Soledad de las olas, de mí, de él

La frágil humanidad del carácter del periodismo.

I. 

Míreme. Lo miro. Usted tiene cara de amar a García Márquez. ¿Yo? No. Nos quedamos suspendidos en una certeza, en una incertidumbre. Lo miro a los ojos. Luego miro sus manos. Manos blancas y libros viejos veo. Vuelvo a mirar sus ojos. Y pienso para mí que es un tipo raro, el perfecto anfitrión del sitio en el que me encuentro. Hay tensión en el aire. ¿Yo? No. El eco de mi respuesta me devuelve en el tiempo y deja que lea títulos en mi biblioteca juvenil: La soledad de América Latina, Cien años de soledad, Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, Cuentos 1947 – 1992, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, Doce cuentos peregrinos, La mala hora, El otoño del patriarca, Memorias de mis putas tristes, El coronel no tiene quién le escriba, El general en su laberinto, El amor en los tiempos del cólera. ¿Yo? No. Mentiras. ¿Sí lo ama? Fue mi primer amor literario. Tengo rarezas de él, ¿quiere verlas? Me interesa su obra periodística. De eso solo tengo Relatos de un náufrago y en una edición pésima, pirata. Muéstreme. Observo, palpo, siento. Es un libro tapa blanda, delgado, amarillento, sucio, olor a humedad, sin editorial, Times New Roman 10 puntos, mil quinientos pesos. Me lo llevo. Espere -camina hasta mí-, si vuelve mañana le presto mi colección periodística del Nobel. Sonrío y no vuelvo.

II. 

La frágil humanidad del carácter del periodismo. Mar, sereno, humedad. La historia de un náufrago: Luis Alejandro Velasco. 10 días a la deriva y un apego a los objetos: un reloj, una camiseta, unos zapatos con suela de caucho, una correa y un pantalón, una balsa y tiburones puntuales. Hambre, sed, miedo, desesperación. 10 días de sol. 9 días sin luna, digo, 8 o 7 o 6 días, quizá 5. ¿Compañía? La oscuridad de la noche y el silbido del agua. Lo leo a él, tan seguro del mar y de las estrellas y de sus presentimientos y  de sus conjeturas y lo veo y me veo en una historia de hace tiempo. Estoy en Necoclí. Me voy de faena con algunos pescadores. ¿Irse de faena? Significa 3 días de pesca en mar abierto. Lo leo y recuerdo: se trenzan los relatos. Me veo en una chalupa rodeada de sabios del mar que entre cantos y aguardiente, se encargan de llenarme los bolsillos de historias náuticas, playeras, quiméricas en ocasiones. Me veo detallando a esos hombre piel morena y fotografiando la inmensa noche. Me veo con miedo en los ojos, con miedo del mar, de los animales que presiento bajo el agua. Me veo apretando fuerte los párpados para ahogarme en mi propia oscuridad, para que la humedad me llegue primero por los oídos, por la yema de mis dedos que palpan la chalupa, por la brisa que se asienta en mi cara, por las sensaciones que llegan a través de mis sentidos no luz. Ya no estoy en Necoclí: regreso a las letras y al olor de mi libro. Y siento al náufrago, siento su angustia, su deseo de morir, sus alucinaciones, y casi siento que mi piel también está ampollada por el sol infernal de medio día, que sus quemaduras son también mías. Y pienso que no, que yo no sería capaz de matar una gaviota, o un pez. Pienso también en su valentía y en su falso heroísmo o en su falsa valentía y su heroísmo. Y me quedo con el último párrafo de esa aventura: “Algunas personas me dicen que esta historia es una invención fantástica. Yo les pregunto: Entonces, ¿qué hice durante mis diez días en el mar?”. Soy una de esas personas y no tengo una respuesta.

III. 

La lluvia se contrajo en nuestros cuerpos. “Más que por la A de amor estoy por la A de asma”, pienso (en Gonzalo Rojas). Miro los rieles, miro las vayas publicitarias, miro la gente que espera. Ningún tren late en la estación. Paciencia. ¿Quieres la hojita que le quité al árbol ahora? Sí. Abro mi bolso, busco mi libro de Wislawa Szymborska, sacó la hojita y se la ofrezco. Fausto la recibe y la pone dentro de un libro que acaba de sacar de su bolso. ¿Qué libro es? El lobo estepario. ¿En serio?, he tenido muchas ganas de leerlo, ¿te gustó? Sí. Si quieres te lo llevas y lo lees… Está bien. Antes de entregármelo, Fausto abre nuevamente su libro. Busca la hoja de árbol. La mira. La señala y se asegura de algo: Me lo devuelves con ella. Sí. Abro otra vez mi bolso, guardo El lobo estepario, hago una asociación, saco Relatos de un náufrago. Creo que este te gustará, ¿quieres leerlo? No, ¿por qué crees que me gustará? Pues, es la historia de un tipo que se queda 10 días solo en mar abierto, sin comida, sin abrigo, sin nada y como te gustó mi historia de Necoclí, y dijiste que te gustaría estar solo en el mar, bueno, nada. Silencio. Lo compré en la bar que hay afuera de la universidad. Fausto sonríe. ¿Es porque es García Márquez? Fausto asiente con la cabeza y vuelve a sonreír. Llega el tren. Y después del tren llego a casa, entro a mi estudio, saco los libros que guardo en el bolso. Pongo a Szymborska al lado de Rilke. A García Márquez en mi biblioteca juvenil. Me llevo a Hesse a mi cuarto. Me incorporo en las cobijas y en la lectura. Hace frío. Cierro el libro. Escucho la lluvia golpear el tejado. Amo ese sonido y apago la luz: otra vez estoy abrazada a mi propia oscuridad.