"Todo concurso es un azar"

Ayer, la ministra de Cultura y los miembros del jurado presentaron ‘La carroza de Bolívar’, de Evelio Rosero, como la ganadora del Premio Nacional de Novela 2014.

La novela de Rosero competía con las de Tomás González, Fernando Vallejo y Miguel Torres. / Milton Ramírez - Mincultura

Estudió comunicación social, luego vivió en París y después en Barcelona, y mientras tanto se convertía en escritor. Evelio Rosero ha sido ganador del Premio Nacional de Literatura (2006), el Premio Tusquets de Novela por Los ejércitos (2006) y el Foreign Fiction Prize en 2008, también por Los ejércitos. Esa novela, tal vez su obra más reconocida, llegó a manos del jurado del Tusquets por pura casualidad: “Se podía enviar la novela a través de la sucursal de Tusquets en México o en Argentina, o enviarla directamente a Barcelona. Yo la envié a Argentina porque los argentinos me caen bien, son grandes escritores, buenos futbolistas... Sin embargo, como supe después, en Argentina los prelectores la rechazaron.

Uno de los editores de Tusquets en España, Aurelio Major, viajó a Argentina a ver cómo iba marchando el concurso y empezó a mirar los trabajos rechazados. Leyó mi novela y al regresar a Barcelona se la entregó a la editora Beatriz de Moura y le dijo: ‘Esta es la novela ganadora’. Si ese lector por azar no va a hurgar en el montón de novelas rechazadas, yo no habría ganado el Premio Tusquets. Eso demuestra que todo concurso es un azar”, cuenta Rosero. Desde entonces Tusquets es la editorial que lo publica, y eso sí no es casual: Rosero es todo un artesano del oficio literario, que prefiere mantenerse lejos de los reflectores y de los eventos sociales porque lo importante son sus libros. Él, simplemente, prefiere dejarlos hablar por sí mismos.

La carroza de Bolívar, novela con la que ahora gana el Premio Nacional de Novela 2014, otorgado por el Ministerio de Cultura, empezó a hacer ruido desde el principio, porque allí se cuestiona fuertemente el mito heroico que recubre la figura de nuestro magno —a los ojos de muchos— libertador, Simón Bolívar. El propósito de la novela, o al menos su propósito histórico, es decir la verdad sobre una mentira, un mito que ha sobrevivido durante doscientos años.

¿Cómo llegó a los escritos de José Rafael Sañudo sobre Bolívar?

De niño, había en la biblioteca de mi padre un ejemplar de La vida de Bolívar, de Sañudo. Ya en la adolescencia comencé a leerlo y me interesó la fisionomía que daba de Bolívar, diametralmente opuesta a la que se encuentra en los textos de los demás historiadores, no sólo colombianos sino latinoamericanos; opuesta también a la semblanza de Bolívar que nos presentan en los colegios. Eso fue lo que más me impresionó y que corroboró, además, las conversaciones de los mayores, que yo escuchaba desde niño, en torno a la masacre de 1822, cuando Bolívar ordenó a Sucre que arrasara con Pasto, que no dejara vestigio de esa “raza indigna”. Todo esto me causó mucha curiosidad y empecé a investigar en torno a la figura de Bolívar, a través de Sañudo y otros historiadores colombianos, latinoamericanos, incluso estadounidenses e ingleses que han trabajado esta figura. Sin embargo, creo que muchos han estado mal informados. Sañudo es uno de los pocos que desentrañan la verdad de la figura de Bolívar.

¿Cree que la tradición oral juega un papel importante en la recuperación histórica de esa otra versión?

La tradición oral es definitiva. Lo que se dice de abuelo a padre y de padre a hijo es una verdad de la historia que tiene que ver sobre todo con el espíritu, con cómo nos afectó determinado episodio histórico. Yo oía a mis tíos conversar, a ancianos en Nariño, a gente que esporádicamente se refería delante de mí al pasado de Pasto, a la masacre del 24 de diciembre, llamada la “Navidad Negra”. Ojalá a través de mi novela esta semblanza de Bolívar se acerque a los lectores que no la conocen, a los lectores colombianos.

¿Cuánto tiempo le tomó la investigación histórica para escribir la novela? ¿La hacía al tiempo que escribía o antes de empezar a escribir?

Hubo un primer acercamiento, cuando era joven. Tendría unos 27 años. Intenté una novela, pero fue fallida. Seguí solamente manteniendo el proyecto de escribir algún día sobre Bolívar. Entonces seguí leyendo historia, hasta que por fin esa información y ese trabajo investigativo desembocaron en La carroza de Bolívar.

¿Por qué dice que fue un intento fallido esa primera novela que escribió?

Porque primero abordé el tema de Agualongo, pero no quedé muy satisfecho. Fueron alrededor de unas 300 páginas que, de todas maneras, creo que me sirvieron como una especie de cantera para después, con los recuerdos de ese trabajo fallido, abordar la historia desde otro punto de vista, con el doctor Proceso y la historia literaria que se va hilando alrededor de Bolívar.

¿Por qué se interesó por empezar a ficcionalizar o a hace girar la trama en torno a la figura del Libertador?

Porque mi ascendencia es nariñense. Creo que eso fue definitivo desde el punto de vista humano. Y ya desde el punto de vista del escritor, creo que me causó mucha curiosidad el hecho de que un personaje fuera uno a través de los textos de colegios y universidades y otro en realidad, en los textos de verdad, concienzudos y veraces, como los de Sañudo. Esa contradicción siempre me atrajo.

¿Cree usted que su novela nos enfrenta a una versión de la historia que tal vez queremos ignorar?

Desafortunadamente, en Colombia hay muchas realidades históricas que han sido ignoradas. Dicen que la historia la escriben solamente los vencedores, y hay mucha razón en eso. Se encubren hechos que si a lo mejor no se encubrieran, no se ocultaran, nos ayudarían a ser mejores como país y a no cometer los mismos errores. El ejemplo de Bolívar fue uno de ambición, de egolatría, de pensar sólo en sí mismo y nunca en el pueblo, en la educación, en la industria. Otros héroes de la Independencia merecían ser señalados como libertadores: Manuel Piar, Nariño, Córdova. Lástima que Nariño no haya sido el líder de la independencia y, sobre todo, de lo que vendría después. Allí fue donde falló todo, pues es el ejemplo dado por Bolívar, su intolerancia, lo que se ha transmitido de generación en generación.

Tanto esta novela como ‘Plegaria por un papa envenenado’ destapan cosas, revelan. ¿Cree que la literatura se podría definir así, como aquello que, mediante historias, devela? ¿Ese es acaso uno de sus fines?

Lo es, y en este caso lo es de la novela histórica. Creo que después de estas dos ya no volveré a trabajar en novelas históricas. Esta vez sí estoy decidido. Quiero trabajar únicamente con la imaginación. La historia puede convertirse en una camisa de fuerza. Y aun cuando es ficción, la literatura arroja siempre una verdad. Cualquier trabajo literario, siempre y cuando sea auténtico, y aunque hable de otro planeta, refleja de una manera una realidad: la del autor, la de su país, la de su entorno cultural.

¿Qué es para usted una novela auténtica?

Una donde el autor adelanta un relato motivado por una experiencia íntima, visceral, pasional, sin depender de intereses comerciales, compromisos ideológicos, sin que importe el qué dirán. Solamente el arte literario y su verdad, la verdad del autor.

¿Qué no puede faltar en una novela?

La sinceridad.

¿Qué nunca falta en las suyas?

La mujer.

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