaria. La expansión refrescante de la tradición —que los críticos más liberales llaman ‘tradición en marcha’, y que es signo indiscutible de Sinsonte―, durante el concierto fue decididamente protagónica solo en la pieza Melodía ausente” de Daniel Sossa, uno de los integrantes del ensamble. En este concierto didáctico, las sutiles experimentaciones sonoras y feroces interpretaciones de los renovados golpes de joropo ‘sinsontianos’ se hicieron a un lado, poniéndose al servicio de la pedagogía, a través del maravilloso camino de lo lúdico.

Para mí fue claro que, en esta ocasión, la asombrosa facilidad con la que Sinsonte hace música, fue clave en el éxito de esta propuesta cómica, lúdica, y pedagógica. Sin la maestría, la destreza técnica, y la madurez musical de sus integrantes, los pasajes musicales interpretados no habrían podido esconder su dificultad; se habrían interpuesto al fin último del gozar aprendiendo; se habría sucumbido, en últimas, al usualmente más tradicional objetivo de demostrar el virtuosismo. En mi opinión, esta suerte de humildad musical solo se logra una vez se trasciende la búsqueda de una autorrealización artística, y el concierto de ese domingo fue para mí una clara muestra de esa trascendencia. Sutilmente, a través de los usuales laberintos sonoros de su música, a través de su versión urbana y moderna de nuestro imaginario del folclor llanero, Sinsonte nos invitó a ser partícipes de una serie de juegos que incluyeron la imitación improvisada y altisonante de partes de la fauna llanera, la interpretación actuada y cantada de uno que otro estribillo, o la casi imposible tarea de navegar un trabalenguas musical. Fuimos además testigos de irónicos contrapunteos, de historias musicalizadas de tradicionales leyendas de espantos que convirtieron el susto en risa, y de un genial mosaico de géneros musicales tradicionales cuya contraparte visual eran sombreros asociados a esas diferentes tradiciones. Y en la mitad, como pretexto, la música; la maravillosamente interpretada música, cuyo único lunar ―un par de inconvenientes con el sistema de sonido y su balance― incluso contribuyó a sentir el espacio más humano, más cotidiano.

La trascendental sala se convirtió, así, entre joropos y chistes, entre juegos y cantos de ordeño, entre risas y sonidos de animales, entre sombreros y furiosos pasajes musicales, en un espacio vital, en un aula en donde se sintió el goce simple del hacer música en comunidad, y en donde niños y adultos por igual ―como en El conciertazo, aquel programa español que buscaba enseñarle música clásica a los niños a través de juegos con la orquesta sinfónica― algo aprendimos sobre el maravilloso universo de los llanos y su música. Gracias, Sinsonte, una vez más.

* Maestro en Música con énfasis en guitarra clásica

 

 

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