Svetlana Alexiévich: la escritora que dejó de soñar

La premio nobel de literatura se reunió en Bogotá con seis víctimas del conflicto armado para hablar de esas historias que se archivan en los escritorios oficiales.

La bielorrusa estará en Colombia hasta el próximo lunes 25 de abril. / Gustavo Torrijos

—No sé qué tan optimista sea la idea del amor… A veces me lo pregunto. A veces creo que amar, para nosotros los humanos, es tan difícil como respirar luego de haber corrido una maratón. ¿Me entienden? Esto es una barbarie: que en pleno siglo XXI todavía nos alcemos en armas para obtener algo. ¿Me entienden?

En la cabecera de la mesa está Svetlana Alexiévich: chaqueta café, blusa púrpura —el mismo color del vestido con el que recibió el Premio Nobel de Literatura en 2015—, reloj de manilla café, zapatos bajos. Su rostro está trazado solamente por cuatro líneas: dos en la frente y dos a cada lado de la boca. Se insinúan cuando sonríe o se sorprende. En uno de los salones de la Cámara del Libro, en Bogotá, la bielorrusa se reunió con seis víctimas del conflicto armado: Gloria Salamanca, Darla Cristina González, Andrés Salazar, Matilde Cardoso, Alejandra Mahecha y Nelly Paz. (Ver especial en la Feria del Libro)

Paula Gaviria Betancur, directora de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas de Colombia, le enumera, uno por uno, los casos de violencia que han sufrido las personas que la acompañan en la sala: violación, secuestro, reclutamiento, desplazamiento, mutilación a causa de minas antipersonales e intento de homicidio. Le dice, además, el número de víctimas que tiene el país: ocho millones. Alexiévich musita a Irina Luna, su traductora, una palabra en ruso. Luna se vuelve a Paula Gaviria y le pregunta: “¿Ocho millones? ¿En serio?”. “Sí. Y todos tienen voz, pero a veces no los escuchamos”, responde.

Por las dos ventanas que hay en la sala todavía entra la luz ambarina de la tarde. Una de ellas está al lado izquierdo de la periodista, su cabello rojizo parece hecho de hilos que fueron puestos con cuidado y paciencia sobre su frente pálida. Ella no habla. Escudriña a todas las personas que hay en la sala. Se quita la chaqueta y saca de su bolso café un pequeño bloc de notas y un bolígrafo negro.

—Perdón por hacerlos traer de nuevo recuerdos tan duros y dolorosos. Para mí es un honor estar acá, sentada al lado de personas tan valientes. Comencemos.

—Mi nombre es Gloria Salamanca. Mi hijo fue desaparecido el 8 de octubre de 2006 por el frente 29 de las Farc. Soy Gloria Salamanca, sobreviviente de cáncer de seno, sobreviviente de esquizofrenia, sobreviviente de la guerra. Soy Gloria Salamanca, voluntaria de la Unidad de Víctimas. Soy la que se negó a morir aunque la daban por muerta, aunque el dolor ya la había enterrado. Soy. Cuando yo llegué al lugar donde habían visto a mi hijo por última vez, alguien me dijo que le habían pegado un tiro y lo habían echado al río. El río se llama Patía. Es un río muy grande, muy grande. Yo me quería meter a buscarlo. Yo quería encontrarlo.

Mientras anota en su bloc, Alexiévich pregunta: “¿Qué hacía tu hijo? ¿Por qué lo desaparecen? No entiendo eso de la desaparición. ¿Por qué desaparecen a las personas?”. Salamanca, ojos verdes y traje de dril azul, le dice que es por el miedo. El miedo que quieren infundir los victimarios en el pueblo. Alexiévich no dice nada, recuesta su rostro sobre la mano derecha y se tapa los ojos. “¿Por qué?”, dice luego de un momento. Nadie responde.

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Svetlana Alexiévich nació en Ucrania, hija de un militar soviético de origen bielorruso y de una maestra. Su abuelo materno, de Ucrania, murió en el frente y fue enterrado en suelo húngaro; la abuela, bielorrusa, la madre de su padre, murió de tifus en un batallón de partisanos. De sus tíos, dos marcharon con el ejército y desaparecieron en los primeros meses de guerra. El único que regresó con vida a casa fue su padre. Los alemanes quemaron vivos a once de sus familiares lejanos junto a sus hijos: a unos en sus casas, a otros en la iglesia de la aldea. 

—Estábamos en Rusia, casi nadie creía en Dios. Las pocas iglesias que había eran usadas como bodegas para guardar granos o alimentos no perecederos. Luego, cuando sentimos la muerte caminar por las calles, se apelmazaron en los templos personas arrodilladas, seres llenos de miedo, de tristeza.

Para ella todo se originó en aquel mundo terrible y enigmático. No conoció el mundo sin guerra, el mundo de la guerra era el único cercano para ella y la gente de la guerra era la única gente que conocía. Estudió periodismo en la Universidad de Minsk. Trabajó en distintos medios de comunicación, los mismos que luego la ignoraron durante años bajo el régimen de Alexander Lukashenko por cuestionar el relato oficial de la Unión Soviética. Ha sido mirada con frialdad por los nacionalistas por escribir en ruso y no en bielorruso, lo que, según ella, le hace sentir “un gran vacío”. Se fue de su país durante diez años: una trashumante por obligación. 

Tiene 67 años. Forma parte de una serie de escritores que han sido privados de su medio, escritores muertos, expulsados o envejecidos prematuramente. "No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por el otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable", escribió en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015), un libro que recoge monólogos de mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial en diferentes cargos del Ejército Rojo. Quinientas entrevistas en 365 páginas. Miles de metros de cinta grabados. Un libro que intenta comprender qué diferencia hay entre la muerte y el asesinato, dónde está la frontera entre lo humano y lo inhumano. (Vea los Monólogos de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial)

 

 

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Alexiévich visita Colombia para participar en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Su agenda es tan apretada, que canceló más de once eventos programados. Se negó a dar entrevistas, a hacer sesiones de fotos o conferencias en demasía. Y, sin embargo, antes de pisar siquiera el país, reservó una tarde para escuchar a seis personas hablar de sus vidas, quería escuchar el fluir de sus voces: monólogos y diálogos en torno a las experiencias de la guerra y la posguerra. Lo mismo que hace en sus libros: utilizar las técnicas de la ficción para que la realidad sobrepase la invención por mucho. Crear la sensación en el lector, y en este caso en sus acompañantes, de dudar de la veracidad del relato por su estupor.

Su obra gira en torno al hombre pequeño, destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas. Estas tragedias suelen encontrarse en las víctimas, en el terreno del drama, desoladas vivencias que las une la muerte. Una pregunta ronda todos los libros de la bielorrusa, una pregunta que se hizo Dostoyevski, "¿Cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?".

A pesar de haberle servido una cantidad mínima de comida y de que todas las personas en la sala habían terminado de comer, Alexiévich no prueba ni el pan ni el queso ni las galletas, que tiene en su plato. Todo el tiempo está anotando, adivinando en la mirada del otro su sufrimiento, trantando de entender —como si fuera posible— qué siente Darla Cristina González, mujer transgénero que fue reclutada a los 12 años, que fue violada por cinco guerrilleros, que secuestraron a su familia luego de escapar de la guerra. ¿Qué siente?, esa es su pregunta. Alexiévich documenta los sentimientos. 

Luego de Gloria Salamanca siguen Darla Cristina, Matilde, Andrés, Alejandra y Nelly. Cada uno cuenta su historia. Sus propios dolores. Como un canto que necesitaba oírse, una canción que se parece al llanto. Cada historia demuestra que estamos en una era donde la generación pasada no supo llevar a cabo sus ideas: la revolución, la justicia social, la equidad. Intentos que se convirtieron en la derrota de una sociedad alternativa. Las voces que se escuchan en la sala son las versiones no oficiales, las que fueron segmentadas por el Estado para que se perdieran debajo del papeleo. De pronto, luego de que Alexiévich recibiera uno de los regalos que le llevaron, dos lágrimas salieron discretas. Íntimas.

—La vida amerita ser vivida, aunque a veces necesite tener un combustible tan fuerte como el dolor o la pérdida para gozarla más. Antes, cuando escribía de la guerra y estaba de país en país: Japón, Afganistán, Suecia, Estocolmo, Moscú, sentía que una capa cubría mi cuerpo y me permitía escribir de la guerra y de la muerte. Ya no tengo esa capa, no resisto ver un muerto más. Antes soñaba todo el tiempo. Ya no sueño, me despierto con la memoria de pesadillas llenas de dolor y de nostalgia. En mis sueños, en los pocos que tengo ahora, sólo siento que perdí la fe. Todo. Necesito creer que el amor es la única manera de salvarme, de salvarnos. De eso se trata mi nuevo libro: del poder indestructible de ese sentimiento y de todas las maneras en las que se presenta en nuestras vidas.

Todos sacan sus celulares y le muestran fotos de sus hijos, de sus hermanos, de sus papás. Ella sonríe y dice con genuina alegría: “¡Qué bonitos son todos!”. Sigue escribiendo en su bloc. Repite el nombre de cada uno con esfuerzo, su voz es ronca, ahogada.

—Tengo una nieta de diez años. La miro y veo el fin de mis guerras pasadas. La miro y no puedo imaginar que le pase algo, sería el fin. Mi fin.

Todos comienzan a hablar al tiempo, alguien menciona la palabra resiliencia. Alexiévich le hace un gesto rápido a Irina Luna, ella se la traduce al momento. 

—Resiliencia, qué bonita palabra. De eso se trata el oficio de escribir y de vivir, de tener la capacidad para superar una circunstancia tan traumática como la muerte.

El sol murió detrás de las ventanas y dentro golpean las sombras. No hay cámaras ni micrófonos grabando la conversación: solo personas hablando de sus más recónditos dolores, de sus más bestiales demonios. Puede pensarse que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria lo protege. Pero al final se descubre que no, no es una regla general. A menudo este saber e inscluso el saber superior —el que encuentra a las víctimas en frente del espejo y no le cuentan a nadie y no huele a rotativas— existe como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las esmeraldas en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre de la tierra y rebuscar bien entre los escombros, entre las paredes para finalmente verlas brillar. El brillo es lo que importa. Lo que duele. 

—El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El "cómo fue" no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido? Sobre la vida y la muerte en general. Sobre sí mismo, al fin y al cabo. Escribo la historiografía de los sentimientos... La historia del alma...

 

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