¿Son estos los huesos de Cervantes?

Tres científicos explorarán desde hoy el convento de las Trinitarias en Madrid para confirmar si los restos óseos allí enterrados pertenecen al autor de ‘Don Quijote’.

El antropólogo Francisco Etxeberría, el pasado viernes, durante la presentación del proyecto para buscar los restos de Cervantes. / EFE

Dicen que Miguel de Cervantes Saavedra, escritor, autor de Don Quijote de la Mancha y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, fue enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas en Madrid, el 23 de abril de 1616. Los trabajos fúnebres se realizaron allí por orden suya, en agradecimiento por los 500 escudos que esa comunidad, representada por los frailes Juan Gil y Antonio de la Bella, entregó para liberarlo de la prisión en Argel: Cervantes, veterano de la Batalla de Lepanto, con la mano izquierda inútil y el ánimo aplastado por la mala suerte, había sido capturado por el corsario Arnauti Mamí cuando regresaba de Nápoles a España por mar, tomado como esclavo y recluido por cinco años.

El convento tiene en uno de sus costados una placa que recuerda el paradero de los restos del autor nacido en Alcalá de Henares en 1547. A pesar de ello, 398 años después de su muerte, nadie podría certificar que allí reposan. En casi cuatro siglos se ha dicho que los restos de la cripta fueron mudados; otros más recuerdan que continúan bajo el altar, donde solía enterrarse a los feligreses. Hace años, la construcción de un zócalo cerró la entrada a las criptas. De modo que no se sabe cuántos cuerpos descansan entre sus paredes: dicen que tres, dicen que cinco, dicen que nueve y hasta quince. Entre todos ellos estaría, según documentos de época, el de un hombre adulto: Cervantes.

Sería fácil abrir el suelo, buscar la cripta y comprobarlo. Pero el equipo que comienza hoy los estudios para encontrar a Cervantes tiene dos obstáculos. Primero, el convento es bien de interés cultural, de manera que su estructura no puede ser destruida (las excavaciones deben realizarse con cuidado milimétrico). Segundo, en caso de que encuentren restos óseos que se acerquen a una descripción del autor español, las pruebas de ADN no darían ningún resultado: la descendencia de Cervantes, pasado tanto tiempo, tiene genes muy modificados.

¿Cómo sabrán, entonces, si es Cervantes? Gracias a los hechos que de su biografía se han sabido: en su entierro fue amortajado en un sayón de la orden franciscana, tenía el esternón curvo por el golpe de una bola de arcabuz durante la batalla de Lepanto, la mano izquierda destrozada e inhábil, artrosis y escasos dientes o quizá ninguno.

También disponen de una descripción del propio autor en el prólogo de Novelas ejemplares (1613): “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño”.

Los trabajos costarán cerca de 100.000 euros, invertidos durante todo el año en tres etapas. El primer aporte, entregado por el Ayuntamiento de Madrid con previa autorización del gobierno regional, es de 12.000 euros y servirá para llevar a buen puerto la primera fase: exploración con georradar e infrarrojos. Esta búsqueda inicial, en manos de Luis Avial, les permitirá a los investigadores crear mapas lineales de los subterráneos, las paredes y la cripta del convento. El georradar identifica la existencia de oquedades o vacíos en el terreno y la existencia de restos óseos a través de radiaciones. Este mapa, que recoge información hasta una profundidad de cinco metros, les dará campo para acceder con más certeza a los interiores del convento.

La primera etapa, según explica el periodista Rafael Fraguas en El País de España, durará una semana o semana y media. El proceso posterior —si se encuentran restos en la cripta, claro— tardaría varios meses. De este paso se encargará el antropólogo forense Francisco Etxeberría, que no es un principiante: fue él quien examinó los restos de Salvador Allende cuando fue exhumado en mayo de 2011 y también quien estudió los restos de Pablo Neruda el año pasado para comprobar si había sido envenenado o no. Etxeberría ha participado, además, en la búsqueda de fosas comunes de personas asesinadas durante la guerra civil española. “La metodología es la misma (utilizada en otras exhumaciones), aunque todos tenemos un corazón aquí dentro, y uno a veces sueña también con los personajes históricos”, dijo en rueda de prensa en Madrid el pasado viernes.

El último estadio de la investigación, que tiene más de memoria que de exploración científica, está a cargo del historiador Francisco de Prado: con la comprobación de que aquellos son los restos de Cervantes, se podrá erigir, ahora sí con toda confianza, una placa que recuerde al autor y trazar una historia sobre sus funerales. Y quizá sea posible, en últimas, reconstruir el rostro del pobre y menguado Cervantes, muerto en abril en medio de la pobreza y habiendo escrito poco antes: “el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan...”.

 

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