La temible belleza de la venganza

Los creadores de esta puesta en escena en el National Theatre londinense se aferran al respeto por las formas esenciales del texto clásico de Eurípides.

Helen McCrory es la actriz que encarna a Medea. /Richard Hubert Smith
Pero nadie sabe, a ciencia cierta, cómo eran las representaciones de las tragedias en el siglo V a. C. y los dramas antiguos no pueden ser montados como lo harían los griegos en los abismos del pasado, porque simplemente los vestigios de sus puestas en escena han desaparecido para siempre. Sin embargo, los versos de los poetas permanecen allí y los creadores de las tablas (y del cine y de la televisión y de los nuevos lenguajes audiovisuales) se pueden permitir soberbias interpretaciones. En 1969, Pier Paolo Pasolini hizo una versión ya clásica de la tragedia de Eurípides, con una Maria Callas como protagonista que, con su inquietante silencio, descubría facetas inexploradas a las que ya había confirmado con la homónima ópera de Cherubini. 
 
De igual forma, el realizador danés Lars von Trier había resucitado el mito con su adaptación para la pantalla de 1988, donde las posibilidades creativas parecían soberbiamente agotadas. Incluso, en América Latina, el cineasta mexicano Arturo Ripstein se había atrevido con un apasionado melodrama inspirado en Medea, titulado Así es la vida, que parecía cerrar la puerta a nuevas aventuras con los griegos. Pero en el mundo de las representaciones del teatro no se pueden poner límites. Hoy por hoy, experiencias como las del National Theatre inglés, en las que sus puestas en escena son adaptadas para la gran pantalla, se nos permite, a los espectadores del nuevo milenio, sentirnos como si estuviéramos en las butacas de sus escenarios, consiguiendo emociones inimaginables de los grandes clásicos del teatro.
 
Muchas veces se ha dicho que las tragedias griegas ya no se pueden representar. Que sus emociones y sus dolorosas ambigüedades no pueden ser reproducidas para los espectadores saturados por los mensajes audiovisuales. Este tipo de experiencias son un glorioso mentís a semejantes afirmaciones. El National Theatre respeta, sí, los grandes postulados universales de la tragedia de Eurípides (el dolor de la extranjera, la violación de los pactos, el frenesí de la venganza, el amor desenfrenado, la ira irrefrenable, las posibilidades ilimitadas del dolor…), pero su puesta en escena se inventa una nueva manera de mirar hacia atrás, con un diseño escenográfico de grandes dimensiones (una mansión de ambiciosos vuelos arquitectónicos), un paisaje plástico en el que un gran salón puede tener un bosque y, al mismo tiempo, sostener un ventanal de donde aparece un coro de mujeres hieráticas, el placer de bailar o los estallidos de un crimen. Si bien es cierto que ya no hay máscaras ni voces simultáneas ni túnicas ni coturnos, sí hay ambiciosos diseños de iluminación que ayudan a crear claroscuros siniestros de inquietante belleza. La música es una suerte de oratorio del horror, que sirve como telón sonoro para crear el espanto del encierro y los avatares del desastre.
 
En este paisaje de atmósferas temibles se destacan los actores que, con sus lágrimas, sus textos voraces, sus precisas gestualidades y sus armónicos registros de la palabra inglesa, logran producir el milagro de la emoción en el público que convive con ellos frente a la gran pantalla.
 
No es fácil ser universales con el teatro, sobre todo cuando existen las barreras de los idiomas y las representaciones son efímeras en el tiempo y en el espacio. El gran triunfo del National Theatre es conseguir que los espectadores del mundo puedan vivir sus producciones con la ilusión de las funciones en vivo, con excelentes traducciones, las mejores condiciones técnicas y la vibrante complejidad de sus montajes. Para destacar, la impecable y desgarrada interpretación del rol protagónico, a cargo de la actriz Helen McCrory quien consigue, con todos sus registros técnicos, conmover hasta los últimos límites a cualquier tipo de público. Una vez más se demuestra la universalidad de las emociones y de cómo se puede vivir con pasión el mundo del arte, de las representaciones y de las proyecciones, con lenguajes de ambiciosa eficacia, pensados para que quienes estén en las salas puedan vibrar y vivir emociones únicas e irrepetibles.
 
Medea es una obra que se ha montado varias veces en Colombia, en distintos tipos de versiones, modernas y posmodernas. Diversos grupos internacionales han visitado nuestros escenarios con la tragedia de Eurípides e incluso se dio el caso (como sucedió en el Festival Iberoamericano de Teatro del año 2010 de Bogotá) en el que tres grupos de distintas nacionalidades (Burkina Faso-Francia; Japón; Alemania) presentaron sendas versiones de la misma obra que nos ocupa. Pero el caso del montaje del National Theatre es un tipo de representación (y un modelo de tecnología) que difícilmente se podría ver en nuestros escenarios. Gracias a las posibilidades de los lenguajes audiovisuales de hoy en día se pueden ver contundentes triunfos de la escena que, como la Medea inglesa, nos permiten considerar, una vez más, a los antiguos griegos como nuestros contemporáneos.
 
 
* Director y crítico teatral.