A la sombra de la verdad

En el más reciente libro sobre el crimen, ‘JFK: caso abierto’, el periodista Philip Shenon develó la negligencia de gran parte de la estructura de justicia de los Estados Unidos.

La portada de la edición de ‘Newsweek’ sobre el crimen. / AFP

Cinco meses después de que Lee Harvey Oswald disparara contra el presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, y lo asesinara, un periodista que estuvo en el lugar de los hechos el 22 de noviembre de 1963, y luego fue testigo de la detención de Oswald en el teatro Texas, escribió que el FBI sabía desde tiempo atrás que Oswald era peligroso y que podría matar al presidente. El artículo del Dallas Morning News llevaba la firma de Hugh Aynesworth y un explosivo título que decía “FBI sabía a Oswald capaz”. La noche antes de que la nota circulara, el periodista telefoneó al agente James Hosty para ofrecerle la oportunidad de emitir una declaración al respecto, pero Hosty simplemente dijo: “Sin comentarios”. En el texto, Aynesworth afirmaba que el día del crimen, Hosty le confesó a un agente del Servicio Secreto de apellido Revill que él y el FBI sabían desde hacía varios meses lo peligroso que era Oswald.

Un año antes, Hosty había recibido la precisa instrucción de vigilar a Lee Harvey Oswald, un exmarine que había vivido en la Unión Soviética y regresaba a los Estados Unidos acompañado de Marina Nikolaevna Prusakova, su mujer, a quien conoció en un baile y con quien se casó en Minsk semanas más tarde. Oswald se declaraba marxista. En sus ratos libres repartía panfletos a favor de la Cuba de Fidel Castro en Dallas y Nueva Orleans, donde nació el 18 de octubre de 1939. Había tenido un misterioso pasado en su carrera militar, iniciada en octubre del 56. Quienes lo conocieron entonces lo recordarían como obsesivo, silencioso, muy buen tirador, retraído e insignificante. Hablaba a menudo de que le gustaría vivir en la Unión Soviética, estudiaba ruso, oía canciones soviéticas a muy alto volumen y se refería a sus compañeros como “camaradas”. Ellos comenzaron a llamarlo Oswaldovich y en voz baja comentaban que debía ser homosexual.

Oswald fue juzgado en una corte marcial por haber escondido en su casillero una pistola calibre .22 que se le disparó por accidente, y estuvo involucrado en la muerte de otro recluta, Martin Schrand, mientras prestaban servicio en Filipinas. Tiempo después, a finales de 1959, mientras vivía en la Unión Soviética, intentó suicidarse porque los oficiales soviéticos le habían rechazado una petición para permanecer en ese país. En su diario, en la página correspondiente al 21 de octubre, escribió: “Decidí terminar con esto. Empapar la muñeca en agua fría para adormecer el dolor. Luego, cortar la muñeca izquierda. Luego, sumergir la muñeca en la tina con agua caliente”. Un guía de turistas lo descubrió y se lo llevó al hospital, donde le pusieron cinco puntos de sutura.

Hosty sabía muchos de esos detalles. Conocía las rutinas de Oswald, sus violentos ataques de ira, sus peleas conyugales, sus tardes en la biblioteca leyendo biografías de Mao, de Kruschev, de Kennedy, y su preferencia por un libro titulado Fábula del tiburón y las sardinas, del expresidente guatemalteco Juan José Arévalo, que explicaba cómo y por qué los Estados Unidos habían explotado históricamente a los países de América Latina. Sabía, también, que había comprado un rifle de fabricación italiana Mannlicher Carcano, e intuía que con él había intentado asesinar a un recalcitrante general conservador, Edwin Walker. Sin embargo se limitó a redactar someros informes para sus superiores, que los archivaron sin prestarles atención y luego los desaparecieron. Cuando salió el artículo del Morning News, Hosty, y esencialmente el director del FBI, J. Edgar Hoover, declararon que jamás habían dicho o sugerido que Oswald fuera peligroso.

El FBI intentaba borrar todo tipo de evidencias que llevaran a alguien a pensar, siquiera, que su accionar había sido negligente en el caso Oswald. Lo mismo hicieron la CIA y el Servicio Secreto, que debía proteger la vida del presidente. Decenas de pruebas, de entrevistas, de imágenes y demás fueron desaparecidas de una u otra manera para que los investigadores no pudieran endilgarles responsabilidad, o por lo menos señalarlos de negligentes. Oswald, como todo Texas, sabía que John F. Kennedy estaría en Dallas el 22 de noviembre de 1963 y que recorrería la ciudad en una limusina Lincoln Continental 1961 descapotable. Los diarios habían publicado el mapa del recorrido. Horas, calles, plazas. Todos sabían también que Dallas era la ciudad más peligrosa para el presidente. Que era agresiva, incluso. Las facciones de derecha no le perdonaban sus avances en cuanto a justicia social. Su liberalidad.

El día de su llegada, The Dallas Morning publicó un aviso con bordes negros titulado “Bienvenido, señor presidente”, en el que lo acusaban de “ser blando con los comunistas, ultraizquierdistas y demás ‘compañeros’ de viaje”. Por la ciudad había decenas de miles de afiches con la foto de Kennedy, de frente y de perfil, que decían “Se busca por traición”. Él mismo le comentó al llegar a su esposa, Jacqueline Kennedy, que estaban en “territorio de locos”. Por ese territorio, Kennedy se desplazó en una caravana que iba a ocho kilómetros por hora, a la vista de todos, con su esposa al lado y el gobernador de Texas, John Connaly, y su señora, Nellie, en el asiento de adelante. Pasadas las 12, Oswald disparó desde el depósito de libros escolares de Texas. Una bala, concluyeron los investigadores, impactó a Kennedy en la espalda e hirió a Connaly. Otra le destrozó la cabeza al presidente.

“Mataron a mi esposo. Tengo sus sesos en mis manos”, recordaría Connaly que gritó Jacqueline Kennedy. Luego, el chofer de la limusina diría que la señora Kennedy se había subido al portaequipajes del auto en un intento por recuperar parte del cráneo de su marido. La escena fue grabada por un empresario textil de nombre Abraham Zapruder, en una cámara Súper 8, y la cinta fue adquirida días más tarde por la revista Life, que la publicó editada, pues había imágenes muy crudas. Cuando Life publicó la secuencia, cientos de teorías sobre una conspiración de los soviéticos, de los cubanos, de los grupos de derecha, de las mafias, de la CIA y el FBI se habían tomado los medios de comunicación en Estados Unidos y en Europa. Incluso había quienes sostenían que el autor intelectual del crimen había sido Lyndon B. Johnson, quien tomó juramento como el trigésimo sexto presidente de los Estados Unidos a bordo del Air Force One que llevaba los restos de Kennedy a Washington.

Setenta minutos antes, Oswald le había disparado a Kennedy. Su cuerpo fue llevado al Parkland Hospital, donde intentaron salvarle la vida y le hicieron los primeros registros gráficos. Todo era frenesí. Miedo. El asesino podía andar suelto. Podía haber más de uno. Johnson llegó al avión presidencial en un auto sin placas y sin sirena, y aguardó 35 minutos a que llegaran la carroza fúnebre y Jacqueline Kennedy. A su lado, juró como presidente. El fotógrafo de la Casa Blanca captó la imagen y se la entregó a las distintas agencias de noticias como una prueba de la transición en el poder. El avión llegó a la Base Andrews de la Fuerza Aérea, en Maryland, dos horas y once minutos después. En un momento, Johnson le preguntó a Jacqueline Kennedy si deseaba cambiarse el vestido rosa de estilo Chanel. Ella respondió que no. Quería que la vieran así, con las manchas de la sangre de su esposo en el traje para que los asesinos se sintieran culpables por su crimen.

En Dallas, la Policía había apresado a Lee Harvey Oswald, quien después de disparar contra Kennedy desde el depósito de libros había tomado un bus hacia su casa para recoger un revólver. En el camino mató a un oficial, J. Dippit, que lo había descubierto, y se escondió en el teatro Texas. Allí lo detuvieron. Horas después dijo en una conferencia de prensa que era “un cabeza de turco”, que él no era el homicida, y dos días más tarde, un hombre de nombre Jack Ruby lo asesinó en los pasillos de la estación de Policía de Dallas ante varias cámaras de televisión y decenas de testigos. Falleció en el mismo hospital en el que había muerto Kennedy, el Parkland. Millones de estadounidenses observaron la escena, pues los noticieros transmitían en directo el traslado de Oswald a una prisión de mayor seguridad. La tensión y el pánico aumentaban. Luego Ruby dijo que había matado a Oswald para limpiar la imagen de Dallas.

Más tarde aseguró que miles de judíos estaban siendo asesinados en las calles de los Estados Unidos por su culpa, que se sentía culpable y lo único que deseaba era morir. Los reportes médicos sentenciaron que había perdido la razón y que no tenía caso intentar obtener de él una declaración que diera alguna pista sobre lo que ocurrió el 22 de noviembre y antes. Finalmente falleció de cáncer en prisión a finales de los 60. Cuando Ruby le disparó a Oswald, el decano de la escuela de leyes de Yale, Eugene Rostow, decidió que debía actuar, como muchos otros. Los comentarios sobre posibles conspiraciones crecían. El fantasma de una posible guerra nuclear con la Unión Soviética rondaba el ambiente. Rostow pidió una reunión con el presidente Johnson para proponerle que creara una comisión que investigara el crimen y dilucidara quién o quiénes eran los responsables.

En un principio, Johnson desechó la idea, pues no quería que el asunto tomara demasiado vuelo y quería que la justicia de Dallas determinara la verdad de los hechos. Él era texano. Sin embargo, con los días y las teorías, y su nombre en medio de ellas, cambió de opinión. Entonces le pidió a Earl Warren, presidente de la Corte Suprema de Justicia, que se hiciera cargo de la comisión. “Yo no era cercano a él. Nunca habíamos pasado 10 minutos a solas, pero para mí, él era la personificación de la justicia y la equidad en este país”, escribiría tiempo después. Al comienzo, Warren se negó. Johnson le dijo que era una causa nacional, que de él dependían una futura guerra nuclear y la vida de millones de personas, y así lo convenció. Desde el primer día de sesiones, a principios de diciembre, Earl Warren estaba convencido de que a Kennedy lo había matado un hombre y solo un hombre, Lee Harvey Oswald.

Su conclusión, siete meses más tarde, fue la misma. En el camino eligió a sus hombres, soportó tormentas, conjuró otras, se debatió con sus enemigos, ocultó información a sus propios compañeros en la comisión, defendió a la familia Kennedy de toda intromisión, negó entrevistas que sus subalternos consideraban fundamentales para la veracidad de las investigaciones y afrontó diversas amenazas del Congreso, de la CIA y del FBI. Su informe dejó en claro que un hombre de 24 años, con un rifle que le había costado 25 dólares, cometió el crimen más trascendente y polémico de la historia de los Estados Unidos. Lyndon B. Johnson celebró el resultado de la investigación y dio por cerrado el caso. Sin embargo, el caso Kennedy jamás concluyó. Muchos cabos quedaron sueltos en la historia, muchos informes se perdieron y muchas mentiras se dijeron.

La CIA ocultó que Oswald había estado en Ciudad de México días antes del crimen y que había entablado relaciones con algunos miembros de las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética. El Servicio Secreto omitió el testimonio de algunos personajes que habían visto a los guardaespaldas del presidente embriagarse la noche anterior al asesinato en un bar de mala muerte. El FBI destruyó memorandos en los que se indicaba que era necesario vigilar a Oswald. Los médicos forenses quemaron los borradores de la primera autopsia que le realizaron a Kennedy, le entregaron a Robert Kennedy el cerebro de su hermano en una caja de metal y callaron las afecciones que sufría por respeto a su viuda, o eso dijeron. Robert Kennedy, por su parte, guardó las fotografías y radiografías que le hicieron al presidente en el Parkland Hospital para que no se volvieran parte de un macabro mercado de oscuros coleccionistas. Todos intentaron defender sus intereses, mucho más allá de la verdad. Y todos mintieron.

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