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Charlas con traductores colombianos. Segunda entrega

"Sueño con traducir la obra de J. D. Salinger": Juan Fernando Hincapié

Entrevistamos al traductor de los clásicos Frankestein y Drácula. También es el autor de las novelas 'Mother Tongue: A Bogotan Story' y 'La ley del ex' (Penguin Random House).

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¿De qué depende la satisfacción del traductor frente al párrafo trabajado?

La traducción es una prótesis, y cada traductor fabrica la propia con el material de su propio lenguaje. Es imposible que haya dos prótesis iguales, como es imposible también que haya dos traducciones iguales. Por otra parte, también suscribo la idea de Umberto Eco de que traducir es «decir casi lo mismo». Ahora bien, ¿qué es «casi lo mismo»? Es una pregunta aparentemente sencilla, pero los traductores sabemos que está llena de complejidades. Mi premisa para traducir permanece inalterable: pasar un mensaje de un sistema lingüístico a otro, de la manera más clara posible. Cuando esto sucede, quedo satisfecho (También le puede interesar ¿Se puede vivir en Colombia de la traducción de novelas?).

¿Cuál es la diferencia entre el tono y la belleza en un texto?

No creo que el tono y la belleza de un texto sean lo mismo. Es más: la idea de belleza es totalmente subjetiva; el tono no lo es. Al tono de determinado escritor se accede por medio del trabajo. Al principio traducir cualquier libro se presenta como una tarea complicada, casi infranqueable, pero una vez vas sumando días de trabajo como que hallas las claves de la prosa del escritor, y todo se hace más fácil. En todo caso, y volviendo sobre la idea de la «belleza» de un texto, este es el tipo de concepción del que los traductores rehuimos. Una traducción es una versión, y todos los textos son traducibles; por más de que no se pueda establecer una equivalencia directa entre dos idiomas, siempre se puede encontrar la manera de decirlo.

 
 

Usted aterrizó al español Drácula y Frankenstein. ¿Cómo fue su experiencia con Mary Shelley, Stoker, el viaje interior que proponen ambos textos?

He tenido la fortuna de traducir grandes clásicos de la literatura mundial, y ha sido una experiencia del todo gratificante. A mi modo de ver, Bram Stoker era un gran escritor, que estaba muy hecho cuando escribió Drácula. En esta obra se mueve entre distintos registros: diario, recortes de prensa, cartas entre adolescentes. Y siempre lo hace con maestría. La composición de Drácula es notable. En cambio, Mary Shelley redactó Frankenstein o el moderno Prometeo cuando era prácticamente una niña, y lo hizo para participar de una suerte de reto entre su marido y unos amigos. La idea que subyace en Frankenstein ―dotar de vida un objeto inanimado― es absolutamente brillante, y solo se le pudo haber ocurrido a un genio.

 
 

¿Podría traducir a cualquier autor de lengua inglesa?

Creo estar en capacidad de traducir a cualquier autor de lengua inglesa. Naturalmente, hay autores más fáciles de traducir que otros, pero no hay ninguno que no se presente desafíos para el traductor. En Colombia es poco lo que se traduce, y por eso yo he traducido obras que están libres de derechos. Ahora, por ejemplo, estoy traduciendo a Conan Doyle, y ha sido maravilloso. He tenido suerte de traducir a grandes prosistas. Por otra parte, me encantaría traducir autores más contemporáneos, pero los españoles monopolizan la industria, y se hace difícil que un editor colombiano pueda competir contra ellos.

Mi sueño de traductor es poder pergeñar mis versiones de la obra de un escritor que admiro muchísimo: J. D. Salinger.

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Carlos Torres / Revista Cromos

Cultura

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