Sobre ‘el héroe discreto’

Testimonio de la directora de Alfaguara en España sobre su experiencia de ser la editora de la más reciente novela del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

EFE

“¡Pilar, terminé la novela!”. Esa fue la frase con la que Mario Vargas Llosa me saludó en el Hay Festival de Cartagena de este año, tras muchos meses sin vernos. La alegría que expresaban su sonrisa y su voz abiertas lo decía todo: venía de un viaje, el de la escritura, en el que había gozado plenamente. Lo que me contó luego me dejó con la curiosidad a flor de piel durante semanas: esta novela era su regreso narrativo al Perú, nada menos que a la emblemática ciudad de Piura, donde ocurren algunas de sus historias mayores, empezando por La casa verde.

A mediados de febrero recibí el manuscrito de El héroe discreto y su lectura fue sorpresiva y emocionante para mí, porque sentí que este era un libro de muchos reencuentros.

Vargas Llosa había elegido, es verdad, revisitar su tierra, pero además había optado por hacerlo contando una historia enmarcada en los tiempos prósperos que vive el Perú hoy. Un relato sin héroes de leyenda, como lo fue Roger Casement, el irlandés protagonista de El sueño del celta, su novela inmediatamente anterior.

El héroe discreto no narra grandes hazañas. Vargas Llosa ha elegido personajes modestos, cuya batalla se libra en lo cotidiano, en el escenario doméstico de sus pequeñas vidas, para hablar de su país hoy. Los personajes de este libro no luchan contra grandes asuntos, como el nacionalismo o la opresión; pelean por el derecho irrenunciable a ser decentes en una sociedad donde todo invita a tomar el camino corto de la trampa y el chantaje.

Giovanni Quessep lo dijo todo sobre las historias que le son propias a nuestro continente en un poema hermoso y cierto titulado La alondra y los alacranes:

Acuérdate muchacha

que estás en un lugar de Suramérica

no estamos en Verona

no sentirás el canto de la alondra

los inventos de Shakespeare

no son para Mauricio Babilonia

cumple tu historia suramericana

espérame desnuda

entre los alacranes

y olvídate y no olvides

que el tiempo colecciona mariposas.

A mi entender, Mario Vargas Llosa lleva incluso más lejos esa apuesta narrativa: contar esta historia, tan profundamente latinoamericana, en la clave del género más popular de este continente, el melodrama. Es inevitable pensar que la trama argumental de esta nueva novela parezca escrita por Pedro Camacho, el infatigable escribidor de culebrones que protagoniza La tía Julia. La anécdota es esta: el héroe discreto narra dos historias paralelas. Una, la de Felícito Yanaqué, dueño de una empresa de transportes en la pujante Piura, quien un día recibe un papelito anónimo que lo conmina a pagar un tributo mensual a cambio de “protección”. La historia empieza cuando nuestro héroe se niega en redondo a pagar el soborno. La otra tiene como protagonista a Ismael Carrera, viudo, dueño de una poderosa firma de seguros, y como centro, el matrimonio de éste con Armida, su criada durante años, que supondrá un escándalo en la ciudad de Lima y encenderá la ira de su familia. La historia comienza cuando Ismael huye en secreto y sus dos hijos inútiles emprenden contra él una desaforada batalla que implicará a don Rigoberto, viejo amigo y compañero de Ismael, obligándolo a posponer todos sus planes de un plácido retiro.

Esta novela es también un regreso a viejos conocidos del mundo vargasllosiano (el sargento Lituma, don Rigoberto, doña Lucrecia y Fonchito, los inconquistables) cuyas vidas —tan distintas, tan lejanas, tan contrapuestas— se cruzan y entremezclan.

De algún modo, este libro es una nueva exploración de uno de sus grandes temas: ilustrar la lucha que dan ciertos seres humanos excepcionales para vivir de acuerdo con sus deseos y hacer que el mundo se acerque, lo más posible, a sus anhelos e ideales éticos. También el regreso a un tono, el humor, que usó de manera magistral en libros como Pantaleón y las visitadoras y que tiene un papel importante en muchos de sus textos.

El miércoles pasado, en una concurrida rueda de prensa en la Casa de América de Madrid, Mario Vargas Llosa dijo que esta novela se gestó como se han gestado prácticamente todas las ficciones que ha escrito: a partir de algunas experiencias personales. Reconoció que en su caso, como en el de otros muchos escritores, la imaginación no trabaja en abstracto sino a partir de ciertas imágenes que proceden de experiencias vividas. El punto de partida de El héroe discreto fue una historia ocurrida en Trujillo, una ciudad del norte del Perú y que ha sido especialmente protagonista de estos tiempos de crecimiento, donde un empresario transportista, de origen muy humilde, había hecho pública su decisión de no pagar una vacuna a la mafia. El escritor se interesó por la historia de un personaje que actuaba de este modo, movido por un principio puramente moral, fuera religioso o político o cívico. La novela contaba inicialmente esta sola historia, pero como ha ocurrido en casi todas las ficciones que ha escrito el Premio Nobel peruano, apenas empezó a trabajar en ella surgió la idea de contar otra historia que la complementara, que le diera un juego de contraste. Así se incorporaron don Rigoberto, doña Lucrecia, Fonchito, en una suerte de contrapunto narrativo entre dos familias, dos personajes, dos mundos, dos ciudades, dos clases sociales, que estructura la novela.

“Ay del país que necesite héroes”, citó Vargas Llosa a Bertolt Brecht en Casa de América, para decir que tal vez fuera cierto que no son necesarios héroes epónimos, pero sí figuras como la de Felícito Yanaqué, ciudadanos comunes y corrientes, discretos héroes anónimos que son la reserva moral de un país. Ellos son indispensables para que una sociedad salga adelante y, sobre todo, para que un colectivo conjure sus demonios. Ese es el tema profundo de la novela y el sentido de su protagonista, que representa el optimismo medido, moderado, que tiene Mario Vargas Llosa respecto al futuro del Perú y que en el pasado no tenía. No es poco, ni como lectura de la realidad ni como móvil de su ambición literaria en este libro, pues no olvidemos que fue este mismo escritor el que hace cuarenta y cuatro años, y con la precisión del dardo, se preguntó: ¿en qué momento se jodió el Perú?