Todos tenemos serotonina

Poner al público a destilar rabia luego de una tranquilidad prolongada es el objetivo de este montaje naturalista en el teatro R101.

Gabriel Camero, Ómar Vásquez, Yuri Vargas y Daniel Castaño, elenco de ‘La serotonina’. / Cortesía Teatro Deca

La sala llena del teatro R101, ubicado en el norte de Bogotá, pegó un grito chillón la primera vez que Marcos y Gabo se dieron un beso. Los dos son personajes de La serotonina, una construcción colectiva de la compañía Deca, que lleva trece años haciendo teatro de todos los estilos. “Qué mariconada esta”, dijo una voz masculina entre la audiencia.

La obra cuenta la historia de tres amigos del colegio que se reencuentran para el cumpleaños de Mariana (Juliette Pardau y Yuri Vargas), la única mujer del grupo. Ella, una joven solitaria y sin familia, hace por Facebook una lista de invitados enorme y nadie llega aparte de Gabo (Ómar Vásquez) y Dante (Daniel Castaño), los de siempre. En el transcurso de la fiesta aparece un nuevo invitado (Gabriel Camero y Emmanuel Restrepo) que desatará el conflicto. Él será el detonante de las pasiones, de la ira, del caos.

Aunque el relato es profundamente triste, está contado para no parar de reír. No se sabe si el público tiene la cabeza dañada o si en efecto todo ha sido pensado como un chiste permanente, como un stand-up comedy de humor negro. Todo es gracioso: las lágrimas de Mariana por no tener mamá, la soledad en la que queda luego de que sus amigos se pelean irremediablemente, la borrachera generada por su mismo aburrimiento, la infidelidad de Gabo, la deslealtad de Dante o el matrimonio que no se puede hacer en Colombia, porque “aquí los gays no se pueden casar”. “Buscamos siempre un lenguaje fresco para que la gente se pudiera sentir identificada. Por eso apelamos a nuestras propias realidades. Decíamos ‘huy, eso me ha pasado a mí’ o ‘eso le ha pasado a un amigo’”, cuenta Ómar Vásquez.

Pero en ocasiones el público se despista, se turba al tener al frente la realidad de una pareja homosexual. “Depende de la función. A veces el público sí es homofóbico. En general lo que pasa es que les genera morbo”, agrega Vásquez. Daniel Calderón, director del montaje, odia el teatro moralista, pero sabe que “el arte, quiera o no, siempre deja un mensaje”.

Y eso hace La serotonina: acostumbra los ojos de los más desacostumbrados a los besos entre parejas del mismo sexo, a su contacto físico. Ese es el primer sacudón y luego viene el resto, que es lo importante: la identificación con los personajes. El escenario cálido le brinda a la obra un tono intimista que permite que los más lejanos a la realidad de la población LGBTI sientan que esa historia de amor y odios entre parejas del mismo sexo se parece mucho a las que ellos han vivido, así de intensa, así de hiriente. Rompe el tabú y siembra algo en la audiencia que los ha visto cada fin de semana desde hace un mes. En un momento en el que la opinión se divide frente a la adopción por parte de parejas del mismo sexo, en el que se define qué tan equitativa es esta sociedad por un caso sobre este tema en la Corte Constitucional, esta obra responde y habla desde el arte, así no sea esa su intención.

Su intención, y también lo logra, es estética. El elenco se encarga de ello. Las actuaciones, igual que la obra, son de una naturalidad que conecta y que da cuenta de unos personajes muy bien construidos en el guión. “Todos le metimos la mano”, cuentan. Cada uno hizo su aporte a la dramaturgia, se dividieron las partes del libreto y luego Vásquez fue el responsable de darle forma, de poner la última pincelada para que todos los fragmentos se condensaran y encajaran en una pieza. “Tenemos formas de trabajo distintas, venimos de escuelas muy diferentes. Entonces, también fue muy interesante ir acoplándonos. Empezamos una serie de improvisaciones donde iban saliendo nuevas cosas, nuevas formas de leer y de contar esa historia”.

El resultado es esta puesta en escena de una hora y quince, con un ritmo vertiginoso, que asciende a medida que el tiempo avanza. “No sólo son muy talentosos”, afirma Calderón, “sino que trabajan muy bien en equipo”, agrega, refiriéndose a su elenco. Más de 60 personas audicionaron para este montaje y ellos fueron los seleccionados.

Este fin de semana llegan al final de su primera temporada y esperan volver a presentarse en 2015 en Casa E. Por ahora, y así sea inconscientemente, su público con seguridad se quedó pensando en la frase de Mariana, esa que dijo medio borracha y sin pensarlo mucho: “Qué país tan desigual, ¿no?”.

 

 

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