Mis días con COVID-19

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El primer día emerge la fatalidad: fiebre alta, tos, dolor de garganta, debilidad; la más irrefutable atonía. Y encima la pesadez moral: ¿quién me contagió? ¿A quién contagié? ¿Por qué no me quedé en casa? ¿Por qué a mí? (Mi materia de estudio es el dolor…Pero a nivel metafísico).

Jehová surge como posibilidad, pero entonces uno se acuerda de Mainländer, y de aquello del suicidio de él y del super ser y del universo. (La nada, esa bella tentación). Y el ateísmo se queda en un interrogante que no viene al caso, pues el pragmatismo es crudo: COVID-19, una enfermedad que ha paralizado al mundo, que ha fenecido muchas existencias, que ha puesto a padecer a tantos. (Con un elemento positivo: la fragilidad del ser humano posmoderno, que hasta antes de esto se creía infalible).

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Bueno, pero antes de seguir tengo que aclarar que no soy un ciudadano altruista: me la he pasado aislado, en soledad, pero no necesariamente por un acto de benevolencia, sino porque es mi estado permanente. Extraño, eso sí, pasar por libros a las bibliotecas; saludar a mis amigos libreros (al Abuelo en El Dinosaurio); a unos cuantos interlocutores del bar al que voy. En casa tengo algunos libros, estoy escribiendo una tesis sobre el dolor, y la sensación es extraña: la metafísica queda anulada. Esto es real. Padezco la enfermedad. Las palabras de un amor de antaño se hicieron premonitorias: todo lo que yo toque involucra peligro, riesgo, virus. Un abrazo mío -quién lo iba a pensar- puede ser mortal. Así que mejor me cuido, te cuido, nos cuidamos. ¡Esto es de todos, compañero!

Vienen las dudas: ¿qué hice? ¿Dónde? ¿En qué momento? Viene la honestidad: restaurantes, cafés, bares, fiestas privadas (pero fiestas), amoríos nocturnos (pero amoríos). Viene la autocomplacencia: pero llevaba mucho tiempo encerrado, pero no me veía desde hacía tanto con, pero un abrazo no se le niega a nadie. Viene la reflexión: a la COVID, ese bicho malvado y odioso, no le importa si poseo todos los argumentos del mundo para salir. Él -a diferencia de Heidegger- no se complica con la pregunta por el ser: porque él es, él contagia, él arruina, él devasta, él acaba con todo. ¡Dasein!

Hay que tenerle respeto. Yo era de los que andaba con tapabocas y alcohol (antiséptico, se entiende). Pero a ese inhumano no le interesa eso. Él es. Y su ser es protervo, su ser es deleznable, su ser es nefando. Él no se pregunta nada: él es. Le basta con ser. Nos tiene jodidos.

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Viene la aceptación, la confesión, la resignación. Vienen las reacciones: el amigo neumólogo (cincuentón): “A su edad no pasa nada, pero cuídese; procure no salir de casa”; el amigo librero (sesentón): “Eso solo mata a viejos y a pobres; ni a Trump, ni a Bolsonaro les pasó nada. Si sale positivo hasta mejor, pues queda inmune”; el amigo escritor (cuarentón): “¡No jodás! ¿A nombre de quién están tus libros?”; el amigo filósofo (cuarentón): “¡No me jodas, loco! Pero ¿tienes fiebre, puedes respirar bien, loco? Tantas salidas, boludo”…

Las teorías divergen entre sí. Los amigos sugieren y sugieren. El más sensato es el neumólogo, que me incentiva al reposo, al encierro, al aplomo. A un modo que a Proust le hubiera conmovido: estar en cama. (Proust se la pasaba en cama, pero no todos los que nos la pasamos en cama somos Proust).

Llevo varios días de aislamiento, pero solo hace unos pocos me diagnosticaron. Es increíble que uno tenga que hacer maromas para saber si es positivo. Escribo esto cuatro días después de la prueba. Me enteré por internet del mal.

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Intento despreciar al bicho, defenestrarlo, desdeñarlo: Te aborrezco, desgraciado. Pero uno escucha las noticias y la preocupación renace. Ya no tanto por mí, sino por la gente que me rodea. Vivo con alguien que podría ser infectada, y esa persona, a diferencia del suscrito, sale muy poco de casa. Nos une el silencio.

También aparece la idea egoísta: al menos estoy solo, me las he visto solo, los primeros días -que estuve tan mal- me tocó hacer todo solo, sin auxilio alguno; los viejos se enteraron después, no los quería preocupar. Quiero decir con esto que al menos no estoy cerca de ningún miembro de mi familia. Es una satisfacción odiosa y egoísta. Qué le puedo hacer.

Así es esta enfermedad: lo colectivo y lo privado se cruzan. Unos momentos me siento mohíno por ser un posible transmisor del virus; y otros momentos pienso en mis viejos, mi familia. Y me digo: qué bien que esté por acá, sin ellos.

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Unos días amanezco menos pesimista que otros. Una amiga me decía que era sugestión. Pero lo hacía para salvarse a sí misma, pues nos vimos en varias ocasiones. Ahora que lo pienso mejor, le asiste parcialmente la razón. Hay lapsos en que me concentro en otras cosas (las lecturas, la tesis, el taller que doy), y me olvido por completo. Y hay otros donde la ansiedad me invade, y sin gotas sería imposible conciliar el sueño.

No tengo permiso para dar sugerencias. (Ese primer fin de semana, ya un poco recuperado, me mandé un whisky en honor a lo cerca que parecía estar de la nada). No me gustan las cantaletas, ni los consejos, ni nada que implique moralidad o esa vaina tan manipulada y promiscua: la ética.

Dejo mi testimonio para que el lector recapacite. O mejor: reflexione. O aún más: se cuide. O simplemente, se tome en serio lo nefasto que es un virus que, si no lo mata a usted (a mí), sí a otros.

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