“Sumando ausencias”: el vestigio de la barbarie

Edilma López, una de las mujeres que cosió en la instalación preparada por Doris Salcedo, encontró el nombre de su hijo desaparecido entre las telas que cubrieron el suelo de Plaza de Bolívar.

"Ese es el nombre de mi hijo”, se le oyó decir. “Sí, ese es. Él se llamaba Carlos. Todos los Carlos que están ahí pueden ser mi Carlos”, dijo otra vez con la voz menguada por el grito de las otras personas a su alrededor. Edilma se sentó en el suelo y tomó una de las agujas enterradas en las bolsas que estaban dispersas por toda la Plaza de Bolívar. “¿Saben coser?”, preguntó a las mujeres que había a su lado, las risas fueron la mejor respuesta. “Miren: la aguja se coge así, se remata así, se tensa así”. Todas las seguimos. “Yo no soy de acá. Bogotá es una ciudad grande, grande y fría, fría. Me hacen falta mis vacas: una se llamaba lola, como la canción. Yo soy del campo, pero a mi Carlos se lo llevaron, lo arrastraron por el monte y yo todavía lo busco”.

Edilma llegó el 11 de octubre a la Plaza de Bolívar por coincidencia: iba a comprar una imagen de la Virgen de Fátima en el centro de la ciudad y la algarabía la distrajo. Cruzó las bardas que rodeaban la Plaza y le preguntó a alguien de qué se trataba el asunto. “No entendí lo que me dijeron: que la artista no sé qué, quería recordar a las víctimas”.

Lo que encontró Edilma López fue Sumando Ausencias la instalación que preparó la artista colombiana Doris Salcedo después de enterarse de los resultados del plebiscito el pasado dos de octubre. Salcedo habló con María Belén Sáez de Ibarra, curadora del Museo de Arte de la Universidad Nacional para comenzar el proyecto que buscaba recordar a las víctimas del conflicto armado. Alan Jara, director de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, cedió una lista de 1900 nombres entre desaparecidos y asesinados, desde masacres de las Farc, hasta falsos positivos, para que fueran dibujados sobre más de siete kilómetros de tela blanca traída desde Medellín y Bogotá. Los nombres aparecerían sobre la tela con débiles trazos de ceniza: simulando lo efímero que es el recuerdo de los muertos que han dejado todas las violencias de este país.

A Edilma López le gustó la idea. Recorrió la Plaza hasta que encontró el punto: uno de los telares con el nombre Carlos. No es capaz de pisar las telas. Yo sí. De pronto un río dentro de mí se enturbió y enfrió las venas como un mal presagio. Mientras estaba tumbada sobre el dolor mudo de las víctimas vi ir y venir a Doris Salcedo, como una abeja laboriosa entre todo ese sufrimiento humano. Y no pensé en nada. Vi que Edilma lloraba. Vi que Ligia Teresa, la otra señora de cabello blanco y manos torcidas que está frente a mí, también lloraba.

Recordé una vez, hace años, cuando estaba en Sonsón, uno de los municipios de Antioquia que más ha sufrido la guerra contra las Farc, y conocí a nueve mujeres que hacían parte del costurero de tejedoras por la memoria de Sonsón. El colectivo bordaba en pedazos de tela episodios de violencia que cada una había vivido: el desplazamiento, el asesinato de un ser querido. Cada puntada era el vestigio de la barbarie. Me contaron, también, que cuando empezaron a tejer lloraban mucho porque sentían el dolor de nuevo, como si la aguja cortara la garganta y el corazón. Y, sin embargo, siguieron tejiendo.

Las caras de las mujeres de Sonsón eran parecidas a la de Edilma y Ligia Teresa: trasegadas por un dolor añejado. Los eventos parecen distintos pero se unen en la acción de coser: “Cuando uno cose, a veces, une recuerdos propios con los de los otros. Yo creo que ese es el propósito de la actividad”, dijo Ligia Teresa sin quitar la mirada de la tela. Después de varios minutos en los que todos estábamos en silencio, Edilma comenzó a cantar una canción de cuna. Nadie la miró. Nos quedamos quietos mientras se escuchaba el tararear de la voz y las pisadas de las palomas. Al fondo unas mujeres gritaban: “hilo, hilo. Agujas vacías”. Nadie las miró. Cuando terminó de coser la sección que le tocaba Edilma López dijo con un hilo de voz “Estoy muy triste. No quiero que otra mamá sienta lo que yo. ¿Dónde está mi Carlitos?”.

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