La tierra de la prohibición

Una película sobre la resistencia colectiva y la opresión del radicalismo religioso, nominada al Óscar como mejor película extranjera, ganadora de siete Premios César y del Premio del Jurado Ecuménico en el Festival de Cannes.

Fotograma de “Timbuktu”: Kidane, su esposa y su hija en su tienda en el desierto. /Cortesía

El 29 de julio de 2012, en Aguelhok, una pequeña ciudad al norte de Malí ocupada por hombres de otra parte de África, se cometió un crimen atroz que pasó desapercibido para la opinión pública: una pareja de treintañeros, padres de dos hijos, fue lapidada hasta morir.

Su delito fue vivir juntos sin estar casados. El video de su muerte, publicado en internet por los verdugos, muestra cómo la mujer, enterrada hasta el cuello en la arena, muere con la primera pedrada. El hombre deja escapar un grito seco, seguido de silencio. Aparecen entonces las cabezas sin vida entre las piedras y poco después desentierran los cuerpos para volver a enterrarlos en un lugar un poco más allá del sitio de su muerte.

Ese hecho le sirvió a Abderrahmane Sissako —La vida en la tierra (1998), Esperando la felicidad (2002)— para escribir Timbuktu. “Aguelhok no es Damasco ni Teherán. Nadie habla de todo eso. No intento promocionar la película con la noticia, pero no puedo ignorarla: dado que ocurrió, sólo puedo hacerla pública con la esperanza de que ningún niño deba ver morir a sus padres porque los dos se amaban”.

Sissako nació en Mauritania en octubre de 1961. Sus películas abordan fenómenos como la globalización, el exilio y el desplazamiento. Hoy es uno de los más destacados directores africanos.

Timbuktu muestra la lapidación de los amantes como uno de los tantos gestos que conforman el engranaje de violencia de la ocupación islamista radical en Tombuctú, que empezó en abril de 2012 y terminó cuando las tropas francesas y malíes recuperaron la ciudad un año después.

A unos kilómetros del caos, en las dunas del desierto, se extiende una tienda donde viven Kidane, su esposa, su hija y un niño pastor huérfano de un padre combatiente. “Mi padre [Kidane] también es grande y fuerte, y la razón por la que sigue vivo es que canta y toca la guitarra. No es un guerrero, los guerreros mueren jóvenes”.

La sencillez de la vida en el desierto es perturbada por el contexto de violencia:

“Vuelve la nostalgia. Los vecinos se fueron. Todos huyeron. Somos los únicos”, dice la esposa de Kidane.

“Prefiero quedarme aquí. ¿A dónde iríamos? ¿De qué sirve estar huyendo todo el tiempo? Nuestros vecinos regresarán. Todo esto pasará un día. Necesito tu apoyo, ten paciencia. Mientras tú estés aquí lucharemos y nos las arreglaremos”, le responde él.

El conflicto concreto empieza cuando una de las vacas de la familia, llamada GPS, muere en manos de un pescador. Kidane enfrenta al agresor y esa afrenta desemboca en la imposición feroz de la yihad, el decreto religioso de guerra.

En Tombuctú, durante la ocupación yihadista, los megáfonos de los terroristas, con sus mandatos morales y prohibiciones, son la nueva modalidad del llamado al rezo musulmán que se hace desde los minaretes de las mezquitas. “El adulterio es el peor pecado. Y en el mes de Ramadán es peor. Quien lo haga será apedreado hasta morir”, dice en francés una voz anónima a través del megáfono, símbolo de poder, no más de religiosidad.

También se repite de manera constante que está prohibida la música, están prohibidos los cigarrillos, está prohibido el fútbol: “El fútbol está prohibido, y ya que lo sabes recibirás veinte latigazos”. Los niños que juegan en una cancha de fútbol paran el partido, esconden el balón, simulan que hacen aeróbicos cuando las motos vigilantes rodean el campo. Luego el juego continúa.

Así, desafiando la norma infundada, Kidane y toda la comunidad intentan hacerle frente al nuevo régimen de sentencias absurdas. Timbuktu es un relato de resistencia colectiva. El miedo parece ido. Los habitantes, cansados y resignados, se enfrentan con dignidad a los islamistas radicales, a sabiendas, sin embargo, de que las leyes impuestas con severidad sobrepasan toda expresión de firmeza.

Una de las cosas más valiosas de la película en cuanto a contenido es, tal vez, que muestra con claridad la diferencia entre el islam y el yihadismo, que es como se ha llamado en Occidente a las ramas más violentas y radicales dentro del primero. No todo islamista es terrorista. “Detengan esto [la yihad]. Dañan al islam y a los musulmanes”, dice uno de los personajes.

Sissako, con una fotografía de cuya belleza es indigno hablar —una fotografía de un paisaje quieto, imperturbable—, pone en evidencia que los mismos musulmanes son víctimas del radicalismo islámico, cuya motivación, más que religiosa, es política. El mensaje basta para intentar, al menos, difuminar prejuicios en estos tiempos de discriminación hacia Oriente Medio.

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