Tamacú, un cuento escrito desde una cárcel en el Amazonas

Primera entrega de Fugas de Tinta 11, libro escrito por internos de varias cárceles del país que han participado en los talleres de escritura creativa del programa Libertad Bajo Palabra del Ministerio de Cultura.

"Hemos aprendido mucho sobre lo que somos, hemos descubierto que la escritura y la lectura pueden trasformar a personas que nunca tuvieron acceso a ellas. Entendimos que la lectura y la escritura, cuando están relacionadas, producen lectores nuevos, lectores que leen desde la perspectiva de aprender a vivir". Son las palabras de José Zuleta Ortíz, Coordinardo del programa Libertad Bajo Pablabra, iniciativa que ha recorrido las principales cárceles del país para recopilar adelantar con los presos talleres de escritura creativa. 

Este año se cumplen 11 años del programa. El Espectador publicará una selección  de textos logrados por los internos. En esta primera entrega, presentamos Tamacú, cuento escrito por Carlos Mario Vela desde el Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad y Carcelario de Leticia.

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Tamacú le dijo a José Huanca:

—Iremos a desenterrar la guaca, pero iremos solo los dos. Ah, también mi ayudante, nadie más…

José Huanca era un hombre de negocios y buena estabilidad financiera. Tenía casas y fincas y generaba empleo en el pueblo. En fin, era muy conocido y para esas épocas de política y elecciones presumía su poder como candidato a la Alcaldía. Como todo y todos, Huanca tenía una debilidad insospechable, una fuerte ambición por todo cuanto se tratase de minerales, pero nadie trabajaba con algo relacionado en este pueblo… Así, se entrelaza esta historia.

Tamacú vivía muy lejos de este poblado y era, o creo que aún es, un chamán muy reconocido por donde iba. Era un experto elaborador de mentiras bien creíbles con sus remedios vegetales, y donde llegaba instalaba una oficina; tan solo la consulta ya era ganancia. Cambiaba su nombre según la región a donde llegaba. Adivinaba, curaba, unía y desataba a cuanta gente boba se le asomaba.

En tiempos de política, Tamacú actuaba muy cautelosamente con sus trabajadores, y en una ocasión envió a unos de ellos al pueblo donde vivía José Huanca, el candidato preferido y posiblemente electo en el pueblo. Estos personajes asistían a sus reuniones y lo apoyaban, y en medio de todo averiguaban lo que más podían sobre su familia y sus bienes, pero no encontraban nada que pudiera servir a sus fines.

Un día, uno de los espías enviados por Tamacú, quien dialogaba con un hombre cercano a Huanca, se enteró de la inclinación y ambición de este por los minerales. Habían encontrado la “cereza del pastel”. Ya se habían enterado de hasta dónde llegaban sus propiedades, cuántas eran y cuál era la más cercana. Entonces llamaron a Tamacú para informar sobre sus trabajos investigativos y él, con su experiencia, elaboró el plan observando el momento, los riesgos, la toma del botín y la huida. Tamacú llegó al pueblo muy bien informado sobre su víctima. Se instaló en un hospedaje y ocupó dos habitaciones, una de ellas para atender a la necesitada clientela.

Una noche, Tamacú llamó secretamente a su colaborador, sacó una maleta cuadrada y la abrió. Después de darle instrucciones al espía, descubrió el objeto que guardaba la maleta. Al retirar el trapo rojo que lo envolvía se observó un hermoso caballo de bronce tan refinado y brillante como el oro. Esa misma noche el ayudante cumplió con las instrucciones encargadas.

Faltaba un mes para el cierre de campaña y para ese entonces Huanca ya había visitado a Tamacú, el gran chamán; como era de esperarse, Tamacú predijo todo a favor de Huanca, y este quedó tan convencido que lo nombró su gurú personal. No había lugar al que no fuera acompañado de Tamacú. Comilona y francachela para sus colaboradores.

La gente del pueblo ya murmuraba:

—Huanca, como tiene plata, pagó a un chamán para que lo ayude a ganar. ¡Eso no es limpio!

Otros por su parte afirmaban:

—El último día veremos si son ciertas las predicciones de Tamacú. Todo marchaba de conformidad. Faltando una semana para el cierre de campaña, Tamacú preparó un golpe en el clavo. Después de tantos ritos y rezos, de tantos baños y bebidas, convocó a Huanca a una última sesión antes del cierre para asegurar la victoria.

Esta vez despejó ambas habitaciones y no atendió a nadie más. Cuando estaban solos y en silencio, tomó la mano de Huanca y dijo cosas inentendibles para convencerlo aún más, aunque eso no hacía falta, pues Huanca estaba entregado. Tamacú tomó un trago, dos tragos, fumó tabaco y sopló y al fin dijo:

—Eres millonario y no lo sabes, la finca que compraste tiene un tesoro enterrado. Es oro.

Huanca enloqueció de ambición al escuchar las palabras de Tamacú. Abrió los ojos olvidando su campaña y preguntó:

—¿Qué es, qué es, en qué finca está? Entonces Tamacú, observando los ojos de avaricia de Huanca, respondió:

—Está en la finca más cercana al pueblo, pero no puedo ver bien qué es, ni en qué parte exacta está.

Lo hablaba todo con voz misteriosa. Cuando Huanca se exaltaba, le ordenaba callar para poder escuchar las voces del más allá que le revelarían tan grande secreto. Vale recalcar que cada una de las sesiones era cobrada a muy buen precio.

Tamacú continuó finalmente con su propuesta: —Dame tres días para que yo luche con los dueños de la guaca y el día que la encontremos me das mi parte en dinero y yo te entregaré el tesoro. Huanca respondió inmediatamente:

—¡Trato hecho!

Tamacú le recordó a Huanca que no le contara a nadie de este descubrimiento, convenciéndolo de que, si alguien más se enteraba, el guardián de la guaca desaparecería el tesoro y no podría encontrarse jamás. Así, con este acuerdo empujado por el afán y la presión de obtener el oro, terminó la sesión.

Huanca, al salir, caminaba en las nubes, creía en todo, agüeros, supersticiones y todas esas mentiras. No se sabe ni siquiera si pertenecía a alguna religión. En los días siguientes no podía dormir pensando en la vida que le esperaba como millonario, se consumía en las ansias.

Finalmente llegó el día de ir a desenterrar la guaca y Huanca llegó sin desayunar, por orden de Tamacú. Este decía que se sentía muy agotado por la lucha espiritual por la guaca, pero que, sin embargo, Huanca sería elegido alcalde y también se beneficiaría con el tesoro.

Tamacú le dijo: —Iremos a desenterrar la guaca, pero iremos solo los dos. Ah, y mi ayudante, nadie más. Pues cuando estemos cerca del oro la lucha será más fuerte y solo mi ayudante sabe cómo contrarrestar las malas energías. Dicho esto el ayudante tomó una pala nueva, unas cintas de protección y unos objetos de mucha importancia para la lucha contra el guardián de la guaca. Tamacú, su ayudante, José Huanca y un motorista subieron a un bote. Navegaron unos treinta y cinco minutos que se hicieron eternos para todos, que solo veían su ambición particular. Algunos moradores del pueblo que vieron a la gente de ese bote comentaban:

—¿A dónde irá el candidato sin sus escoltas, a media mañana y cuando debería estar ocupado en el cierre de su campaña? Al llegar al puerto de la finca de José Huanca, Tamacú advirtió al motorista, mientras le entregaba un collar para su protección: —No te muevas de aquí, con lo que vamos a hacer, los espíritus están molestos.

Huanca no veía la hora de llegar a su ambición, o mejor, a su desgracia. No decía nada por temor a que lo que dijera pudiera dañar el ritual. En ese momento el ayudante de Tamacú dijo:

—Maestro, toma tu protección, ya estoy listo. Tamacú también entregó un collar a Huanca para que las entidades no le hicieran daño. De esta manera empezaron a ascender hacia el interior de la propiedad.

En cuanto perdieron de vista al motorista, Tamacú empezó a hacer unos sonidos extraños y cayó al piso dando volteretas. Rezaba en voz alta mientras el ayudante lo rociaba con un líquido. Por su parte, Huanca, absorto, sostenía la pala.

De repente Tamacú se levantó del suelo y dijo:

—Esta entidad es fuerte pero no le daremos gusto, vamos a buscar. Tamacú agitaba su sonaja de semillas, piedras y plumas. Tenía el cuello surtido de collares y una corona de plumas de aves de la selva, además estaba cubierto por un manto de colores y figuras. Estaba disfrazado para el engaño. Después de otro espectáculo con el que Huanca quedó aún más convencido, Tamacú ordenó a su ayudante que cavara en un lugar que señalaba con el dedo.

Al oír esto, José Huanca abrió los ojos y su ambición se avivó, sin sospechar en lo más mínimo que estaba siendo engañado. No encontraban nada, cavaron en un lugar y en otro. Desmayos, volteretas, revolcones y rezos, y el día se iba pasando, así como la paciencia de Huanca. De pronto Tamacú hizo un alto pidiendo silencio y que no se movieran; se arrodilló y bajando la cabeza y cogiendo su sonajera dijo:

—Lo estoy venciendo, puedo ver dónde está, pero es fuerte. ¡Ahí está!, dijo, apuntando hacia un árbol. Huanca apretaba sus puños, no sentía hambre, estaba invadido por su codicia, no podía disimular.

El ayudante estaba cansado y un poco molesto. Con el conocimiento de su complicidad, afanó a su maestro, y mientras caminaban hacia el árbol rezaban en voz alta. Allí Tamacú realizó una última recomendación: —Cuando aparezca la guaca, no digas nada, José. Yo la tomaré, solo tengan fe. El ayudante empezó a cavar incansablemente hasta que la pala toco algo que produjo un sonido metálico. Dijo a Tamacú: —¡Maestro, aquí está! Tamacú suspendió su conflicto espiritual y dijo a José Huanca:

—Agáchate, ten cuidado que puede salir enojado el guardián —y le pidió la pala a su ayudante mientras terminaban con la ceremonia.

Huanca, acostado sobre la hierba, no encontraba cómo clavar sus ojos en el agujero que había hecho el ayudante. Tamacú sacó un trapo negro, tomó un poco de tierra con sus manos y en un momento arrojó el trapo tapando el objeto encontrado y gritando:

—¡Suéltalo, suéltalo!… Después de unos segundos de luchar, Tamacú dijo a José Huanca: —Aquí lo tengo José, ¡lo vencimos!… El ayudante sonreía para sí mismo, sabía que el trabajo había resultado tal cual el maestro lo había planeado. Tamacú le había ordenado al ayudante que lo enterrara hacia donde se oculta el sol. Mientras tanto, Huanca temblaba de emoción. Se puso de pie y no sabía qué hacer en medio de esta escena.

Tamacú también se puso de pie apretando contra su pecho un paquete grande e hizo un rezo final. Todos sonrieron y Tamacú dijo: —Vámonos porque la noche es peligrosa. José Huanca quería mirar el objeto, quería tocarlo, pero Tamacú no se lo permitiría sino hasta llegar al consultorio.

El viaje fue eterno. Nadie decía nada, tal vez del hambre o de la emoción. Cuando llegaron, Tamacú les pidió los collares de protección. De camino al consultorio, trataron de esquivar a todo el que los quería saludar. Al llegar al consultorio y antes de descubrir el objeto, Tamacú nuevamente hizo advertencias y sobre todo pidió la paga en efectivo. De esta manera le dijo a Huanca:

—Debes comprar una maleta y guardar allí, por un mes, el objeto que te voy a entregar. Luego podrás venderlo. Tamacú, con picardía y misterio, dejó ver el objeto: un caballito muy, pero muy bien tallado.

—Es oro puro —recalcó. Huanca tenía los ojos desorbitados y, sin importarle nada, tomó el caballito y lo empezó a arrullar como si se tratara de un hijo suyo. Estaba sin palabras. De inmediato y como habían acordado con anterioridad, tomó una maleta pequeña que contenía el equivalente a setenta millones de pesos y la entregó a Tamacú.

Dinero que se ganaría libre, sin contar todos los gastos y servicios cobrados en las sesiones pasadas. Tamacú había planeado todo y sabía que Huanca ganaría en las elecciones su puesto como alcalde. Predijo algo que ya se sabía. Investigó cuál era la finca más cercana y allí mandó enterrar el caballito de bronce. Un mes antes de que se cerraran las campañas hizo dinero extra con las personas que atendía y no pagó por ninguno de los servicios que le fueron prestados.

Pasado el mes, como lo indicó Tamacú, José Huanca, el alcalde del distrito, tomó un vuelo llevando consigo su gran tesoro. Estaba muy convencido de la cantidad de dinero que recibiría, pero cuando le hicieron una prueba para verificar la autenticidad del oro, el comprador, al observar la falsedad de la pieza, quiso rompérsela en la cabeza a Huanca y hasta pensó en llamar a la policía, pues esta clase de burlas no era una actitud propia de un alcalde.

Huanca estaba atónito y no lo podía creer; hasta llegó a pensar que el comprador lo estaba engañando para quedarse con su caballito brillante, opacando su resplandor y todas sus ilusiones. El cliente le explicó el proceso de prueba y dijo:

—Donde vayas te van a decir lo mismo. ¡Es solo bronce, fuiste estafado! Huanca se precipitó de rodillas al suelo, quería llorar, se levantó queriendo acabar con todo a su paso. Maldijo a Tamacú y prometió que lo encontraría. No lo podía creer, cómo pudo caer tan estúpidamente. Pasado el tiempo, el mismo José Huanca se atrevió a contarlo todo a sus amigos, quienes al principio lo veían como algo vergonzoso, y tiempo después como objeto de risa. Él solo decía:

—Si hay algo que te guste tanto, que sea por lo bien que lo conoces y no por lo que crees que puedas reconocerlo. Esta historia sucedió en un distrito de Pevas, de la República del Perú, frontera con el Amazonas colombiano. Reímos mucho al escuchar este relato. José Huanca aún está allí y es un hombre muy popular. Es muy común escuchar historias de peruanos y brasileros en esta cárcel. Tamacú puede que aún viva, pero con otro nombre, en otro lugar.

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