"Soy muy, muy francés"

Cineasta, poeta y dramaturgo, Cocteau fue reconocido como una de las voces más prolíficas de Francia en el siglo XX. ¿Cuáles eran sus ideas sobre el arte y la vida?

Jean Cocteau en 1957, frente a una de sus pinturas en Menton (sur de Francia). / AFP

Pocas horas antes de morir, Jean Cocteau supo que su amiga Édith Piaf había fallecido. La noticia, que se hizo pública el 11 de octubre de 1963 aunque Piaf hubiera muerto un día antes, lo conmovió. Dos ataques al corazón se habían sucedido —tenía ya 74 años— y se encontraba algo sensible. Dicen que tuvo otro ataque cuando se enteró de la noticia; aquello, sin embargo, hace parte del rumor. Veintitrés años atrás, cuando Cocteau ya era un reconocido escritor y Piaf principiaba su carrera como cantante, ella participó en una de sus obras de teatro, Le Bel indifférent. Así comenzaron y mantuvieron su relación de amistad durante treinta años.

Hasta aquel 11 de octubre en que Cocteau supo que su amiga había muerto.

Entonces en calles y cafés de París no se habló más que de esa muerte y, entre voces, especulaban sobre el estado en que Cocteau habría recibido la noticia. Todos sabían cuán cercanos eran y cuánto empatizaban.

Cocteau, sin embargo, sólo dijo algunas palabras, conmovido y enfermo como estaba.

“Este es el barco que completa el flujo —dijo—. Este es mi último día sobre esta tierra. No he conocido nunca a un ser más eficiente en su alma. No la desgastaba, más bien la entregaba, lanzaba el oro a través de las ventanas”.

Cocteau falleció. De modo que ya la prensa tenía dos muertes importantes para abrir sus páginas al día siguiente o en las ediciones vespertinas. Pero no hubo, quizá, titular más económico que el de Le Parisien Libéré: “La muerte de Édith Piaf asesinó a Jean Cocteau”.

* * *

Jean Cocteau pertenece a la raza de escritores que tuvieron un lugar preciado entre sus colegas. En sus primeros años como escritor, cuando apenas tenía 20 o 21, cuando fue bautizado “el príncipe frívolo” por sus contemporáneos, ya era cercano a Marcel Proust; su trabajo fue también reconocido por André Gide y Rainer María Rilke, quizá uno de los poetas más queridos por entonces y algo olvidado ahora. Poco después, cuando dirigía obras de teatro y componía libretos para óperas, fue amigo de Igor Stravinsky y Erik Satie. Cocteau, en cuyo rostro permaneció hasta los últimos meses cierto aire juvenil, escribió poesía, teatro y novelas, filmó 11 películas e ilustró otros tantos libros.

De modo que nunca estuvo quieto. Se movía entre dichas aguas con presteza, como quien sabe hacia dónde va y qué desvío tomar si debe hacerlo. Jean Cocteau publicó su primer poemario a los 18 años y poco después leyó sus versos en teatros de París; directores y empresarios conocían ya su obra. ¿Cómo explicaba él, apenas un joven, semejantes relaciones? Su padre había sido pintor ocasional; su madre nada tenía que ver con el mundo del arte; su abuelo, dijo en una entrevista con Paris Review, tenía cierta colección de cuadros.

Pero había en él algo que no era heredado, rasgos que no eran ni de su madre ni de su padre. Rasgos que estaban, quizá, en ese verdadero yo, “oscuro y extraño”, que no era posible conocer.

A ese extraño que era él mismo dedicó su arte. A ese extraño dedicó, por ejemplo, El testamento de Orfeo (1960), un filme autobiográfico que no hace caso a la cronología y sirve como su despedida del cine. A ese extraño, enviciado por el opio, dedicó las anotaciones de Opium, el diario de su recuperación. “Vivir es una caída horizontal”, escribe allí. “La única estética perdurable es la del fracaso. Quien no comprende el fracaso está perdido”, anota. “No soy yo quien se intoxica, es mi cuerpo”. Pensamientos de esa suerte atraviesan toda su obra, o preguntas como esta, que Edipo resume en El testamento de Orfeo: ¿por qué siempre preguntarse por qué?

* * *

Cuanto hizo Cocteau no fue más que poesía: poesía en el cine, poesía en las novelas, poesía en la dramaturgia. Todo arte está precedido por la poesía: es ella la madre de las artes, porque sus límites están en el pensamiento abstracto, que abarca las esencias. La poesía también está en sus dibujos, que parecen trazos de una sola línea eterna.

“Mi método de dibujo se parece mucho a la improvisación de jazz —diría Jean Cocteau en una entrevista en Francia—. Se improvisa con los colores como Charlie Parker improvisa en su saxofón. Cuando escribo, dibujo. Y cuando dibujo, escribo”.

De modo que Cocteau jugó con las variaciones de un mismo plano. “El poeta debe verlo todo desde un ángulo”, decía. La sentencia parece obvia, salvo que significa más de lo que sus palabras expresan. El poeta debe ser un crítico desde un punto de vista distinto, desde un sitio alejado de aquellas pasiones fundamentales que enceguecen.

Bajo la sombra de tales ideas, quizá contradictorias en ocasiones si se las reúne en un solo texto, Cocteau publicó novelas y poemarios como Mitologías (1934), Enigmas (1939), Alegorías (1941), Los niños terribles (1929) y El libro blanco (1928); filmó La sangre de un poeta (1930), Los padres terribles (1948) y Orfeo (1950); montó en teatro Antígona (1922), Los monstruos sagrados (1940) y La máquina de escribir (1941).

Y sobre cada uno de aquellos géneros tenía una posición propia, un apunte personal. “La gran ventaja del cine es que permite que muchas personas sueñen al mismo tiempo el mismo sueño —dice al inicio de El testamento de Orfeo—, y permite mostrar a algún otro, con el rigor del realismo, los fantasmas de la realidad breve”. Un dibujo va dibujándose en la pantalla y entonces dice: “(El cine) es un admirable vehículo de poesía”.

Por ese entonces, mientras sus obras eran vistas y favorecidas por la crítica, Cocteau tuvo romances con hombres y mujeres, detestó la frivolidad del amor y en cambio lo vivió con estupor. Del mismo modo vivió sus amistades con Pablo Picasso, Édith Piaf, Marlene Dietrich, Coco Chanel... Quizá por ello la muerte de Piaf tuvo tal efecto sobre él: porque temía que el estupor de la muerte, su certeza, recayera sobre los demás antes que sobre él. Quizá por ello dijo en una entrevista, con la faz seria y pétrea, que no tenía miedo a la muerte propia. “No le tengo miedo más que a la muerte de los otros”.

 

 

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