Sobre pipas y pistolas

La exposición ‘Niños peligrosos’ reúne el trabajo de 10 artistas jóvenes, entre ellos Camilo Aguirre, Etienne Demange, Eduardo Motato y Jimmy Villegas. ¿Hasta dónde son en verdad “peligrosos”? Revisión de las obras de tres creadores.

Una de las obras que hacen parte de la serie ‘Graphis Logia’, de Diego Mendoza, nacido en 1982 en Cauca. / Fotos -  Cortesía Galería El Museo
Una de las obras que hacen parte de la serie ‘Graphis Logia’, de Diego Mendoza, nacido en 1982 en Cauca. / Fotos - Cortesía Galería El Museo

En pocas obras artísticas la técnica es espléndida y el significado también. A veces sólo la técnica. A veces el significado es extraordinario y la técnica pasa a segundo plano. En otras ocasiones, más desafortunadas, la obra resulta ser una lucha entre los dos. Una lucha que deja maltrecha cualquier buena voluntad. La exposición ‘Niños peligrosos’ tiene todo eso en un solo lugar. La Galería El Museo, en la carrera 93 con calle 11 en Bogotá, tiene hasta el 15 de mayo, entre sus espacios muy blancos, las obras de 10 artistas jóvenes, la mayoría provenientes del Valle del Cauca. Que sean jóvenes no significa, en buena parte de los trabajos, que sean inmaduros.

Camilo Aguirre, Etienne Demange, Édgar Jiménez, Cynthia López, Luto, Jorge Magyaroff, Fabio Melecio Palacios, Diego Mendoza, Eduardo Motato y Jimmy Villegas, todos invitados por el pintor José Horacio Martínez —que también expone en la galería—, muestran aquí parte de su trabajo más reciente. Esta generación, que resulta peligrosa “por su inmenso talento que promete un futuro lleno de obras”, como resaltó la galería, ¿hasta dónde, en realidad, aporta una nueva perspectiva al arte colombiano?

Abstracción muy abstracta

Con las dos obras de Camilo Aguirre (1988), que abren la galería, no hay mucho “peligro”. Son dos pinturas sin título, tinta sobre papel. La primera de ellas retrata una cabina de teléfonos, como las que cualquiera puede encontrar en los barrios de clase media de Bogotá. En la ficha de la pintura, Aguirre escribe lo siguiente: “(Son) escenas rápidas en las que se piensa sobre algo complejo y, a veces, abstracto”. En primer plano, la pintura muestra a un hombre dentro de la cabina, con los ojos cerrados, el teléfono en su oreja. A su lado hay un aviso, en la entrada de las cabinas, con los productos que ofrece. Detrás del hombre se ve otro hombre, al parecer en otra cabina. Del otro lado hay un texto, que dice: “Se trata de un libro sobre el silencio, que por tanto, nunca fue escrito. Estos días así son aburridores”.

La obra es, al parecer, un retrato de la soledad, del retraimiento. Del modo en que, a pesar de estar tan comunicados, los individuos continúan por sendas distintas, solitarias. Pero ésa es una interpretación del espectador, luego de reconocer inexactitudes en la estructura de la pintura y, en el fondo, poco significado. La abstracción de la soledad resulta, pues, demasiado abstracta. ¿Por qué? La perspectiva desde la que está creada la pintura no permite comprenderla: ¿el hombre está detrás de un espejo o delante de otro? ¿Quién es el personaje que está detrás de él, que es muy similar en sus facciones? Si es un reflejo, ¿por qué se lo muestra de frente? ¿Hará todo eso parte del juego de estilo de Aguirre? ¿Qué significa la superposición del número de la cabina sobre el hombre, cuando se supone que está delante de él? ¿Acaso no existe el personaje reflejado en el espejo, representado apenas por el taburete vacío? ¿Es el mismo espectador el personaje que se refleja en ese espejo? Son detalles técnicos, en cualquier caso, que podrían jugar con el significado oculto. A ratos demasiado oculto.

La segunda obra de Aguirre salva algo de esa posición que pretende en la primera obra, pero que no logra atrapar. Es una interpretación, oscura en su técnica, de dos individuos. Ambos aparecen sentados, no se ven sus caras, y sostienen una suerte de tetera. El texto que cierra el cuadro es: “Entienda que usted, yo, el narcotrafico (sic) y lo que se abre paso ‘son’ fuerzas que se han filtrado entre las afirmaciones y tradiciones de un pasado oscuro”. Uno de los individuos, una mujer, tiene las uñas pintadas de un color umbrío, sus dedos son largos. El que sostiene la tetera, al parecer un hombre, tiene manos grandes fuertes. Que el espectador interprete.

La naturaleza de Diego Mendoza

Es más decantado, en cambio, el trabajo de Diego Mendoza, nacido en 1982 en Cauca. Tres de sus obras están en la primera parte de la exposición, todas pertenecientes a su serie Graphis Logia. Quizá el que más sorprende el híbrido entre antena y árbol, pintado con grafito sobre lona. En él, Mendoza no sólo expresa cierto desagrado por el hecho de que tanto el árbol como la antena han sido implantados dentro de un paisaje nativo, inspirado por su lugar de nacimiento en la vereda La Venta, en Cajibío.

Los árboles, que son parte de una fábrica de papel, y las antenas son elementos que, de repente, entraron en las vidas de los habitantes y que ahora ellos toman por naturales. La obra de Mendoza muestra, sobre un fondo vacío, el modo en que aquellas dos imposiciones entraron en su entorno y, en cierto sentido, lo destruyeron. Las hojas pintadas con grafito, que continúan la serie, recogen ese mismo híbrido pero en una superficie más pequeña.

La talla en madera que Mendoza incluyó en la serie también se refiere a la naturaleza. Son cuatro troncos en cuyas cabezas están clavados un rastrillo, una navaja, unos alicates y un serrucho. El serrucho está empequeñecido con respecto al tamaño del tronco, que juega como una suerte de pedestal. La madera está agrietada, es blanquecina. La ficción que cuenta esta obra, porque toda obra lo hace y es parte de su objetivo, podría ser de esta suerte: alguien tuvo que dejar esas herramientas allí, claveteadas, un trabajo a medio hacer. Pero, en buena parte, esta obra, por la correspondencia de tamaños entre los elementos que la conforman, muestra algo más allá: la naturaleza, en algún sentido, no ha perdido la batalla contra la mano del hombre, contra su necesidad de manipularla y cambiarla. Los troncos predominan; las herramientas son apenas apéndices solitarios, fáciles de derrotar. En esa idea se fija la obra de Mendoza: pese a que nos hemos creído nuestra propia capacidad de manejar la naturaleza, ella seguirá su camino sola, en medio de su misterio, de su memoria. Su tema es, pues, la ingenuidad.

El rojo sugerente de Jimmy Villegas

Las obras de Villegas (Santander de Quilichao, 1970) son dos pistolas, una fabricada en EE.UU. y la otra, en China. Las tituló Orgullo y Barato, no sin cierta intención. La americana es plateada sobre un fondo rojo; la china es roja sobre un fondo blanco. Lo primero que impacta es la exactitud de las dimensiones, el cuidado que tuvo con los destellos del fondo sobre la pistola, de modo que parece que salieran del cuadro desde determinado ángulo. Aparecen enfrentadas en lienzos distintos. De modo que se enfrente el orgullo contra el producto ordinario, como él mismo lo describe.

En ese enfrentamiento las pistolas sugieren más de lo que muestran. Callan más de lo que dicen, como los cuentos de Hemingway o las pinturas de Caravaggio: en el silencio —o en la aparente perfección técnica— encuentran su lugar de significado. De modo que es posible concluir que, más allá de lo bien figuradas que estén las pistolas, Villegas expone en sus obras la sangre que se derrama en un país y la que se esconde en otro. Es una posición política encubierta, sugerente más que explícita y panfletaria.

Las pistolas no parecen usadas, pero allí están, manchadas de antemano, aunque parezcan tan limpias. Una es de fábrica, la otra es apenas una copia: así, la primera es legítima, mientras que la segunda no. ¿Cuántas posibles interpretaciones saldrían de allí? La pintura de Villegas, en el fondo, muestra algo que parece olvidado en el arte: además de exponer un punto de vista, el arte debería poner una pequeña semilla en la visión del espectador, hacerlo dudar, tambalear, desacomodarlo. Enseñarlo a leer un nuevo lenguaje.