Testimonios entre la ficción y la realidad: narrativas de las dictaduras en Chile y Argentina

Las letras escritas con osadía y los relatos de memoria que surgían desde el exilio, marcaron un patrón en la literatura latinoamericana de los 70’s tras las dictaduras surgidas en Chile y Argentina.

Julio Cortázar, uno de los escritores que se enfrentaron con sus textos a las dictaduras del cono sur en los años 70. Cortesía

Luego de las corrientes de izquierda que provenían del triunfo de la revolución cubana en 1959, la literatura en Latinoamérica empezaría a encontrar un aliado en los fenómenos políticos, pues las coyunturas que se daban a lo largo y ancho del territorio, generadas por la Guerra Fría, no solo marcaban una transformación en lo social sino también en las dinámicas culturales. Debido a ello, la literatura empezaría a asociar la narración ficcional con los acontecimientos que marcaban una parte de la historia rodeada de pólvora, manifestaciones y desequilibrios. 

Tras la polarización del mundo y el temor de los Estados Unidos por ver un continente conquistado por las fuerzas populares y los gobiernos de izquierda, se dio un resurgimiento de los ideales de derecha y del conservadurismo en países como Chile y Argentina. La metamorfosis que se dio tras las dictaduras en estos países generó un nuevo impulso en la narrativa latinoamericana. La erosión de la violencia despertaba el coraje en el núcleo mismo de la sociedad. Abusos y arbitrariedades buscaban exiliar y erradicar cualquier muestra de oposición. 

Escritores, poetas y demás artistas pertenecientes al mundo cultural, sufrían persecuciones y amenazas constantes tras su postura de defender la democracia a partir del arte mismo. La indignación sería su escudo, su inspiración y su motor. Fueron obligados a dejar su tierra, pero nunca permitieron que el miedo despojara las hojas y los trazos donde quedarían plasmados los relatos de las dictaduras. 

El impacto de estos acontecimientos también permearon algunos pedazos del famoso Boom Latinoamericano. Si bien este importante movimiento literario ya tenía entre su identidad un enlace con el compromiso político - pues parte del génesis del movimiento se da tras la victoria de la Revolución Cubana-, es menester aclarar que tras las dictaduras surgen algunas notas y relatos de escritores como José Donoso en Chile y de Julio Cortázar en Argentina. 

No solamente se encuentran referentes del Boom latinoamericano, también  hay autores que se desligan del movimiento y utilizan sus letras para evitar que se siga agrietando la cultura y la memoria de sus pueblos. Así, escritores como Roberto Bolaño, Isabel Allende, Carlos Cerda en Chile y Ricardo Piglia, Martín Kohan y Ángela Pradelli en Argentina, se encargaron de reconstruir, desde diversas perspectivas, la tensión y los instantes álgidos donde la rebelión de los oprimidos era una acción digna de respetar sus ideales, teniendo en cuenta que cada muestra de oposición debía ser planeada en la clandestinidad y el anonimato. La constante vigilancia de la fuerza pública obligaba a los perseguidos a andar cabizbajos, con el rostro entre la solapa de los abrigos y el sombrero para evitar ser reconocidos y por supuesto aprisionados arbitrariamente. 

Una estética del desarraigo compone la estructura de las obras que se escribieron después de la década de 1970. La experiencia del desamparo y el abandono obligado alimentaba la desesperanza, esa misma que relató José Donoso en su novela La desesperanza (1986) y esa misma que se veía reflejada en el miedo que imponían Pinochet y Videla. Casas que en sus sótanos funcionan como centros de detención, aulas de clase donde se imparten conocimientos de política y economía para defenderse de los ideales marxistas y calles vacías pero expectantes ante el riesgo latente de enfrentamientos son los lugares comunes de obras como Nocturno de Chile (2000) de Roberto Bolaño, Morir en  Berlín (1993) de Carlos Cerda y Dos veces Junio (2002) de Martín Kohan. 

En el caso del escritor argentino Julio Cortázar, existe un libro que realizó en compañía del pintor Alberto Cedrón. El texto Las raíces del ombú (1978), contiene pinturas de Cedrón y textos que buscaban armonizar el arte y simbolizar la experiencia de ambos artistas debido al exilio y la censura que el Gobierno de Videla aplicó a las obras del escritor y el pintor. Este tipo de narrativas hace parte de algo que se denomina ‘Literatura alegórica’.

En el libro Ficción y política: la narrativa argentina durante el proceso militar (1987), se realiza un compilado de ensayos donde se demuestra cómo la literatura combatía el discurso dictatorial enmarcado por eufemismos, mendacidad y hechos tergiversados que buscaban ocultar una cruda realidad. Autores como David William Foster o Beatriz Sarlo hacen parte de este libro donde se trata, por ejemplo, la literatura alegórica, es decir, textos donde se pueden hallar referentes de la dictadura militar de Videla a partir de la mezcla de realidad y ficción.Respiración artificial  (1980) de Ricardo Piglia y Nadie nunca nada (1980) de Juan Saer son algunos de los ejemplos de la literatura alegórica donde los hechos que conforman la trama pueden verse aplicados a la realidad de la dictadura aún cuando la misma narración pertenece a la ficción.

Por su parte, se considera que la literatura chilena estuvo fragmentada por la fuerza que el Gobierno del General Augusto Pinochet ejerció sobre la comunidad artística del país. Las opiniones se han dividido entre quienes creen que no existe una obra que corresponda en su totalidad con la magnitud de la dictadura y entre quienes creen que hay varios relatos que se acercan a la fidelidad de los acontecimientos que se dieron entre 1973 y 1990. Narraciones de carácter testimonial se dieron en un primer momento cuando la dictadura apenas iniciaba. Esto se daba por el rol mismo de la literatura de servir como canal para denunciar la violencia y la represión de la fuerza pública hacia la oposición. Los textos ya mencionados de Carlos Cerda, junto con los versos de Pablo Neruda y la prosa de Hernán Valdés con Tejas verdes (1978), son algunos de los referentes del momento en que la dictadura exalta el totalitarismo y controla todo Chile. Posteriormente, algunas obras de José Donoso, Gonzalo Millán y Mauricio Redolés se destacan en ese campo de la literatura alegórica donde también estaría Roberto Bolaño y una de las escritoras más influyentes en Chile: Isabel Allende. 

Para la escritora chilena no solamente fue difícil sobrevivir a la dictadura por la cercanía que tenía a Salvador Allende, quien era primo de su papá. Textos como La isla bajo el mar(2009) nos acercan a una de las tantas percepciones que le quedaron de aquel Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Allende aseguró en una de las ediciones de la Feria Literaria Internacional de Paraty que ella no sería escritora si el golpe militar en Chile no hubiera ocurrido. Hecho que demuestra, una vez más, que la experiencia, el recuerdo y las huellas del cuerpo y de la memoria son los elementos esenciales en la literatura. 

Hannah Arendt, filósofa alemana del siglo XX, diría alguna vez que comprender nuestra historia o realidad significa “investigar y soportar de manera consciente la carga que nuestro siglo ha puesto sobre nuestros hombros; y hacerlo de una forma que no sea ni negar su existencia ni derrumbarse bajo su peso.” Esto, precisamente, fue el trabajo de la literatura latinoamericana en las últimas décadas del siglo XX. Allí, precisamente, los autores entendieron que sus plumas llevaban la responsabilidad de narrar los quiebres de una época y los paradigmas que quedaron tras varios años de conflictos, misterios y desazones. 

 

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