Somos de Barcelona

Queremos que regrese la tranquilidad a Barcelona, a Cataluña, un lugar en el que por ahora sí cabemos todos, con o sin banderas.

Luis Alfredo Sepúlveda

Barcelona.

Todas las historias de inmigración de la gente a mi alrededor son diferentes: algunos ya tienen el pasaporte español, otros son casados con catalanes, o divorciados, algunos ya tienen hijos que por fortuna nacieron con la residencia. Otros tienen hijos colombianos en proceso de adquirir sus papeles, alguno por ahí no ha logrado una residencia legal y varios siguen con estatus de estudiantes esperando un contrato laboral y renovando su documento máster tras máster. “No somos catalanes, pero muchos somos de Barcelona.” La frase la dijo una amiga que vivió varios años en esta ciudad y sé que la sienten otros que pasaron aquí uno de los mejores años de sus vidas. A todos nos duele, nos confunde, nos aterra lo que pueda pasar con Cataluña, pues prácticamente nuestro futuro está aquí y no planeamos irnos.

¿Quién habla de irse? Las pesadillas nocturnas, los pensamientos que a veces no se dicen en voz alta o a veces sí, y se eligen destinos con tristeza. Ya se han ido algunos bancos y empresas importantes, ¿qué haremos nosotros? Aquí nos quedamos, somos minoría, pero sentimos que la ciudad también nos pertenece. Los que ya tienen un pasaporte español están un poco menos preocupados, pero la mayoría miramos hacia adelante con incertidumbre. Nadie sabe qué pasará aquí. Todos tenemos, por lo menos, un amigo catalán que nos ayuda a comprender-sentir, por qué prefieren “irse” de España. No son todos lo catalanes quieren independizarse, y quizás no así con esa niebla oscura que se avecina, pero lo que se ve en las calles, en las marchas, en las caceroladas de cada noche hace una semana, en las banderas que cuelgan en los balcones, hace pensar mucho.

El pasado 3 de octubre todos los cafés y negocios estaban cerrados en Barcelona. El paro general fue convocado en rechazo a la violencia de la Guardia Civil hacia los ciudadanos el pasado 1 de octubre durante las votaciones del referéndum (patadas voladoras, empujones escalera abajo, dedos partidos, frentes ensangrentadas), nada lo justifica, con cada golpe nació un voto más por el Sí. Me senté con Esther, mi amiga catalana, en una banca sobre la calle Gran de Gracia a ver pasar gente y a hablar. Ella traía una lista de emociones encontradas por lo sucedido y yo una cantidad considerable de miedos de inmigrante. Lo que alguien cree que sucederá aquí es suficiente para hablar por horas, destruir familias y perder amigos de años. Existen miles de teorías, confusión, matices, sueños de siglos atrás plasmados en los ojos de la gente mayor, sueños recién nacidos en jóvenes con banderas catalanas como capas de súper héroes, jóvenes con banderas opuestas abrazados y dando ejemplo, pero también reacciones que sobrepasan la pasión y llegan al insulto, a la amenaza, como las recibidas por el cantante Joan Manuel Serrat o la cineasta Isabel Coixet por su posición en contra del pasado referéndum.

Cada lunes o martes, al final de la tarde, me reúno con Esther, ella es periodista jubilada de un canal de televisión catalán y para mi fortuna mi pareja lingüística. Lo que se suponía que serían tres meses de intercambio cultural ya va en un año y medio, en el que ella me corrige con inmensa paciencia. Un inmigrante que hable castellano puede vivir aquí perfectamente sin hablar catalán —que estuvo prohibido durante la dictadura de Francisco Franco—, pero si lo habla, o por lo menos lo entiende, su vida será sin duda más rica en experiencias, en inmersión cultural, en literatura. Encontrar a una persona con quien practicar el idioma es un servicio gratuito que presta el Consorcio para la Normalización Lingüística de Cataluña. Yo lo solicité y apareció ella: lectora, viajera, amable, llena de historias. Siempre tenemos una larga lista de temas por hablar, aparte del libro que cada una esté leyendo. Esther me dice que la idea de crear un nuevo país es una gran ilusión, una oportunidad. Yo en silencio pienso que a consta de quiénes y cuál es el precio, pero entiendo, casi que yo misma la siento, si no creyera que vamos hacia un abismo.

“Uno aquí de inmigrante no pinta para nada”, le digo. Ella intenta convencerme de que no es cierto, que aquí cabemos todos, que ella misma casi lo es pues su familia llegó hace años de otra región de España. También me habla de la gente mayor que vio llorar después de haber votado el 1º de octubre, de la organización milimétrica y de película de la gente para guardar las urnas por partes y reunirlas después; unos las tapas, otros los sellos, otros las cajas… de los siglos y siglos que llevan esperando ser independientes, que la consigna era “Votarem” (votaremos) y ahora es “Hem votat” (hemos votado). Le digo que intento comprender, ponerme en su sitio, pero que, aun así, es difícil pasar del pensamiento individual de todo lo que perdería un inmigrante que vive aquí y no imagina, ni quiere; su vida en otra parte, al pensamiento colectivo de lo que sería mejor para catalanes y españoles.

Ella responde con su punto de vista a todas mis preguntas, siento que soy impertinente, pero ella sonríe sin alterarse y responde. Quiere la independencia, pero hay matices que tenemos pendientes por comentar. Pienso en las familias y amigos que se han separado por diferencias de opinión, me da miedo. Al finalizar la tarde terminamos hablando de las predicciones del pensador catalán Alexandre Deulofeu, que dice que en 2029 Cataluña será independiente, así nos relajamos un poco, continuamos la vida. Al separarnos cerca de la estación de metro de Lesseps, me acuerdo de que el tema hace unas semanas era su viaje a Colombia, sus impresiones sobre Bogotá, el parque Tayrona, las islas del Rosario, La Guajira, Salento y otros lugares que ella visitó con sus amigos y que volví a ver a través de sus palabras. Queremos que regrese la tranquilidad a Barcelona, a Cataluña, un lugar en el que todavía cabemos todos, con o sin banderas. Por ahora es difícil que llegue, se debe esperar lo que suceda en las próximas semanas.

 

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