“Todavía hoy leo todos los días a Hölderlin”

Márkaris es dramaturgo, guionista y escritor. En el conversatorio con Juan Esteban Costaín habló de la búsqueda de una identidad nacional.

Nací y fui criado en Estambul, Turquía. Mi padre era armenio, mi madre era griega de Estambul, no de Grecia. Crecí en medio de la minoría griega en Estambul, y aunque mi padre era armenio, hablábamos en griego en la familia. Luego hubo otra excepción en mi educación. El destino de la mayoría de los jóvenes griegos nacidos en Estambul era terminar primaria e ir a la secundaria griega, pero mi padre me envió a una escuela austriaca, donde se enseñaba el alemán. Así que soy un griego, nacido en Estambul, que fue a una escuela austriaca, cuyo alemán era mejor que su griego pero, aún así, terminó escribiendo en griego. Fue muy emocionante para mí. Me convertí en un traductor del alemán al griego y la última obra que traduje fue , de Goethe. Cuando la terminé, concluí que allí se acababa mi labor como traductor, no había nada más, para mí, por traducir”.

Mi padre tenía dos sueños. Fui a la secundaria en 1949 y ese año fue el inicio del gran milagro económico de Alemania. Mi padre pensaba que el alemán se convertiría en el idioma internacionalmente más relevante para hacer negocios, y quería que lo aprendiera, sobre todo, porque pensaba que yo me iba a encargar en el futuro de su negocio, que era muy importante en Estambul. Y ninguna de las dos cosas ocurrió: el alemán no se convirtió en el idioma más hablado por los negociantes y empresarios, ni yo me ocupé de su empresa. Pero terminé aprendiendo alemán y hablando casi como un alemán. Mi padre, además, quería que estudiara Economía. Yo odiaba la Economía, nunca quise estudiarla. Un día me hizo la propuesta de mandarme a estudiar Economía a Viena, porque allá tenía muchos contactos y había gente que conocía y que podrían atenderme si me pasaba algo. Le dije que obviamente quería irme a Viena a estudiar Economía, aunque la aborreciera. Le mentí porque quería salir de Estambul. Viena me abrió las puertas a Europa. Para mí, con mis raíces mezcladas y mis estudios en alemán, Viena era la ruta a Europa, mediante ella descubrí el continente. De nuevo: soy un griego nacido en Estambul, de madre griega, padre armenio, que escribe en griego y tiene una cultura alemana. Eso soy yo”.

Cuando la gente me pregunta por mi origen, les digo que yo no puedo captar del todo la idea de patria, para mí es imposible, porque crecí en un país extremadamente nacionalista cuyo mensaje para la minoría era: “O eres turco, o no eres nada”. Entonces decidí que yo era nada y que viviría en ello, en la nada. No siento nada por Turquía, yo no soy un ciudadano turco porque yo no me podía identificar con el nacionalismo del país en el que nací. La conexión más profunda que tengo con Grecia se dio a través de mi lengua. Soy griego porque hablo en griego, y escribo en griego, no porque hubiera nacido en Grecia. Es un poco complicado. Y si me preguntaras cuál es la aproximación más cercana que puedo llegar a tener con la noción de patria, es con Estambul, la ciudad. Yo tengo una ciudad de origen, no un país de origen”.

Cuando me fui a Viena leía cualquier cosa que llegara a mis manos. Creo que cualquier persona que quiere volverse una persona culta o muy lectora, pasa primero por el nivel de la cantidad: lo único que importa es leer lo más que se pueda. Luego pasa a un segundo estadio, que es el de calidad, en relación con la selectividad. Cuanto más lees, más selecto te vuelves. Como estudiaba en Viena, leía a los clásicos de la lengua alemana: Goethe, Schiller, Thomas Mann, y todavía hoy leo todos los días a Hölderlin. A veces empiezo a hablarle a alemanes de estas cosas y me burlo de ellos porque no tienen idea de lo que les estoy hablando, y les digo: ‘¡Yo soy griego y sé más que tú de tu tradición!’. Cuando empezó la crisis en Grecia, los alemanes me preguntaban cómo iba la cosa, y yo les preguntaba: ‘¿Cuáles son los primeros dos versos de , la obra de teatro de Schiller? Estudiaste en un colegio alemán y no conoces los primeros dos versos de ?’. Los hermosos días de Aranjuez han terminado. Eso fue lo que le pasó a Grecia. Pero es un problema que trasciende lo económico: siempre hablamos de lo económico, nunca de la cultura”.

Viena no fue sólo la puerta de entrada a Europa, fue también el lugar donde me descubrí mí mismo. A principios de los 60 los estudiantes extranjeros éramos muy pocos. Afuera estaba Europa, pero adentro de mí había mucha soledad, porque no tenía amigos. Y cuando te sientes solo, quieres ir hacia atrás, hacia tu madre, hacia tu ciudad, hacia tus orígenes, y el lenguaje es parte de ello. En Viena decidí que iba a escribir en griego, pero en ese momento yo no dominaba mi lengua, porque el griego moderno sólo se hablaba en Grecia, específicamente en Atenas. Entonces llegué a la conclusión de que tenía que irme a Atenas, una ciudad que en ese momento no era cercana a mí. Por otro lado, tengo una relación muy especial con las ciudades. Amo las ciudades, amo sus centros históricos. No puedo lidiar mucho con la naturaleza. Si me llevas a la naturaleza diré ‘sí, que bonito el mar, las montañas, el cielo, pero bueno, volvamos ya a la ciudad’. Soy un citadino, eso es lo que soy. Cuando llegué a Atenas empecé a descubrirla de la única manera en que se puede descubrir una ciudad: caminando interminablemente, sin una agenda, sin un rumbo determinado, mirando las reacciones de la gente. No es más. Es muy simple, pero muy emocionante. No soy nativo de Atenas, pero en cierto punto sentí que pertenecía a la ciudad, que era parte de ella. Luego, cuando comencé a escribir novelas —que pasó muy tarde en mi vida—, me convertí completamente en ateniense”.

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