Thomas Mann: La emoción limpia, la palabra justa

Querido Thomas Mann, tu libro “La montaña mágica” marcó un antes y un después en mi vida de lectora, porque al llegar a la última página estaba segura de que nunca leería algo mejor.

Thomas Mann, escritor alemán nacionalizado estadounidense, nació en Lübeck, en 1875, y murió en Zúrich, en 1955.
Thomas Mann, escritor alemán nacionalizado estadounidense, nació en Lübeck, en 1875, y murió en Zúrich, en 1955.

Resulta difícil decir por qué eres tú, justamente, mi escritor favorito. A mí, que el Caribe me corre por las venas, que me despecho con los boleros y que me estremecen los dramas reales y ficticios, me conmueve esa forma que tienes de describir la naturaleza humana de una forma sutil, sencilla, sin aspavientos. Poder hablar de amor sin siquiera mencionar la bendita palabra. De diseccionar la desesperación y el vacío interior sin gritos desgarradores ni escenas violentas. Todo exceso era eliminado por tu pluma y entre tus letras sólo se pueden conseguir las emociones en su estado más puro, limpias de todo artificio y maquillaje. Siempre —creo que le pasa a la mayoría— he tenido problemas para encontrar las palabras correctas, a pesar de que éstas constituyen mi vida y mi profesión. Quizás por eso te admiro tanto: en tus relatos nada sobra, cada palabra ocupa su lugar justo y aparece en el momento preciso.

Tenía 18 años cuando llegaste a mi vida. Estaba en quinto semestre de la carrera de comunicación social en la Universidad Central de Venezuela. El día que terminé una de mis prácticas universitarias, el que entonces era mi jefe me regaló uno de sus libros favoritos: La montaña mágica. No sé qué me dijo cuando me lo dio: sólo sé que me generó una expectativa grande que me impulsó a leerlo apenas tuve oportunidad. Y créeme: hacerlo me cambió la vida.

Recuerdo que la obra me pareció perturbadora al comienzo. Las descripciones de los pacientes que se encontraban en el Sanatorio Internacional Berghof me generaron tal impacto que una noche, después de leer una página del libro, me sentí verdaderamente indispuesta y no pude dormir bien. Después de allí, lo abandoné un tiempo. Nunca una obra me había afectado de una forma tan profunda.

Al tiempo lo retomé y ya no pude soltarlo. A pesar de ser un libro de casi 700 páginas, lo cargaba conmigo todo el tiempo. Lo leía en la casa, en la sala de espera de cualquier consultorio, en la universidad y hasta en mis múltiples trayectos en metro de Caracas. El protagonista, Hans Castorp, su primo Joachim, la exótica Madame Clawdia Chauchat y el humanista Lodovico Settembrini, así como los demás personajes de La montaña mágica, se convirtieron en parte fundamental de mi vida. Cuando comencé a leer la historia era una adolescente confundida; cuando lo terminé, ya era irremediablemente adulta. El viaje iniciático de Castorp se había convertido en el mío. Yo aprendí, junto a él, de ideologías políticas, de la naturaleza humana, de amores platónicos y de la muerte como certeza irremediable.

Quiero decirte que este libro también marcó un antes y un después en mi vida de lectora, porque al llegar a la última página estaba segura de que nunca en mi vida leería algo mejor. Y hoy, diez años después y habiendo leído verdaderas obras maestras de otros autores, sigo convencida de lo mismo.

Fue una experiencia personal la que dio pie a esta obra: tu esposa había sido internada en un sanatorio en 1912 y, mientras la acompañabas, empezó a volar tu imaginación. He leído que estuviste doce años escribiendo el libro y no me cuesta imaginar la gran cantidad de ideas que confluían en tu cabeza mientras construías personajes que evidenciaban las contradicciones de un continente sacudido por la guerra. Esta no fue, sin embargo, la única vez que te inspiraste en tu propia realidad para escribir tus obras.

La llama que no podías apagar, ni siquiera con la constitución de una familia “normal”, también fue protagonista de tus historias. En La muerte en Venecia se hace evidente: el amor desosegado, absurdo y, finalmente, enloquecedor que siente el venerable artista Gustav von Aschenbach por el frágil y precioso Tadzio reflejaba tus propios deseos prohibidos. En La montaña mágica, Hans Castorp queda prendado de Madame Chauchat en parte porque le recuerda a Pribislav Hippe, un antiguo compañero de clase con quien tuvo un acercamiento especial. ¿Y la amistad apasionada de Hanno Buddenbrook y Kai Molln en Los Buddenbrook? ¿No se evidenciaban allí también tus más íntimos anhelos?

Y ya que te hablo de Los Buddenbrook, no puedo dejar de mencionar uno de mis personajes literarios favoritos: Toni Buddenbrook. Esa muchacha rebelde, romántica y testaruda, que termina pisoteando sus sueños y su felicidad para preservar el legado de su familia, me parece una de tus mejores creaciones.

Hay un detalle de esta obra que es característica de tu forma de escribir. Cuando Toni es una joven soltera, conoce durante unas vacaciones a un muchacho de una condición social más baja: Morten. Y cada vez que él debe alejarse de ella para que pueda interactuar con la gente de su clase, el joven debe ir “a sentarse en las rocas”, un lugar alejado para pasar desapercibido. Con el tiempo, la expresión se convierte es un sinónimo de sentarse y estar aburrido, pero también en una frase que sólo ellos entienden y que encierra, en sí misma, toda la camaradería y el cariño que existe entre los dos. Muchos años después, luego de atravesar por dos matrimonios desafortunados y cuando ya Morten forma parte de un pasado lejano, una Toni de mediana edad todavía habla de “ir a sentarse en las rocas” y es allí que el lector entiende que su nostalgia y dolor por el amor que no pudo ser siguen presentes en ella.

Es eso lo que me encanta de ti. Que nunca eres evidente. Y por eso, a pesar del Caribe que nunca me abandona, de los boleros que me despechan, de los dramas que me estremecen, creo que eres mi escritor favorito, porque hay algo en ti que me hace entender las emociones sin el exceso del llanto, el drama o la violencia. Tu obra me hace comprender los sentimientos de una forma limpia y profunda. Me hizo —y me sigue haciendo— entender la vida y sus múltiples contradicciones.