Sobre las enfermedades mentales: “Tenemos que convencernos de que el lenguaje no es inocente”

Laura Domínguez Nieto ha trabajado durante 28 años como médica general en el Hospital Mental de Bello, y, aunque no se graduó como psiquiatra, su experiencia la ha confrontado con los retos de las enfermedades mentales que los colombianos aún miran con desdén y distancia.

Cortesía

Es domingo. Laura Domínguez, médica general del E. S. E. Hospital Mental de Antioquia, estaba pasando la ronda rutinaria y una auxiliar de un servicio de hospitalización de hombres llamó para pedirle que fuera a examinar un paciente: “Doctora, el paciente está salivando mucho y no quiere comer”. Cuando Domínguez revisó la historia verificó que Julio Mario Hernández*, diagnosticado con trastorno afectivo bipolar maníaco, llevaba tres días con una salivación excesiva, pero ya se le había suministrado medicación para su patología y los posibles efectos secundarios. Decidió hablar con él:

- ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué no estás comiendo?

- Vea, Doc, lo que sucede es que no me quieren creer.

- ¿No te quieren creer qué?

- ¡Pues lo que me pasó el viernes!

- ¿Y qué te pasó?

- ¡Pues que me estaba comiendo un mango y un hijueputa loco me asustó por detrás y me tragué la pepa! ¡Les he dicho a los médicos, a las enfermeras, a los de aquí, a los auxiliares y nadie me cree! 

Domínguez la pasó un vaso de agua y le dijo: “toma un sorbo”. Hernández intentó hacer lo que le pidieron, pero tuvo que escupir el agua. No pudo tragar. Inmediatamente fue trasladado al Hospital San Vicente de Paúl con una remisión que decía: cuerpo extraño en esófago.

“Un paciente me está diciendo la verdad hasta que yo demuestre lo contrario. No todo lo que dicen las personas que padecen enfermedades mentales es fantasía”, me dijo Domínguez, cuando le pregunté por qué nadie le había creído a Hernández. Afortunadamente ella lo hizo. En ese hospital de Medellín aún es famoso el caso del paciente que casi se ahoga por una pepa que tuvieron que deshilachar mediante una endoscopia.

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La diligencia con la que escuchó al paciente al que se le atoró una pepa de mango en el esófago la tuvo desde octavo de bachillerato, época en la que comenzó a interesarse por el comportamiento humano: ¿Por qué las conductas son tan distintas? ¿Qué pasa en la mente para que se generen ciertas emociones o ciertos comportamientos? Esas preguntas la tomaron de la mano y la llevaron hasta la medicina.

Domínguez fue diagnosticada con disautonomía cuando recién se graduó de la universidad. Su cuerpo no regulaba bien la presión arterial y vivió diez años luchando entre levantarse de la cama para ejercer, y la barrera que le ponían los médicos y su familia. De la vida corrió, tocó la pared de la muerte y volvió. Las complicaciones de su enfermedad se agravaron y la confrontaron con el único hecho ineludible con el todos nos tendremos que enfrentar. Casi se muere y esa cercanía con el final le agudizó la mirada ante las urgencias de sus pacientes.

Parece pausada y dulce, pero hay que verla atendiendo una urgencia. Es precisa, habla fuerte y actúa rápido. Pareciera que, de no dejar ir esa vida, dependiera la suya. Se compromete y se enfrenta a muerte con la muerte. Lo intenta todo. Nunca grita. Se entrega.

Aunque no es psiquiatra y trabaja como médica general en el E. S. E. Hospital Mental de Antioquia, en sus manos está la revisión general de cada paciente que llega a la institución, y solo en sus ojos puede verse la travesía que ha sido sacar la bandera de la enfermedad mental y luchar para que deje de verse con rechazo o miedo. “La gente afortunadamente ha ido cambiando, pero es común que por el desconocimiento y el poco contacto que las personas tienen con las patologías mentales, se imponga la sensación de encarte; sobre todo porque en las otras disciplinas de la medicina es igual. No reciben los pacientes. Ellos tienen los mismos derechos y si un paciente mental tiene que entrar a una unidad de cuidados intensivos, ¡pues tiene que entrar!”, dice, subiendo el tono de voz, pero conservando la postura.

Domínguez entendió muy rápido que su puesto del lado del escritorio como médica es algo circunstancial. De enfermedades orgánicas, accidentes o vivencias sociales se pueden desencadenar las enfermedades mentales de las que nos creemos inmunes. Las tenemos a diario en el borde.

Los niños de cuatro o cinco años que han querido matarse, las mujeres víctimas de maltrato psicológico o físico que se hunden en una depresión que las arranca de la esperanza, y los ancianos abandonados en un estado de fragilidad absoluto, son algunos de los casos con los que convive y de los que renace a diario.

¿Cómo se protege?, le pregunté. Me dijo que su fortaleza va en relación con su espiritualidad y que sentirse útil para ellos es su salvavidas del torbellino de emociones.

Claudia Murillo*, diagnosticada con esquizofrenia, fue encontrada por la policía deambulando por la calle, sola, frágil, sucia y completamente perdida. Las enfermeras la recibieron, la bañaron y le pusieron ropa nueva. A Domínguez la llamaron a que la examinara porque a pesar del baño, la paciente persistía con muy mal olor. Cuando la revisó se dio cuenta de que Murillo, además de la esquizofrenia, padecía una miasis, enfermedad parasitaria ocasionada por larvas de mosca que se había reproducido en la zona genital. “Vi mucho dolor ese día. Lo sentí. Me marcó esa mujer”.

A pesar de que ha tenido que fortalecerse para afrontar los retos que le impone la naturaleza de cada enfermedad, se deja atravesar por la empatía. Se mete en la piel de los dolores ajenos. Cree que hablar en la calle y desde la ignorancia de ser “bipolar”, “esquizofrénico” o estar “deprimido”, es irresponsable y distante de los verdaderos diagnósticos que implica cada enfermedad. Por su parte, el psiquiatra Rodrigo Córdoba considera que la cultura colombiana no se ha revisado ni ha aprendido sobre un asunto que aún continúa siendo estigmatizado. "Debemos comenzar a llamar a las enfermedades mentales por su nombre, y entender que, en muchas ocasiones, los padecimientos que no tienen que ver con afecciones a las funciones del cerebro, son mucho más complicados de tratar, y a esos, sin ningún problema, se les nombra con propiedad", dijo Córdoba, quien también está de acuerdo con Domínguez: "El lenguaje cotidiano de las personas lejanas a estas patologías se ha deformado y es indebido, sobre todo, porque se usa para descalificar al otro". 

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Domínguez se reconoce como una mujer afortunada porque ha logrado que algunas historias tengan cursos mejores y sanos. Agradece a las familias, los primeros grupos de apoyo de un paciente crónico, que se informan e intentan remar con su pariente, no contra, sino con la enfermedad. Se compromete cada vez más con las patologías y sus hogares: las personas. Morirá convencida de que su labor fue útil para contener el deterioro de una sociedad que aún se considera ajena a un problema cercano. Espera que el resto, los “sanos”, nosotros, entendamos que el lenguaje no es inocente. Que nuestras palabras crean realidades y configuran nuestro comportamiento. Que cuando se juzga, califica o se define con el sustantivo de “loco”, “raro”, a alguien; o se habla con desdén de la depresión, la esquizofrenia o la bipolaridad, se determina al que tenemos al frente y su sustancia no se limita a la enfermedad. Espera que nos convenzamos de que estamos al filo de la mente, y que nuestra falsa inmunidad nos está alejando de la humanidad que puede ayudar con el peso que algunos llevan y les quiebra la espalda.  

*Los nombres de las personas mencionadas fueron cambiados para proteger su identidad.
*La autora del texto es familiar de la médica Laura Domínguez.
 

 

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

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