La Soledad de una nación

Hoy a las 11 a.m. se llevará a cabo el lanzamiento del Año Soledad Acosta de Samper por parte del Ministerio de Cultura, en el auditorio Teresa Cuervo del Museo Nacional.

Soledad Acosta, óleo del pintor Rafael Picón Díaz. / Milton Ramírez - Mincultura
Soledad Acosta, óleo del pintor Rafael Picón Díaz. / Milton Ramírez - Mincultura

Amó a dos hombres profundamente y los dos la dejaron sola. Los lloró, seguramente, y les hizo el duelo que correspondía. Pero nunca dejó de escribir. No a los 18 años, cuando falleció su padre; no a los 55, cuando murió su marido. No cuando soportó ver a su compañero en la cárcel, ni cuando se tuvo que encargar de los gastos del hogar, ni cuando vio morir a dos de las hijas que tuvo con él. Nunca. No dejó de escribir por sesenta años de los setenta y nueve que vivió. Eso lo cuenta Monserrat Ordóñez en Género, escritura y siglo XIX en Colombia: releyendo a Soledad Acosta de Samper. Acosta tuvo la fuerza para seguir escribiendo, para seguir siendo ella y otros a través de la literatura. Soledad. Acosta. De Samper. La escritora colombiana del siglo XIX.

De Samper. José María. Su marido murió en 1888 sin que ella pudiera hacer nada, y se quedó sola, Soledad, con sus hijas. Dos de ellas. Vivió una vida feliz con él, una vida dedicada a la escritura desde sus inicios. Tenía un diario, Soledad, antes de casarse, antes de enamorarse del todo, siquiera, porque había tomado la decisión de escribir todos los días, para “clasificar los pensamientos y recoger las ideas que una puede haber tenido en el día”, escribió. Lo empezó cuando conoció al amor de su vida y lo narró directamente al diario, dirigiéndose a él, como si fueran él y sus hojas quienes escucharan sus lamentaciones. Luego, Samper —el amor de su vida— le regaló, un primero de enero, un cuaderno en blanco. Él se quedó con uno igual. Escribieron dos diarios simultáneamente y los dos diarios se fueron transformando a medida que los escribían. El de Soledad dejó de dirigirse a un papel para dirigirse a un “Querido José María”, y el de él se fue fusionando suavemente con la escritura de ella, feminizándose de repente, como lo sugiere Carolina Alzate en su texto El diario epistolar de dos amantes del siglo XIX. Soledad Acosta y José María Samper. Su querido es un político, un periodista y un poeta que, sin dejar de mostrarse como es —como un hombre, como un héroe nacional—, suaviza su lenguaje para aproximarse a su amada. El diario fue su herramienta de conquista.

Porque en el siglo XIX ese era el orden de las cosas. Los hombres en lo público, en las batallas, en la política, en la escritura, y las mujeres en casa, bellas y pasivas, encargándose de las labores del hogar. No debió haber escrito, Soledad, pero escribió. Y gracias a la ayuda y a las influencias de su marido pudo empezar a publicar. No con su nombre, por supuesto. Con otros. Era Alderabán, Renato, Bertilda y Andina, y aparecía en revistas y en periódicos. Fue periodista ella y periodista con él; lo acompañó, también, en la labor editorial. Se casó, escribió y viajó. La llamaban, en broma, “Soledad a costa de Samper”, Soledad, porque no estaba sola. Estaba con él.

Acosta. Tomás Joaquín. El general. “Deja una esposa llena de virtudes i una hija que era su encanto i objeto continuo de asiduos desvelos”. Esa es la noticia de su muerte, eso es lo que deja después de haber sido un prócer de la patria, un militar y un político. Deja una hija y un amor, el de ella, Soledad, que lo recuerda toda su vida, que le dedica su primera novela —que él no alcanzó a leer— y que se esmera por escribir su biografía. Quería exaltar la voz del padre y por eso escondió la suya propia. Quería exaltar la parte sensible de su héroe —otro héroe—, lo que tenía de historiador, de científico, de filántropo. Porque también fue eso, fue mucho, para ella y para la patria. Por eso decidió no hablar y, desde la escritura, hizo por fin, en su edad madura, aquello que la época esperaba de ella: bordó. Tejió discursos, documentos oficiales, nombramientos, diarios de viajes, cartas de importantes personajes, artículos que habían sido escritos para prensa. No aparece ella, no se oye su voz, no habla sobre los pensamientos, sentimientos ni motivaciones de sus personajes, como afirma Ordóñez. Ella, Soledad, se sienta y teje, une con cuidado cada uno de sus fragmentos. Reconstruye, reescribe, reestructura, a partir de su padre, la historia antes de sus 20 años. Así también se reescribe, con otra voz, desde otras voces.

Soledad. Solita —como la llamaban—, estuvo sola y fue sola. En la literatura, por lo menos. Recibió ayuda, claro, y fue privilegiada. Viajes, idiomas, educación, eso lo tuvo. Pero se levantó como una de las primeras mujeres que cuestionaban, en Colombia, su posición en la sociedad. Y eso no era fácil en un mundo dominado por los hombres. La patria y la mujer fueron los temas principales en sus más de 20 novelas, 50 narraciones breves y cientos de artículos. Era consciente de la importancia de hacer una literatura de fundación nacional, y la hacía. Pero, más allá de eso, se cuestionaba cuál era el papel de la mujer en esa fundación. Vivió, escribió y luchó por eso, desde su vida, desde sus palabras. Fue sola, Soledad, porque finalmente pudo sin hombres. Escribió con y a pesar de. Se sostuvo y se mantuvo. Fue su propia —nuestra propia— heroína nacional, cuando esa palabra todavía no existía en femenino.

 

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