Todos somos pacientes

La cronista Carol Ann Figueroa se internó durante dos años en los pasadizos del sistema de salud colombiano. Frutos de sus diálogos y experiencias son el documental Paciente y el libro Sala de espera: salud y enfermedad detrás de cámaras (Libros Malpensante, 2017).

La cronista Carol Ann Figueroa se internó durante dos años en los pasadizos del sistema de salud colombiano.Cortesía

La cronista Carol  se encontró cara a cara con las trabas burocráticas que hacen más empinada la de por sí dificultosa senda de la enfermedad. Pero también halló la esperanza que irradian las personas capaces de enfrentarse a la muerte con los sueños intactos. Frutos de sus diálogos y experiencias son el documental Paciente y el libro Sala de espera: salud y enfermedad detrás de cámaras (Libros Malpensante, 2017).

Sala de espera, su más reciente libro, es un viaje por los meandros del sistema de salud en Colombia ¿Qué tanto cambió su imagen de la naturaleza humana, de la vida, al tratar un tema tan personal y al tiempo tan de todos?

Si bien el libro ahonda en lo que implica convivir con un sistema de salud burocrático e indolente, creo que el viaje más intenso para el lector es el que tiene que ver con lo que implica convivir con la certeza de la enfermedad y la muerte como presencias inevitables en la vida de cualquier ser humano; entender que todos vamos a enfermarnos y todos vamos a morir y que ambas situaciones implican lidiar con dolores físicos y espirituales de los que no se habla y que por lo general no vemos venir. Mi percepción sobre la naturaleza humana más que cambiar creo que se agudizó. Ya cuando había escrito la crónica Una cretina llamada Elisa sobre los cuestionamientos que existen en torno al vih como causante del sida (por la que gané un Simón Bolívar) me había asomado a la dificultad que tenemos los seres humanos para hablar sin tapujos de la enfermedad, de la fragilidad de la existencia y la inevitable muerte. Creo que lo que me sucedió al escribir el libro es que me acerqué de manera muy profunda al dolor de mis entrevistados, al desasosiego que les producía saber que la muerte estaba cerca, pero al mismo tiempo a la valentía de aquellos que vivían esa situación casi con entusiasmo. Miedo y admiración fueron las emociones entre las que me moví todo el tiempo y entre las que me muevo todavía luego de escribir el libro.  

Este libro es el resultado de su investigación para el documental Paciente. ¿En qué momento decidió dar un paso más y hacer una crónica de largo aliento? ¿Qué razones la asistieron en tal decisión?

La idea de hacer una propuesta transmedia con el proyecto siempre estuvo en mente del director Jorge Caballero pero fue solo un año después de haber empezado la investigación que pasamos de tener la idea a concretar lo que se podría hacer. Solo entonces tuvimos perfectamente claro que el tema era mucho más amplio de lo que nos permitiría cubrir el documental y que además habíamos conocido muchísimas personas valiosas cuyas historias merecían ser contadas. Empezamos a pensar en la video instalación y el video juego y por supuesto las crónicas. Jorge conoce mi trabajo como cronista así que siempre lo habíamos hablado pero fue solo después del primer año que empezamos a identificar los personajes que podrían protagonizar los textos. A partir de allí comencé a escribir ideas sueltas, micro relatos cada vez que salía de entrevistar a alguien, de modo que cuando empecé a escribir el libro propiamente, paralelo al trabajo de montaje del documental, retomé esas anotaciones y comencé a escribir. Pensé que haber tomado esa precaución haría todo más sencillo pero descubrí que al igual que Jorge, me costaba trabajar con todas las emociones que me había dejado el proceso. Tras terminar el rodaje, él estuvo un año entero sin poder editar el material y lo mismo me pasó a mí con la escritura. Durante al menos un año estuve bastante atascada y sin poder avanzar en la escritura.

También llama la atención la importancia que les concede en el relato a los paliativistas y a los cuidadores, personajes sobre los que poco se habla.  ¿Qué le atrajo de ambas figuras?

En ambos casos me fascinó que sean héroes anónimos por un lado, y que además sean personas que conversan cotidianamente con la muerte. La miran a los ojos. Eso me fascinó. Los médicos paliativistas lo hacen por voluntad propia, por un deseo de ayudar a aliviar el dolor y contribuir a un buen morir, cosa que desde la perspectiva de la medicina tradicional resulta revolucionaria -asumirse no como salvadores que curan enfermedades sino apoyos que ayudan incluso a morir- en tanto los cuidadores lo hacen instintivamente como un acto de amor hacia quienes se enferman y necesitan su ayuda. En medio de todo el dolor con el que había lidiado escuchando los testimonios de personas enfermas, encontrarme con estos héroes fue un paso de la muerte a la vida, fue dar con el lado positivo de una experiencia que por momentos parecía absolutamente desoladora. Los médicos paliativistas y los cuidadores dan esperanza a la gente que está muriendo y en esa medida a todos nosotros, pues todos vamos a morir.

En algún momento habla usted de la espesa burocracia que hace más penoso el camino de los enfermos y el de los familiares. Luego de la investigación, ¿cuál es, en su opinión, el principal mal del sistema de salud colombiano?

Para mí el principal problema del sistema de salud es que dejó en manos de personas equivocadas la salud de los colombianos. Los criterios con los cuales se están tomando decisiones en torno a tratamientos, procedimientos y demás son más empresariales que médicos. La formación de quienes toman las decisiones tienen que ver más con la gerencia o la administración que con el saber médico, cosa que explica comportamientos tales como obligar a los médicos a atender en citas de 15 minutos que resultan insuficientes para un diagnóstico correcto, que se formulen los medicamentos más económicos y no los más efectivos, que cuando se trata de medicamentos costosos el paciente se ve obligado a recorrer un laberinto de autorizaciones o que para ciertos exámenes las empresas busquen el laboratorio más económico o el que maneja procedimientos al por mayor, todo esto en detrimento no solo de la calidad del servicio sino peor aún de la salud de las personas. El invaluable saber médico no está siendo tenido en cuenta por las EPS al momento de diseñar sus esquemas de atención acabando con la vida de muchas personas y obligando a los médicos a hacer mal su trabajo.