The Trumpster

Mark Singer, colaborador de planta del New Yorker, escribió "Trump and me" , un delicioso perfil, cargado de la sabrosa ironía del periodismo anglosajón, en el cual refrenda cada uno de los estereotipos propalados por Trump sobre sí en su ya larga carrera pública.

¿Cómo, por dios, puede tomarse en serio a un personaje diestro en cultivar una imagen rayana en lo esperpéntico? ¿Cómo valorar, sin deslizarse en el campo minado de los clichés, el fenómeno electoral de Donald Trump, magnate inmobiliario a medio camino del Tío McPato y del señor Burns, que puso en jaque al sistema político norteamericano? ¿Cuáles elementos de su discurso –aborrecido por la izquierda chic de New York y vitoreado por ese grueso sector de la población gringa con mala leche llamado basura blanca– hacen parte de las ideas de Trump y cuáles son simples anzuelos publicitarios para ganar votos? ¿Lo del muro en la frontera con México es una broma? ¿Es verdad? Mark Singer, colaborador de planta del New Yorker, escribió Trump and me –traducido al castellano con el título de El show de Trump–, un delicioso perfil, cargado de la sabrosa ironía del periodismo anglosajón, en el cual refrenda cada uno de los estereotipos propalados por Trump sobre sí en su ya larga carrera pública. De entrada Singer no busca ni entender a Trump ni encontrar al ser humano oculto tras las capas de fijador para el cabello y los trajes caros. Trump, para Singer, es un vendedor de humo, un chafarote, un bocazas –seguramente lo sea, no lo sé– y por lo tanto se dedica de la primera a la última línea del artículo a arrancarle la máscara.

¿Lo logra? Depende: si usted al iniciar la lectura del volumen comparte el punto de vista del autor concluirá el libro con una ancha sonrisa: tenía la razón. Si, por el contrario, no sabe muy bien a qué atenerse con este rubicundo sujeto, vaya, pues el texto lo divertirá –la prosa, lo repito, es una delicia para quienes gustan de la diatriba–, pero saldrá sin haber atisbado al hombre detrás del mito mediático. Trump maneja a las mil maravillas la gramática del espectáculo: todo en él es calculado, desde cada hebra de su fascinante cabello –así lo llama en un aparte Singer– hasta sus palabras y gestos siguen al pie de la letra un hábil libreto. Detengamos un momento la mirada en la portada del libro aquí comentado: Trump contrae su bronceado rostro en una mueca de buscapleitos, apunta con el índice al observador mientras la boca se recoge en el mohín de decir Fuck. ¿Cómo, santo cielo, no ver en él a un descendiente –un nieto o bisnieto- del Tío Sam? Quizá Trump sea más crudo, menos diplomático. ¿No será acaso una versión con botox de Charles Foster Kane?

Sí, lo sé: una cosa es ser un excéntrico millonario y otra muy distinta ser el presidente de los Estados Unidos. Claro. Pero algo es cierto: si Trump está a un paso de la Casa Blanca es porque los ciudadanos lo apoyan. ¿Y, por qué lo hacen? ¿De dónde proviene el magnetismo de Trump? Singer no se preocupa de dar luces sobre estos asuntos –la redacción de la semblanza es muy anterior a la candidatura de Trump– pero David Remnick, el prologuista, sí ofrece algunas pistas: en una cena, en la primavera de 2011, el saliente presidente Obama en un acto público le gastó una serie de bromas pesadas a Trump. Tal vez desde ese momento a Trump le quedó clavada la espina con Obama y con la clase social por él representada: la USA educada, la cosmopolita. La misma que durante decenios ha gobernado el país sin importarle un higo el bienestar social de los millones de norteamericanos sumergidos hasta el cuello en la pesadilla –no en el sueño– americana. Las élites dirigentes republicanas y demócratas en el fondo se entienden mejor entre ellas que con las respectivas bases de sus partidos. Y son esas bases el coto de caza de Trump. Él les habla en su jerga, a ellas dirige sus peroratas. En síntesis, pesca en el río revuelto de una ciudadanía cansada de los atildados discursos de los profesionales de Harvard y de Yale.

¿Será Trump el nuevo presidente de los Estados Unidos? El tiempo y los ciudadanos del norte en breve lo dirán. En honor de la verdad, si gana él o vence Clinton las cosas no serán muy distintas. Ambos representan el mesianismo venido a menos del coloso con pies de barro.

 

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