Episodios rolos (III)

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Estefanía Ortiz vive en Bosa La Libertad. Tiene veintinueve años y tres hijos: Maicol de once, Steven de ocho y Anderson de seis. El padre de Maicol se fue de viaje por Suramérica y nunca regresó, el de Steven vive en Medellín y el de Anderson niega la paternidad. El primero, amor de colegio, el segundo, amor de barrio, y el tercero, amor de una noche.

Estefanía es madre soltera. Sabe que la tiene difícil, pero intuye que no es imposible sacarlos adelante. A los veintiún años entró a trabajar como asistente de limpieza al hospital más grande de la localidad. Turnos rotativos de ocho horas con un día de descanso por semana. Fue una tía la que la ayudó a posesionarse en el cargo y, desde entonces, su madre empezó a asistirla con el cuidado de Maicol y, después, con los de Steven y Anderson.

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Estefanía cuenta que hubo una época en la que un médico de hermosos ojos azules y de apellido Bojanini, estuvo cortejándola. Era muy amable con ella y le hacía cumplidos constantemente: “pero mira Estefa ese cuerpo después de tres embarazos”, “dime cuál es el secreto”, “eres la prueba de que la juventud sí puede ser eterna”. Estefanía se sentía alagada y empezó a sentir cosas por él, pero nunca se ilusionó. “Pasaron varios meses y los piropos cada vez eran más bellos” dice Estefanía. Un día ella sintió un terrible dolor de cabeza que la tumbó en pleno turno laboral. El atento médico se postuló para atenderla. Le mandó una cantidad increíble de exámenes y le preguntó todo a propósito de su salud y estilo de vida: alimentación, actividades físicas y sexuales, períodos de sueño, ciclos menstruales, etc. A Estefanía le llamó la atención el interés desplegado, pero nunca dijo nada, entre otras cosas porque la terrible jaqueca, así como llegó, se fue.

Una noche, Bojanini citó a Estefanía a su consultorio. Ella acudió nerviosa. Todos los exámenes habían salido perfectamente. Estefanía sonrió. El médico le preguntó por sus hijos, por su situación económica, por el futuro. Estefanía respondió a todo. “Estefanía, llevo un buen tiempo observándote y todos estos exámenes me confirmaron lo que sospechaba. No lo tomes a mal, pero eres la candidata perfecta. Mira, eres una mujer preciosa y echada pa´lante, una excelente madre que haría cualquier cosa por sus hijos ¿cierto? Pues bien, tengo una propuesta para ti. En Europa hay mucha gente con problemas de salud que estarían dispuestos a pagar una cantidad de dinero importante por salvar sus vidas. Es gente enferma, Estefanía, gente que quiere vivir y nosotros los sanos podemos ayudarles ¿me entiendes? Ganamos algo de dinero y, de paso, socorremos a personas que no han sido bendecidas con la salud. Piénsalo, tus riñones están en excelente estado y yo como médico te digo que los seres humanos podemos vivir con un solo riñón. Eres joven y por ahí un dinerito extra te sirve para brindar un mejor futuro a tus hijos, reformar la casa, conocer el mar, yo qué sé ¿me entiendes? Ahora mismo tenemos una persona en Israel interesada, que es compatible contigo en todo sentido y estaría dispuesta a pagarte treinta millones de pesos más los gastos de hospitalización, extracción y cuidados posteriores a la cirugía. ¿Qué dices? Todo el proceso duraría más o menos un mes, para garantizarte que todo salga bien y puedas seguir con tu vida normal. Por tu trabajo no te preocupes que con tus vacaciones que no has tomado este año y un permisito pago que yo te gestiono con el director del hospital todo estaría listo. Piénsalo y me dices, con calma, pero por favor, te pido mesura, esto no puedes contárselo a nadie porque es muy delicado”.

Estefanía se limitó a asentir cada palabra del médico, estrechó su mano y salió del consultorio. Terminó el turno y muy temprano en la mañana, al volver a su casa, besó y despidió a sus hijos que salían para la escuela. Cuando su madre regresó a casa Estefanía le contó todo. La madre se enfureció y le dijo que eso era ilegal y que debían denunciarlo. “Podemos ser pobres, pero no vendidas, cada cosa que nos ganamos la ganamos con el sudor de la frente, no faltaba más, tener que feriar nuestra salud” repitió una y otra vez la señora.

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Pasaron toda la mañana conversándolo hasta que Estefanía empezó a sentir cómo le hervía la sangre. Rabiosa e indignada escribió una carta para revelar las oscuras intenciones del doctor en la oficina de recursos humanos. Esa misma noche la radicó. El doctor intentó abordarla en busca de una respuesta a su propuesta, pero ella lo evadió. Al inicio del siguiente turno Estefanía fue llamada a la dirección del hospital. El director le ofreció café con leche y le entregó su carta de despedida. “Estefanía, lamento informarte que ya no trabajarás más con nosotros. Tienes dos opciones: firmar y dejar todo así, cosa que te recomiendo o, apelar. Si apelas debes saber que estamos completamente protegidos y que vas a perder, además por tus constantes problemas de indisciplina, impuntualidad, el robo masivo de antidepresivos que te descubrimos en el almacén y una pequeña querella por parte de un doctor que te señala de daño al buen nombre y de inventar cosas sobre él por no acceder a tus insinuaciones y presiones sexuales. Piensa en tus hijos, si manchas tu hoja de vida, de aquí en adelante nadie te contratará”.

Estefanía no guardó silencio y apeló. Dos años después cuenta esta historia, detrás de media botella de aguardiente, una noche de viernes en un burdel de la Avenida Primero de Mayo.

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